Domingo 26 de Marzo de 2017 - 17:45hs. - República Argentina Edición # 1626

Revista #13 Enero 2008 > Cine

Ser o no ser porno

Shortbus es desde el principio un llamado a la libertad. Y como los norteamericanos entran a ella a través de su principal emblema, la Estatua de la Libertad, John Cameron Mitchell eligió comenzar su película con una cámara que la recorre de cerca, como si la acariciara suavemente.


Shortbus de John Cameron Mitchell

Pero Shortbus es también un golpe de efecto. Es por eso que inmediatamente después vemos en imágenes explícitas, diferentes personas manteniendo sexo, con sí mismas o con otras.  

Desde hacia bastante tiempo, un film no hacía pensar sobre la exhibición de imágenes relacionadas con el sexo en salas comerciales. Para algunos medios nacionales, fue tal el escándalo, que Shortbus debería haber sido confinada al oscuro circuito de películas condicionadas debido a su alto contenido pornográfico.

No debería asombrar que para la mayoría de los públicos, un trío de gays manteniendo sexo oral, mientras uno de ellos le canta el himno nacional norteamericano en el ano a otro, puede llegar a ser una experiencia, al menos, novedosa.

Pensada como film coral, donde diferentes historias se entremezclan, los personajes de Shortbus (del mismo director de Hedwig and the Angry Inch ) manifiestan sus problemáticas existenciales a través del sexo, o es el sexo su problema existencial, o las dos cosas juntas.

Jaime y James son una pareja homosexual que acude a una consejera matrimonial ya que uno de ellos quiere experimentar con un tercer hombre en la relación. La consejera es una mujer que practica todas las poses del Kamasutra con su novio, pero que nunca pudo alcanzar un orgasmo. Ella acudirá a la amistad de una dominatrix que está harta del muchacho a quien golpea con látigos de cuero.

Todos ellos y muchos más, convergerán en el club más sexual de la historia del cine: Shortbus, que es una casa ambientada para la ocasión, donde se puede encontrar de todo, hasta una enorme orgía, con docenas de parejas, en una de sus inacabables habitaciones.  

Pero toda novedad, a la larga, se convierte en norma y hacia la segunda mitad del film el sexo explícito deja lugar a la historia, que difícilmente logra sostenerse, en escenas de resolución apresurada, en una propuesta que no otorga el tiempo necesario para decir todo lo que puede ser dicho.

El tamaño es importante

En algún momento el cine porno utilizó en sus films escuetos argumentos que su público esperaba sucediera rápido hasta llegar a las escenas de sexo. Fue el clásico Garganta Profunda (Deep Trota, 1972) la que sacó de las tinieblas a este cine y lo llevó a un mayor público. Por primera vez, estrellas de Hollywood, intelectuales y artistas se animaban a comentar en público una película pornográfica que llegó a tener, muchos años después un documental sobre ella: Inside Deep Throat (2005).

Con la llegada del video, las películas triple equis llevarían al porno a saltearse esas incómodas tramas para exhibir directamente el sexo, colocando las cámaras en posiciones imposibles, llegando a mostrar aquello que una pareja jamás podría ver.

Internet otorgaría el último paso en el desarrollo de este género, generalizando de manera exponencial el acceso a films pornográficos. Tanto que los sitios más visitados en el mundo, son los que poseen esos contenidos.

Hoy, la pornografía es uno de los consumos culturales más populares y desarrollados. Por eso causa asombro ver a críticos preocupados en la exhibición de films con sexo explícito en cines comerciales.

¿Quién concurre a una sala, paga una entrada y se sienta en una butaca para ver cine pornográfico hoy? Tal vez sólo aquellos públicos que carecen de todo acceso a otras fuentes, como DVD, Internet o quienes buscan en proyecciones oscuras, encuentros casuales con personas de su mismo sexo.

En el pasado, ver films condicionados junto a otras personas en una sala era la única opción, en la actualidad hacerlo es una elección.

Es tan fácil conseguir imágenes de sexo explícito hoy, que la injerencia del cine de butacas es mínimo, dentro de un mercado enorme, que mueve miles de millones de dólares en todo el mundo.

Ser o no ser, esa es la cuestión

La omnipresencia de lo porno, en cierto sentido, lo ha transformado en un producto seriado, repetitivo. Cada orgasmo en un film triple X, no difiere mucho de otro, ni siquiera en su representación ante la cámara.

En cambio, para los personajes de Shortbus, la búsqueda de sexo, implica muchas más definiciones en sus configuraciones como personas y en sus relaciones con otros sujetos. Sus  exploraciones sexuales tienen por objetivo descubrir el significado profundo de quien cada uno es.

Por eso, si hay algo que Cameron Mitchell se preocupa por establecer es que el sexo es mucho más importante que como fin en sí mismo. Es decir, mantener relaciones puede ser un gran divertimento, pero hay mucho más que eso, en dos, tres o quince personas teniendo sexo.
Y es por eso, que Shortbus no es, ni será pornografía.

 

COMENTARIOS (13)

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