Lunes 21 de Agosto de 2017 - 14:44hs. - República Argentina Edición # 1774

Revista #20 Julio 2008 > Agricultura

A favor del suelo

Siembra Directa en Argentina


Por Luis Freitas 

Desde sus inicios en nuestro país, allá por la década del ’70, la siembra directa se expandió notablemente. En la actualidad casi la mitad de los principales cultivos se hace en este sistema, lo que convierte a la Argentina en unos de los países líderes en su uso y desarrollo. Durante este notable desarrollo, la siembra directa ha cosechado miles de adeptos, aunque también algunos detractores. La crítica más fuerte tiene que ver con el combo siembra directa/monocultivo de soja transgénica. Ambientalistas, técnicos y numerosos productores advierten que este va en desmedro de la diversidad productiva y provoca a largo plazo un deterioro del suelo, algo que la siembra directa, paradójicamente vino a impedir.
 
La agricultura de décadas pasadas -cuando aún no existían los herbicidas- hacía imprescindibles los trabajos de laboreo. La actividad, que al principio era muy rudimentaria, se fue tecnificando, haciéndose intensiva y abarcando las zonas más productivas. El proceso de agriculturización en el área pampeana central trajo un gravísimo problema de degradación -física y química- de los suelos. Además, tanto la erosión hídrica  como la eólica progresaban a  niveles graves, y la caída de materia orgánica y nutriente comprometía la estabilidad estructural de los suelos. El resultado era, las más de las veces, un descenso en  la rentabilidad y el aumento en el riesgo  de la actividad agrícola: la producción disminuía y los rendimientos se volvían inestables. Para evitarlo, tradicionalmente, el productor hacía rotar diferentes cultivos en los suelos. Otro método era dejar un sector para el pastoreo de ganado, de manera que la tierra descansara y recibiera el abono animal como principal fertilizante.
La siembra directa -introducida por la agricultura moderna hace unos cuarenta años- sirvió para superar los serios problemas que ocasionaban las técnicas tradicionales sobre los suelos, y permitió acelerar el ritmo de producción. En la actualidad esta práctica cubre oficialmente 96 millones de hectáreas sobre el planeta y desde 1987 al 2007 ha experimentado un aumento de 50 veces en América Latina, pasando de 670.000 a más de 35 millones de hectáreas.
 
Arar o no arar, esa es la cuestión
 
“Lo realizado en siembra directa en Argentina es producto del esfuerzo de mucha gente que durante mucho tiempo y en forma silenciosa fue aportando resultados y que a lo largo del tiempo posibilitó la difusión exitosa de esta tecnología”, dice el ingeniero agrónomo Carlos Senigagliesi, uno de los pioneros en el tema en un trabajo titulado Desarrollo de la siembra directa en Argentina. 
 
Allí el técnico apunta que a fines de los ’60 en  la Estación Experimental del INTA de Pergamino, el Dr. Marcelo Fagioli estudiaba el efecto de la labranza (superficial y profunda) sobre el crecimiento de las raíces del maíz. Para contrastar con las parcelas aradas Fagioli tenía un campo sin arar, en el cual controlaba las malezas con herbicidas. Los resultados, a lo largo de varios años, le permitieron descubrir que las raíces crecían casi igual y el rendimiento no era muy diferente entre el maíz del campo arado y el del sembrado directamente.
 
Pero los trabajos de investigación con rigor científico en siembra directa en el país, se iniciaron entre el  ’73 y el ‘74 en el INTA Marcos Juárez, Córdoba.
Luego de diez años de investigar y experimentar, los técnicos lograron reunir toda la información básica sobre el comportamiento y las ventajas de la siembra directa: menor pérdida de agua por escurrimiento y evaporación, mayor infiltración en el perfil y la drástica reducción de la erosión hídrica. También más acumulación de materia orgánica y de nutrientes especialmente en la parte superior del suelo, y mejor condición física del suelo en cuanto a porosidad y estructura. Asimismo, mayores rendimientos de los cultivos, especialmente de soja y de maíz y más estables con menores variaciones entre años. Asimismo se verificó la menor tasa de mineralización del nitrógeno, de allí las mayores respuestas a la fertilización favorecida por la mayor disponibilidad de agua en el suelo.
 
“Los grandes problemas de la siembra directa por aquellos años -recuerda Senigagliesi- eran la falta de sembradoras adaptadas al sistema y el control de las malezas. Pero luego el ingenio de fabricantes y productores hizo que en pocos años tuviéramos en el país máquinas igualmente eficientes que las del exterior. La industria química por otro lado, fue proveyendo de mejoras constantes en los herbicidas. Los graminicidas selectivos por ejemplo, primero en soja y luego en maíz, fueron en su momento un hito tecnológico muy importante”.
 
