Sábado 29 de Abril de 2017 - 04:22hs. - República Argentina Edición # 1660

Revista #34 Enero 2009 > Derechos Humanos

De crímenes y de castigos


Campo de Mayo

Por Pablo Llonto

¿Es justa la justicia? La pregunta de Galeano viene bien para desparramarla por toda la Argentina y respondernos sobre el rol que cumplen los jueces en los debates orales sobre terrorismo de Estado. Si bien estamos a mitad de camino, algún  balance podemos hacer  del juicio sobre Campo de Mayo y el probable inicio del juicio Esma.-

“A mi papá le advierten que puede ir a prisión diez años y los represores que están allí sentaditos, llevan 33 años sin pisar la cárcel”.

La reflexión le pertenece a una hermana de desaparecidos, luego de escuchar en el juicio de Campo de Mayo como el Tribunal Oral cumplía con el formal requisito de tomarle juramento a un testigo, su padre.

- Le advierto señor que el Código Penal castiga con una pena de uno a diez años a quien afirmare una falsedad o negare o callare la verdad en un juicio criminal, en perjuicio del inculpado...

Más o menos así es la fórmula por la que deben jurar o prometer los familiares de desaparecidos, quienes van a declarar como testigos en los juicios por delitos de lesa humanidad. La reflexión de la hija, apuntaba a cuánta formalidad y cuánta demora y cuánto requisito debemos cumplir en Tribunales para que finalmente los máximos represores, ancianos ellos, vayan al menos unos años, a las cárceles del país.

El llamado juicio “Campo de Mayo 2” que se desarrolla en una sociedad de Fomento (José Hernández)  de la localidad de Florida (partido de Vicente López) también forma parte de las diversas y contradictorias sensaciones que nos dejan los juicios orales. Veamos

-  No es poco verlo al ex general Santiago Riveros (85), el dueño de la vida y la muerte de Campo de Mayo y de toda la zona Norte de la provincia de Buenos Aires sentado allí, con cara de madrugada, luego de que lo saquen martes, miércoles y jueves de la prisión de Marcos Paz para que concurra a las audiencias.
Pero no es grato saber que, por esas flojedades de los señores jueces, varios de los militares que se juzga (el último dictador Bignone, el jefe de Inteligencia Roque Tepedino) descansan todas las noches en la comodidad de sus abundantes departamentos del barrio de Belgrano porque los han beneficiado con prisión domiciliaria.

-  No es poco que los juicios se hagan en un lugar amplio (200 butacas del gimnasio de la sociedad de Fomento), que los controles para el ingreso no sean burocráticos y molestos como en otros tribunales, y que se haya permitido el ingreso de pañuelos de las Abuelas y Madres y carteles con los rostros de las compañeras y compañeros desaparecidos.
Pero causa cierta molestia que aún se desconozcan ciertas comodidades (techo de chapa, enorme calor, ruidos de ventiladores que impiden que el público oiga con perfección) y se impida el ingreso de cámaras durante las audiencias testimoniales, restringiendo así la posibilidad de que millones de argentinos tengan acceso a toda la verdad. Sería bueno que alguien en Canal 7 tomara nota y enviara alguna cámara para que el relato de los horrores y los nombres y apellidos de sus autores no queden solamente en las cuatro paredes de aquel gimnasio.

-  No es poco que después de seis años de investigación y lentas instrucciones y decenas de apelaciones interminables, al fin haya llegado el momento de “los primeros juicios” de Campo de Mayo.
Pero es hora de que la Corte Suprema y los legisladores entiendan que a este paso y con este sistema nos pasaremos la vida de juicio en juicio por responsabilidad de quienes avalaron este procedimiento conocido como “caso por caso”. Es cada vez más imprescindible el juicio “a lo Nuremberg” de todos los represores por todos los casos.

-  No es poco que se juzguen 38 casos de víctimas (se calcula que han sido cinco mil), y que entre esos casos se encuentre el de Cacho Scarpati, el sobreviviente que aportó una extensa nómina de compañeras y compañeros vistos y un detalle casi impecable de las instalaciones y las estructuras militares que comandaban “El campito” (los galpones – destruidos en 1978 – donde mantenían cautivos a centenares de jóvenes).
Pero es necesario que los juicios tomen velocidad, que los jueces de Instrucción no demoren meses en investigar cada caso y que se eleven a juicio oral en 2010 la mayor cantidad de causas. Porque el tiempo es el tiempo, y Cacho Scarpati falleció en agosto de 2008, como fallecieron madres y padres que esperaban este momento de justicia y de memoria.

-  No es poco el enorme esfuerzo de los militantes de las dos comisiones que actúan en la zona. La Comisión por la Memoria de Zona Norte y la comisión Campo de Mayo han logrado que las audiencias tenga un marco especial al difundir la existencia del juicio por el barrio y por los partidos cercanos logrando, entre otras victorias, que entre el público se entremezclen maestras con sus guardapolvos, médicos, ex obreros de las fábricas de la zona y muchos familiares que le dan a cada audiencia un contenido singular.
Pero debemos continuar en cada rincón del país duplicando los esfuerzos para que los juicios salgan a la calle e ingresen y recorran escuelas, universidades, fábricas, barrios, movimientos sociales. El enorme silencio de la gran prensa y de los llamados “periodistas de prestigio” no es casual. Para ellos, la justicia ocupa el último lugar de sus anhelos. Y la reivindicación de la historia militante mucho menos.

Campo de Mayo fue uno de los centros clandestinos de detención y exterminio más grandes de la Argentina. Quizás comparta ese lamentable privilegio con la ESMA. Pero la poca cantidad de sobrevivientes en Campo de Mayo y la costosa identificación de los represores, ha convertido a estos procedimientos en los más duros en la búsqueda de testigos y pruebas. Sin embargo, el enorme aporte de los organismos, los familiares, los abogados, las secretarías o direcciones de Derechos Humanos permiten mantener la esperanza de hallar otros sobrevivientes que aún no han contado lo suyo. De hecho, en el último año, decenas de testimonios fueron aportados por el esfuerzo de recorrer la zona tras una señal, una pista, un indicio, un nombre y apellido de aquellos años.

Las  anécdotas públicas de este juicio (el insulto de Verplaetsen diciéndome “acá estoy hijo de puta”, y el lanzamiento de zapatos a los represores por la testigo y víctima Juana Campero) forman parte de los mensajes diversos que cada audiencia nos deja. Verplaetsen intentando lograr la eximición del Tribunal fingiendo una sordera y una desconcentración que los médicos, por el momento no convalidan. Los zapatos rumbo al rostro de Riveros expresando la bronca por tanta impunidad, y el deseo contenido de que la justicia abandone formalidades y comprenda que se siente después de más de tres décadas de silencio.

En Campo de Mayo esperamos sentencia para fines de febrero o comienzos de marzo. Las audiencias son públicas, los martes, miércoles y jueves desde las 9.30 en Hipólito Yrigoyen al 4500 de Florida.

En el juicio por ESMA (empezaría el 11 de diciembre) aguardamos la misma voluntad de los jueces. De todos los ítems desarrollados anteriormente resulta imprescindible que no se fraccionen más las causas obligando a los sobrevivientes y a las familias, a repetir y repetir sus testimonios. Y aunque sabemos que se trata de otro Tribunal (mal visto por sus fallos y actitudes anteriores), la batalla será siempre la misma.  No sólo la exigencia de llegar a una condena ejemplar, también el reclamo a los jueces de comprender que los juicios forman parte de la identidad de tantos familiares que esperaron este momento. Y que les pertenecen. A ellos y a nuestro pueblo.
 

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