Viernes 28 de Abril de 2017 - 20:52hs. - República Argentina Edición # 1659

Revista #18 Mayo 2008 > Agricultura

Profetas en su tierra

La mujer latinoamericana en la economía social


Por Luis Freitas

Destacar el importante rol femenino en los comienzos de la agricultura en nuestro país, y en América Latina en general, fue una de los motivos que impulsaron la realización del Primer Encuentro Internacional de Mujeres Rurales, Turismo, Alimentos e Identidad. También se ponderó el esfuerzo de las mujeres en el cuidado de la tierra, en la producción de alimentos, de las fibras tejidas o en el desarrollo del turismo rural, todas fuentes de recursos económicos y a la vez una manera de mantener viva la identidad cultural de los pueblos originarios.

Organizada por la Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires, el Ministerio de Asuntos Agrarios y Producción, el Banco de la Provincia de Buenos Aires y la Lotería provincial, en esta reunión denominada “Mujeres de la Tierra”, se dieron cita mujeres dirigentes de organizaciones del ámbito rural; funcionarios y dirigentes de áreas agropecuarias, turísticas y de desarrollo rural, así como investigadores y docentes. Aprovechando la oportunidad, 2010 conversó con algunas de las mujeres a cargo de proyectos exitosos desarrollados en Argentina y otros países latinoamericanos.

“Jujuy siempre ha tenido problemas de relegamiento por ser periférica, por estar lejos del puerto de Buenos Aires, que es donde se deciden las políticas macroeconómicas. En la última década la pobreza sale a la vista, emerge a través de la mujer, que irrumpe en el mercado laboral buscando un salario que le permita llevar de comer a sus hijos. La situación era muy crítica, la mayoría de las mujeres que habían migrado de la zona de la Puna a San Salvador de Jujuy veían que las posibilidades  de conseguir un puesto de trabajo eran casi nulas. Manos Jujeñas aparece en este contexto, con esas mujeres comenzamos a formar diferentes grupos de producción artesanal. Lo primero fue la artesanía del tejido con lana de llama. Hicimos muestras, montamos un puesto en la zona del centro y tanto la producción como la venta se realizaba en forma asociativa”. Así explica Beatriz Cabanna el nacimiento de este proyecto, que en los ’90 tuvo que competir con la invasión de los productos “made in Taiwan”, cuyos costos tan bajos terminaron por aniquilar la mayor parte de la producción artesanal. “Además tampoco había tanto auge del turismo”, agrega Cabanna. Para evitar volver a la situación anterior y aprovechar el nivel organizativo que habían logrado, estas mujeres jujeñas pusieron a funcionar su imaginación. “Pasamos de ser artesanas de tejidos a ser artesanas de la comida, recuerda Cabanna. Apelamos a la memoria y empezamos por recuperar frutos ancestrales de la tierra como la quinua, el maíz, la papa andina, la carne de llama. Luego recuperamos las recetas, las formas de cocinar y a elaborar nuestros propios sabores”. Al hecho de poner en relevancia ese valor cultural que naturalmente trae la mujer, se le sumaron la reivindicación de la independencia y la autonomía, y la posibilidad de llevar a cabo una transformación social que aliviara la tensión generada por esposos e hijos desocupados.

“Además de recuperar la memoria culinaria de nuestros abuelos,   Manos Jujeñas -que hoy cuenta con un restaurante ubicado en pleno centro de San Salvador de Jujuy- es una herramienta netamente socioeconómica, dice Cabanna. Se trata de una cooperativa de mujeres -con veinte socias directas- que genera trabajo para muchísimas más, la mayoría provenientes de la quebrada y la Puna. Muchas de ellas ahora vuelven a sus lugares de origen con la experiencia a cuestas y con ganas de multiplicar la labor y volver a arraigarse en su tierra”.

Poco a poco el objetivo de recuperar la memoria y la identidad cultural se va cumpliendo. Además de los alimentos, también hay un rescate de la flechada o las mingas (rituales que tienen que ver con la construcción comunitaria de, por ejemplo, la primera vivienda de una pareja de recién casados), de la corpachada (ceremonia en la que el pueblo le da de comer a la Pachamama o madre tierra), del carnaval “que es parte de nuestra cultura y donde nosotros mostramos nuestras comidas y bebidas como la chicha (hecha mediante la fermentación  del maíz) o el refresco de quinua”, aclara Cabanna.

