Lunes 24 de Julio de 2017 - 23:48hs. - República Argentina Edición # 1747

Revista #25 Marzo 2009 > Agricultura

En el reino de la soja

Muchos años han pasado desde la época en que Argentina era considerada el granero del mundo, con un extenso territorio pródigo en trigo y maíz y con vacas cuya carne era considerada casi un destino turístico por todo aquel extranjero que nos visitara. Por ello, el crecimiento económico argentino siempre estuvo ligado a la producción agropecuaria que, desde sus comienzos, cobijó un entramado social complejo.


Por Luis Freitas

El modelo agroexportador, basado en la apropiación de la tierra por parte del pequeño grupo conformado por los terratenientes de la pampa húmeda, desde siempre generó divisas decisivas para el funcionamiento global de la economía. Sin embargo, ésto sólo enriqueció a la oligarquía agropecuaria -con aceitados y muy fructíferos vínculos con el poder de turno)- mientras que los pequeños y medianos productores debieron acostumbrarse a vivir con lo puesto. Según Alejandro Rofman, especialista en economías regionales, “Cuando se habla del campo hay que considerar el peso relativo que tienen los diversos sectores, donde los pequeños productores representan el 66 por ciento del total de unidades  productivas pero controlan apenas el 13 por ciento de la superficie”. Según datos del Censo Agropecuario 2001, los 936 terratenientes más poderosos tienen 35.515.000 hectáreas, y en el otro extremo, 137.021 agricultores poseen solamente 2.288.000 hectáreas.
 

Siguiendo los diversos vaivenes de la situación internacional, de las políticas macroeconómicas y agrarias, el sector agropecuario siempre tuvo un papel relevante en el abastecimiento de los alimentos, en la demanda de insumos y servicios y fogoneó el funcionamiento global de la economía. Pero para la construcción de la infraestructura inicial necesaria para su funcionamiento no fueron los terratenientes los que invirtieron el capital, sino que fue hecha gracias a las inversiones inglesas. Así, la inserción de la Argentina en el mercado mundial quedó restringida a las materias primas, y con una gran dependencia de las manufacturas externas.

Las vaquitas son ajenas


Como en nuestro país la tenencia de la tierra está en unas pocas manos, el desarrollo fue diferente al de naciones con características similares como Australia o Canadá. “Una de las diferencias con Canadá -apunta el historiador y economista Mario Rapoport- es que acá no se creó una clase media rural. En Canadá hubo dos provincias que se repartieron de forma gratuita a los inmigrantes. En Argentina, después, aumentó el precio de la tierra. Y el modelo termina complicando, también, el sistema financiero, porque los inmigrantes no tienen nada para ofrecer como garantía y no tienen acceso al crédito”.
 

El modelo agroexportador concentrado -que dependía de la demanda y de los precios internacionales de las commodities- fue hegemónico en nuestro país hasta la crisis del ’30. Aunque los conservadores en el poder continuaron aplicando políticas proteccionistas para defender los intereses agroexportadores, se hacía casi imposible conseguir manufacturas del exterior. Poco a poco el campo fue cediendo terreno a un incipiente proceso de industrialización y de sustitución de las importaciones porque, como dijera por aquella época Carlos Pellegrini, “la Argentina no puede ser una granja de las grandes naciones manufactureras”. De todos modos las primeras industrias que se desarrollaron fueron las vinculadas a la producción de alimentos manufacturados y a los frigoríficos.
 

A partir de mediados de los ’60, el sector agropecuario vuelve a la senda del desarrollo constante que lo diferencia del resto de la economía y llega a los ’90 con un crecimiento de casi el 6 por ciento anual. Este proceso tiene que ver con los intensos cambios tecnológicos, la expansión de los cultivos de oleaginosas (soja y girasol especialmente) y el fortalecimiento de los productos de algunas economías regionales. “La Argentina se ubica así entre los primeros exportadores mundiales de cereales y oleaginosas, de aceites asociados, de limón, de peras, de miel -afirma Osvaldo Barsky, investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas- al tiempo que expande productos de alto valor agregado como el vino de creciente calidad”. A esto hay que agregar en los últimos años un crecimiento acelerado de la industria de la maquinaria agrícola -con exportaciones a Brasil y Venezuela, entre otros destinos- y de los insumos químicos, como fertilizantes y pesticidas. Actualmente la agricultura, la ganadería y el sector alimentos sumados representan el 17 por ciento del producto bruto nacional, el 60 por ciento de las exportaciones y proporcionan más del 20 por ciento del empleo.
 

