Lunes 24 de Julio de 2017 - 23:46hs. - República Argentina Edición # 1747

Revista #35 Febrero 2010 > Economía

Deuda externa, dependencia y show

La deuda externa constituye la más directa transferencia masiva de recursos de los países dependientes al G-7 o, vista desde otro costado, es el síntoma más visible de la permanencia histórica y la profundización de una relación asimétrica entre centro y periferia.


Por Jorge Devincenzi

El disciplinamiento social y cultural característico de los últimos 30 años habilita que ello no sea percibido mayoritariamente como una realidad colonial, de saqueo imperial. Pero lo es, sin atenuantes, no importa con qué eufemismos lo expliquemos (por ej., nuestra condición de “emergentes”, la “seguridad jurídica” o la necesidad de atraer hipotéticas inversiones extranjeras).

Deuda y crisis financiera global


A principios del siglo, la deuda conjunta de América Latina superaba los 550 mil millones de dólares. Con 230 mil millones, la mayor es la de Brasil, que representa el 32% de su PBI, el actual 52% de Argentina y un pesado 75% para Ecuador, lo que le impide a Correa salir de la dolarización diseñada por Cavallo.
La reestructuración de la deuda llevada adelante por el gobierno de Néstor Kirchner en 2003/2004 la hizo menos gravosa, alargando los plazos y reduciendo los intereses, pero ello no significa que el problema esté resuelto o que la deuda se haya esfumado.
Aunque la crisis mundial de 2008 hizo creer a algunos ingenuos que el crack bancario reduciría la presión y el despojo sobre los países periféricos, la realidad parece desmentirlo. La deuda externa de EEUU era de 12,25 billones de dólares a diciembre de 2008, y el déficit es financiado atrayendo capitales a pesar de la baja tasa de interés, cercana a cero, circunstancia paradójica para la lógica capitalista. Aunque se anunció en la Cumbre de Londres del G-20 que después de septiembre de 2008 el FMI tendría un nuevo papel de generoso donador de fondos frescos, sin condiciones, éstas no han sido reducidas ni lo serán en el futuro.

Todo comenzó con la casa Baring

En 1976 la deuda externa argentina ascendía a 7.800 millones de dólares. A fines de la dictadura –y aunque Martínez de Hoz había afirmado que una de las razones del derrocamiento del gobierno legítimo era la “inmoral deuda externa”– trepó a 45.087 mil millones.
Se repetía un razonamiento ya utilizado en 1955, cuando la Libertadora en su primera proclama militar sostuvo que “la segunda tiranía” quería entregar el petróleo nacional a la California Oil. La misma hipótesis se escucha hoy, por izquierda, cuando se intenta demoler el Fondo del Bicentenario con la explicación de que parte de esa deuda es ilegítima.
Aunque ese endeudamiento financió el mundial de fútbol, la compra de armamentos (Chile y Malvinas), las autopistas y la extensión de la red gasífera, el grueso (31 mil millones) tuvo como destino las actividades financieras y la fuga de capitales.
En el período 1976-2001 el país pagó 212.280 millones de dólares en intereses, y a pesar de ello la deuda externa se había incrementado, cuando estalló la convertibilidad, a 169.066 millones de dólares.
Además, los capitales financieros argentinos depositados en el exterior equivalen hoy a unos 130 mil millones de dólares, lo que les permitiría reingresar al país en la forma de nueva deuda en una suerte de círculo vicioso.
En 2000 la deuda se correspondía con 5 años de exportaciones argentinas, unos U$S 4.000 por habitantes, el más alto de América Latina, y triplicaba el PBI de entonces.
El crecimiento sostenido desde 2003 redujo esa relación a la mitad del PBI pero esa es una comparación estadística, por cuanto sea de las reservas o del presupuesto, los vencimientos se deben pagar o refinanciar.

Salir por arriba

Durante la era menemista, la deuda pasó de 65.000 a 148.000 millones de dólares, aunque entre 1989 y 1999 se amortizaron 115.000 millones en intereses, mientras los activos de argentinos en el exterior pasaban de 50 mil millones en 1991 a 118.700 millones en 2002.
Los ejes de esa política eran: a) la base monetaria se sostenía sobre dólares que el BCRA no emitía, y por lo tanto se debían pedir al exterior a tasas crecientes: el “modelo” se sustentaba en la deuda externa con moneda sobrevaluada; y b) La combinación de privatizar empresas públicas y tasa diferencial asegurada por el Estado (muy superior a la de los países centrales) provocó una valorización financiera ficticia que significó una incalculable fuga al exterior cuando los concesionarios primitivos revendieron caro lo que habían comprado por monedas, como lo demostró Eduardo Basualdo. La constitución de 1994, además, aceptó sin reservas la jurisdicción judicial de EE.UU. y Gran Bretaña sobre los títulos de la deuda. Según Millet y Toussaint, el tipo de interés real en toda América Latina pasó de una media del –3,4 % (tasa negativa favorable a los deudores), entre 1970 y 1980, al 19,9 % en 1981, 27,5 % en 1982 y 17, 4 % en 1983, evidentemente todas positivas.
Durante los 90, las reservas en divisas depositadas en el BCRA para soportar la base monetaria eran dólares prestados, ajenos. En la actualidad provienen de la balanza comercial, son genuinos, y esa es una de las bases virtuosas de la actual política económica.
Quién se queda con esos dólares es el fondo de la cuestión que mediáticamente se expresó en la crisis del Banco Central luego de que el Poder Ejecutivo cesara al golden boy que había designado unos años antes.
La tasa financiera diferencial (“tablita cambiaria”) había sido inaugurada por Martínez de Hoz, por lo cual la política económica de los 90 fue su continuidad por otros medios políticos. O en otras palabras, el modelo de acumulación 1976-2001 se basó en la combinación de endeudamiento externo y valorización financiera, en el que los factores de ajuste eran la economía real y la contracción del mercado de trabajo/consumo. Aquí están, estos son, los que hundieron la nación.