La tentación en la que caen muchos campesinos de sembrar soja, un cultivo más fácil de realizar y mucho más rentable, ha disminuido a partir de  que -hace cuatro años- la UNESCO designó a la Quebrada de Humahuaca  como patrimonio cultural y paisajístico de toda la humanidad. “A partir de allí, cuenta Cabanna, se dio un enorme crecimiento del turismo que, en general, busca las comidas típicas del lugar Eso nos vino muy bien porque pudimos avanzar en el crecimiento como cooperativa de comidas. La soja se encuentra en cualquier lado, pero lo que nosotros ofrecemos no. La movida turística ha reactivado el negocio del maíz para la producción de tamales, humita. También pasó lo mismo con la papa, con la leche de cabra con que se hace un queso que ahora, incluso, se está exportando a Europa. Nosotras sentimos que somos protagonistas de esta pequeña reactivación de la economía regional.  No sé si somos el ejemplo, pero sí creo que somos una realidad, somos mujeres que han tenido que valerse de su propia cultura para poder empezar a salir de la pobreza. Ahora que el turismo es importante se están dando inversiones en la quebrada y la Puna de Jujuy así como también se ha reactivado el trabajo para los jóvenes tanto en la alimentación como en el agroturismo”.

Mujeres de Candelaria

El éxodo de las mujeres jujeñas también se verifica en el hermano país de Bolivia, pero allí son los hombres los que parten hacia las ciudades en busca de trabajo. “Migraban a las ciudades para trabajar pero la plata que ganaban apenas les alcanzaba para vivir y no quedaba nada para mandar a sus familias. A veces, algunos se la llevaban a la mujer y terminaban viviendo mayor pobreza que acá, hacinados, comiendo poco y mal, dice Clotilde Márquez, una de las responsables del Centro de Mujeres Candelaria. Esta suerte de cooperativa -en rigor una bastante bien aceitada organización socioeconómica que hasta cuenta con bancos comunitarios- está integrada por mujeres indígenas que realizan actividades específicas como la producción de leche, de quinua, artesanías y también están desarrollando el turismo rural.

“Nos empezamos a organizar en 2000 sin ningún apoyo de parte de las autoridades locales o nacionales y gracias a la iniciativa de las mujeres de la localidad de Catacamaya y Sica Sica, que pertenecen al departamento de La Paz, en la zona occidental de Bolivia”, cuenta Márquez. “Hasta ese momento no teníamos una producción cotidiana. Teníamos vacas criollas que no daban leche y que usábamos para roturar la tierra y para vender como carne. No teníamos ingresos económicos, vivíamos verdaderamente en la pobreza”. Poco a poco las mujeres fueron mejorando la ganadería. Compraron algunas vacas holandesas y las cruzaron con sementales criollos hasta lograr vacas lecheras que actualmente están dando entre doce y quince litros de leche diarios cada una. “En la comunidad somos noventa y dos familias y cada familia tiene entre tres y ocho vacas, explica Clotilde. El ordeñe es manual y  participan todos los miembros de la familia, así como del  cuidado y la alimentación de los animales. La producción y la venta están organizadas. La empresa lechera PIL, de La Paz manda un vehículo para transportar la leche y todas las comunidades tienen su personería jurídica para que la comercialización sea bien legal”. Todo el sistema está manejado por las propias mujeres, las que ahora están empezando a incorporar a algunos hombres para que las ayuden, sobre todo con las tareas más pesadas. “Como las mujeres siempre nos quedábamos en las comunidades, es por eso que nos pudimos organizar más que los hombres, pero ahora ellos están regresando para apoyar este proyecto”. La deuda pendiente ahora es evitar que los más jóvenes dejen de buscar nuevos horizontes afuera y se incorporen al trabajo, aunque, en general, cuando se van no lo hacen a las ciudades sino que, según Márquez “emigran a otro país, a España, Argentina, Brasil, porque no en todas las comunidades las cosas van bien”.

El proyecto llevado a cabo en Candelaria ya se ha extendido a más de mil mujeres de otras comunidades. “Con nuestra propuesta vamos sumando más mujeres y estamos produciendo en mayor cantidad, tanto leche como quinua. La quinua es un cereal muy nutritivo, nosotros vendemos el remanente, lo que queda luego de colocarlo en la comunidad y en el mercado interno. Hay intermediarios que nos compran esos granos y lo venden a otros países. El mayor problema para avanzar en la producción de la quinua es la falta de riego, aclara Clotilde, ya no llueve mucho por culpa del calentamiento global y del cambio climático. Como necesitamos riego, en algunos lugares cosechamos el agua de lluvia. Cavamos pozos grandes para que se junte el agua pero tampoco alcanza para la gran cantidad de hectáreas sembradas. Si pudiéramos contar con mayor cantidad de agua podríamos producir mucho más”.

