Viernes 23 de Junio de 2017 - 07:37hs. - República Argentina Edición # 1715

Revista #32 Octubre 2009 > Agricultura

Permacultura: Con la Naturaleza como aliada

Desarrollada en Australia en la década del 70, la permacultura es una forma de entender la agricultura que se basa en un profundo respeto a la naturaleza y a la manera en que ésta se organiza, y que intenta, en todo lo posible, imitar su comportamiento.


Por Luis Freitas

  “China ha tenido este año un superávit comercial de 64 billones de dólares con Estados Unidos, atraviesa una era industrial de inmensas proporciones, y su presidente prometió al pueblo que podrían comer dos huevos a la semana, lo que supone un huevo adicional a la semana con respecto a lo que comen ahora. Una noción muy simple de matemáticas nos indica que el darle al pueblo chino un huevo más a la semana acapararía toda la producción mundial de cereales. Lo que verdaderamente ha cambiado es el hecho de que China pueda comprar esos cereales. De manera que en el futuro habrá muy distintas clases de gente pasando hambre”.

   La frase -que muestra el inevitable estrechamiento entre las necesidades alimentarias de la población mundial y la capacidad del medio ambiente para satisfacerlas- no fue pronunciada en estos días por algún analista económico. La misma formaba parte del discurso pronunciado por Bill Mollison -un ecologista australiano- en Tokio, en octubre de 1996.

   Mollinson fue quien desarrolló en la década del ’70, junto a su colega David Holmgren, una serie de ideas con la esperanza de crear sistemas agrícolas estables. Ese fue el comienzo de la permacultura, término que es el resultado de la contracción formada con las palabras permanente y agricultura. Los preceptos básicos sobre los que se asienta la permacultura en todas partes del mundo son pocos y sencillos: no comprar electricidad, agua ni gas, producir alimentos sin trabajar la tierra, no crear basura y buscar soluciones regionales, creando sistemas productivos que tengan la estabilidad, diversidad y flexibilidad de los ecosistemas naturales. Estos deben satisfacer las necesidades básicas, resultar ecológicamente sostenibles, económicamente viables, no contaminar y resultar autosuficientes a largo plazo. Se trata de una cultura permanente, es decir, una forma de vivir y de trabajar que puede ser practicada por todos los habitantes del planeta sin causar problemas.

   Mollinson comenzó a pensar en esta alternativa motivado por el gran cambio que, según él, sufrió la agricultura al final de la Segunda Guerra Mundial. En ese momento muchas industrias que fabricaban vehículos, gas nervioso o explosivos quedaron con gran capacidad ociosa. ¿Qué pasó entonces? Los Estados Unidos comenzaron a inventar guerras con países pequeños en donde lanzar todas sus bombas, que es lo que pasó en Vietnam y Kuwait. Pero también recicló la industria del gas nervioso, trasladando simplemente su punto de mira a la agricultura, fabricando venenos que pudieran usarse en la tierra. Asimismo, la agricultura permitió reciclar la maquinaria de guerra con los vehículos de tracción y el empleo de fertilizantes, especialmente de fertilizantes de nitrógeno, ocupando a un gran número de industrias que con anterioridad fabricaban explosivos. “Por ello, dice Mollinson, la industria moderna está en pie de guerra con la naturaleza”.

   A partir de la década del ’70, el fracaso de la agricultura moderna empezaba a ser evidente. Nunca hasta ese momento se habían visto extensiones tan grandes de tierra erosionada, en un proceso que siguió sin pausa. Hoy en día es común el uso de súper plantas con súper fertilizantes, sometidas a una súper irrigación y súper fumigación, que traen como resultado la destrucción de la tierra y el agua, la reducción drástica de la biodiversidad y la inutilización de billones de toneladas de suelo que anteriormente constituían paisajes fértiles. Afortunadamente, los esfuerzos de Mollinson y Holmgren tuvieron sus frutos y hoy el avance a nivel mundial de la permacultura se extendió, incluso mucho más allá de los sistemas agrícolas. Ahora este sistema abarca todos los temas fundamentales a la hora de armar un diseño integral de sistemas sostenibles, como la bio-construcción, la tecnología apropiada, diseño de sistemas sociales, de la economía, la ética, educación y salud, entre otros.

