Viernes 23 de Junio de 2017 - 07:31hs. - República Argentina Edición # 1715

Revista #27 Mayo 2009 > Agricultura

El modelo de los cultivos transgénicos

La concentración económica y tecnológica es un fenómeno global. Paradójicamente, la ilusión de un mundo sin hambre se vende a través de los monopolios y la filantropía capitalista. El modelo agroindustrial propone más dependencia, fragilidades sociales y económicas.


MONSANTO: Una enfermedad contagiosa

Por Diego Otondo

El gurú del marketing estadounidense Theodore Levitt llamó convergencia de gustos a la globalización, a la convergencia de los mercados por la fuerza de la tecnología. Las empresas transnacionales actúan en el campo económico, social y cultural con una tendencia por fuera de todo esquema territorial soberano. La convergencia de los mercados elude en muchas ocasiones la convergencia de voluntades. Tal es así que los modos de producción de los agricultores han ido mutando de acuerdo al avance tecnológico-científico concentrado en pocas manos.

La Argentina verde y competitiva es el resultado de políticas de Estado al servicio de los agronegocios y de la maquinaria biotecnológica que no se detiene y que pone a cada cual en su lugar. La agricultura industrial, en detrimento de la soberanía alimentaria, promueve la dependencia de los supuestos beneficiarios y crea las condiciones necesarias para su derivación en conflictos sociales, económicos y políticos. El desarrollo nacional previsto en la década pasada significó ser el escenario en el cual se puedan experimentar los métodos más avanzados de agricultura –semillas transgénicas- para retomar la agroexportación como modelo supremo. El protagonista, Monsanto, vendió su herbicida a un tercio más barato con respecto a otros países; se estaba subsidiando a los agricultores (Pierre-Ludovic Viollat, Le Monde diplomatique, abril 2006).

“Por la innovación en semillas, los productores tienen cada vez más cultivos de mayor rinde”, leemos el 8 de marzo de 2009 en La Nación. La referencia obligada a la exposición Expoagro del mencionado diario y de su par Clarín, ponen en la mesa una cuestión crucial: quién dirige la revolución semillera y cómo se acata. En nuestro país como en todo el mundo, el modelo responde a la vieja Revolución Verde propagada como una solución para los agricultores, para desterrar el hambre o, en el lenguaje mercantil, para insertarse en los procesos globalizadores que dicen qué es lo que verdaderamente el mundo necesita.

La Revolución Verde iniciada en los años 60 y su continuación en el siglo XXI, tiene incidencias en la toma de decisiones y en la dependencia creada por el modelo que se sigue. Todos embarcados en una estructura que atenta contra la soberanía alimentaria y, como dijera Marie-Monique Robin autora de El mundo según Monsanto, es una cuestión que atañe a los derechos humanos. Según un informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación titulado El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo “el hambre ha aumentado al tiempo que en el mundo ha aumentado la riqueza y se han producido más alimentos que nunca durante el último decenio”.

Aldea global

De las 100 economías más grandes del planeta, 51 son corporaciones transnacionales según datos de 2006. No ajeno al contexto monopólico, el mundo de las semillas adquiere visibilidad en los gigantes genéticos que dominan el mercado y la concentración: quien domina las semillas domina el principio de la cadena de producción de alimentos. En el podio global de la concentración semillera se encuentran diez corporaciones de las cuales cinco son gigantes genéticos (ETC Group, 2002). Las tres compañías que encabezan los primeros puestos en ventas –Monsanto, DuPont y la suiza Syngenta – han tenido ingresos en 2006 por 9000 millones de dólares que, traducido, quiere decir el 39% del mercado mundial.

El panorama corporativo tiene grandes aliados. Por un lado, aquellos países que institucionalmente poco hacen para evitar pertenecer al modelo de los agronegocios y al mundo de los Organismos Modificados Genéticamente.  Por el otro, el capitalismo filantrópico atento a sus ofertas pero no a las demandas de la población. La primera Revolución Verde nació de la mano de las fundaciones Ford y Rockefeller; la segunda está acompañada por 150 millones de dólares en una primera inversión emanados de la fundación que preside Bill Gates y señora, más Rockefeller que continúa su altruismo en el incipiente siglo. Las características que acompañan al plan llamado Alianza para una Revolución Verde para África presupone la eliminación del hambre en África contemplado en el mejoramiento de los suelos para un mayor rendimiento de los cultivos y permitir a los agricultores el acceso a los fertilizantes. Para el cumplimiento de los objetivos, se tuvo la extrema prudencia de contratar a dos ex empleados de Monsanto provenientes de la división de biotecnología del gigante norteamericano.

