Martes 22 de Agosto de 2017 - 11:50hs. - República Argentina Edición # 1775

Revista #17 Abril 2008 > Cine

El viaje de Wong Kar Wai

El sabor de la noche es la última película del reconocido Wong Kar Wai, que presenta una historia de amor entre la cantante de jazz Norah Jones y Jude Law. Viaje, autoconocimiento e imágenes impecables, para el primer proyecto en Estados Unidos de este director que supo renovar el cine contemporáneo.


Por Joaquín Almeida

El comienzo de El sabor de la noche (My Blueberry Nights) es un tren yendo a toda velocidad, perdiéndose en unas vías elevadas, típicas de Brooklin. Y esa imagen tiene  sentido si pensamos que la primera película de Wong Kar Wai en Estados Unidos es una road movie.

Conocido en nuestro país, Wong Kar Wai es de esos nombres que ya es familiar en una importante porción del público, lo que permite que sus films se estrenen en cines comerciales.

En los primeros y ya viejos ´90, Wong Kar Wai fue uno los directores emblemáticos que explotaba en las videocasetteras de los jóvenes estudiantes, quienes comenzaban a abigarrar las nuevas escuelas de cine.
As Tears Go By (1988), Days of Being Wild  (1991) y especialmente Chungking Express (1994), que tuvo el apoyo de Quentin Tarantino, sorprendieron en su forma de narrar descontracturada, que quebraba formatos y continuidades. Para 1997, Wong filmaba largas tomas de las cataratas del Iguazú en Happy Together, una historia gay que transcurría en Buenos Aires y que lo llevaría a ser el primer hongkonés en ganar la palma de oro en Cannes.

Si bien, ese modo personal de contar sus historias, queda en evidencia en su conocido método de ir reinventando el guión a medida que va filmando la película, para este último film, fue necesario tener uno antes de comenzar el rodaje a pedido de sus productores norteamericanos.

Sin embargo, eso no impidió que una vez aprobado, Wong se permitiera cambiarlo, incluso agregando líneas que los propios actores, como Rachel Weisz le acercaban.

El viaje del héroe

En El sabor de la noche, uno de los méritos que se le adjudica a este director nacido en Hong Kong, es el haber descubierto como actriz a Norah Jones, famosa cantante de jazz y blues. Sus canciones, junto a la música de Ry Cooder, acompañan esta historia de una chica que trata de olvidar un amor.

Jeremy (Jude Law) es el dueño de un bar al que acude desesperada Elizabeth (Norah Jones) buscando a su ex pareja. Luego de algunas noches de confesiones y llantos, la muchacha decide alejarse de Nueva York, a buscarse a misma en otros lugares.

Como un héroe clásico, emprende su camino de autoconocimiento por el interior del vasto Estado Unidos, donde participará, prácticamente como espectadora, de dos historias que la harán repensar su realidad.

Una de ellas, es sobre un amor enfermo, entre una chica joven y un maduro policía que no acepta el fin de la relación y la otra sobre una jugadora de poker y su padre, un famoso jugador de Las Vegas y su reconciliación.
Las dos historias, parecieran poner en juego dos cuestiones clave en una relación de pareja y es quizá lo que mueve a Elizabeth a trasladarse de un lugar a otro antes de tomar una decisión.

Mientras que en la primera el temor a la pérdida de independencia, de libertad, incluso después de la muerte recorre la historia, en la segunda, se pone en juego la confianza y  la necesidad de poder compartir con el otro para poder recibir algo a cambio.

Wong Kar Wai cae así, por momentos, en el esfuerzo por decir cosas importantes, que cambien la vida de sus protagonistas. Lirismos que se representan en postales que funcionan como diarios personales, pasteles de arándanos, llaves olvidadas por sus dueños en el bar que Jeremy teme tirar por miedo a ser el responsable de que ciertas puertas no puedan abrirse nunca más.

Un monstruo de Hollywood

El nuevo entorno se le nota a este director, acostumbrado a un ritmo de edición diferente. Como un león que se mueve de un lugar a otro dentro su jaula, Wong desliza su cámara dentro del bar, la transporta creando planos novedosos mientras los personajes están casi inmóviles, detrás y delante del mostrador.

Si tiene algo remarcable esta película, es la manera en que se aprovechan esos mínimos espacios, generando ambientes para que los diálogos fluyan en intimidad, que es una de las claves del film. Incluso cuando están en locaciones más amplias, los personajes quedan encerrados en planos cortos, que los envuelven en la privacidad.

La fotografía de Darius Khondji, el mismo de Seven y Delicatessen se pierde siempre detrás de los actores. Las luces se saturan, los colores revientan y conforman espacios plásticos propios, con formas y detalles que complementan el movimiento de un rostro o la posición del cuerpo. Es que Wong Kar Wai es un director que ha sabido hacer de sus películas, auténticas referencias al momento de pensar la imagen como construcción visual integral.

Hollywood es algo difícil para cualquier director. Monstruo que digiere todo a su medida, cuando la cinta pasa por sus proyectores, pareciera siempre cambiar un poco, en detrimento del original. Algo parecido les pasó a Alex de la Iglesia, Guillermo del Toro o John Woo en su paso por tierras americanas.

Con el tiempo habrá que ver lo que Wong Kar Wai ha aprendido en este viaje iniciático por Estados Unidos y esperar que las enormes posibilidades que le ofrece no opaque su mirada, más acostumbrada a descubrir.
 

COMENTARIOS (2)

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I thoroughly enjoy the blrunirg of gender distinctions in Chungking Express. My favorite example being when the owner of the food stand Cop 223 frequents tells him to try a hotdog one day and pizza another. I chuckle to myself every time I watch that scene because it's so brief. However, it's also powerful to an audience member paying attention to anything that may advocate an opposition to generic heterosexuality.

iZEwRNeRUioa

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