Lunes 26 de Junio de 2017 - 00:33hs. - República Argentina Edición # 1718

Revista #20 Julio 2008 > Derechos Humanos

El largo camino a casa

Es muy poco lo escrito sobre el exilio de argentinos durante los últimos años del gobierno de Isabel Perón y la dictadura militar, y nada sobre los hijos de los que -democracia mediante- regresaron con sus padres y que tienen una problemática específica. Hoy un libro intenta llenar este vacío. Se trata de “El retorno de los hijos del exilio”, de Estela González y Roberto Aruj. En diálogo con 2010, este último cuenta por qué una investigación que les llevó cinco años les ocupó otros siete para publicar.


Por Luis Freitas

El principal objetivo del estudio fue indagar sobre la incorporación, asimilación e integración a la sociedad de los hijos de exiliados retornados a partir de 1983. En este rumbo, se investiga lo que significó el exilio y el retorno "teniendo en cuenta -dice Aruj- cómo las dictaduras invisibilizaron estos fenómenos dejando, en este sentido, una marca sustantiva en la sociedad argentina".  
No se trataba de una mera descripción, sino de indagar cómo el resultado de las numerosas entrevistas se relacionaba con diferentes puntos de vista sobre el tema de la violencia, la identidad, la migración,  la política, lo que hizo -o en realidad no hizo- el Estado con los que querían volver.  “Por eso costaba mucho  publicar este trabajo, porque la sociedad argentina mantiene de alguna manera cierto ocultamiento sobre algunos temas. Creo que hay importantes sectores que no tienen memoria o -lo que es peor- no la usan”.

¿Cómo surge la idea de encarar esta investigación?

A partir de mi interés en la cuestión social vinculada a los temas migratorios. Entre el ’90 y el ‘91 comienzo a trabajar en investigaciones vinculadas a derechos humanos y migraciones en la Universidad de Buenos Aires y participo de un equipo conformado por gente de la Universidad Central de Venezuela, argentinos que estaban exilados, dirigidos por Hugo Calello, sociólogo argentino radicado allí desde la Noche de los Bastones Largos. Cuando viene a la Argentina me presenta a Enrique Oteiza -la cabeza en la Argentina del proyecto que dirigía Calello en Venezuela- con quien me pongo a trabajar en temas relacionados a derechos humanos y migraciones. Entonces me empiezo a preguntar qué pasa con todo lo que está alrededor del exilado, no sólo con la persona que debe abandonar el país, su mujer y sus hijos. Me interesaba saber qué consecuencias tenía la migración en general y el exilio en particular a nivel familiar, a nivel afectivo, a nivel cultural, y cómo repercutía eso, especialmente, en los hijos.  Eso dio como fruto un primer ensayo que sale en el ´96 en la Revista Latinoamericana de Migraciones.

¿Pero después seguiste trabajando en el tema?

Lo retomo en el ‘98, a través de un proyecto de la UBA, con dos estudiantes que empiezan a trabajar conmigo. Uno de ellos deja la investigación y la otra persona es Estela González, que comienza a trabajar muy fuertemente conmigo en todo lo que es el desarrollo de la investigación. El trabajo de campo fue muy difícil porque había que encontrar a los hijos de los exilados retornados.
 
¿Cómo fue la metodología empleada?

Buscamos a través de los exilados conocidos que habían retornado. Hicimos una cadena que se denomina bola de nieve. Primero hacés contacto con uno, ese conoce a dos, esos dos a su vez conocen a dos cada uno y así sucesivamente. De esa manera fuimos conectando exilados retornados. Pero no todos tenían hijos, no todos estaban acá con ellos y muchos de los que conseguimos contactar no querían hablar. Nos decían que eran temas muy dolorosos, que no los tenían elaborados. Hablamos con mucha gente pero sólo logramos entrevistas directas con cuarenta.

Pero eso sirvió de todas maneras…

Sí, porque logramos hacer un muestreo bastante interesante. Logramos ubicar un grupo de hijos cuya familia se exiló en América del Sur (Venezuela, Brasil, Colombia), otro grupo instalado en América del Norte (México, Estados Unidos, Canadá), un grupo en Europa (España, Francia, Dinamarca) y otro que se había radicado en países como Israel o Australia. Con estos grupos intentamos tener una muestra representativa para ver cuáles eran las similitudes y las diferencias de lo que les había pasado a estos pibes. Aparte de la cuestión idiomática, que es fundamental, la cuestión cultural, de las relaciones que se establecieron en cada lugar. Descubrimos que las diferencias que se marcan entre los distintos grupos están muy vinculadas a la cuestión propia del migrante, no solamente de la comunidad que lo recibe sino de las características de la familia que se exiló.

Algunos padres, con la idea de protegerlos, no les contaron a sus hijos por qué habían debido irse ¿Esa decisión ayudó o complicó el tema de la vuelta?

El ocultamiento siempre termina resultando contraproducente. Con los chicos hay que hablar siempre, hay que contarles todo. Hay que tener ciertos límites en algunas cosas por cuestiones de madurez, pero hay que explicarles las causas de las cosas. Es necesario conocer lo vivido, entender ese pasado para poder enfrentarlo. Y no es sólo saber de lo que pasó en la dictadura, o del país que sistemáticamente obliga a irse a los argentinos, sino del contexto, del mundo que les esperaba aquí, en el que a partir de los ’90 se acentuaron las medidas económicas de la dictadura.