Brasil y Sudáfrica aprobaron en 2003 la siembra de cultivos transgénicos como soja o maíz Bt. En América Latina se suman Uruguay, Bolivia en 2008 sembrando 600 mil hectáreas de soja Roundup Ready (RR) y Paraguay. En África, Burkina Faso y Egipto se sumaron al optimismo agroindustrial para comercializar algodón Bt y maíz Bt respectivamente. Siguiendo la tendencia pro mercado biotecnológico, la International Service for the Acquicition of Agri-biotech Applications (ISAAA) evalúa la adquisición de la biotecnología como uno de los objetivos del Milenio en 2015, es decir, reducir la pobreza y el hambre, objetivos que, paradójicamente, son llevados a cabo por corporaciones que hacen pie monopólicamente.

Inmediatamente la soja (RR) se instaló en el mercado, Argentina, de la mano de Felipe Solá y Héctor Huergo –que edita el suplemento Rural de Clarín – hizo gala de un modelo agroexportador de vieja data en el contexto de las políticas neoliberales. Escribe Huergo en febrero de 2007: “Soja y maíz son, precisamente, los dos cultivos que mejor expresan la visionaria decisión de insertar a la Argentina en la era de la biotecnología. Un día habrá que homenajear en serio la jugada de Felipe Solá, cuando liberó al mercado la soja transgénica, precisamente en 1996. ¿A quién le pertenece la biotecnología?

Los objetivos

Ante el avance de las corporaciones y sus productos que implican modelos, tanto para el país de origen de la empresa, como para aquellos llamados en desarrollo que alegremente adoptan los nuevos postulados, las regulaciones institucionales chocan con el poder o el avance privado a secas. La paradoja es la siguiente: “un éxito económico y agronómico (…) implica más importación de alimentos básicos, además de la pérdida de la soberanía alimentaria, y para los pequeños agricultores familiares o para los consumidores, esa clase de incrementos sólo implica un aumento en los precios de los alimentos y más hambre” (Revista Mundo Natural).

El camino correcto en clave corporativa la resume un ex directivo de Cargill citado por Brewster Kneen autor de "Gigante Invisible. Cargill y sus estrategias transnacionales": “Hay una creencia equivocada de que la mayor necesidad agrícola del mundo en vías de desarrollo es alcanzar la capacidad de producir  comida para el consumo local. Esto es un error... Los países deben producir lo que ellos mejor hacen, y comerciarlo... La agricultura de subsistencia... encamina al mal uso de recursos y daña al medio ambiente” (Adolfo Boy, Grupo de Reflexión Rural).

Otra herramienta para doblar la apuesta es la denominada tecnología Terminator. Dicha tecnología implica que las semillas una vez cosechadas se vuelven estériles para usos posteriores. Terminator o semillas suicidas expone a 1400 millones de personas al peligro de poner fin a su soberanía alimentaria. La tecnología está contenida, por el momento, con una moratoria de facto por parte del Convenio de Diversidad Biológica de Naciones Unidas que prohíbe la comercialización de las semillas y las pruebas de campo. La tecnología significa que “los agricultores serán obligados a pagar por el privilegio de restaurar la fertilidad a sus semillas cada año, una nueva forma de perpetuar el monopolio de la industria de las semillas” (Terminator: la secuela. ETC Group, 2007).

Los enfoques corporativos van de la mano de resoluciones institucionales que acatan o no determinados procesos. En el año 2005 la Oficina Europea de Patentes tendió una mano a los gigantes genéticos: concedió la patente europea Terminator a Syngenta. En los Estados Unidos fue en el año 2001 que se otorgó la licencia de dicha tecnología a Delta & Pine Land a través del Departamento de Agricultura. La mala noticia es que D&PL, la mayor semillera de algodón del mundo, fue comprada por Monsanto. D&PL era subsidiaria en trece países incluyendo grandes mercados como China, India, Brasil y Pakistán.

La penetración corporativa actúa de manera externa a las necesidades internas de cada país. Según la ONG Grain, “los proyectos responden claramente a una agenda externa a los países. Se trata de una estrategia que hace tiempo aplica el Banco Mundial y el Gobierno de Estados Unidos para armonizar las regulaciones sobre transgénicos a nivel de acuerdos regionales, como una forma para dejar de lado los procesos nacionales…”. A tal punto que en México, por ejemplo, la Ley de Biodiversidad es conocida como Ley Monsanto, y la contaminación transgénica de maíz nativo no mereció ninguna medida del gobierno local.   

