Viernes 28 de Abril de 2017 - 20:46hs. - República Argentina Edición # 1659

Revista #41 Agosto 2010 > Economía

Un sicario arrepentido

Es economista. Dice que ayudó a Estados Unidos a robarles a naciones pobres trillones de dólares, prestándoles más dinero del que podían pagar y luego tomando sus economías. Hoy se dedica a denunciar la explotación y neo-colonización de países del tercer mundo por parte de las corporaciones internacionales, bancos y el propio gobierno norteamericano.


Por Luis Freitas

“El primer paso es identificar a un país que cuenta con valiosos recursos naturales como el petróleo. Luego hay que corromper al líder de dicho país y concertar un enorme préstamo a través del Banco Mundial o una de sus organizaciones hermanas. Pero el dinero nunca llega realmente, sino que va a parar a nuestras corporaciones para construir infraestructuras en ese país: plantas eléctricas, parques industriales, puertos. Negocios que benefician a nuestras corporaciones y a la minoría rica de ese país, pero no a la mayoría de la gente en absoluto. Sin embargo, el país entero queda soportando una enorme deuda. Es una deuda tan grande que no pueden devolverla. Y eso es parte del plan. Ahí aparecemos nosotros, los sicarios económicos, para decirles que si no pueden pagar su deuda le vendan petróleo barato a nuestras compañías petrolíferas, que nos permitan construir bases militares en su país, que envíen sus tropas a apoyar a las nuestras en Irak o que voten a nuestro favor en la próxima reunión de la ONU”. Así de sencillo explica John Perkins cómo funciona la explotación y neo-colonización de países del tercer mundo por parte de la corporatocracia integrada por corporaciones internacionales, bancos y el propio gobierno de los Estados Unidos. Y Perkins sabe muy bien de lo que habla. Él mismo por muchos años trabajó para el gobierno norteamericano en operaciones ilícitas en el Tercer Mundo, las que desenmascara en su autobiografía: Confesiones de un sicario económico, editada en 2005.

Economía sucia

Miembro de una vieja familia de Nueva Inglaterra, hijo de docentes universitarios, John Perkins era uno de los alumnos más brillantes en la Escuela de Negocios de la Universidad de Boston. Allí -a finales de los sesenta- lo descubrió y contactó la Agencia Nacional de Seguridad, la central de inteligencia criptológica, que forma parte del Departamento de Defensa y es responsable de obtener y analizar información transmitida por cualquier medio de comunicación. La gente de la NSA vio en él un enorme potencial y decidió reclutarlo. “Me pusieron durante todo un día en el detector de mentiras y averiguaron todo sobre mí”, cuenta Hopkins. “Para seducirme se aprovecharon de mis debilidades, que son las tres grandes drogas de nuestra cultura: dinero, poder y sexo”. Estimulado por la NSA, luego de graduarse, Hopkins se unió al Cuerpo de Paz y pasó tres años en Ecuador trabajando con la gente que luchaba contra las petroleras. Mientras estaba allí, fue contratado por la corporación privada norteamericana Chas T. Maine Incorporated, una consultoría de muy bajo perfil, con casa central en Boston y más de 2.000 empleados, donde trabajó desde 1971 a 1981 y llegó a jefe economista. Pero su trabajo real era hacer tratos “non sanctos”, lograr grandes préstamos a diversos países del Tercer Mundo, en la mayoría de los casos, imposibles de devolver. “Una de las condiciones de los préstamos -digamos de 1 billón de dólares a Indonesia- era que este país tendría entonces que devolver el noventa por ciento de ese préstamo a una compañía o a compañías norteamericanas, como Halliburton o a Bechtel, para obras de infraestructura”, explicaPerkins.

La fórmula es bien conocida en Latinoamérica. Los mismos pasos se repitieron en todos los países donde las misiones del Fondo Monetario o el Banco Mundial sentaron sus redes: devaluación de la moneda, grandes recortes en los programas sociales (educación y salud), y privatización de empresas públicas. “Es un sistema muy sutil e inteligente -dice Perkins-, tanto la NSA como la CIA reclutaban a los potenciales sicarios económicos como yo, para luego enviarnos a trabajar en compañías consultoras privadas, empresas de ingeniería, empresas de construcción, para que si nos descubrían, nadie pudiese hallar ninguna conexión con el gobierno de los Estados Unidos”.

Corrupción o muerte

Uno de de los varios países en donde Perkins actuó fue Ecuador, nación controlada durante muchos años por dictadores aliados a los Estados Unidos. A mediados de los ’60, el Banco Mundial intervino en Ecuador con grandes préstamos. Durante los siguientes 30 años, la pobreza creció del 50 al 70 por ciento y el desempleo o el empleo precario, del 15 al 70 por ciento. Además, la deuda pública aumentó de 240 a 16 mil millones de dólares, mientras que la proporción de recursos asignados a los pobres bajó del 20 al 6 por ciento.