Permacultura criolla

   Hasta mediados de los ’90 cualquier argentino que quisiera aprender permacultura debía viajar a Australia, Inglaterra o Canadá. Eso fue lo que hizo Antonio Urdiales Cano, ex técnico de YPF.  Una vez que se hubo empapado lo suficiente sobre tecnologías enfocadas en lo sustentable, volvió al país y, desde 1997, está dedicado al diseño, enseñanza e investigación de permacultura. Docente de escuelas técnicas, Urdiales Cano participó -entre 1982 y 1995- del Programa de Autosuficiencia Regional. Hoy practica y enseña huerta orgánica, casa ecológica y microemprendimientos desde un predio al costado de la estación de Colegiales, en Capital Federal. “Afortunadamente, hoy en día se puede aprender y practicar la permacultura en muchos lugares del país”, dice a 2010 Urdiales Cano. Algunos de los lugares donde tomar contacto con la permacultura son la Fundación Yanantin, en San Francisco del Monte de Oro (San Luis); el Centro de Permacultura de Córdoba; el Centro de Aprendizaje Chacra Millalén, en El Hoyo (Chubut); el Centro de Investigación, Desarrollo y Enseñanza en Permacultura (CIDEP), en Mallín Ahogado y el Centro de Agricultura Sostenible, estos dos últimos en El Bolsón (Río Negro). Pero el más importante se encuentra ubicado en la localidad de Navarro, provincia de Buenos Aires. Se  trata de la Eco Villa Gaia, donde en 1995 se dictó el primer curso de diseño de ecosistemas a cargo Max Lindegger, un cualificado diseñador australiano de permacultura que desde 1981 ha trabajado en unos 750 proyectos de desarrollo de ciudades y pueblos ecológicos en toda Australia.

   En Gaia -a unos 110 kilómetros de la ciudad de Buenos Aires-  funciona el Instituto Argentino de Permacultura (IAP), que cuenta con una superficie de más de 20 hectáreas en un terreno elevado, con suave declive, fértil y con un suelo franco arcilloso. Allí conviven en armonía plantaciones de rúcula, lechuga, jacón (planta arbustiva cuyas raíces pueden llegar a pesar 15 kilos por planta), puerro, chayote o papa aérea, mostaza, arvejas, zapallo y brócoli. Dentro de los árboles frutales se destacan higueras, guayaba, nogales, duraznos y cítricos como quinotos, mandarinas, naranjas y pomelos.

   Gustavo Ramírez, fundador de Gaia junto a su pareja, Silvia Balado, está convencido de que el desarrollo de ecovillas en diferentes bioregiones “permitirá un muy rico intercambio de recursos, conocimientos y habilidades, en especial dentro de la producción de alimentos y de otros recursos renovables. Con el uso del suelo aplicando las propuestas de la permacultura se logra que el suelo a lo largo de décadas mejore su calidad con relación a la que naturalmente poseía. Además, evitando el uso de agroquímicos contribuimos a un ambiente no contaminado y combatiendo la deforestación a través de un importante proyecto de reforestación nos hemos propuesto producir más oxígeno que el dióxido de carbono generado por nuestra actividad. A tal efecto ya llevamos plantados más de 600 árboles (frutales y de cortina de viento) y arbustos”.

   Todas las casas de la villa -de original diseño bioclimático- están construidas según la técnica de modelado directo, usando barro, paja, cañas y madera, y su funcionamiento previene la polución en varias formas, por un uso cuidadoso del agua y el reciclado de residuos y desechos humanos.  La energía eléctrica proviene de tres aerogeneradores que cargan un banco de baterías, almacenando suficiente carga para los días sin viento. La energía se almacena en corriente continua y por medio de inversores se convierte en 220 voltios y en corriente alterna. Con hornos, cocinas y calefones solares y destiladores de agua, se aprovecha la energía calórica del astro rey, ahorrando leña, necesaria para la calefacción de las viviendas. “El proyecto -explica Ramírez- busca el más alto nivel de sustentabilidad económica. Tratando de que la mayor parte de las actividades se realicen en el lugar, disminuyendo al máximo la pérdida de tiempo y de energía por viajes. Todo esto constituye un modelo que de ninguna manera influye negativamente en el cambio climático global”.

   Aplicando en el suelo las propuestas de la permacultura se logra que a lo largo de décadas este mejore su calidad con relación a la que naturalmente poseía. “Evitando el uso de agroquímicos -agrega Ramírez- contribuimos a un ambiente no contaminado y combatiendo la deforestación a través de un importante proyecto de reforestación nos hemos propuesto producir más oxígeno que el dióxido de carbono generado por la actividad de la Ecovilla. A tal efecto ya llevamos plantados más de 600 árboles (frutales y de cortina de viento) y arbustos”.

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