Martes 25 de Julio de 2017 - 03:35hs. - República Argentina Edición # 1747

Revista #39 Junio 2010 > Editorial

DE REGRESO AL BICENTENARIO


Por Juan Manuel Fonrouge

Después de tres años y medio de Revista 2010 en la calle, más los dos años previos con el proyecto en mente, siempre con la premisa de utilizar la fecha del Bicentenario para encarar los debates estratégicos que hacen a la realidad nacional y latinoamericana, seguramente nos permitirán seguir unos días más con nuestra obsesiva causa, ahora centrándonos en el contexto de los festejos y particularmente en dos claves de la época: el debate político y la profundización de la democracia.

Sobre todo por los que quieren que la estela del Bicentenario pase lo más rápido posible, los mismos que,  de haber tenido las riendas del poder político de nuestro país, seguramente hubiesen “festejado” con alguna medida de ajuste, mientras nosotros esperaríamos que coronaran los festejos con alguna represión en cualquier lugar del país.

En los comienzos de este proyecto nos preguntábamos si se reiteraría lo vivido en los festejos del Centenario: el Estado de sitio, la ausencia de todo derecho para la clase trabajadora, la ostentación y el lujo de los dueños de la Argentina. En parte es así como imaginábamos en aquella época recibir este Bicentenario: con ajuste y represión.

Los festejos del Bicentenario, de haberse dado una coyuntura más acorde con la historia de nuestro país (es una cuestión de estadísticas), nos habría encontrado a muchos al pie del cañón, seguramente tratando de mostrarle al mundo que  no queremos vivir en un país con impunidad, gobernado desde alguna oficina extranjera que imponga sus recetas de hambre y desocupación.

Ahora quisimos mostrar, o mejor dicho demostrarnos, que la sociedad, el pueblo de la Nación Argentina, ha evolucionado, y que no piensa dar marcha atrás en lo que supimos conseguir.

El debate político

¿Y qué hemos conseguido en estos años? En primer lugar, poder debatir todo lo que haya que debatir, sin tapujos de ningún tipo, sin saldar los conflictos anulando las diferencias, negando la razón dialéctica por la que las sociedades se perfeccionan, avanzan.  

Y esto no es poco. Es permitirnos socavar al conservadurismo que rige nuestro país, la excusa de tantas décadas para que nada cambie, o lo que es peor, todo empeore, quitando hasta el último derecho, recortando salarios, ajustando el presupuesto público, y de ser necesario, secuestrando y desapareciendo a lo distinto, a lo que ponía en peligro los valores dominantes. El lema de nuestro país parecía ser “No te quejes, que todo puede estar todavía peor”.    

El Estado de sitio de hace 100 años se trató de eso, de buscar detener la emancipación del pueblo, frenar los cambios, impedir la evolución hacia modelos de participación política más democráticos, de una distribución equitativa de la renta, de derechos igualitarios a todos los habitantes de este suelo.

También lo fueron las proscripciones, los auto-exilios, los fusilados y los bombardeos. La pobreza, los ajustes y las represiones. Esto fue siempre a los que nos tuvieron acostumbrados.

El pesimismo era crónico en las últimas décadas, la falta de compromiso era la respuesta a la desesperanza; las posibilidades de que algo cambiara o mejorara, o que al menos se mantuviera como lo encontramos sin ser destruido, era un objetivo ambicioso.  

El festejo fue la expresión de la recuperación de la autoestima, de generaciones que vuelven a creer en un proyecto de país, y de las nuevas generaciones que no han nacido bajo el miedo de la dictadura y sus secuelas o de las crisis económicas crónicas.

La profundización de la democracia

En estos años aprendimos a creer en la democracia. Qué sentido tenía pensar que con la democracia se podía distribuir la riqueza, obtener derechos igualitarios, si ésta era arrancada una y mil veces por los que, a falta de tener partido (vaya empeño en no esforzarse en nada, el de las clases dominantes vernáculas), encontraron en los militares y colaboracionistas civiles el freno a los cambios para las mayorías populares.  

Es que cada vez que acumulamos fuerza para avanzar en los debates de forma favorable para el pueblo, la democracia fue truncada de forma violenta, sin olvidarnos de todo el tiempo previo con fraude o sin voto universal. Tampoco de las proscripciones.

Y por último, los últimos casi 30 años de democracia condicionada, con coletazos de la Argentina golpista, con golpes de mercado, donde  los dos partidos mayoritarios fueron el partido único neoliberal.

Era lógico descreer en la posibilidad de que la democracia acarreara cambios favorables. Qué sentido tenía votar si siempre perdía el pueblo, y los que ganaban aplicaban las mismas medidas, el mismo programa, y hasta compartían el mismo Ministro de economía.

Pero esa postura, lógica y entendible, termina siendo funcional a los que nos prefieren tirando piedras desde afuera. Profundizar la democracia, en tanto sea abrir el debate y la participación es, y siempre ha sido, su gran problema.

La democracia en América Latina no es “burguesa” en sí misma, (si no, no hubiesen acabado con ella tantas veces); la democracia, si es plena y no está condicionada, siempre es revolucionaria. Pero lenta.

La democracia siempre implica conflictos, nuevas síntesis, avances y también retrocesos, pero en permanente movimiento, donde se puede perder una votación en el Congreso o en las urnas, pero ese es tan sólo uno de los escenarios para la contienda.

No todo se reduce a la formalidad de la democracia representativa, una democracia plena implica trasladar el debate, la participación y la capacidad de decidir en cada rincón de la sociedad, en las escuelas, en los medios, en los barrios, en los gremios, en todo ámbito y lugar.

El capital simbólico de esta etapa será acumulable en tanto la sociedad se oxigene de democracia y de participación. Hace falta tiempo para que salir del oscurantismo conservador que ha impregnado todos los ámbitos de nuestra sociedad.   

Cuando se acabó con la democracia, se acabó con la posibilidad de que la sociedad evolucione en múltiples ámbitos, se buscó frenar la construcción del poder popular.

Y en esta democracia no pueden quemarse etapas. Una revolución se hace con mucha sangre o con mucha paciencia, pero siempre es lucha, dijo Perón.

También estamos luchando por el relato. La historia es el pasado que se escribe desde el presente. El festejo del Bicentenario es un problema radioactivo para las elites de nuestro país. Por primera vez en muchas décadas, construimos un proyecto, una idea de país, con la cual contrastar la imposición del proyecto oligárquico. Para el presente y para el futuro.
 

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