Martes 22 de Agosto de 2017 - 11:51hs. - República Argentina Edición # 1775

Revista #4 Abril 2007 > Cine

Basado en hechos reales

Diamante de sangre - El último Rey


Por Joaquín Almeida

“Esto es África”, se dice en Diamante de sangre y El último Rey de Escocia, como si fuera la forma de justificar todo lo que pasa.

Luego de las guerras de independencia que se fueron sucediendo a partir de la Segunda Guerra Mundial cada uno de los imperialismos que se disputaban el mundo a la derecha y a la izquierda del mundo impulsaron gobiernos adictos a sus intereses.

Uno de ellos fue el de Idi Amin, quien llegó al poder de Uganda en 1974 con el apoyo de Gran Bretaña. Soldado de su majestad durante el gobierno colonial, Amin creó un cuerpo especial que vestía las clásicas polleras escocesas y tocaba gaitas mientras marchaba, haciendo honor a su fama de excéntrico.

La película El último Rey de Escocia, dirigida por Kevin Macdonald, comienza en esos años donde muchos veían al corpulento Idi Amin, interpretado por Forrest Whiteker ganador del Oscar a mejor actor, como un revolucionario dispuesto a devolverle al pueblo la libertad.

A esa Uganda llega el joven escocés Nicholas Garrigan, en plan aventura, quien accidentalmente se convierte en su médico personal. Fascinado por el país que ese hombre poderoso, con gran humor y picardía le muestra, Garrigan no ve, o no quiere ver, como el gobierno de Amin se va separando de la promesa de cambio y se transforma en una de las dictaduras más terribles que azotaron el continente.

“Es el primer líder del África independiente que hace algo” le explica Garrigan a un diplomático británico. “Sé que es algo rudo. ¿Qué esperaban? Esto es África. Se responde a la violencia con violencia”.

Pero como siempre en estos casos, llegó el momento en que golpearon a su puerta. Bajo la actuación de Whiteker, el carácter caprichoso de Amin se revela de forma magistral: por momentos encantador, magnético y de pronto, el cambio brusco que desencadena a un dictador que no duda en mandar a desmembrar a una de sus mujeres o torturar a un opositor.

“Eres como un chico, por eso das tanto miedo”, le dice hacia el final Garrigan. 

Hay hombres blancos también en Diamante de sangre, dirigida por Edward Zwick, pero es el estereotipo la manera poco imaginativa elegida para contar una historia que sucede en 1999 en Sierra Leona.

La guerra civil que se desata en este minúsculo país sobre el atlántico, no es más que por el dominio en la extracción del 20% de los diamantes que se producen en el mundo. En este caso la destrucción del enemigo tribal es total, y los soldados no dudan en matar a mujeres, chicos y cortarles los brazos con un machete a aquellos jóvenes que no sirven para el trabajo esclavo.

Uno de los que sobrevive a la matanza es Solomon Vandy (Djimon Hounsou, el mismo de Gladiador y Amistad) quien es llevado a un río para trabajar en la extracción de piedras preciosas. El hallazgo de un diamante rosado, que oculta en un pozo, será su puerta de salida del horror.

Leonardo Dicaprio interpreta al muchacho blanco que buscará redimirse de sus acciones pasadas como mercenario, traficante de diamantes y armas. Para hacer más claro el lugar común, no falta la periodista que, pudiendo estar tranquila en un diario de Nueva York, prefiere arriesgarse para cambiar el mundo o el negro, que al estar más cerca de un supuesto estado natural de la humanidad, no sabe ni mentir.

El piadoso objetivo del film, tendiente a concientizar al público para que no compre diamantes que provienen de zonas en conflicto no es suficiente.

Más que como producto cinematográfico, Diamante de sangre cumple su función informativa: importantes capitales europeos, se aprovechan de las guerras tribales para obtener mayores ganancias, mientras ocultan en cajas de seguridad las piedras, para que el precio del mercado se mantenga alto.

El rótulo, “basado en hechos reales” poco alcanza si la historia en la que transcurre esa realidad no es interesante y carece de profundidad. Son los personajes ficticios, los que dan vida a la historia real, no viceversa y es lo que diferencia esta película de El último Rey de Escocia.

Aunque la periodista tal vez tenga razón cuando dice que “la gente en nuestro país no compraría un anillo, si sabe que eso le costó un brazo a alguien”, con buenas intenciones no se hace una buena película por más que se denuncie y se muestra la realidad más cruda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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