Convencidos de que -tanto en el corto como en el largo plazo-, la adopción de la siembra directa iba a producirse solo si resultaran rentables y ventajosas para los productores, Senigagliesi y sus colegas pusieron gran énfasis en divulgar los resultados económicos, y cambiaron el paradigma “conservar para las generaciones futuras” por el de “con tecnologías sustentables se pueden producir más ingresos”.
 
En 1987 se crea AAPRESID (Asociación Argentina de Productores en Siembra Directa), con fuerte apoyo del INTA desde sus inicios. “Gracias a esta asociación, afirma Senigagliesi, la difusión de la tecnología en Siembra Directa se potenció enormemente y permitió su adopción de una manera espectacular, ayudada también por las favorables condiciones que se fueron dando”.
Básicamente, la siembra directa consiste en reemplazar la capa arable por una cubierta vegetal enriquecida con sustratos orgánicos -por ejemplo con rastrojos, el residuo que queda en el campo de la siembra anterior-  que actúan como abono natural y los protege de la erosión y los cambios de temperatura. Esta capa superficial de suelo enriquecido se encuentra en los primeros centímetros, pero su efecto se diluye a más profundidad. Por otra parte, en los suelos trabajados en siembra directa, las lombrices e insectos abren canales que se suman a los que dejan las raíces de los cultivos y las grietas naturales. Gracias a ellos se regenera permanentemente un sistema de macroporos que son continuos, copian la forma de la raíz y resultan más efectivos para el ingreso y movimiento del agua y del aire que en la siembra tradicional. “La siembra directa controla instantáneamente la erosión, porque con mil o dos mil kilos de rastrojo por hectárea automáticamente ese suelo no se vuela”, aclara el ingeniero agrónomo Raúl Agamenoni, del INTA Ascasubi, provincia de Buenos Aires. “También mejora la filtración, al haber cobertura cuando llueve, la humedad penetra donde cae, y aunque después corra a los bajos, se distribuye mejor y se aprovecha mucho más que en la siembra convencional. Así, a largo plazo, hablemos de tres a cinco años, va mejorando la capa superior, la materia orgánica se acumula, no como con la labranza donde a la larga se va quemando”. Entre las numerosas ventajas que la siembra directa ofrece y que no pueden ser obtenidas con la labranza intensiva, se encuentran una menor necesidad de mano de obra, economía de tiempo, menor desgaste de la maquinaria y de consumo de combustible  y más productividad a largo plazo. Pero no todas son rosas en este campo…
 
Una dupla peligrosa
 
“La gente a veces se asusta cuando digo: atención con la siembra directa porque perderemos los horizontes abiertos de la Pampa, aclara Senigagliesi. Pasa que cuando uno deja de arar profundamente, con volteo del suelo, deja de luchar -por ejemplo- contra las leñosas invasoras, que anteriormente nunca habían sido un problema”. El ingeniero se refiere a que con la labranza árboles como el eucalipto o el tala nunca entraban en un cultivo. Ahora en cambio especies como la Gleditschia, la acacia negra, son capaces de entrar y arraigarse.
 
“Frente a estas inquietudes o preocupaciones, se debería ver a la siembra directa, no como una única herramienta, sino como un sistema”, aclara el ingeniero Nicolás Tettamanti, responsable de Regionales de Aapresid. “Uno de los elementos del mismo, es el uso adecuado y racional de los agroquímicos y las prácticas que ayudan a delimitar la invasión de determinadas especies”.
Sin embargo la mayor ofensiva contra la siembra directa tiene que ver con que en Argentina su aplicación masiva está asociada -como decíamos al principio de la nota- al monocultivo de soja transgénica. La variedad RR (Roundup Ready) fue desarrollada por la compañía Monsanto para resistir el uso intensivo del herbicida Roundup (basado en glifosato), fabricado por la misma empresa, que termina con todas las malezas que crecen junto a la planta. Su uso permitió eludir el combate específico de cada plaga, pero a expensas de una extrema dependencia de la empresa que vende semillas y herbicida.
Para algunos ambientalistas, técnicos y numerosos productores, las plantaciones de esta leguminosa están transformando el campo argentino en “un desierto verde” expandiéndose cada año a expensas de la ganadería y otros cultivos tradicionales como maíz, trigo, algodón, papa o lentejas.
Un ejemplo de la invasión de la soja es el caso de la nororiental provincia de Chaco. Una década atrás existían allí dos millones de hectáreas de plantaciones de algodón, con unas 150.000 personas empleadas en su cultivo, pero ahora, con la soja, quedan 100.000 hectáreas y no es muy aventurado afirmar que en poco tiempo más se deba importar algodón, cuentan algunos preocupados productores.
 