¿Son muy diferentes las dificultades de integración que atravesaron los hijos de exiliados políticos ya sea los que nacieron aquí o debieron regresar al país que expulsó a sus padres?

Primero hay que tener en cuenta que existen diferentes grupos familiares en el tema del exilio. Está la pareja de exilados que se va con sus hijos pequeños, los niños que nacen el extranjero, también están los exilados que se casan con una extranjera y tienen hijos en el país que los cobijó y los chicos nacidos en el exilio y que de muy chicos deben trasladarse con sus padres a otro país, con lo cual el tema de la identidad también se complica. Eso también marca diferencias, porque no es lo mismo haberte instalado en un país y vivir allí durante diez, o quince años, que andar girando de un país a otro, porque la posibilidad de construir una identidad respecto al país que te cobijó es prácticamente imposible. En estos casos los chicos suelen preguntarse si son argentinos, venezolanos o franceses, porque en cada lugar van armando mínimamente lazos afectivos. Van a la escuela, tiene vecinos, hacen amigos, tienen los símbolos, la televisión, la cultura que influye sobre ellos. No hay que olvidar que son personas en formación, se están formando, terminan siendo, como todo chico, esponjas de todo lo que les llega. Todo eso repercute en el tema del regreso y eso, a algunos, a veces termina decidiéndolos a no retornar. Están los que no quieren volver, y los que volvieron con sus padres sin poder decidir y en un momento dado dicen: este no es mi país y retornan al lugar que les dio asilo. Existe un conjunto enorme de variables a tener en cuenta. No son chicos que se fueron al exilio, volvieron con los papás, se instalaron, se integraron y viven felices y contentos.

Hay quienes minimizan el trauma del exilio y la dificultad de volver. El fatídico “algo habrán hecho” ¿sigue vigente para una parte de la sociedad?

Sí, totalmente, si la Pando sale a  decir las barbaridades que dice en la televisión quiere decir que hay público para ese tipo de discurso, porque si no fuera así no le darían espacio. Los medios en general y la televisión en particular, le dan espacio a lo que vende. Poner este tema sobre el tapete es la gran deuda que tenemos. Argentina tiene una deuda sobre todo con los perjudicados, que son los hijos de los exilados.

¿Qué características tiene el proceso por medio del cual se recuperan los lazos que unen a los hijos del exilio, con ese pasado difuso y traumático?

En general la adaptación y, sobre todo, la adaptación a la sociedad argentina, ha sido muy difícil para los hijos de exilados retornados. La mayor dificultad es, en primer término, la identidad. Poder identificarse con una sociedad de terror que fue la que expulsó a sus padres. Hay miedos a que vuelvan a aparecer los militares, sobre todo cuando hay algunas situaciones -las declaraciones de Menéndez o Etchecolatz, por caso- que cada tanto a uno lo hacen temblar, imaginate lo que les provocan a estos chicos que sufrieron las consecuencias de la dictadura. Por otra parte está la identificación con una sociedad de estas características. Vienen de otras culturas, más allá de que los padres sean argentinos, ellos tienen otra nacionalidad. Aunque hayan nacido acá, se criaron afuera hasta el momento del retorno.

En la investigación se habla de la “memoria vergonzante”  que hace que muchos de los hijos de exiliados evitan mencionar las verdaderas causas de dicho exilio…

Mal que nos pese, la nuestra es una sociedad que discrimina, y eso termina profundizando el desarraigo e impidiendo una integración real, profunda, concreta. Porque nadie quiere estar en un lugar donde no es bien visto. La discriminación puede estar en cualquier lado, por eso cuando a estos chicos les preguntan por qué estuvieron viviendo en el exterior, muchas veces ocultan las razones, dicen que sus padres fueron a estudiar o trabajar, por temor a ser discriminados.  Y si bien hay algunos hijos de exilados retornados que han logrado integrarse, tienen el estigma, no van a dejar nunca de ser hijos del exilio. Tienen como una marca, porque más allá de la resolución de los problemas que puedan tener,  la sociedad argentina no ha dado cuenta de este tema.

¿El libro puede ayudar a revertir esta situación?

Creo que este libro pone sobre la mesa un tema que debe ser tratado por la sociedad. Es un primer paso, es la primera investigación que trata sobre la situación psicosocial de los hijos de exilados políticos retornados a la Argentina.
Otra de las cosas que queríamos averiguar era si ellos, una vez retornados, habían participado en la conformación de nuevos espacios democráticos, que es una manera de ver cómo se integraron a la sociedad. Esto se puede verificar en su actuación en clubes, en la escuela o la universidad. Había un tema que era muy importante: ver si ellos habían continuado la historia de los padres vinculada a la política o habían desechado la política y se dedicaban a otra cosa. Hay jóvenes que no tienen nada que ver con la militancia, hay otros que son militantes, pero hay otros que son los que de alguna manera nosotros queríamos observar. Son los que se incorporaron a nuevos espacios democráticos y militan en los movimientos sociales, en los organismos defensores de los derechos humanos y han creado organizaciones como Hijos del Exilio.

Nosotros abrimos una compuerta y ahora que cada uno recoja el guante. Es un aporte para mostrar una realidad que en la sociedad argentina no es observada, no es tratada ni tenida en cuenta, que ha sido ocultada, solapada y que hoy día sigue estigmatizada. Poner este tema sobre el tapete es la gran deuda que tenemos, sobre  todo con los más  perjudicados, que son los hijos  de los exilados.
 

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