Miércoles 24 de Mayo de 2017 - 08:46hs. - República Argentina Edición # 1685

Revista #41 Agosto 2010 > Editorial

LA CTA EN SU LABERINTO


Por Juan Manuel Fonrouge

Hace casi 20 años, la central nacía ante un sindicalismo anti obrero, alineado con las medidas del Consenso de Washington que avalaron la destrucción del empleo y la flexibilización laboral, en un contexto de entrega del patrimonio público.

Germán Abdala, Secretario General de ATE Capital y militante peronista, era elegido diputado nacional por el Justicialismo en 1989, abriéndose del partido al poco tiempo para conformar el Grupo de los 8. Como correlato de la situación política, se fundaba la nueva central obrera.

La histórica Marcha Federal de 1994 encontró a la joven central confluyendo con el Movimiento de los Trabajadores Argentinos (MTA) de Hugo Moyano, quien se enfrentaba en ese momento a la cúpula de la CGT, promotora de la reforma laboral menemista.

Ni la militancia política partidaria ni la unidad de la clase trabajadora  han sido ajenas a la historia de la CTA. La “autonomía”, proclamada como eje de debate en estas elecciones, es el reflejo de la actualidad política de la central, que linda con el infantilismo político, al igual que gran parte de la centro-izquierda.    

La CTA parece debatirse entre transitar por los márgenes de la política o volver a posicionarse en el centro de la escena nacional.  

Añorando la resistencia

Hace unos meses, ante la avanzada de las patronales rurales, planteábamos en esta revista la necesidad de una “Mesa de Enlace sindical” donde, más allá de las diferencias conceptuales entre las dos centrales, se pudiese articular ejes programáticos a favor de los intereses de los trabajadores, sean ocupados o desocupados, y de otros sectores postergados y minorías.

El proceso político abierto necesita de una fuerza organizada que sirva de autodefensa de las conquistas y que abra el camino para avanzar en lo que falta.

Gran parte de la central se opone a la unidad con la CGT, creyéndola funcional al gobierno. Para otros, la mejor forma de defender la independencia de la clase trabajadora es tejiendo el poder suficiente para imponer las reglas de juego, y para eso se hace imprescindible la unidad.

Dinamitar todo intento de unidad para no ser asociados en nada con el gobierno suena a un absurdo, más cercano a posiciones de la militancia estudiantil de los grandes centros urbanos que a los de una conducción obrera.

Para los que hablan de cooptación, posiblemente el gobierno ya no esté tan interesado en la central, y eso es triste. Nunca le otorgó la personería gremial, y ejemplos como la posición ambigua de Milagro Sala, de la Tupac Amaru, integrante de la CTA, reflejan que el gobierno ni siquiera parece querer molestarse en cambiar la opinión de sus aliados.

Por otro lado, algunos sectores del gobierno prefieren que la lista de Hugo Yasky pierda la conducción, para que la central termine reducida a una agrupación opositora y le deje el espacio sindical libre a la CGT.

Distinta fue la posición de Néstor Kirchner en 2002, cuando recorría el país como pre-candidato presidencial por La Corriente y llamaba públicamente a Víctor De Gennaro, histórico referente de la CTA, a acompañarlo en la formula electoral.

Ya con Kirchner en el gobierno, gestos como la recordada foto de Claudio Lozano, diputado y economista de la CTA, con López Murphy, entre otros miembros de la oposición, fueron distanciando cada vez más a la línea histórica de la central con el gobierno.

La posición de la línea histórica de la CTA, encabezada por De Gennaro, en el conflicto de las patronales rurales fue un punto sin retorno. Mientras Hugo Yasky, actual Secretario General de la central, junto a Martín Sabbatella y Carlos Heller, participaban del acto de Congreso convocado por el gobierno a favor de la Resolución 125, Eduardo Buzzi, de la Federación Agraria, visitaba la sede nacional de la CTA en la calle Piedras.

De la autonomía al gobierno, al autonomismo como ideología

Con teóricos como John Holloway y Toni Negri, el “autonomismo” tuvo su cuarto de hora a principios de este siglo a partir de su teoría de “cambiar el mundo sin tomar el poder”, y con el subcomandante Marcos como referente práctico.

“El anticapitalismo de los grupos de trabajadores y estudiantes se traduce directamente en una oposición generalizada al Estado, a los partidos tradicionales y a los sindicatos institucionales", proclamaba Michael Hardt, autor junto a Negri del libro insignia del movimiento autonomista: Imperio.
Ha sido principalmente desde América Latina, y con más fuerza desde que se frenó el intento de imponer el ALCA en durante la histórica Cumbre de las Américas en Mar del Plata en 2005, que se ha venido consolidando un nuevo paradigma político superador  de las teorías de la izquierda new age.  
La clase obrera necesita nuevos marcos teóricos, pero que tiendan a buscar su rol desde la independencia de clase en un contexto como el actual, donde es responsabilidad de los trabajadores defender el proceso latinoamericano y profundizarlo.

Los proyectos populistas de nuestro continente se han caracterizado desde siempre por un contexto de fuerzas en disputa que no siempre están equidistantes. El Estado puede ser visto como enemigo, si pensamos en los nichos burocráticos y corruptos, pero también como aliado, cuando desde el mismo se promueven reformas sociales y se gobierna, mayoritariamente, para los trabajadores y no, principalmente, para los grupos de poder históricamente beneficiados.

Aquellas políticas cuestionables del gobierno, como el caso de la minería a cielo abierto, caballito de batalla de estos sectores, pero que sin dudas es un talón de Aquiles para el kirchnerismo, parece ser la excusa de moda para apostar al fracaso de esta gestión y no buscar profundizar el modelo de inclusión.

La clase trabajadora debe pasar a posiciones políticas en pos de profundizar la distribución de la riqueza y avanzar en los cambios programáticos que necesita nuestro país, ante la fortaleza mostrada por las clases dominantes y la derecha para recuperar parte del poder perdido.

En este contexto, la CTA debería estar debatiendo cómo ponerse a la altura de los desafíos, en vez de buscar el ángulo exacto desde donde pararse ante un gobierno que, a la luz de los hechos, poco parece importarle el futuro de uno de los proyectos sindicales más innovadores del mundo, pero que hoy parece naufragar en un mar de indefiniciones.
 

COMENTARIOS (10)

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