Domingo 26 de Marzo de 2017 - 17:50hs. - República Argentina Edición # 1626

Revista #33 Noviembre 2009 > Editorial

EDITORIAL: LOS PELIGROS DE LA HISTORIA

La historia vincula el pasado con el presente, eso es lo peligroso para los que piden dejar de “mirar para atrás”, asociando esto burdamente a intenciones de “revanchismo” e implorando “pensar en el futuro”.


Por Juan Manuel Fonrouge


De poder contar con la genial pluma de Arturo Jauretche para editar un segundo tomo del “Manual de zonceras argentinas”, debería incluir esta pura entelequia de la derecha que asocia esta necesidad de “dejar de mirar para atrás” con empezar el camino a una “argentina moderna”.

Este concepto colonizador, oscurantista, es peligroso para los pueblos que buscan ser libres. Los dirigentes que lo enarbolan matan la historia de su propio partido, los que definen los planes de estudio recortan contenidos “contextuales”. La historia oficial, sesgada, con un único fin, el de sostener el status quo, se desmorona solo con su estudio, con el debate, y eso preocupa.

Es la finalidad del tecnócrata, del neoliberal, recortar lo que no sirve para centrarse en un solo concepto válido, el del “crecimiento”. Aunque claro, para unos pocos. Reducir el Estado, el gasto público, y generar mayor ingreso de divisas exportando materias primas.

En la década de los `90, cuando fue reformado el Plan de Estudios de la Facultad de Periodismo de la UNLP, una de las mayores críticas fue que recortaron las Historias (Siglo XX, Argentina y América Latina) dejando de ser anuales para convertirse en cuatrimestrales y de ser obligatorias a ser optativas, ya que ahora pasaban a ser “contextuales”. Uno de los tantos aportes del Banco Mundial a nuestra educación.

Lo central estaba en darnos las herramientas para adaptarnos a un mercado cada vez más competitivo. Más competitivo porque cada vez se necesitaban menos comunicadores, y por ende, solo llegaban los más adaptados al medio, en este caso de comunicación, como en la selección natural de las especies.

Hemos salido del ojo del huracán neoliberal, pero cuanto más cultivan los medios de comunicación este supuesto sentido común, que dice que es importante y que no para una sociedad, volvemos a estar al borde del colapso social, donde la ideología dominante comienza a reproducirse al compás del frenético minuto a minuto del raiting televisivo.

La basura bajo la alfombra

Lo inconcluso, lo irresuelto, siempre vuelve. Y para el que estudia la historia de este país, todo está inconcluso, todo siempre quiere volver, lo bueno y lo malo.

Permanentemente volvemos a debatirnos entre el desarrollo nacional y la integración latinoamericana, o el oprobio oligárquico manufacturero y represivo. No hemos podido lograr una síntesis, un proyecto de país que nos incluya a todos. Cuando pudimos lograrlo, la oligarquía fue tan brutal, que dejaron en claro las reglas de juego para el resto de la historia.

Y la historia, por más que sea ocultada descaradamente, como queriendo tapar los aviones que bombardearon Plaza de Mayo con las manos, siempre volverá a la agenda del presente, mientras que la selección de hechos, la agenda del pasado, siga estando manipulada.

No hay una sola historia. No se trata de que unos mienten y otros dicen la verdad. Aunque sin dudas, muchas veces las pasiones llevan a tergiversar y ocultar ciertos hechos. Algo que también pasa con el periodismo. Porque el presente y el pasado pueden ser vistos desde abajo, o desde arriba, como actores o como observadores pasivos, y se puede escribir la historia buscando ser parte de los cambios en el presente, o cómplice del retroceso y el estancamiento.

Lejos están tanto Felipe Pigna como Norberto Galasso de refugiarse en la elitista esfera que ha caracterizado a gran parte del pensamiento académico de intelectuales disociado de la historia y del presente de su pueblo.

Si hay algo que buscan desde su oficio intelectual es acercarles sus investigaciones y conclusiones a las mayorías. No se lamentan por la pobre patria mía, la de la entelequia oligárquica del manual de historia, de fechas y batallas, sin procesos, sin contexto y en definitiva, sin historia. Porque en su narrativa no hay pueblos.

Pensar junto a ellos estos temas, es verdaderamente influyente. No sólo profesionalmente, sino desde lo humano. La honestidad intelectual pesa demasiado, contagia, se trasmite en cada palabra.

El porqué de que estas características, otrora propias de gran parte de la clase política, hoy se restringen al terreno de la intelectualidad y la cultura, es una falencia que sigue rigiendo nuestro presente y condiciona nuestro futuro.

Si estuviéramos discutiendo simplemente sobre el pasado, no molestaríamos a nadie. Los pueblos buscan su identidad en la historia y el presente de América Latina nos hace ver el futuro con cierto optimismo, sobre todo por saber que podemos ser protagonistas, no ya para resistir los embates neoliberales, sino para construir nuestro futuro, porque el interés por revisar la historia siempre ha sido la antesala de cambios políticos importantes.

La historia de nuestro pueblo lamentablemente está centrada en “el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas”, utilizando una frase de Rodolfo Walsh en su Carta Abierta a las Juntas Militares, pero es también la memoria histórica de lo que pudimos ser, de lo que podemos volver a ser.

Subsidios al consumo y al trabajo

El ingreso universal a la niñez ha sido, junto al programa nacional de cooperativas de trabajo, dos medidas claves para reunificar a la clase trabajadora, fragmentada por la flexibilización laboral, por la precarización del trabajo y la desocupación, producto de la “apertura al mundo” y la destrucción del aparato productivo nacional.

