Domingo 26 de Marzo de 2017 - 17:46hs. - República Argentina Edición # 1626

Revista #23 Noviembre 2008 > Cine

Ser y no ser negro

Cine y discriminación. Negro, boliviano, paraguayo, villero, pueden ser utilizados como insultos. El cine nacional ha dado cuenta de manera diferente de la xenofobia que expresa el argentino medio cotidianamente. A partir de Nos Otros. Un documental sobre la discriminación de Daniel Raichijk, un recorrido aleatorio por películas e ideas sobre el odio racial.


Por Joaquín Almeida

Negro quizás sea el insulto racista más generalizado en Argentina. Lo más increíble es que no necesariamente es utilizado para designar a alguien que tiene la piel oscura, es decir, designa un color que tal vez el insultado no porte.

Entonces, uno puede entrar en el insulto generalizado entendido como “esto está lleno de negros”, más por su vestimenta o por su actividad (por ejemplo juntar cartones), que por la descripción de su condición racial.

Lacan entendía al Otro, así con mayúscula, no sólo al prójimo inmediato, sino a todas las personas que constituyen la sociedad, la cultura, y que conforman un lenguaje. Así, el Otro nos determina como sujetos, nos reflejamos en él, lo incorporamos, pero a la vez nos diferenciamos.

A veces esa alteridad es construida para posibilitarnos saber quienes somos. Frente a nuestra debilidad para identificarnos, elaboramos un enemigo, un negro, un cabeza, un boliviano, un villero.

El cine nacional ha dado cuenta de manera diferente de esta representación del racismo que el argentino medio expresa continuamente, casi sin darse cuenta, en su modalidad cotidiana, en sus expresiones y en sus decisiones.  

El espejo

El film “Nos Otros. Un documental sobre la discriminación” de Daniel Raichijk, se introduce en la parte más oscura de nuestro ser nacional, escarba en la tierra sucia y negra de la patria, para descubrir el imaginario argentino sobre sí mismo.

Parte no de Lacan, sino de Borges, aunque presenta al espejo como metáfora de aquello de lo que somos y no somos al mismo tiempo. “Ya no estoy solo…hay el reflejo”, escribió Borges en su poema Los Espejos.

El mito fundante entendido como “país crisol de razas europeas”, que fue forjado por el inmigrante que vino con una mano adelante y otra atrás, es la construcción significativa más densa al momento desenmarañar los nudos del racismo localista.

Chiche Gelbum lanza en la mesa, “somos un pedazo de Europa metido acá” y motiva hasta la reacción de Baby Etchecopar. “No son Argentinos”, se indigna un viejo con indisimulable acento italiano, cuando amenazan con traer parte de una villa a su barrio.

Al igual que hace 100 años, las primeras victimas son los inmigrantes, los italianos incultos, los españoles roñosos, que traían ideologías foráneas.

El 1º enero de 1872, un grupo de gauchos al grito de viva la religión, mueran los gringos y masones, cometen 45 muertes a inmigrantes italianos y españoles en Tandil. Frente a un avance de la cría de ovejas con patrones y pastores extranjeros, el campo sin alambrar, eminentemente vacuno, los criollos reaccionan y se cargan a casi medio centenar de personas.

Medio siglo después, en La Patagonia rebelde de Héctor Olivera, los fusilamientos no diferenciaban país de origen. En el sur argentino, en 1921 obreros rurales anarquistas comienzan a organizarse contra los principales latifundios, propiedad de entre otros los menendez Bethy.

El gobierno de Hipólito Yrigoyen envía al teniente coronel H. Benigno Varela para detener las huelgas que venían paralizando la producción. Lejos, en un país que e scasi otro, Falcon luego ajusticiado por Kurt Wilkens, pasa por las armas no solo a criollos e inmigrantes europeos, sino tambien a chilenos, chilotes pobres que venían en busca de trabajo.

“Yo no quiero esto para mis hijos. Hasta cuando vamos a seguir protegiendo a los inmigrantes, hospitales, comida, comedores”, grita ahora un hombre en el gran Buenos Aires, cuando familias peruanas y bolivianas toman una casa.

Se limpian con la mano

“En el barrio de la boca viven todos bolivianos / cagan en la vereda y se limpian con la mano / el sábado en la bailanta se van a poner en pedo / y se van de vacaciones a la playa del riachuelo / hay que matarlos a todos mamá que no quede ni un bostero”.

Del “negro” al “boliviano” o “paraguayo”, entendidos también como despectivos, hay solo un paso, un tono de color. La sola mención del país de origen parece ser suficiente para que alguien sea ubicado como sucio, ignorante o ladrón.

El concepto del inmigrante trabajador, que llegó con una mano adelante y otra atrás se redimensiona en Nos Otros: “Yo voy atrabajar a casa de familia en San Isidro, dos horas y media de viaje tengo. Ida y vuelta son cinco horas. Mi marido trabaja en Campana y se va a las 4 de la mañana” explica una mujer boliviana.

