Lunes 26 de Junio de 2017 - 00:42hs. - República Argentina Edición # 1718

Revista #43 Octubre 2010 > América Latina

La paradoja ecuatoriana

Golpe de Estado


Por Pablo Chacón

Pero, ¿qué es lo que desgarra a la subjetividad actual? ¿Qué es un desgarro? En principio, el desgarro está causado por la dinámica de mercado. Es un efecto -en la subjetividad- de una lógica cuya temporalidad es la velocidad, la sustitución, la inmediatez. La subjetividad mercantil intenta adaptarse a unas condiciones que varían permanentemente, pero ese intento, que necesita de la creación de unas operaciones específicas (reinvención y flexibilidad), tiene consecuencias subjetivas. En este sentido, desgarro es el término que designa una serie de marcas constitutivas de la subjetividad actual. A saber: destitución de consistencias y desligadura de anudamientos simbólicos. Ignacio Lewkowicz
Por Pablo E. Chacón

Esta nota podría comenzar por el editorial que el domingo posterior al frustrado golpe de estado en Ecuador, escribió algún cagatintas del diario La Nación: “Ecuador, como Bolivia, Nicaragua y Venezuela, así como nuestro propio país, tiene un gobierno con rasgos populistas y autoritarios, que presiona y manipula las instituciones centrales de la democracia”. Bajo ese argumento, suena lógico que el golpismo se transforme en una asonada “provocada por reclamos salariales y una ley de servicios públicos cuestionada”.

El País de Madrid contabiliza que en los últimos trece años, Ecuador tuvo ocho presidentes. Y se pregunta si (Rafael) Correa podría haber sido el noveno: “¿pero no engrosó la lista porque no fue un golpe de estado en toda regla o porque sí lo fue pero el presidente, al contrario que sus predecesores, supo remontar la situación gracias al respaldo popular e internacional?”. Sin dudas, esa es una de las razones: la Unión de Naciones Sudamericanas (Unasur) actuó con tanta rapidez y eficiencia que los tardíos reclamos de las Naciones Unidas (ONU) sonaron a los llamados que durante el gobierno de Raúl Alfonsín se le hacían al general Alais durante una de las rebeliones de los carapintadas de Aldo Rico. Amotinados unos 900 vigilantes contra Correa por un recorte de prebendas estatales ¿pueden sembrar semejantes dudas, si también se tiene en cuenta la paralización del aeropuerto, la toma del Ministerio de Defensa, los saqueos y los muertos, los culatazos en la sede de la televisión pública, el boicot de la televisión privada, que transmitía novelones cuando el presidente, gaseado y recientemente operado, estaba secuestrado en un hospital policial, rodeado por policías hostiles y su vida corría peligro? El columnista Moisés Naim tiene una explicación: cuando en 2002, (Hugo) Chávez fue expulsado del poder, también se habló de golpe de estado, pero según Brian Nelson, autor de El silencio y el escorpión -citado por Naim- “(Nelson) encontró que la breve salida de Chávez del poder no obedeció a un golpe de estado premeditado, que no había una amplia conspiración para derrocar al presidente bolivariano, que no hubo intentos de magnicidio, que Estados Unidos no estuvo involucrado y que las milicias armadas, controladas (por Chávez) fueron las principales causantes de las muertes que ocurrieron ese día”. Esto es: fraguar una intentona golpista para endurecer las represalias, para forzar medidas que no saldrían por debates parlamentarios. La estrategia de la derecha continental usa ahora las tácticas del arco burgués: correr al progresismo realmente existente por izquierda.

Esa paradoja acaso sea la misma del gobierno de Correa y la de su figura pública. El presidente es un hombre que no goza de popularidad entre un sector de los aborígenes, que en Ecuador son legión, no sólo por su pretensión de explotar los recursos naturales del país (muchos ubicados en zonas pobladas por numerosas etnias) sino también por cierto destrato dispensado a los representantes políticos de esas etnias. Digámoslo de otra manera: Correa es un hombre de izquierda, o mejor, un nacionalista democrático de izquierda, es un tipo joven (nació en 1963) con una formación económica sólida, adquirida en la Universidad de Guayaquil, y ampliada en la de Lovaina (en Bélgica, donde también estudió Antonio Cafiero) y en Illinois, Estados Unidos, una usina intelectual ubicada en la misma ciudad pero opuesta a los postulados de la Universidad de Chicago, donde brillaron el austriaco Friedrich Hayek, Premio Nobel 1974, y Milton Friedman, Premio Nobel 1976, maestros de una generación de profesionales liberales que operaron en estas y otras tierras el recambio del paradigma keynesiano de posguerra por el Consenso de Washington de los noventa.