Poderes  

La agroindustria que propone una agricultura sin agricultores literalmente o agricultores que no tengan ningún poder de decisión frente a los avances tecnológicos, la manera de cómo y qué producir, hacen eco de un régimen que se traslada del norte hacia el sur. La dependencia económica del país receptor de tales avances tecnológicos se acentúa de tal manera que decir no a la biotecnología es resignar dinero para las arcas estatales, más aún si las exportaciones no están lo suficientemente diversificadas.  

En Ecuador, por ejemplo, se aprobó en febrero de 2009 la Ley Orgánica de Soberanía Alimentaria la cual declara al país libre de cultivos y semillas transgénicas. El presidente Rafael Correa vetó parcialmente la ley y la envió de vuelta a la Asamblea legislativa dejando abierta una puerta. En Brasil la creación de un Consejo Nacional de Bioseguridad para resolver la cuestión de los OGM resultó ser una pálida parodia enfrentando al Ministerio de Medio Ambiente y al Ministerio de Agricultura. Durante el conflicto Paulo Pimenta diputado del Partido dos Trabalhadores fue invitado a Saint Louis, Missouri para recorrer las instalaciones de Monsanto (Jean-Jacques Sevilla, Le Monde diplomatique, diciembre 2003). Finalmente la soja RR venció a expensas de la moratoria vigente y mediante el contrabando desde Argentina, pasando a ser en la actualidad junto con el glifosato, un arma estratégica para el país. 

La Argentina por su parte, piensa en la soja como la madre de todas las soluciones, pero también promueve determinados conflictos. Es un problema fiscal –recaudación por parte del Estado- y es el drama de las retenciones que la Mesa de Enlace y sus súbditos políticos intentan revertir. Mientras tanto, las corporaciones semilleras no poseen entidad política ni son presentadas dentro de un esquema de relaciones de poder con intereses concretos, tarea que los grandes medios hacen a la perfección. Sin embargo, el modelo emanado de la desregulación que Ronald Reagan le imprimió a su administración en la década del `80 fue tomado con precisión aquí como una premisa irrefutable. El área sembrada en una década se incrementó un 126%, todo en detrimento de la leche, el maíz y el trigo favoreciendo la concentración de la tierra en pocas manos según el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria.

De esta manera, los modelos monopólicos favorecen esquemas de producción que como sugiere el científico etíope Melaku Worede crean nuevas dependencias y fragilidades en la economía. Su pensamiento en suelo africano se traslada globalmente y agrega que se debe construir desde los campesinos o agricultores, que debemos preguntarnos para quién está dirigida la supuesta Revolución Verde en el nuevo milenio.

La dependencia se manifiesta en el precio que el mercado ofrece, en lo que hay que hacer para satisfacer las demandas de países que se dedican mayormente a las manufacturas. El economista Julio Sevares sostiene dos escenarios como alternativas: “…dejarse llevar por la corriente de la historia hacia un nuevo y más complejo esquema de asimetrías, dependencia y vulnerabilidad comercial, o sustituir importaciones y exportaciones” (Revista Nueva Sociedad, enero-febrero 2007).

El mercado nos da la posibilidad de integrar un círculo vicioso en el que la tecnología y la ciencia no dan cuenta de la redistribución de la riqueza y de los recursos naturales. Al contrario, premisas basadas en dichos elementos escapan al conjunto de la sociedad beneficiando a los monopolios reinantes. Las demandas de la población, el hambre y la miseria, la concentración y la redistribución de la riqueza, el desplazamiento y la contaminación, no pueden ser respondidas mediante la acción corporativa porque el equilibrio es inexistente en el conjunto de la sociedad. Los esquemas agroindustriales son producto de políticas neoliberales con una marcada tendencia hacia la concentración en todos los niveles. La convergencia de voluntades está lejos de obtener un resultante favorable hacia los problemas estructurales, sino más bien todo lo contrario.    

Idas y vueltas

En Europa la cuestión transgénica tiene varias aristas. Por un lado, Alemania junto a Luxemburgo, prohibieron los cultivos transgénicos sumándose Francia, Italia, Grecia y Polonia. Precisamente la prohibición recae en el maíz MON 810 de Monsanto. El maíz transgénico es el único permitido por la Unión Europea (UE) siendo España el país que acapara el 75% de la producción. Sin embargo, hace unos años que la UE lleva a cabo investigaciones con actores públicos y privados en un proyecto llamado Transcontainer que significaría resucitar la tecnología Terminator. El objetivo del proyecto es evitar la diseminación de transgenes y la contaminación de plantas convencionales u orgánicas que crezcan en las inmediaciones para garantizar la coexistencia entre los cultivos convencionales y los transgénicos. En el mismo sentido, la soja Roundup Ready 2 Yield que será lanzada al mercado este año, ha sido aprobada en los 27 países integrantes de la UE para alimento humano y animal.   

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