En 1999, Cristian Bernard y Flavio Nardini estrenaron la película 76 89 03 que recibió  críticas cruzadas porque mostraba lo peor de la clase media argentina. La intolerancia, el machismo y la soberbia brotaba como volcán de grasa en la historia de tres amigos que se obsesionaban desde 1976, pasando por 1989 y el 2003 con la vedette Wanda Manera ( no Wanda Nara que vendría mucho después).

En una de las escenas más recordadas, uno de los amigos es asaltado en una escalera y justo cuando el ladrón se está yendo, le implora que lo deje insultarlo un poco, porque sino, no va a poder soportarlo por el resto de su vida. Se acerca al oído y le dice: “Negro de mierda y la concha de tu puta madre boliviana, parte de una generación sometida por los blanco, hijo de la guasca rejuntada de la zanja de un kilómetro de travestis paraguayos, ¿sabés por qué a este ispa le va así? Por los negros cabeza negra analfabetos peronistas y engominado como vos”.

El tipo lo mira y lo remata: “Muy bueno, che. Tengo hermana, eh, te digo por si se te ocurre algo con su concha”, y se va con el botín mientras se le ríe.
La discriminación no es solo por la procedencia sino también, por peronista, entiéndase, pobre, popular, negro. Y si ese odio gorila viene desde hace décadas, una nueva forma cobró espacio en los últimos años: la organización popular.

Tener clase

El piquetero tal vez ha sido el sujeto social que más insultos haya recibido en la calle. En la crítica a la ya conocida negritud, se le suma el prejuicio de una supuesta vagancia porque recibe un plan trabajar, o a la ayuda del Estado, cuando en realidad el cambio se logra a partir de la organización de aquellos desocupados.

Las muertes de Kosteki y Santillan, con que cierra Nos Otros, concluye en que la unión entre negros, piqueteros, zurdos y peronistas es algo así como el non plus ultra del odio.

En Pizza Birra y Faso, el ya clásico film de 1997 dirigido por Israel Adrián Caetano y Bruno Stagnaro, con que queda inaugurado oficialmente el Nuevo Cine Argentino, dos amigos y la mujer embarazad de uno de ellos, tratan de sobrevivir en Buenos Aires.

En uno de sus robos, se meten en una fila de desocupados y le extraen una billetera a un hombre mayor que se encuentra adelante. Reflejo de una época de profunda crisis económica, la cuestión principal de estos jóvenes es su carencia del sentido de pertenencia a una clase social, tanto que no distinguen entre pares.

En Deprisa Deprisa, que el español Carlos Saura dirigió en 1980, de clara ascendencia con la película argentina, un grupo de amigos y una chica se organizan para robar, pero preferían empresas o bancos.

Los lúmpenes de Pizza… no hacen distinciones ni parece interesarles. El mismo fenómeno aparecería en las villas donde de un lado están los bolivianos y peruanos y del otro los “argentinos”. Todos pobres, todos desocupados o semiocupados, pero interesados por el país de origen.   
Nos otros muestra asambleas de bolivianos quienes reconocen que también sus propios hermanos los explotan en talleres de costura, demostrando que no es un problema de razas, sino más bien de plusvalía.

El enemigo interno

La defensa de la patria fue también un discurso útil a la hora de barrer con todo lo que no fuera Nosotros y se pareciera mucho a Otros.
“A mi juicio”, aclaraba Julio Argentino Roca en 1874 para que todos quedaran avisados, “el mejor sistema para concluir con los indios, ya sea extinguiéndolos o arrojándolos al otro lado del Río Negro es la guerra ofensiva, que es la misma seguida por Rosas, que casi terminó con ellos”.
En Último malón de 1918, Alcides Greca dirigía esta película muda que reconstruía el levantamiento aborigen ocurrido en San Savier, Santa Fe, en 1904 contra el dominio blanco, con obvios resultados.

Greca, luego de aparecer él en pantalla escribiendo unas notas, y luego con algún diputado y el gobernador del Chaco, exhibía un trabajo casi etnográfico sobre la vida y costumbres del pueblo mocoví, para luego pasar a la reconstrucción de los eventos con los mismos aborígenes, algunos de ellos participantes de aquel malón.

En las presentaciones, una placa rezaba “don Desiderio Balcaza, viejo coplero de la tribu, que a manera del quijote cabalga en flaco rocín”, para luego mostrar a un pobre mocoví, montando una mula y vistiendo harapos.
El “Negro” es también el miembro de los pueblos originarios. Un estudio realizado por el Servicio de Huellas Digitales Genéticas de la UBA, determinó que el 56 % de la población argentina posee rastros indígenas en su sangre. Sin embargo, es una realidad que cualquiera sea la extracción social, que al argentino le gusta más pensarse como venido de un barco, que descendiente aborigen.

Tal vez en los últimos años y sobre todo en la clase media, colabore en la consolidación de este mito la doble nacionalidad otorgada por países europeos, el sueño del retorno al país de origen…tres generaciones después.

Y la búsqueda del origen seguramente continuará mientras no reconozcamos que aquello que creíamos era otro, en realidad nos constituye en nosotros.
 

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