Pagar o no pagar

La presión sobre los deudores se ha agudizado a partir de la crisis financiera global de 2008, por cuanto los países centrales, siguiendo el ejemplo de EE.UU., intentan exportar sus consecuencias mientras aumenta la desocupación y se multiplica por dos o por tres la ganancia empresaria, ambos fenómenos íntimamente relacionados.
Luego del show mediático-judicial protagonizado por el golden boy, se hace otra vez necesario volver sobre la caracterización de la deuda en términos tanto políticos como ideológicos, pero cuidando que estos últimos sirvan de explicación a los primeros y no de justificación para la inmovilidad y el testimonialismo, cuando no al habitual uso del discurso progresista para engordar al pensamiento único.
Así, por ejemplo, resultaría pertinente definirla (al menos a una parte de ella, la estatizada a fines de la dictadura militar) como “deuda odiosa” y desconocerla, pero esa decisión política requiere de un país colectivamente alineado detrás de esa decisión, esto es, de un país cuya clase dirigente, los grupos económicos y los distintos sectores sociales se hagan cargo de sus consecuencias políticas.
Resolución difícil, por cuanto esos grupos económicos son parte del problema y los sectores dominantes están sintonizados con los intereses de los países centrales, lo que determina el carácter cultural de la cuestión estratégica.
La globalización ha cambiado el carácter de la dependencia, caracterizada hoy por la existencia de múltiples centros y múltiples periferias, internas y externas a los Estados nacionales y las sociedades, referidas no sólo a la propiedad de bienes materiales sino también a la posesión del capital simbólico, y en este sentido es insuficiente lo hecho para descolonizar a esos sectores sociales.
 
Recursos propios

Un atajo frente a esta postura lo abrió Ferrer al plantear la necesidad de “vivir con lo nuestro”, una de cuyas consecuencias prácticas consistió en convertir los fondos públicos de la Anses (tras la estatización del negocio de las AFJP) en un poderoso motor interno de la inversión. Pero no hay capitalismo viable sin ahorro privado, y la burguesía local prefiere la renta.
Aunque la exitosa política económica inaugurada en 2003 siguió esa línea, la ausencia de una burguesía nacional tal como se la modeliza con una mirada eurocéntrica (cuestión que tiene múltiples derivaciones en cuanto al modo de construir la Nación) pone en un terreno de incertidumbre el monto de la inversión necesaria para seguir creciendo “a tasas chinas” cuando algunos de los grupos económicos no demuestran mayor interés en el mercado interno, lo cual va agotando la etapa de sustitución de importaciones.
La postura asumida por los distintos grupos de la oposición al gobierno nacional en medio del lamentable espectáculo de la remoción del presidente del Banco Central fue el último eslabón visible que demuestra lo suicida de desconocer una deuda que si bien es ilegítima, fue reconocida como válida –por acción u omisión- por todos los gobiernos desde 1982 a esta parte, incluso luego de 2003.
El fallo del juez Ballestero del 13 de julio de 2000 si bien decretó su ilegitimidad en casi 500 casos, también determinó “Sobreseer definitivamente en la presente causa Nº 14467(expte. 7723/98) en la que no existen procesados” y remitió los actuados al Congreso Nacional, que archivó las actuaciones.
El radicalismo (cuyas figuras llegaron a pedir una auditoría del FMI para la política económica) y el pro-justicialismo coincidieron –mientras Redrado se atrincheraba en el Central para beneplácito del juez norteamericanoThomas Griesa– en reivindicar la autonomía de la entidad ante las decisiones soberanas del Estado Nacional. Fue una perversa campaña de manipulación, porque se hizo pasar esa autonomía como reaseguro para resguardar “el ahorro (las divisas) de todos los argentinos”, cuando en realidad no significa sino la sujeción de nuestra política monetaria soberana a las decisiones políticas del Banco de Arreglos Internacionales de Basilea y el FMI como parte de la configuración del Consenso de Washington y el pensamiento neoliberal.
Habrá llegado la hora de reformar la Ley Orgánica del BCRA, entre cuyos pliegues se movió el Gobierno desde 2003. La nueva conformación de las cámaras pone un signo de interrogación sobre su viabilidad.
En declaraciones a la prensa, el viceministro de Economía Roberto Feletti afirmó que el concepto ortodoxo de sustentar el dinero circulante con divisas fuertes estaba llegando a su techo. Estamos asistiendo al límite de la post-convertibilidad, por cuanto esta política monetaria no está sustentada en un mandamiento mosaico sino en una decisión de conveniencia nacional oportunamente adoptada en 2003. EE.UU. no tiene reservas resguardando el dólar, y la fortaleza de la moneda se mide por la productividad y la inversión interna antes que por esta vigencia anacrónica del viejo patrón-oro y la teoría monetarista.
Si bien el Fondo del Bicentenario puede ser considerado una señal sobreactuada de voluntad de pago, también es cierto, como lo plantea el Proyecto Sur y lo sugiere Feletti, que las reservas podrían usarse en un Fondo del Desarrollo en lugar de pagar deuda externa. Pero para que ello sea posible hay que ser coherentes, cualidad ajena a Pino Solanas.
El gobierno nacional, entretanto, y a pesar de la imagen negativa que los encuestólogos le atribuyen entre los sectores medios, sigue adelante con su decisión. Si se reduce el superávit fiscal, es preferible seguir con la política de subsidios antes que pagar a los acreedores externos. Es la deuda interna, estúpido.
 

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