Correa tiene más puntos de contacto con Chávez y Evo Morales que con Alan García, José Mujica o Sebastián Piñera. Si se conjetura sobre esas afinidades electivas acaso no haya que despreciar cierto mesianismo refundador (en los tres líderes), que es lo que el presidente ecuatoriano intentó en su país a partir de noviembre de 2006, cuando ganó las elecciones generales. En Lovaina e Illinois aprendió que no todo en la vida y en la economía es competencia, desregulación, salvataje mercantil, sino también solidaridad y mística. Claro que eso tiene muchas traducciones: la democracia que los ecuatorianos recuperaron en 1979, con Correa volvió por sus fueros. Derrotó a Alvaro Noboa, empresario bananero histórico, disolvió el Parlamento, llamó a un referéndum constitucional, y con la nueva Constitución, promovió leyes que se adecuaban perfectamente a sus ideales de católico con “rostro humano”: la reforma financiera orientada al desarrollismo también debía considerar la explotación de los recursos naturales (minería, patentes medicinales, agua) entre otras cosas porque contaba con la tecnología que ahora aportaban venezolanos y bolivianos; dejar de ser un país bananero, literalmente, e irrumpir en el nuevo mercado global, bajo criterios de igualdad de oportunidades, tal vez sea la mejor definición de una política algo imprecisa, sobre todo si no se tiene un partido que sostenga institucionalmente esas reformas.

Correa no cuenta con la simpatía de su hermano mayor, Fabricio, denunciado por una investigación sobre negocios espurios con el Estado. El presidente se vio obligado a rescindirlos. Lo mismo hizo con algunos contratos firmados con los brasileños, por otras razones, que en la tierra de Lula no justifican. Su aprecio por Néstor Kirchner es de larga data pero se reforzó cuando la mediación argentina en Bolivia, en el 2008, evitó otra intentona golpista. El Socialismo del siglo XXI no puede prescindir de los votos, tampoco de la multitud, si las cosas se complican como estos días. Y hay que reconocer que las calles de Quito se llenaron de ecuatorianos pero no de todos los ecuatorianos que hacían falta. Faltaron muchos, muchos aborígenes que apostaron a un presidente que si se quiere los defraudó (que no respetó las estructuras elementales de su mitología, que prohíbe la transformación de la naturaleza) pero que también los favoreció, poniéndolos en un pie de igualdad con el resto de los servidores públicos, la excusa que para volver al principio, desató la asonada.

Las maniobras para sacar a Correa del hospital donde estaba secuestrado resultaron más peligrosas de lo que se pensó en un primer momento. Existieron dos intentos. Pero su Canciller y otros funcionarios sabían que la asonada, sin posibilidades de extenderse podía terminar de la peor manera. Perdido por perdido, ¿por qué no matar al presidente? La policía, según dicen infiltrada por agentes de la CIA y otros clásicos de la conspiración, asustada, echaba gases lacrimógenos sobre los civiles. Correa no cedió. Supo que era un intento de golpe, pero ante todo un globo de ensayo probado con éxito en Honduras, abortado en Venezuela y en Bolivia. El auto que lo sacó del encierro tiene cuatro perdigonazos, y un agente de operaciones especiales, muerto. “En esta perspectiva, si aceptamos que esta insubordinación fue orquestada por la derecha, en un contexto de alta popularidad del gobierno y falta de oposición de las fuerzas armadas, pensamos dos cosas: en caso de existir una fuerza con la capacidad de manejar las redes de poder, lo que hicieron fue medir la resistencia ciudadana, su capacidad de movilización y la animadversión de la sociedad o la de los grupos organizados: los resultados muestran que el gobierno ha avanzado algo en los procesos de organización”, se lee en un documento de ONG’S que apoyan a Correa, contra muchas de sus promesas incumplidas. Se advierte que su popularidad es importante, y a su vez, está debilitada. Los estadounidenses no se han resignado a perder el control de la base militar de Manta, sobre el Pacífico, desde donde controlaban operaciones de narcotráfico (y desde donde se sospecha se deslizó información para que los colombianos mataran, en territorio ecuatoriano, a militantes de las FARC). La otra cuestión es económica y simbólica: en un país de estructura clasista, atravesado por grupos étnicos muy diversos, el modo de producción diversificado que se intenta cultivar requería de una propedéutica, sobre la cual nunca se avanzó, y por donde se filtra la reacción, la memoria de un tiempo mítico cuando la naturaleza y la cultura eran una sola, que es como decir nunca.
 

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