Lunes 21 de Agosto de 2017 - 14:37hs. - República Argentina Edición # 1774

Revista #45 Enero 2011 > América Latina

Terremotos en Haití

Una mirada sobre el desastre haitiano y las cuestiones relativas a la integración. Avances y retrocesos.


Por Diego Otondo

Haití debe ser una lección para América Latina. Primero: el escenario en el devastado país amerita una urgencia económica, pero sobre todo política, como lo es el surgimiento del Estado como punta de lanza para el desarrollo del país. Segundo: la importancia que significa para los Estados Unidos la ocupación militar y el accionar de sus instituciones, que pululan por toda América para lograr una mayor influencia. Tercero: que ante un contexto de injerencia o golpe de Estado, como sucedió en Honduras, la fuerza político-institucional de la región es débil; lo institucional no logra avanzar frente al poder material económico y militar que significa la intervención de la Casa Blanca.

Un patio fundamental

La injerencia de la administración Obama en América Central y el Caribe es una prioridad. La eterna promesa de un Haití más fuerte no se hizo esperar. ¿Por qué? Una  mirada superficial diría que simplemente por la magnitud del terremoto y la cantidad de cadáveres sembrados en el suelo haitiano, tomados con las cámaras de los medios masivos de comunicación. Pero Haití siempre fue un receptor de promesas que llevarían su condición de país más pobre de América, y tercero en el mundo, a la solidez y al camino que conduciría hacia una justicia social. Incluso, en un documento llamado “Una nueva sociedad para las Américas”, que Obama dio a conocer durante su campaña, las prioridades de lo que sería su futura gestión incluían a Cuba, México, Haití y Brasil.

El cineasta y economista haitiano Arnold Antonin, en un artículo publicado en Nueva Sociedad en 1982, escribió sobre la importancia geopolítica de Haití: “Desde la costa norte del país, se distinguen en las noches claras las luces de Guantánamo y del Oriente cubano. Se sitúa al Este de Jamaica, muy próxima también, y constituye una de esas singularidades del Caribe: el compartir con otra nación, la República Dominicana, la misma isla. Se encuentra estratégicamente situada en cuanto al Canal de Panamá y la ruta del petróleo que va desde Maracaibo (Venezuela) a los Estados Unidos.

Vernon Walters (ex general, asesor de Henry Kissinger y Ronald Reagan y uno de los impulsores del Plan Marshall), durante una visita a Haití en abril de 1981, después de haber declarado "Estoy aquí para preparar con ustedes el porvenir de Haití..."”.

En medio de la solidaridad internacional para levantar los escombros haitianos, se esconde, por lo tanto, la influencia política, quién la tendrá y quién no. Por ello Estados Unidos ha decidido quedarse el tiempo que sea necesario con sus marines para evocar en clave militar la seguridad y la paz, la influencia y la injerencia. Para que esto sea posible, ya las grandes cadenas mediáticas trataron, y lo siguen haciendo, el tema sin historia, sin marines y sólo como un desastre meteorológico que ha sido un ejemplo en cuanto a altruismo desinteresado se refiere.  

Una conexión inextricable entre los marines y la política que desea la Casa Blanca se despliega en la región. Desde principios de 2009, el ex presidente Bill Clinton sostiene una férrea participación con Naciones Unidas (ONU) para incrementar el nivel de apoyo al país caribeño. Clinton, que coordina hoy la ayuda humanitaria en Haití, luego del terremoto del 12 de enero de 2010 hizo anuncios para la envidia: inversiones que, seguramente, traerán prosperidad. La democracia de mercado que Clinton quiso implementar en sus dos mandatos como eje de la política mundial ahora intenta ser exportada para la solución a un desastre que se incrementó, precisamente, con la implementación de políticas neoliberales en los 90, aunque su vulnerabilidad sea histórica. El Plan Marshall siglo XXI es un deseo de toda la “comunidad internacional” de corte liberal, lo que supone un freno a las influencias indeseadas como Cuba o Venezuela, rememorando el viejo objetivo que tuvo en la Europa de post guerra.