Una década más tarde, en agosto de 1979, y luego de un proceso eleccionario verdaderamente democrático, Jaime Roldós Aguilera -un profesor universitario de 37 años que gozaba de mucha simpatía por sus altas cualidades humanas, morales, cívicas y por su alta preparación académica- resultó elegido por una alianza entre la Concentración de Fuerzas Populares y la Democracia Popular. Durante su mandato, se redujo a 40 horas la jornada del trabajo en la semana y se duplicó el salario mínimo vital de los trabajadores a 4.000 sucres mensuales. Pero la medida que despertó la ira de Estados Unidos fue la puesta en vigencia de un Plan Nacional de Desarrollo, cuyo objetivo principal era asegurarse que los recursos de Ecuador -en especial las ganancias provenientes del petróleo- fueran usados para mejorar el nivel de vida de su pueblo. Perkins llegó a Ecuador con la misión de persuadirlo o de corromperlo. “Le hice saber que podía volverse muy rico si jugaba nuestro juego, cuenta Perkins, pero que si intentaba continuar con las políticas que había prometido tendría que irse. Roldós no quiso escucharme. Y fue asesinado”.

Porque, según el ex sicario económico, “cuando nosotros fallamos llegan los “chacales”, agentes encubiertos de la CIA que ingresan al país e intentan fomentar un golpe de Estado o una “revolución” y si no logran derrocar al gobierno, entonces asesinan a su líder”.

Los hechos parecen darle la razón a la denuncia de Perkins. Jaime Roldós Aguilera falleció el 24 de mayo de 1981 -luego de un año, nueve meses y catorce días en el ejercicio del cargo- al estrellarse contra el cerro de Huairapungo el avión en que viajaba junto a una comitiva que incluía a su esposa, Martha Bucaram, y al Ministro de Defensa, el general Aurelio Subía Martínez. Su muerte aún hoy no ha sido fehacientemente explicada. La polémica sobre las causas del accidente surgió inmediatamente después de ocurrido el percance, cuando la Junta Investigadora de Accidentes (JIA) de la Fuerza Aérea Ecuatoriana atribuyó la responsabilidad a un error del piloto, supuestamente sometido a una carga de trabajo excesiva. La comisión parlamentaria que se formó meses después, mostró contradicciones e inconsistencias en el informe de la JIA pero no pudo llegar a conclusiones definitivas. Uno de sus aportes más significativos, sin embargo, lo constituyó el peritaje que solicitó al departamento de investigación de accidentes de aviación de la policía de Zurich, que, en 1982, estableció que los motores de la nave habían estado inactivos cuando el aparato impactó contra la montaña. Esta conclusión pericial, que contradecía al informe de la Fuerza Aérea, no mereció ninguna investigación ulterior por parte del gobierno o la fiscalía ecuatoriana. “Apenas el avión se estrelló, toda el área fue acordonada. Los únicos autorizados a pasar fueron los miembros de una base estadounidense cercana y algunos militares ecuatorianos. Luego sucedieron muchas cosas extrañas alrededor de la muerte de Jaime Roldós. Cuando se inició la investigación, dos de los testigos claves, murieron en accidentes de autos antes de que tuvieran oportunidad de testificar. En mi rol de sicario económico, cuenta Perkins en sus memorias, obviamente esperaba que algo le sucediera a Jaime. Ya fuera un golpe de Estado o un asesinato, no estaba seguro. Pero tenía que ser eliminado, porque no se estaba dejando corromper de la manera que nosotros esperábamos”.

Ayer empleado del gobierno de los Estados Unidos, hoy arrepentido, Perkins inició con su autobiografía una suerte de mea culpa que continuó en 2009 con La historia secreta del imperio americano: toda la verdad sobre la corrupción global y que este año se completa con Manipulados, donde revela por qué la economía mundial se ha venido abajo y qué hacer para rehacerla. Además, es socio fundador y director de las organizaciones ambientalistas Dream Change y Pachamama Alliance, en pro de la paz y la sostenibilidad.

Conocedor de primera mano de las consecuencias de las políticas económicas depredadoras, Perkins afirma que “Llevamos mucho tiempo mirando hacia otro lado. Mientras, la gente sufría abusos en las fábricas de Nike en Indonesia o de Coca-Cola en Colombia. No quisimos oler el humo que ahogaba las ciudades chinas donde nuestros artilugios eran fabricados. Preferimos creer en un sistema donde millones de niños trabajaban como esclavos en condiciones infrahumanas. Hoy, padecemos sus consecuencias: nos encontramos presos en una jaula de deudas. Nos toca a nosotros decidir. ¿Queremos vivir en un mundo gobernado por unos cuantos millonarios que agotan los recursos del planeta para satisfacer sus apetitos insaciables? ¿Vamos a soportar más deudas, privatización y mercados al servicio de ladrones de guante blanco que actúan al margen de cualquier regulación? ¿Criaremos a nuestros hijos en un mundo donde menos del 5 por ciento de la población consume más del 25 por ciento de los recursos? ¿O vamos a exigir una economía social y medioambientalmente sostenible, basada en el tipo de organizaciones que participa en los mercados verdes o que se compromete con el comercio justo? ¿Un mundo que promueva energías limpias y economías locales? La respuesta no la tiene Barak Obama. Ni ningún otro político. Nosotros tenemos la última palabra”.

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