Los cambios tecnológicos también trajeron aparejado un cambio en el modo de producción. Hoy el 35 por ciento de los productores medianos y grandes cubren el 85 por ciento de la superficie total, y son los que reciben los mayores beneficios del proceso de apertura a los mercados externos.

Un “yuyo” rendidor


Gracias a los avances tecnológicos, y ayudada por las buenas condiciones climáticas, en 1984 la cosecha argentina de granos fue récord, con casi 45 millones de toneladas, en un escenario con altos precios para los cereales y las oleaginosas. Sin embargo, esta evolución productiva tuvo un correlato inverso en la dimensión macroeconómica. El Censo Nacional Agropecuario (CNA 2002), arrojó como resultado que las políticas implementadas en los años 90 condujeron a una fuerte concentración de la tierra y a una disminución de la diversidad productiva. Debido a la sostenida demanda en los mercados internacionales -con China a la cabeza- y una disparada de los precios, la mayor en los últimos 25 años, la soja se transformó en un gran negocio. El proceso fue corriendo la frontera agrícola hacia el norte (Chaco, Santiago, Formosa, Salta y Tucumán).
 

En 1997, y en pleno auge del “yuyo” como algunos suelen llamarlo, a través de una resolución administrativa de la Secretaria de Agricultura -bajo la gestión de Felipe Solá- Argentina se transforma en uno de los primeros países en autorizar la siembra de la soja Roundup Ready. Tal variedad modificada genéticamente es resistente al glifosato (pesticida comercializado bajo el nombre de Roundup), ambos desarrollados por la firma estadounidense Monsanto.
 

Para aprovechar mejor la coyuntura algunos productores agropecuarios se agruparon formando los primeros pools de siembra. El más emblemático de ellos es el liderado por Gustavo Grobocopatel, catalogado como un empresario modelo durante el gobierno de Néstor Kirchner a quien acompañó en algunas giras de negocios al exterior. Pero el sistema también se convirtió en una atrayente alternativa para los inversores extranjeros, fueran o no del medio agrícola.
 

Poco a poco el escenario inflacionario con costos crecientes de insumos en dólares y suba de las retenciones a las exportaciones, muchos productores prefirieron optar por los fondos de siembra en lugar de apostar a la producción.
 

Actualmente casi el 100 por ciento de la soja que se produce en nuestro país es transgénica. La semilla patentada por Monsanto más los insumos necesarios que también provee esta empresa conforman un paquete tecnológico que hace rentable el negocio para la gran explotación, eliminando a los pequeños agricultores, reduciendo los requerimientos de mano de obra, y destinando en gran parte la cosecha a los mercados internacionales.
 

Sin embargo, la evolución productiva consecuente del viraje puesto de relieve en el plano tecnológico tiene un correlato inverso en la dimensión macroeconómica. El Censo Nacional Agropecuario (CNA) 2002, presentado por el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), arrojó como resultado que las políticas implementadas en los años 90 condujeron a una fuerte concentración de la tierra y a una disminución de la diversidad productiva. Dos claros fenómenos que amenazan la soberanía y la seguridad alimentaria del país.
 

El caso más preocupante es el registrado en la provincia de Buenos Aires. Allí las explotaciones pasaron de 75 a 51 mil y el tamaño aumentó de 361 a 505 hectáreas, lo que implica un crecimiento del 40 por ciento. En un desagregado por tamaño de las unidades productivas, puede observarse una reducción del 38 por ciento en la cantidad de explotaciones de hasta 500 hectáreas, una disminución del 5,5 por ciento en el segmento de 500 a 2.500; un moderado incremento -del 6,6 por ciento -en el tramo de entre 2.500 y 10 mil hectáreas, y una concentración de la propiedad en el segmento de más de 10 mil hectáreas: allí la cantidad de propietarios pasó de 64 a 92, y la superficie se expandió en igual medida: pasó de 1 millón a 1,5 millones. Así, en la zona más productiva del país “se consolida un modelo agrícola más extensivo y mecanizado, y con menores necesidades de población y equipamiento e infraestructura social”, dice Gustavo Zarrilli, experto en historia rural y secretario de posgrado de la Universidad de Quilmes.
 

