Domingo 26 de Marzo de 2017 - 08:08hs. - República Argentina Edición # 1626

Revista #27 Mayo 2009 > Economía

Ofertistas vs. Políticas de Demanda

Según el postulado neoclásico “toda oferta genera su propia demanda”, la economía es motorizada por la oferta y por lo tanto todos los esfuerzos del Estado deben estar vinculados a fomentar el ofrecimiento de bienes.


Por el Grupo de Estudio de Economía Nacional y Popular (GEENaP)

Los neoclásicos entienden que es imposible que exista sobreproducción debido a que cualquier aumento de la oferta se traduce automáticamente en un incremento proporcional de la demanda. De esta forma, deben diseñarse políticas sin preocuparse de la demanda. La reducción de los impuestos a las ganancias de los empresarios puede servir de ejemplo para incrementar la inversión y la oferta de bienes.

Sin embargo, esta lógica condujo a la crisis más profunda del capitalismo. En efecto, la crisis de 1929 fue un conflicto de “sobreproducción relativa”. Durante la década del veinte se produjo en Estados Unidos un crecimiento abrupto de la oferta que al ser acompañado por la demanda, generó un exceso de oferta de mercancías. Fue relativa, no porque la comunidad no demandó, sino porque no se contaron con los ingresos suficientes para hacerlo.

De esta forma, la crisis del ´29 mostró claramente que no toda oferta genera su propia demanda, y que además el capitalismo tiende a producir excesos de oferta, lo cual para los neoclásicos era imposible.

La sobreproducción en el capitalismo se traduce en crisis debido a que genera una caída de precios, es decir, un proceso deflacionario que produce una disminución de la tasa de ganancia de los empresarios con la consiguiente caída de la inversión, aumento del desempleo y reducción de los salarios de los trabajadores.

Bienvenido Keynes

En este contexto surgió la llamada teoría keynesiana. Según John Maynard Keynes, a diferencia de los neoclásicos, el motor de la economía reside en la demanda: si ésta se desarrolla el empresario venderá más y por lo tanto incrementará la inversión y la oferta de mercancías.

El propio Keynes recomendó para salir de la crisis del ´29 un conjunto de políticas económicas que condujeran al crecimiento de la demanda para estimular nuevamente la expansión económica. De esta forma se intentó reconstruir el círculo virtuoso de la producción. Además – detalle nada menor- Keynes señaló que el encargado de aumentar la demanda es el propio Estado.

En este sentido, una de las políticas económicas fundamentales recomendadas por el keynesianismo fue conseguir una distribución progresiva del ingreso. Es decir, el Estado debía cobrarle, según el economista inglés, impuestos a las clases altas para luego inyectar ese dinero a través del gasto público en los sectores de bajos recursos. Como estos últimos tienen necesidades bajas insatisfechas presentan una “propensión marginal a consumir” alta, a diferencia de los sectores de altos ingresos que poseen una “propensión al ahorro” elevada. Por lo tanto, cualquier aumento de los ingresos de los sectores bajos se traduce automáticamente en un incremento del consumo y por lo tanto de la demanda. Asimismo, la obra pública, apareció como una política imprescindible para poder incrementar la demanda y salir de la crisis de 1929. La construcción de viviendas por parte del Estado, por ejemplo, genera un efecto multiplicador que se desparrama al resto de la economía. De esta manera se estimula el sistema productivo y se generan nuevos puestos de trabajo.

En Estados Unidos, el keynesianismo aplicado se denominó “New Deal” (Nuevo Acuerdo), y permitió a los norteamericanos la recuperación. En efecto, luego de los intentos fallidos por parte del presidente republicano Hoover en aplicar las recomendaciones neoclásicas, el presidente Roosevelt a partir de 1933 llevó adelante un conjunto de medidas desde el Estado que se tradujeron en un aumento de la demanda. Esto permitió la reconstrucción del aparato productivo norteamericano.

En los ochenta, el debate volvió al centro de la escena. Con Reagan en Estados Unidos y asesorado por el economista Laffer volvieron las políticas ofertistas basadas en la Ley de Say. Justamente, según Laffer, el gran problema que tenía Estados Unidos eran los elevados impuestos, por lo cual los economistas recomendaban reducir el impuesto a las ganancias para alentar la inversión privada.