Alegría inversionista

De la mano de las inversiones clintonianas se esconde una solución de vieja data con resultados contrarios a los pretendidos: el mercado como equilibrio de fuerzas y la democracia, complemento de lo primero, como solución cuasi mágica en una zona cuyos problemas sociales, económicos y políticos son el resultado de un Estado ausente y destruido producto de la matriz ideológica que así lo quiere.  

Sin embargo, la desgracia haitiana tiene raíces en su independencia, lograda en 1804. Su apertura al mundo, más un Estado invisible y desinteresado fueron los componentes “lógicos” que más tarde funcionaron como tiro de gracia. En un viaje a la historia reciente, las políticas del Fondo Monetario Internacional, por ejemplo, posibilitaron que se abriera el mercado agrícola a productores estadounidenses. Consecuentemente, se redujo el gasto nacional en agricultura en un 30% en el Valle de Artibonite para la producción de arroz, alimento básico para los haitianos. Todo ello en un contextos de subsidios llevados a cabo por la Unión Europea y Estados Unidos, lo que facilita la desgracia para el país caribeño y una disminución en las tareas básicas que un Estado debe llevar (Eric Holt Gimenez: Haití: Raíces de Libertad, Raíces de Desastre. Director Ejecutivo, Food First/Instituto sobre Políticas de Alimentación y Desarrollo).

La crisis alimentaria mundial también golpeó a Haití en 2008. En febrero de ese año, la multitud acercó un petitorio que incluía subsidios y asistencia para lograr una compensación por la suba de los alimentos básicos. El Gobierno se negó y estalló la violencia. Los factores que influyeron en la crisis alimentaria son conocidos por los países emergentes: la agricultura fue reemplazada por los agrocombustibles, hubo un aumento de la demanda de los mercados emergentes  y reducciones en las exportaciones de arroz. Para tener una idea macroeconómica: Haití gasta el 30% del presupuesto nacional en bienes importados; cerca del 80% del pueblo vive con menos de 2 dólares por día. La fórmula funciona correctamente.

Por la causa

La intervención de la ONU mediante la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití (MINUSTAH) desde 2004 con aprobación del Consejo de Seguridad, ahora acompañada por los marines, es una misión cuyos tentáculos se esparcen por todo el país y que dificulta la capacidad del Estado para adquirir poder y fortalecer su posición (“Haiti:  unravelling the Knot”,  de Amélie Gauthier y Mariano Aguirre.  En: www.opnedemocracy.net.). Al respecto, es evidente la ausencia estatal; según el Grupo Asesor Especial sobre Haití en un informe realizado luego de una reunión celebrada en Ginebra en julio de 2009, el 80% de la llamada “asistencia para el desarrollo” está en manos de organizaciones no gubernamentales.  El informe agrega que “el Gobierno de Haití no tiene ningún control sobre el uso de esos fondos”.  

Para el Banco Mundial, la ONU, los Estados Unidos y las organizaciones no gubernamentales como la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID por sus siglas en inglés) – ésta última, filial de la política exterior norteamericana- , el Estado debe reconstruirse en zonas denominadas de “riesgo”. El plan es el sostenimiento de determinado status quo; un experimento occidental, en términos políticos y económicos, que, quizás, no tenga demasiado sentido para las poblaciones autóctonas, pero sí para los destinados a la construcción de un modelo que se presume como ideal.

La democracia liberal y el mercado son utilizados, luego de la Guerra Fría, con mayor intensidad para la estabilidad regional en cualquier punto del planeta y con variados contextos sociopolíticos que poco importan. Haití se encuentra en ese escenario. Es por ello que la propaganda aduce que “el gobierno de Haití establece las prioridades y los socios responden a su llamado, contribuyendo a satisfacer no sólo las necesidades urgentes, sino también a apoyar el desarrollo a largo plazo de Haití”, según palabras de Rajiv Shah, administrador de la USAID (Clarín, 22 de febrero de 2010). Si se sigue este camino, los resultados seguirán siendo los mismos.

