Miércoles 29 de Marzo de 2017 - 04:12hs. - República Argentina Edición # 1629

Revista #12 Enero 2007 > América Latina

Las palabras y las armas

Venezuela y Chile protagonizan una escalada militar. En este contexto, cada país asume de acuerdo a sus postulados, posiciones que se asemejan a las esperadas por las grandes potencias. Los gobiernos de Venezuela y de Chile representan dos modelos en América Latina contrapuestos ideológicamente. Brasil, por su parte, determina desde su visión la preocupación que Hugo Chávez representa para sus intereses.


Por Diego Otondo

En un rincón, el país más comprometido en América Latina con la economía mundial, con instituciones democráticas fuertes y un compromiso con los mercados asiáticos y europeos más una relación prioritaria con los Estados Unidos. En el rincón opuesto, el llamado “populismo radical”, “neopupulismo” o el “peligroso desafío populista” según los centros de inteligencia norteamericanos, que implica alianzas con los competidores más destacados para Washington en la escena internacional. Ambos, Chile en el primer caso y Venezuela en el segundo, dos modelos contrapuestos a las miradas de las principales potencias, han incrementado su presupuesto militar, al mismo tiempo que se incrementó notablemente la desconfianza hacia el modelo bolivariano del principal país de la región: Brasil.

No es ninguna novedad que la “escalada armamentista”, como ha sido denominada por algunos medios de comunicación, presenta una panorámica desigual: Chile ha sido el país, incluso por sobre Brasil, que más ha gastado. Por otro lado, Venezuela es aquel al que se mira con absoluta desconfianza y las ambiciones de Hugo Chávez y su socialismo versión siglo XXI, se pone sobre la mesa como una herramienta que ya sobrepasa las leyes integracionistas, siendo, sólo, la ambición personal de un dictador enloquecido que puede extenderse como un virus en el Cono Sur. El contexto muestra cómo cada país ocupa un lugar que más allá de la integración, los Estados actúan con cierto egoísmo y mediante una fuerte competencia.

El malestar en las armas

Los tonos y el lenguaje utilizado para la descripción de un proceso como el venezolano, sus intenciones y objetivos, aseguran, como en épocas de confrontación ideológica en la Guerra Fría, seguir determinadas premisas de un orden augurado claramente por las potencias. La principal tarea que corresponde a Washington de estimular su ego con nuevos enemigos y doctrinas ya no es sólo de su propiedad. La tendencia como la chilena o brasileña de cara al mundo, sus vínculos con los Estados Unidos y su proyección internacional, son grandes estimuladores de los tonos y los lenguajes dominantes.

En un artículo del Real Instituto el Cano titulado “¿Rearme o renovación del equipamiento militar en América Latina?”, su autor, Carlos Malamud, sostiene que es Venezuela el principal culpable de la carrera armamentista en el Cono Sur. El ex presidente brasileño José Sarney perteneciente al Partido Movimiento Democrático Brasileño y opositor al ingreso de Venezuela al MERCOSUR, y ahora aliado con el Partido de los Trabajadores del presidente Lula da Silva, en un artículo periodístico llamado “Luz Roja”, considera al gasto militar venezolano como una amenaza para la región, poniendo en dudas las intenciones integracionistas de Hugo Chávez. Siguiendo el tono apocalíptico de desconfianza, en el portal de defensa y estrategia de Brasil, Edgar Otálvora subtitula su nota: “Chávez acecha en el patio trasero brasileño”, cuya traducción entre líneas es el Amazonas, tan sensible a los intereses brasileños en materia de seguridad nacional. 

Sarney, impulsor junto con el presidente Ricardo Alfonsín del MERCOSUR, cuestiona directamente la visión integracionista de Venezuela y deja en claro la idiosincrasia brasileña: ¿quién puede saber si un presidente de Venezuela no creerá que debe ocupar la Amazonia (brasileña) para evitar su internacionalización?". El malestar que genera el régimen bolivariano se establece a través de una dualidad que agrupa la desconfianza y la competencia por el liderazgo regional.

A la saga de malestares varios, se suman los acuerdos entre Venezuela y Bolivia que han generado un descontento en la prensa y en la oposición chilena. Las bases militares bolivianas instaladas en la frontera con Chile, Perú y Brasil que llegarían a 24, son sólo uno de los ejemplos que toman al eje Bolivia – Venezuela como demoníaco, como desestabilizador. El abanico ideológico que ve a Chávez con un manto de sospecha en Chile, abarca todas las tendencias políticas e incluso en el mismo gobierno de Michelle Bachelet y la Concertación.  

Cada cual en su puesto

De un lado y de otro el precio de los productos clave como son el cobre y el petróleo, han dado la oportunidad a Venezuela y a Chile al aumento del presupuesto militar. Sin embargo, es interesante en el caso chileno observar que países miembros de la OTAN son los proveedores, como son Holanda, Bélgica, Gran Bretaña e Italia; y, en cambio, Venezuela es provisto por países que compiten internacionalmente con Estados Unidos, como son Rusia, Irán, China (acuerdos petroleros y compra de radares).

Más allá de los modelos disímiles en lo ideológico y de acuerdo al papel que juegan en el continente, la asignación de recursos de las principales potencias, sostienen el sendero que debe seguirse. Existe una puja por la presencia china en el continente y sus acuerdos petroleros con Venezuela, como también la compra de armamento a Rusia y el apoyo al plan nuclear de Irán. Siendo la República Bolivariana el tercer exportador de petróleo a los Estados Unidos - representa un 15% del total de las importaciones-, la preocupación por mercados alternativos para la exportación venezolana de petróleo se hace cada vez mayor.