Cruzando el charco

La Asociación Mujeres Rurales del Uruguay es una agrupación civil, sin fines de lucro y con alcance nacional, que nuclea  a más de dos mil mujeres de todo el país  y que están repartidas en más de doscientos grupos. “La estructura formal de la cooperativa se creó en 2004, pero ya en 2001 hizo el lanzamiento de la marca común denominada Delicias Criollas, explica Magela Tiscornia, una de sus representantes, y en 2002 se llevó a cabo la primera experiencia de ventas”.

Delicias Criollas es el proyecto piloto de la asociación, es su brazo comercial y cuenta con una estructura independiente. La marca registrada  actualmente cuenta con  aproximadamente un total de sesenta productos, en sus diferentes presentaciones. “Fabricamos gran variedad de alimentos artesanales: frutas y hortalizas en almíbar, licores, encurtidos -pickles-, hongos en escabeche, mermeladas y panificados  como alfajores, pan dulce y budín inglés”, cuenta Tiscornia. “Es una experiencia encarada por trece de los grupos que conforman la asociación, distribuidos en diferentes departamentos del Uruguay. Hay gente de Artigas, Montevideo Rural, Canelones, Flores, San José, Soriano, Tacuarembó y Rocha, entre otros. Ellos están abriendo el camino para que luego se vayan incorporando nuevos grupos”.

La mecánica del proceso productivo es simple. “Los grupos tienen distribuida su producción y cada uno se dedica a un producto en especial. “La especialización tiene que ver con la producción que se hace en la zona. Se trata de buscar los productos típicos de cada una y darles un valor  agregado”, aclara Tiscornia. “Por ejemplo, en Rocha se desarrollan muchísimo las palmeras de butiá, entonces allí se produce el licor de butiá, elaborado a base de los frutos de la palmera. Respecto de la infraestructura de cada unidad productora, la idea era no centralizar como siempre todo en Montevideo, sino que los productores pudieran permanecer en su lugar, en la tierra donde nacieron, en el campo, con su familia. Entonces todos los grupos tienen sus locales, pequeñas plantitas industriales, cada una con su habilitación correspondiente. Dentro de estas unidades productivas hay grupos familiares y también agrupaciones de mujeres de la zona, que se organizaron para encarar esta actividad”.

Más allá de las naturales diferencias, a todos estos proyectos los une un esfuerzo común por recuperar los productos típicos de cada región, lograr salir de la pobreza y recuperar la identidad perdida entre otras cosas por el casi imparable avance de la soja. “Nuestra presencia acá, dice Cabanna permite compartir experiencias y demostrar que son alternativas ante la falta de alimentos que hay en todo el mundo, empezando por nuestro país”.
Sin cuestionar que siga habiendo producción de soja, las mujeres reunidas en este encuentro exigen políticas más integrales para el agro, donde exista una verdadera compensación entre regiones, para que las más beneficiadas con el alza en el  precio de  los commodities, ayuden a las que no lo están. “El gobierno tiene que entender que es necesario que haya un vuelco de los que más ganan hacia una mejor distribución para que la cosa sea más igualitaria, afirma Cabanna, esa es la única salida para achicar la brecha entre zonas ricas y zonas pobres, pero todo tiene que ver con una decisión política”.

En defensa de los más pequeños

El viernes 27 de junio -con 12.000 firmas avalando la propuesta- fue presentada en la legislatura de Río Negro, la Primera Iniciativa Popular que busca impulsar un Proyecto de Ley sobre Economía Social y Mercados Productivos Artesanales. Las firmas fueron obtenidas a través de un trabajo en red realizado en 58 localidades para cumplir con la prerrogativa constitucional que requiere del 3 por ciento del padrón electoral para presentar un proyecto a la legislatura provincial.

El Programa Social Agropecuario y el Centro de Investigación para la Pequeña Agricultura Familiar del INTA apoyan la iniciativa, que busca aglutinar a pequeños productores y artesanos patagónicos que no están reconocidos como sujetos económicos y cuyo aislamiento dificulta la organización comunitaria y el acceso al mercado formal.

La promoción de los mercados artesanales -que este proyecto impulsa- se basa en la defensa del derecho a la genuina generación de ingresos. La economía social es un proceso en el cual, mediante el esfuerzo propio y colectivo, se generan bienes y servicios con el fin del auto sostenimiento de los respectivos núcleos familiares o de pertenencia. Dicho proceso incluye a las organizaciones comunitarias en las que los propios productores o sus familiares comercializan el resultado directo de su trabajo, elaborado a partir de elementos propios de la región, realizados según costumbres propias de quienes intervienen en las distintas instancias.

El principal cometido de esta iniciativa popular consiste en  la expansión y mejoramiento de la calidad de vida en las áreas rurales y la cualificación de la producción agropecuaria.

 

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