La influencia económica y militar es utilizada para que no exista ningún tipo alternativo de modelo que cuestione los paradigmas de la paz y la seguridad. Jean Lavalasse, fotógrafo y documentalista haitiano, lo explica de manera muy clara: “…hemos conocido tres imperialismos, lo que algunos llaman el IFAC: Imperialismo Francés Americano Canadiense. Canadá llegó en la década de 1980 gracias a la francofonía y a la llamada integración horizontal: hacer venir al país en un primer momento a las mujeres y a los niños, para poder instalarse después en él. Francia, por su parte, está muy presente a través de las ONG. Además, bajo el gobierno del ex-primer ministro Michèle Pierre Louis, ¡Haití estaba gobernada por las ONG! Su mujer colaboraba estrechamente con George Soros, al que ahora conocemos como el gran magnate de las finanzas y de las ONG” (Maud Bellon. Investig’Action).   

Debilidades


Los cambios políticos y económicos acaecidos en América Latina pueden situarse a partir de la llegada de Hugo Chávez hace más de una década. Desde 1999, idas y vueltas con respecto a temáticas latinoamericanas han salido a la superficie con la intención de crear una agenda común. La soberanía económica y la política como herramienta de cambio, supliendo a la economía de mercado como eje regulador, fue la apuesta de varios mandatarios en América del Sur. La identidad, geopolíticamente hablando, configuró un anhelo a construir para contrarrestar influencias directas e indirectas de actores más poderosos aún que varios países sudamericanos y latinoamericanos juntos.

Sin embargo, como lo demuestra hoy Haití, Honduras y el intento de golpe de Estado en Bolivia y Venezuela a comienzos del siglo XXI, existen disparadores que ponen en duda a la integración regional en temas estructurales. Son varios los hechos que grosso modo pueden citarse: la reactivación de la IV Flota norteamericana; las ONGs que actúan políticamente para desterrar cualquier vestigio de “populismo radical”, como gusta conceptualizar en los Estados Unidos; las bases militares en Colombia y América Central y el Caribe; y la complacencia ideológica que esto conlleva y motiva a las oposiciones latinoamericanas que piensan en la gente. Frente a este escenario, ¿cuáles son los avances?

Si la acción directa de los Estados Unidos va a ser contrarrestada en foros políticos como el Grupo de Río o la Organización de los Estados Americanos (OEA), el panorama no presentará un futuro diferente. ¿Qué hacer con un país poderoso en todo sentido que no se rige por las normas internacionales vinculadas al derecho internacional, que posee un asiento permanente con derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU y es el principal accionista de las instituciones multilaterales de créditos?

La respuesta al interrogante se esbozó, a modo de proyecto, en algunas iniciativas de carácter conjunto: financiamiento propio con el Banco del Sur; una alianza militar propuesta por Venezuela y luego por Brasil; infraestructura energética;  afianzamiento de la integración política tanto del MERCOSUR como de Unasur; y, ahora, la propuesta de Evo Morales para la creación de un organismo similar a la OEA pero sin la participación de los Estados Unidos. Cada uno de estos ítems tiene un significado diferente de acuerdo al país que se mire.

Cuestiones ideológicas  a partir de diferentes visiones estratégicas se superponen: las posturas de Brasil, Venezuela, Colombia, Chile y Perú e incluso la Argentina. Cada uno con un interés particular –más allá del intento de construir consensos generales sobre cuestiones específicas- y con una actitud diferente hacia los Estados Unidos. Es cierto que hay un consenso respecto del modelo democrático que suscitó a varios mandatarios a no reconocer las elecciones en Honduras, con la excepción obvia de Colombia.

Las premisas estructurales “que permitan avanzar en la integración y la estabilidad y convertir a la región en un referente en el marco de un sistema internacional multipolar ¿?”, como ha señalado el antropólogo venezolano Andrés Serbin, permitirán, una vez consolidadas, evitar cuestiones hondureñas o haitianas (también costarricenses) en lo que se refiere al militarismo norteamericano, a su influencia e injerencia.  
 

COMENTARIOS (40)

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