Sábado 27 de Mayo de 2017 - 04:59hs. - República Argentina Edición # 1688

Revista #24 Febrero 2009 > Editorial

EDITORIAL


Por Juan Manuel Fonrouge
                                                                          *En memoria de Coco Cervantes

Amanda Peralta, la primera mujer que formó parte de una guerrilla rural en nuestro país, tuvo en sus manos una copia de la recientemente estrenada película sobre la primera guerrillera urbana, Norma Arrostito. Enviada por su director, Cesar D`Angiolillo, no sabemos si llegó a verla, ya que la muerte la sorprendió dos días después en Gotemburgo, Suecia, el 2 de enero pasado.
 

Ambas mujeres se conocieron militando en la agrupación “Acción Revolucionaria Peronista” (ARP), fundada por  John William Cooke y Alicia Eguren, ésta última secuestrada y conducida a la ESMA el 26 de enero de 1977.
 

También en enero, mientras cumplía 38 años, pero un año después, asesinaban a Norma Arrostito en el mismo escenario, luego de más de un año de cautiverio. Posiblemente Arrostito y Eguren se hayan cruzado en el campo de concentración.
 

Es injusto tratar de agotar el rol de la mujer en la política argentina durante los años ’70 con Arrostito, Peralta y Eguren, de hecho no lo hacemos, pero quizás en ellas se sintetice la lucha de miles de mujeres que aún hoy, sin necesidad de tomar las armas, mantienen un desafío mucho mayor a la hora de romper el rol impuesto por la sociedad machista. Aunque mecanismos más sutiles y eficaces de la sociedad de consumo parecieran por momentos haber domesticado a la mujer.
Una sociedad que se retro-alimenta consumiendo la vida de los jóvenes, mejor si son mujeres. Buscando domesticar a cada generación con el miedo, la represión y el consumismo. Donde la sangre ha sido purificadora para el status quo. Donde cada tragedia ha sido ejemplificadora de lo que “te puede pasar”.
 

Del total de desaparecidos durante la última dictadura, el 85 por ciento tenía menos de 35 años, y casi la mitad eran mujeres.
Particularmente, en relación a las mujeres, existe un resabio medieval de una moral inquisitoria, que la asocia  con el pecado, y la tortura y posterior muerte con un ritual purificador, que conceptualmente ayuda a mantener en la sociedad un permanente velo de esa falsa moral redentora.
El sacrificio es también una institución, donde el verdugo muestra la cabeza de su victima al público –o gente, para ser más exactos-, ávido de pensamientos fácilmente digeribles, que marcan pautas de comportamiento, y sobre todo, inflingen miedo, miedo a la culpa, a alejarse del rebaño.
 

Estas mujeres decidieron su propia vida, no su propia muerte, pero estaban decididas a morir si fuese necesario. Se prendieron fuego porque quisieron, siempre supieron que el castigo aleccionador era la muerte, pero seguramente, nunca imaginaron que los mercenarios a sueldo del capital, que defendían las buenas costumbres -siendo grotescos y desagradables- la propiedad privada    -obtenida sólo con el saqueo a los desaparecidos y el patrimonio público- y la religión -la que les permitía violar, matar y torturar bajo una bula papal-  serían tan sádicos y brutales.
 

¿Qué es la desaparición forzada sino otra cosa que esconder lo que no se quiere mostrar, lo que puede ser un mal ejemplo para el rebaño? Pero ha sido un arma de doble filo, la de la inquisición de la iglesia y/o de los militares. Que no han podido imponer el oscurantismo.
 

Para finalizar, caeré nuevamente en el recurso de citar a  Rodolfo Walsh: “aún si mataran al último guerrillero, no harían más que empezar bajo nuevas formas, porque las causas que hace más de veinte años mueve la resistencia del pueblo argentino no estarán desaparecidas, sino agravadas por el recuerdo del estrago causado y la revelación de las atrocidades cometidas”.


 

COMENTARIOS (15)

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