En el primer caso, porque proviene del ANSES, igualando tanto a trabajadores en negro, ocupados y desocupados. Dando un paso importante en la batalla simbólica contra los que creen que nos sobran dos tercios de la población, y que la gran mayoría de ellos nunca tendrán trabajo digno. Más allá de una cuestión en apariencia secundaria, es fundamental para poner en este país algunas cosas en su lugar.

Como es muy difícil cuestionar que se este subsidiando al trabajo con el programa de cooperativas de trabajo, en un mercado laboral que ha vuelto a retraerse en el contexto actual de especulación producto de la crisis, donde se viene ajustando costos por el lado del trabajo, como es previsible, y los que se vienen pronunciando contra el hambre tampoco encuentran argumentos sólidos para oponerse al subsidio, han optado por hablar de clientelismo. Una muletilla que va desde la derecha a la izquierda del espectro político, sin aclarar nunca a que se refieren con clientelismo.

Ya hemos denunciando en esta revista los manejos de ciertos intendentes con las cooperativas de trabajo (ver 2010 Nº 14), porque siempre nos pareció la medida más avanzada en torno a la inclusión social mediante el trabajo autogestionado es que nos preocupa cuando estos programas de obra pública son desvirtuados o acaparados por manos inescrupulosas.

Pero el tema que nos interesa profundizar ahora es otro, y tiene que ver con la hipocresía de quienes solo hablan de clientelismo cuando se subsidia el consumo de los pobres o el trabajo de los desocupados, mientras callan o defienden el subsidio del consumo de la clase media y alta o el déficit de las grandes empresas.

Clientelismo de primera y segunda categoría

En el capitalismo, en una sociedad de clases, cada uno tiene su precio. Algunos lo fijan por cuestiones culturales, y otros por necesidades materiales.

Los pobres necesitan de la asistencia. El Estado debe subsidiar el consumo de necesidades básicas para su supervivencia y la de su familia.

La clase media también tiene su precio. En tanto tengan resueltas sus necesidades materiales básicas para la subsistencia, tienen necesidades culturales, creadas por su formación o por el mercado.

La clase altas, resueltas sus necesidades básicas, y también las culturales y las creadas por el mercado, tienen un precio más alto. Necesitan que el gobierno les garantice la rentabilidad de su capital y el sostenimiento de sus privilegios.

Sólo el caso de los pobres se considera clientelismo, ya sea por los medios de comunicación, como por sectores políticos de izquierda o de derecha que ven el problema de manera sesgada por sus intereses de clase o su marco teórico.

Aquí existe además una clara visión racista de la sociedad. Es el pobre el que se ve atado al clientelismo político, el que no puede decidir por si mismo a quien votar, porque esta sujeto a la prebenda.

En cambio, las demás clases sociales, que exigen, últimamente con mayor virulencia que los pobres, el otorgamiento de beneficios por parte del Estado, son siempre conscientes, o sea, nunca van a votar irresponsablemente.

Aunque es cierto que, alguien que no tiene garantizada su subsistencia, sea en mayor medida sujeto a las decisiones de otro por la urgencia de sus necesidades.

Pero dirigentes como Carrió, Morales, De Narváez o Macri, no hablaron de clientelismo cuando la clase media argentina, banco la liquidación del aparato productivo nacional, entre otras cosas, a cambio de la “licuadora en cuotas”, ni que la clase alta lo hizo por el “déme 2” en Miami.

Por la dudas, el voto de clase media había que cuidarlo, por lo que nadie busco, desde el PJ y la UCR terminar con la fantasía del 1 a 1. Ya sea por convencimiento o por especulación. Eso si que fue demagogia.

En todo caso, esto también debe considerarse clientelismo político. Porque se utilizan fondos públicos, “que pagamos todos con nuestros impuestos”, para subsidiar el consumo de los que más tienen.

Estas medidas, cuando son para atender las demandas de los que menos tienen, es demagogia, populismo, clientelismo. Ellos son racistas, egoístas y cipayos.

El precio del clientelismo

Pero esto no es lineal, si queremos asociar al clientelismo con la búsqueda del voto.

Los pobres se tratan de parecerse a la clase media, por eso creyeron que si seguían apoyando a Menem, la licuadora en cuotas también les iba a llegar a ellos.

La clase media también se quiere parecer a la clase alta, y quiere al menos pensar como ella. Aunque “no tengan ni una maceta con soja en el balcón”.

Así de entupidas y sometidas al clientelismo en sus distintas formas pueden ser las clases sociales, sacando algunos momentos de lucidez de nuestra historia.

Podemos decir que la empobrecida clase obrera a principio de siglo tuvo la lucidez de adherir al anarquismo, y los hijos de la clase media en los `70 a la juventud peronista o al marxismo.

En ambos casos, buscando una salida colectiva a un problema de fondo. El de la falta de libertad para decidir, en tanto vivamos en una sociedad sostenida sobre la desigualdad y las clases sociales.

Subsidiar el consumo para alimentos, ropa, techo, salud, educación de los que no tienen nada, es una urgencia. Aunque algunos vean permanentemente en ello clientelismo y/o demagogia.

Esto en tanto no podamos resolver el problema de fondo: que muchos no tengan nada, y pocos tengan mucho.

COMENTARIOS (16)

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matzcrorkz

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crorkz

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crorkz matz

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