Otro fenómeno importante que se verifica es la concentración de la tierra, no sólo como propiedad, sino también como recurso productivo. Las estimaciones hablan de que el 50 por ciento de la superficie pampeana  es trabajada  por grandes contratistas y “pooles de siembra”.
 

Es decir que el modelo agropecuario general de tipo familiar, consolidado en los ’60, está dando lugar a uno mucho más concentrado, donde los pequeños y medianos productores dejan su lugar a nuevos empresarios agropecuarios y nuevos modelos de gestión. El modelo impuesto por el proceso de globalización hizo que muchos productores agropecuarios “quebraran y vendieran sus explotaciones, generalmente a otros productores más dinámicos y capitalizados, o a gente de la ciudad que busca invertir en tierra”, aclara Zarrilli.
 

La consecuencia es un fuerte despoblamiento rural, empobrecimiento de las relaciones sociales y de la diversidad técnico, productiva en las áreas rurales. A su vez, esta concentración de la tierra permite una mayor homogeneización de sistemas y actividades productivas, los que pasaron a estar controlados desde las ciudades a través de un proceso más moderno y tecnificado con la lógica de los agronegocios. Tal modelo productivo que expulsa agricultores del campo a la ciudad, que pone a la producción agrícola bajo el control total de los grandes grupos económicos (fondos de inversión y multinacionales), es el que pretende instalar la soja transgénica como paliativo de la pobreza y como alimento básico de la dieta argentina. El problema no es la soja en sí (alimento destacable), sino el modelo de monocultivo en gran escala de la soja transgénica con destino a la exportación, que impulsa en nuestro país la implantación del modelo agropecuario "sin agricultores".

 Los nuevos dueños de la tierra
 

Luciano Benetton tienen un millón de hectáreas productivas en la Patagonia, la empresa chilena, Arauco, asociada con capitales argentinos, compró casi el 6 por ciento del territorio de Misiones, el grupo norteamericano AIG, posee en Salta, junto a la finca Jasimaná, 1,5 millón de hectáreas (casi el 7 por ciento de la superficie de la provincia), el magnate Ted Turner compró 55 mil hectáreas en Neuquén y Tierra del Fuego, el consorcio anglo-malayo Walbrook desembarcó en Malargüe (Mendoza), comprando un campo para impulsar la agricultura y el ganado caprino y en Fiambalá (Catamarca) el grupo GCN Combustibles -cuyo principal accionista sería el Grupo Nikkon- se punta con 700 mil hectáreas.
Según cálculos de la Federación Agraria Argentina, admitidos por fuentes gubernamentales y privadas, casi un 10 por ciento del territorio nacional -unos 270 mil kilómetros cuadrados- está vendido a extranjeros o a la venta.

Hasta mediados de 2007, de las 31,4 millones de hectáreas correspondientes a las mejores tierras cultivables del país 17 millones (53,8 por ciento) ya han sido vendidas a conglomerados extranjeros. Por caso, Daniel Enz y Andrés Klipphan, consignan en su libro Tierras SA, que el gobierno de Corea del Sur -el principal comprador  mundial de tierras, con 2.306.000 hectáreas- adquirió 21.000 hectáreas para cría de ganado en Argentina.
 

“Una de las grandes batallas del siglo XXI será la de la alimentación”, apunta el periodista Ignacio Ramonet en un artículo de Le Monde Diplomatique. “Muchos países, importadores de comida, se ven afectados por el aumento de los precios. Los Estados ricos lo venían soportando; hasta que, en la primavera de 2008, se asustaron por la actitud proteccionista de naciones productoras que limitaron sus exportaciones. A partir de ahí, varios Estados con crecimiento económico y demográfico -pero desprovistos de grandes recursos agrícolas y de agua- se aseguran reservas de comestibles comprando tierras en el extranjero”.
En general, la cesión de tierras a Estados extranjeros se traduce en expropiaciones de pequeños productores y aumento de la especulación. “Es un retorno a odiosas prácticas coloniales, -apunta Ramonet- y una bomba con efecto retardado. Porque la tentación de los Estados extranjeros es la de saquear los recursos, como lo hace China, con mano de obra importada y poco beneficio local. Pero la resistencia se organiza. Paraguay ha aprobado una ley que prohíbe vender parcelas a extranjeros. Uruguay se lo está planteando; y Brasil estudia cambiar su legislación”.
La pregunta del millón es ¿qué hará Argentina?
 

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