Ronald Reagan redujo efectivamente el impuesto a las ganancias. Sin embargo, no sólo no se logró una expansión de la economía sino que además permitió profundizar el desfinanciamiento del Estado y una fuerte concentración del ingreso. Es decir, la política de Reagan fue enteramente funcional a los sectores dominantes norteamericanos. De nuevo, el problema no fue que los empresarios de Estados Unidos no tuvieron el dinero para invertir. No invirtieron porque no hubo demanda. Por lo tanto, a pesar de la reducción del impuesto a la ganancia, los empresarios no aumentaron la inversión porque no tuvieron a quien venderle lo producido.

El caso argentino

Desde 1933, bajo la presidencia de Agustín P. Justo, se aplicó el denominado Plan Pinedo que implicó un incremento de la demanda y marcó el puntapié inicial del debate entre políticas ofertistas y de demanda. Esto provocó que el tema se incorpore a la agenda pública en diferentes momentos de nuestra historia. Cuando el gobierno de la Alianza asumió la presidencia en 1999, la economía argentina atravesaba una crisis que se había iniciado a mediados de 1998.

El ministro de economía de la Alianza, José Luis Machinea, tuvo su propio diagnóstico: el gran problema de la economía argentina era el déficit fiscal. En efecto, el déficit del sector público generó que el Estado nacional se endeudara en el sistema financiero local, y aumentara la demanda de crédito junto con las elevadas tasas de interés. Según Machinea hubo que eliminar el déficit fiscal para evitar que el Estado nacional compita en el crédito con el sector privado. Con este objetivo el ex ministro aumentó los impuestos a los asalariados (la famosa tablita) y redujo las jubilaciones y los salarios del sector público.

De esta forma, según Machinea, aumentaría la recaudación que junto a la reducción del gasto público permitirían eliminar el déficit fiscal. Sin embargo, la única consecuencia fue una reducción de la demanda, lo cual se tradujo en una profundización de la crisis económica.

Con la asunción de Cavallo como ministro de Economía de la Alianza el diagnóstico fue el mismo: el problema de la Argentina era la falta de políticas ofertistas. Cavallo lanzó los planes de competitividad que consistieron en una reducción de los impuestos a los empresarios. Al igual que en el gobierno de Reagan, no sólo no generó un crecimiento de la economía sino que además se tradujo en un desfinanciamiento del Estado.

Estas políticas condujeron a la Argentina a la peor crisis de su economía que  en el 2001 implicó la salida anticipada del gobierno de la Alianza. En efecto, el problema de la economía argentina no era la oferta, sino que lo que no crecía era la demanda, lo cual profundizó la crisis económica y social.

Para frenar la crisis

Actualmente, ante los “coletazos” de la crisis mundial, en la discusión entre las políticas de oferta y demanda, es la primera la que parece recuperar la centralidad. Según Lilita Carrió las políticas que deben aplicarse son la eliminación total de las retenciones a los productos agropecuarios y recurrir nuevamente al Fondo Monetario Internacional (F.M.I.). Para la líder de la Coalición Cívica con la eliminación de los derechos a las exportaciones aumentaría la inversión agropecuaria estimulando de esta manera a la economía local. A través del endeudamiento con el organismo internacional se podría cubrir el déficit fiscal que generaría la caída de la recaudación tributaria.

De nuevo, para Carrió, al igual que los neoclásicos de 1929 y Reagan en los ´80,  la solución de la economía argentina para evitar el contagio de la crisis internacional, son las políticas ofertistas.

Sin embargo, recurriendo a la historia económica nacional e internacional, lo único que generaría este tipo de políticas es un estancamiento económico junto a una concentración del ingreso y un aumento del endeudamiento del Estado para beneficiar únicamente al sector agrario.  

Por otra parte el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, en contraposición a lo aplicado durante el gobierno de la Alianza, implementa un conjunto de políticas de demanda con el objetivo de evitar la desaceleración de la economía argentina.

El actual gobierno reduce los impuestos a los asalariados con la eliminación de la tablita de Machinea, y no a los empresarios, y lleva a cabo una política de crédito “blando” para alentar al consumo. Junto a esto, en lugar de reducir el gasto público, el gobierno lanzó un plan estratégico de obras públicas y realizó un pago extraordinario para los jubilados.

Sólo el crecimiento de la demanda podrá evitar un mayor contagio de la crisis internacional. Por lo tanto, sólo las políticas de demanda, como las que se aplican en la actualidad, son las mediadas adecuadas para evitar un mayor derrame de la crisis mundial a la economía argentina.  

 

 

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