El papel del petróleo más la tendencia ideológica que molesta a los Estados Unidos, hacen que Chile se perfile como el estabilizador en la región. Fabián Calle, investigador del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales, expresa que “según el SIPRI de Estocolmo, las FF.AA. chilenas serán para el 2010 las primeras de la región en alcanzar un estándar OTAN. Algunos “halcones” estadounidenses, no necesariamente representativos de las políticas oficiales de la administración Bush, han dejado trascender la idea de un Chile con preeminencia militar tal como, salvando las distancias de todo tipo, Israel se desempeña en el Medio Oriente”.

Marina Malamud, investigadora responsable en la Academia Nacional de Estudios Políticos y Estratégicos (ANEPE) del Ministerio de Defensa Nacional, sostiene que un país comprometido con las misiones de paz y la cooperación internacional, que no se enfrenta, al menos en el corto plazo, a amenazas fehacientes a su seguridad pero cuenta con armas y tecnologías de última generación, aparece a simple vista como contradictoria. Como siempre ocurre con la compra de armamentos o su modernización, y en especial en el Cono Sur, se presenta, en los gestos oficiales, la paradoja: comprar armamento para no ser utilizado, cumpliendo sólo el papel de modernización disuasiva.

El presupuesto militar de Chile según el Centro para la Apertura y el Desarrollo en América Latina (CADAL), asciende al 4,2% del PBI y, como plus, ostenta la denominada Ley Secreta creada en 1958 que asigna el 10% de las ganancias que se obtienen del cobre para parte del financiamiento de las tres Fuerzas Armadas. El International Institute for Strategic Studies (IISS) dice que Chile ha gastado en compras para la defensa, a lo largo de 2005, unos 2.785 millones de dólares mientras que Venezuela gastó 2.200 millones, seguidos por Brasil, con 1.342 millones sabiendo que aumentará su presupuesto en 2008.

Aunque América Latina es la región del planeta con menos inversión en armamentos, parece tener, luego del esplendor neoliberal, un desafío político. Qué hacer con Chávez y su confrontación hacia los Estados Unidos y determinar cuáles son sus ambiciones. Por ejemplo, Colombia sostiene que Chávez es una imagen favorable para las guerrillas colombianas, aunque no está comprobado que envíe armas a las FARC. Para ello la inestabilidad social y política en varios países latinoamericanos, como corrupción y pobreza, son aprovechados para la influencia y el ejercicio que impulsaría políticas que aseguran la intervención en asuntos ajenos por parte del presidente bolivariano.

El senador por el estado Amazonas, Arthur Virgílio, que milita en las mismas filas de Sarney, se preguntó hasta cuándo Brasil se quedará mirando sin reaccionar cómo Chávez amasa un liderazgo latinoamericano. La respuesta en este contexto de Lula ha sido mantener una “armonía regional” y ser el mediador entre Washington y Caracas. Según las expresiones, Brasil ha quedado al margen de un eje que incluye a la Argentina, junto con Bolivia, Venezuela y Cuba. Un lenguaje similar al de los Estados Unidos que utiliza desde 2004 advirtiendo la desestabilización por medio de una “superinsurgencia” o “conflicto asimétrico” con Washington por parte de Venezuela.

En este sentido se establece una división a los ojos de los Estados Unidos. Como señala el profesor de relaciones internacionales Abraham F. Lowenthal,  “las naciones latinoamericanas rara vez ejercen mucha influencia más allá de la región, si bien Brasil, Cuba, Chile y más recientemente Venezuela son importantes excepciones”. Y agrega que el análisis debe darse “en el nivel de al menos siete regiones separadas: Brasil; Chile; Argentina y los demás países del Mercosur; el Arco Andino (que para muchos propósitos debe ser más parcializado); México; América Central, y las islas del Caribe”.

Otras razones

Las diferencias políticas en un pasado no muy lejano, han invadido los postulados integracionistas. En los casos que corresponden a la figura de Chávez, las elites de los diferentes países ven, aunque exagerando las consecuencias, una amenaza para la estabilidad de la región. En términos alejados de los eufemismos, en el nuevo contexto del siglo XXI con los Estados Unidos a la cabeza como principal potencia militar, los miedos rondan sobre el aislacionismo que la región pueda tener en un futuro no lejano. Los papeles de Brasil y Chile, en este caso, corresponden a la necesidad imperiosa, ya no en el marco de políticas neoliberales, de asegurar un freno a la confrontación con los Estados Unidos que se atribuye como contagiosa y negativa por parte de Venezuela.

Los procesos de nacionalización en Venezuela del petróleo, el nivel de renta de los más pobres que ha subido un 43% - mientras que el nivel medio ha incrementado un aumento del ingreso de tan sólo el 20%-, el control de PDVSA por parte de Chávez, las misiones sociales, el franco retroceso de las elites venezolanas, entre otras, se asumen como profundizaciones que, en aumento, desafían la pirámide de poder históricamente consolidada en América Latina.

Los nuevos aires que comenzaron a soplar pos Consenso de Washington, parecen que van adquiriendo los rumbos que alguna vez fueron prefijados. Como ejemplo ilustrativo, el Gran Gasoducto del Sur anunciado por Venezuela, ha quedado en un punto muerto. Petrobrás ha confirmado que no participará del proyecto. La consolidación geopolítica desde el Sur parece estar mostrando tópicos negativos, en los cuales, el contexto de la compra de armas adquiere mayor relevancia. La situación demuestra que cada uno ocupa su lugar de acuerdo a los senderos que cada uno quiere mantener. Brasil, por su parte, con una proyección internacional cuya plataforma es la integración sudamericana diferente a lo que quiere Venezuela; del otro lado Chile, con su buena conducta de cara a los mercados y su tradición diplomática, con el “aislacionismo” como bandera. Han variado los tonos, pero aún las piezas siguen en su lugar.

 

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