Jueves 23 de Marzo de 2017 - 23:04hs. - República Argentina Edición # 1624

Revista #34 Enero 2009 > Agricultura

De paso cañazo


Por Luis Freitas

"El bambú es la soja del futuro. Nos plantea la posibilidad no ya de agregar valor, sino de construir valor. Con él podemos participar tanto del mercado de bonos de carbono como del desarrollo social, porque los usos son tan amplios que van desde chips peleteados para que en Europa los usen en sus salamandras, a la construcción de viviendas y puentes, pasando por los muebles o la generación de energía renovable". Sanguíneo y temperamental como siempre, Miguel Campos, el ex secretario de Agricultura,  se entusiasma al hablar del proyecto que significa su vuelta a la arena política. Junto con el intendente de Tigre, Sergio Massa, anunciaron el martes 20 del mes pasado que el municipio va a implantar cien hectáreas con esta especie. Campos venía fogoneando la producción de bambú desde que estaba al frente de la cartera agrícola. Allí formó el foro de la cadena de bambú, que no fructificó por la sencilla razón de que no existía tal cadena. Por eso, en su paso por el Ministerio de Ciencia y Tecnología armó con el ministro Lino Barañao un Grupo Estratégico, que trabajó en cuatro líneas: la genética, para saber qué especies se adaptan a nuestro clima y cuáles hay disponibles aquí; la segunda vinculada a cogeneración de energía y cambio climático; una tercera para los usos del bambú, y una cuarta para ocupación territorial y desarrollo social. Pero para empezar a pisar fuerte hacía falta un plan piloto con gran peso.

Campos entonces se lo planteó a Massa, que vio en el proyecto una perfecta articulación con la parte turística y con la logística del puerto. "El potencial es altísimo -dice Massa-  porque, solamente en islas, Tigre posee 220.000 hectáreas, mientras que, por ejemplo, San Fernando tiene 700.000. Y a esto hay que sumar la parte del Delta de Zárate-Campana". Por lo pronto, ya lograron interesar a un grupo inversor que instalará un vivero de bambú, que podría proveer la plantación de 10.000 hectáreas anuales.

De los pandas a los muebles

El bambú pertenece a la familia de las gramíneas, es una suerte de "pasto gigante" cuya altura -en alguna de sus 1.200 especies- puede llegar a más de 40 metros. Además de constituir el alimento favorito de los osos pandas, es una materia prima con atractivas posibilidades de comercialización. Se utiliza en más de 100 industrias: como fibra para fabricar papel de alta resistencia (en India y China es el insumo excluyente), en la construcción de muebles y viviendas. Por su gran resistencia a los esfuerzos de tracción y flexión se lo suele llamar “acero vegetal”. Tiene un comportamiento similar a los materiales compuestos cuya estructura interna se divide en fibras resistentes contenidas en una matriz. En este caso, la naturaleza se encarga de configurar esa estructura de fibras resistentes y matriz para que estén dispuestas de tal manera que maximicen sus propiedades con un mínimo peso. Así, uno puede obtener rendimientos que llegan a ser mejores que el carbono y el aluminio, pero por sobre todo con un precio mucho menor. También se usa el bambú en la manufactura de algunos plásticos, o se lo procesa para obtener fibras textiles.  Si se lo destila de forma similar a la caña de azúcar, se obtiene un alcohol de uso industrial. Además, sus tiernos retoños, con un sabor parecido a los palmitos, ya forman parte del menú de algunos restaurantes gourmet.

Pero la función más relevante del bambú es el "servicio ambiental" que genera su plantación. A lo largo de la historia se han comprobado sus virtudes como reparador de suelos y sustituto ideal de los diezmados bosques nativos, ya que produce cuatro veces más oxígeno que la mayoría de las plantas y mejora el proceso de fijación de nitrógeno en el suelo. Por cierto, las cañas se desarrollan mucho más rápido que un árbol. “El bambú gigante crece 30 metros en el término de seis meses, apunta Campos, una hectárea puede generar unas 20 a 30 toneladas de materia seca, su cultivo requiere de una moderada inversión, especialmente si se logra reciclar el agua que demanda para su crecimiento, y  tienen una vida útil de unos 150 años”. Además resiste inundaciones, sequía y plagas, se aclimata a todo tipo de suelos, incluso a los desgastados, y se la suele sembrar en laderas para ayudar a detener la erosión del suelo.