En el sur de Córdoba también la superficie sembrada con soja creció el 118 por ciento en los últimos 10 años, a expensas del maíz, el sorgo y la ganadería. Una transformación muy grande y negativa desde el punto de vista de la sustentabilidad ambiental y social.
 
Aunque todos saben que la expansión del monocultivo de soja -de la mano de la biotecnología y la siembra directa- a largo plazo afecta la calidad del suelo, este se sigue expandiendo porque esta producción “es más redituable y simple que otras actividades del campo”, admiten. "El productor es consciente de que la soja lo hace dependiente, que deteriora el suelo y que afecta la diversidad, pero la necesidad tiene cara de hereje'", dice José Luis Lemos, miembro de la Federación Agraria Argentina.
 
Más críticos son los integrantes del Grupo de Reflexión Rural (productores, técnicos y activistas). Para ellos la siembra directa, la soja transgénica y los herbicidas están haciendo de Argentina un país agrícola pero sin agricultores, pues más de 500 aldeas han sido abandonadas por sus habitantes. ”Las transnacionales de las semillas -Cargill, Nidera, Monsanto- nos convirtieron en un país productor de soja transgénica y exportador de forrajes”, afirma Jorge Rulli, uno de sus dirigentes. ”Cerca de 12 millones de hectáreas de soja transgénica -en un total de 26 millones de hectáreas con otros cultivos-, regados con más de 100 millones de litros anuales de herbicida producen enormes cantidades de suelo carente de toda vida microbiana que no retienen el agua”, alertó Rulli.
 
Como el aumento de la demanda y la suba de los precios de la soja, según todos los analistas, no va a detenerse por unos cuantos años, no va a ser fácil convencer a los productores de que respeten una secuencia de cultivo y elijan variedades complementarias para neutralizar los efectos nefastos del monocultivo y mucho menos de que vuelvan a la producción tradicional.
“La culpa no es del chancho, sino del que le da de comer” dice el refrán popular. Es por eso que desde el gobierno se debería -entre otras cosas- implementar un sistema de impuestos diferenciales que compensen las diferencias de rentabilidad entre la soja y otros cultivos. Para evitar que el campo argentino se transforme definitivamente en un mar de soja.
 
Uruguay defiende el suelo
“Tenemos que obligar a una rotación agrícola y si nos vienen a plantar soja tres años seguidos en la misma tierra, les vamos a arrancar las muelas. ¿Por qué? Porque tenemos que preservar el suelo. En las condiciones del Uruguay, de penillanura, de mucha ondulación, el monocultivo de soja en siembra directa no deja rastrojo orgánico, queda como un polvillo, es peligrosamente erosiva si se insiste”. Las crudas palabras fueron pronunciadas por José “Pepe” Mujica, histórico dirigente tupamaro y ex ministro de Agricultura de Tabaré Vázquez, durante su reciente visita a la Argentina. 
 
“La soja ha significado una pequeña revolución agrícola en el Uruguay porque estiró la frontera agrícola, pero también masificó la siembra directa, el uso del glifosato y con eso hay que tener mucho cuidado, aclara Mujica. “Si lo sabemos aprovechar y no nos pasamos de rosca, va a favorecer a la ganadería aumentando las pasturas cultivadas. Pero a los herbicidas hay que darles un afloje, hay que alternar la soja con sorgo, por ejemplo. No abandonar el sistema que nos dio resultado. Tres o cuatro años de agricultura y dos o tres años de pradera y ganado. Cuidar el suelo y mantenerlo sustentable”. Esto implicará -para el que elija sembrar soja- resignar parte de la ganancia. Mujica lo tiene claro. “Debemos preservar el recurso del suelo, que es lo único que tenemos. En el largo plazo, es el valor de una nación. Si no, ¿qué les vamos a dejar a las generaciones que vienen?”.
 
Un avance sostenido
La modalidad de siembra directa no es igual en todos los cultivos. Los porcentajes en la última campaña, según información brindada por la Secretaría de Agricultura, Pesca y Alimentos, el girasol se hace más de un 35 por ciento en siembra directa, el maíz un 74 por ciento (en Córdoba llega al 95 por ciento), el trigo un 72 por ciento (en la zona del Noroeste Argentino trepa hasta el 96 por ciento) y la soja promedia un 75 por ciento, aunque en la provincia de Entre Ríos el 83 por ciento se hace en siembra directa.
 
 
 

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