Lunes 24 de Julio de 2017 - 23:40hs. - República Argentina Edición # 1747

Revista #19 Junio 2008 > Agricultura

¿La encarnación del mal?

Pools de siembra


Por Luis Freitas

Aunque existen hace muchos años, los pools de siembra se hicieron conocidos para la gran mayoría durante el conflicto agropecuario. Las críticas legaron desde ambos sectores. La Presidenta Cristina Kirchner -durante su alocución en la FAO- los responsabilizó por el alza mundial del precio de los alimentos. La Federación Agraria, por su parte, los acusa de impulsar -merced a su gran proliferación- una “agricultura sin agricultores”. Sin embargo, para los que los defienden, son un elemento indisoluble de la revolución tecnológica que vivió el campo, y su modelo de gestión flexible -dicen- debería ser tomado como ejemplo para dinamizar otros sectores de la actividad empresarial.

Ahora bien ¿qué es en definitiva un pool de siembra, qué estructura tiene y por qué suele generar pasiones más propias de la confrontación deportiva que del análisis de la gestión empresarial?

Pool, en criollo significa “colecta” o “vaquita”, es decir, simplemente juntar plata entre muchos. Esto aplicado al negocio agropecuario y según el sitio web del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) se da cuando el organizador (o empresa organizadora) propone un plan de actividades de siembra. Una vez armado, es ofrecido a potenciales inversores mediante avisos que generalmente suelen aparecer en los meses previos a la temporada de siembra, en los diarios y en Internet. "Pool de siembra zona núcleo (provincia de Buenos Aires), arrendamiento de 250 hectáreas (85 de maíz y 165 de soja), cuota mínima 30.000 pesos, seguro multi-riesgo (granizo, sequía, incendio, etc.), aspecto legal: fideicomiso agropecuario", ofrecía una propuesta de inversión, para la campaña 2007/8, en la página web de una conocida consultora del sector.

En general un pool de siembra suele agrupar -en una suerte de fondo de inversión- a partes desperdigadas de la cadena productiva, desde la financiación hasta el arrendamiento de maquinaria agrícola, desde la aplicación del know how genético hasta la logística comercial. Nucleados bajo la figura de un líder que es quien gestiona y coordina el trabajo -por lo general un ingeniero agrónomo- todos los actores se reúnen en forma temporaria. Tras un período determinado (la mayoría de los pools se arman y desarman cada año) la utilidad se reparte entre los inversores de acuerdo al porcentaje aportado.

“Organizarse como un pool de siembra ofrece varias ventajas”, señala un trabajo realizado por profesionales del área de Finanzas Rurales del INTA. “Las principales son que permite el aumento de la escala (y sobre todo del poder de negociación), constituye una fuente interesante de recursos para el sector agropecuario y hace más eficiente el uso de los factores, al aumentar la producción y disminuir los costos”.

Algo parecido opinaba en noviembre pasado el entonces Subsecretario de Agricultura, Javier María de Urquiza, durante la conferencia de prensa en la que el Gobierno anunció la anterior suba de retenciones del 27,5 al 35 por ciento. “Los pools de siembra son un modelo productivo dentro de un cambio que está teniendo el sistema productivo nacional. Creemos que el pool de siembra permite optimizar recursos de inversiones; es un sistema que beneficia al sector de la producción, porque la reinversión y el derrame de inversión económica se desarrolla en las regiones”,  dijo el funcionario.
No existe una figura única para definir a un pool de siembra. “Hay un montón de variantes” aclara Iván Gándara, periodista agropecuario y jefe de prensa de Expoagro. “Algunos productores tienen 500 hectáreas propias, cuentan con maquinaria propia y siembran en su campo pero además alquilan otros campos. Roberto Urquía por ejemplo, no tiene un pool de siembra, es un productor grande que alquila muchos campos. También suele pasar que  en un pueblo se juntan el panadero, el peluquero y el dueño del taller mecánico que le dan la plata al amigo  chacarero con el que tienen confianza para que siembre, porque ellos no tienen capacidad de gerenciamiento, ni saben cómo hacerlo. Pero entre todos arriendan 500 hectáreas. Eso es un pool de siembra igual que el de aquel productor que consigue los fondos y sale a alquilar campos por siete partidos distintos. En cada lugar tiene un ingeniero agrónomo que se los atiende  y por ahí juntan 45 mil o 50 mil hectáreas para sembrar”.