El cultivo del bambú para vender sus astillas a la industria papelera es hoy un incipiente negocio, ya que anualmente estas importan celulosa de fibras cortas y el bambú con fibra larga es material reciclable y más barato, dando papeles más resistentes. La variedad más idónea para producir papel es la Bambusa Vulgaris, cuyas fibras alcanzan una altura de entre 16 metros, con un rendimiento por hectárea de más de 500 toneladas. El papel elaborado a base de esta planta es mejor que el tradicional debido a que su índice de rasgado por tensión -el grado de resistencia ante rompimientos- es mayor: 14.44, contra el 7.67 del papel de pino y 12.29 del eucalipto.

La pampa tiene el bambú

Aunque hay muy escasos antecedentes en el cultivo de bambúseas y casi no existe bibliografía propia ni especialistas sobre el tema, en Argentina encontramos caña de bambú desde el Delta hasta el norte del país, especialmente en Misiones, Corrientes, Entre Ríos, Formosa, Chaco, Santiago del Estero, Catamarca, Córdoba, Santa Fe, San Luis, Mendoza, La Pampa y Río Negro.

Desde 1999, Lía Montti, miembro del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), desarrolla junto a un equipo proyectos de investigación en el norte de la provincia de Misiones con especies que crecen tanto en el Parque Nacional Iguazú como en otras áreas de la provincia de Misiones. “Tanto la Chusquea ramosissima (tacuarembó) como la Merostachys claussenii (takuapí o tacuara mansa), dice la licenciada, son especies nativas y muy abundantes presentes en la selva misionera y utilizadas por los pueblos originarios de esta zona para la realización de cestería y artesanías”.

El CONICET también lleva adelante junto al Instituto Rosario de Investigación en Ciencias de la Educación (IRICE) el proyecto "Bambú y desarrollo sustentable", que participó del concurso Innovar2009. La propuesta es mejorar la calidad de vida de comunidades con carencias a través de microemprendimientos relacionados con el bambú y el desarrollo de una industria local a partir de este recurso. "Aprender y trabajar en un taller de artesanías o de muebles de bambú es obtener contención, respeto y autoestima, ocupar un lugar mejor en el entramado social, desarrollar capacidades organizativas y ejecutiva, saberse protagonista de los propios cambios", sostiene el investigador Alberto Retamar.

En el mundo, el comercio de productos de bambú moviliza 15.000 millones de dólares. Por cada diez mil hectáreas sembradas de bambú se obtiene una producción de un millón de toneladas al año. Sembrar, dividir la tierra, pagar salarios y transportar y triturar la materia prima tiene un costo de casi 10 dólares por tonelada de astilla. De ese costo, 2 dólares son de gastos fijos y 8 dólares de gastos variables. Si se considera un pago mínimo en el mercado de 35 dólares por tonelada de astilla, esto genera un retorno de capital de más del 56 por ciento.
Optimista, Campos imagina un futuro donde una buena parte de los 20 millones de hectáreas forestables de Argentina, en especial en zonas áridas o directamente desérticas, estén cubiertas de bambú, y a su lado florezcan fábricas o talleres artesanales. Una alternativa muy interesante para las áreas más marginales y una de las claves para lograr la tan mentada inclusión social.


Rosario anda en bambucicleta

Siguiendo el ejemplo del norteamericano Craig Calfee, pionero en la construcción artesanal de bicicletas de alta gama en caña de bambú, Nicolás Masuelli puso manos a la obra. Estudiante avanzado de Ingeniería Industrial en la Universidad Nacional de Rosario, este joven de 26 años desarrolló un “vehículo eficiente, ecológico y estético, construido en un material renovable”. La “bambucicleta” llamó la atención de la división Tecnologías Sostenibles, del Programa de Calidad de Vida del INTI, que invitó a Masuelli a venir a Buenos Aires con su bicicleta de bambú. Funcionarios especializados en transporte público urbano, técnicos del INTI especializados en bicicletas y a cargo de la certificación de las mismas o del equipo de tecnologías para la discapacidad (quienes evaluaron si se podían fabricar sillas de ruedas), se mostraron muy interesados en el desarrollo realizado y coincidieron en su potencial y excelencia.

El prototipo de Nicolás Masuelli fue sometido a las mismas pruebas rigurosas que las bicicletas corrientes con cuadros de acero o aluminio (nacionales o importadas). La bambucicleta pasó airosa la prueba y obtuvo el certificado del INTI que se exige para su comercialización. Ahora sólo resta encontrar interesados en las posibilidades que esta ofrece como una forma de desarrollar microemprendimientos sostenibles.
 

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