Por estas características es muy difícil saber a ciencia cierta cuántos pooles de siembra hay realmente en el país. “A algunos les gusta figurar más que otros, hay algunos más emblemáticos que incluso hacen marketing con eso”, aclara Gándara, y entre los más conocidos menciona a Los Grobo, MSU, Adecoagro (de George Soros), Cresud y El Tejar.

El grande se come al chico

Los primeros pools de siembra empezaron a funcionar a principios de los noventa como  una respuesta de algunos productores agropecuarios que querían ganar escala. Después de la desaparición de muchos de ellos durante la crisis, y el aumento del precio de los commodities agrícolas, fundamentalmente el de la soja,  este sistema se convirtió en una atrayente alternativa para los inversores, fueran o no del medio agrícola. En los últimos años, los pools redefinieron su marco legal y su seguridad jurídica bajo la figura de fideicomisos o fondos comunes de inversión e inclusive algunos comenzaron a tener una cotización pública, inscriptos en la Comisión Nacional de Valores (CNV), captando plata de inversores y de las AFJP.

Según Gustavo López, consultor de Agritrend, en la Argentina los pools alcanzan entre el 6 y el 10 por ciento de la superficie total de 31 millones de hectáreas, lo que en concreto significarían entre 1,8 y 3 millones de hectáreas. Las pymes de arrendatarios, muchos de ellos contratistas, manejan mucho más: entre el 50 y el 60 por ciento del área.

Algunas de las ventajas de las que gozan los pools de siembra más grandes les permiten no solo competir con el pequeño o mediano productor, sino terminar dominándolo. Una de las más importantes -porque en nuestro país la renta financiera no tributa- es que gozan de una exención impositiva del orden del 35 por ciento, similar a la que rige para las ganancias por compraventa de acciones y títulos públicos. Los integrantes de un pool armado bajo la figura de fideicomiso, después de realizada la operación, declaran en sus impuestos cuánto aportaron y cuánto ganaron. Esto diluye la base de cálculo porque mientras el pool puede obtener un dividendo de 5 millones de dólares, por ejemplo, luego al repartirse esa ganancia entre sus integrantes, se pagan menos impuestos.

Otra ventaja es el gran volumen de compras de semillas, gasoil o glifosato o el alquiler de maquinaria. “El pool no le compra a los proveedores del pueblo donde va a sembrar”, dice Gándara, le compra directamente al importador y no como el productor local que tiene que comprar un producto que llega en cuarta mano”.

Los productores  chicos y medianos se quejan de que el pool viene con plata de afuera y compiten por los campos con una espalda más ancha que les permite achicar mucho más el riesgo y pagar más la hectárea. “El único bien finito en todo este negocio es el campo”, aclara Gándara. “Porque se puede tener más maquinaria, más semilla, más glifosato, más camionetas, más ingenieros agrónomos, pero no más tierra. Entonces la lucha es por la tierra y el pequeño productor que tiene 200 hectáreas en el partido de 9 de Julio y que además alquila 400 hectáreas más y con eso hace su negocio, ahora resulta que cuando va a alquilar las 400 hectáreas en vez de cobrarle 14 quintales de soja, le cobran 18, porque eso es lo que paga el pool. Como su negocio es hacer volumen no les importa pagar más cara la tierra porque tienen una brecha enorme en el tema costos. Eso saca a los pequeños y medianos productores de la competencia”.

Además de concentrar la propiedad de la tierra, elevar su precio y capturar la renta sin ser propietarios, también se les endilga causar daños ecológicos, ya que el pool busca siempre el cultivo más rentable, lo cual suele perjudicar la tierra dada la falta de rotación de cultivos.

El crecimiento de estos grupos concentrados ha hecho que el dueño de la tierra ya no participe del proceso productivo, que solo se limite a poner la tierra. Según algunas estimaciones, 18 de las 30 millones de hectáreas cultivables del país no son explotadas por sus propietarios y en los últimos estudios realizados por CREA (organización sin fines de lucro integrada por productores agropecuarios) se afirma que el 80 por ciento de los chacareros que se transforman en rentistas, no vuelven a trabajar al campo.

Sin dejar de lado el cultivo de un grano como la soja -la exportación de mayor efecto económico interno- es urgente volver a incentivar la producción tradicional, (carne, leche, economías regionales) mediante una política integral para el agro. Y para ello es necesario aplicar controles y políticas fiscales adecuadas. No nos podemos dar el lujo de que las grandes empresas -muchas de ellas con casa matriz en el exterior- sigan obteniendo pingües dividendos financieros a costa de que nuestro pueblo coma cada vez menos y peor.



 

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