Martes 25 de Julio de 2017 - 21:41hs. - República Argentina Edición # 1748

Revista #43 Octubre 2010 > Editorial

Progresismos


Por Diego Otondo

A menudo se habla de los gobiernos progresistas de la región. También del periodismo progresista. En este sentido, se produjo un debate sobre el progresismo y sobre los ex progresistas. Existen varias formas de ser progresista. Aquellos que fueron tildados de ex progresistas, en realidad, lo están ejerciendo como siempre lo han hecho: dejando de lado todo aquello que tenga algo que ver con la economía y su poder.

La vieja escuela de todo buen progresistadesarrolla su tarea sin tener en cuenta los resortes económicos. La democracia progresista fue aquella en la cual el Estado adquirió la figura de gendarme y educador, en el mejor de los casos. Ése es hoyel límite, y si no se lo respeta, se está violando la ley “natural” que rige al mundo. Toda tarea ajena al poder de policía tiene que ser regulada por el mercado, es decir, el poder permanente o estructural. 

La mayoría de los progresistas mediocráticos buscan la separación entre la política y la economía.Repiten una respuesta única.Es un debate sobre ideas neoliberales, ir hacia adelante pero resguardando el status quo. No admite ningún proceso histórico, sólo un futuro, el cambio absoluto del presente (ciclos gubernamentales que impidan la construcción de metas a largo plazo) y la eliminación del pasado: su progresismo significa neoliberalismo y tiene la intención de presentarse en forma edulcorada, de escapar a los debates de fondo.

¿Quién no recuerda las ideas progresistas desde 1983 en adelante? Todos han proclamado la idea de ir hacia adelante, de progresar y modernizarse. El ARI, el Frepaso, el radicalismo, la Alianza y el propio menemismose consolidaron con un discurso progresista con respecto al pasado inmediato. Sin embargo, todo quedó supeditado a los mandatos económicos y lo político no pudo lograr su autonomía. Su tarea modernizadora no implicó una reforma cultural como contracara del neoliberalismo y fue una continuación de la tarea iniciada por la dictadura militar, sosteniendo los resortes económicos de siempre.

El problema para los viejos progresistases que el debate de lo que está sucediendo en América Latina es acerca de los modelos y la correlación de fuerzas; de cómo lograr una síntesis en beneficio de una realidad que supere a la estructura de poder que garantiza la desigualdad. Es la lucha entre aquellos que se arrodillan ante el ajuste y aquellos que lo esquivan, por ejemplo. Como expresó Raúl Zibechi en el diario La Jornada de México: “El progresismo sudamericano (…) es, en todos los sentidos, hijo del neoliberalismo, o sea de la impronta del capital financiero y del enorme poder de las empresas multinacionales, a las que hoy ningún Estado tiene capacidad de controlar”.

Progresismo mediático

En el sentido mediático dominante, estas razones han hecho que todo el periodismo progresista se pusiera histérico por los dichos de Hebe de Bonafini. En realidad, todos los cuestionamientos tienen como fondo cuidar el último de los reductos que le queda al establishment para que defienda sus intereses, en detrimento de una voluntad popular que quedó expresada en el Congreso con la aprobación de la Ley de Servicios Audiovisuales. Se presentó como una idea progresista defender a la justicia porque detrás está el “absolutismo” estatal por sobre de los beneficios personales.

Para Ernesto Laclau, “construir al pueblo como actor colectivo significa apelar a «los de abajo», en una oposición frontal con el régimen existente”. Desde esta condición nace la ruptura populista. Sigue este autor: “La fórmula de Saint-Simon –«del gobierno de los hombres a la administración de las cosas»– es la expresión cabal de esta utopía de una sociedad reconciliada y sin antagonismos”.

El contexto de “la administración de las cosas” (el Estado neoliberal) fue ideal para practicar el periodismo progresista sin fuerte compromiso político, y caracterizado por denuncias de todo tipo. La politización de los diferentes escenarios ha dejado al periodismo “establishmentista” sin la máscara de la denuncia perpetua explicitando su posición. Para diferenciarse, ellos arguyen que el periodismo “independiente” es y será privado y sólo su relato es válido. Todo lo demás está comprado desde las arcas estatales y, lapidariamente, no es periodismo. Lo que se proclama a los cuatro vientos es la libertad individual y la coyuntura como eje dominante.

Interpelación

Poner en jaque al Grupo Clarín, es interpelar al modelo que ellos defienden, es la libertad colectiva por sobre la individual. Esta razón ha hecho que el progresismo mediático tuviera que definirse. Al caracterizarse la etapa actual por la revalidación de la política, lo ideológico quedó expuesto e ingresó al debate para así repeler “el fin de las ideologías”. En este sentido, la etapa neoliberal tuvo un condimento que fue esencial para ejercer la profesión de manera más cómoda que la actual: ejercer el periodismo vigilando al poder gubernamental pero con la misma ideología estructural, el neoliberalismo, que se caracteriza por la exaltación de la antipolítica como arma política.

Hoy, en cambio, se deben expresar definiciones ideológicas y políticas. Periodistas como Alfredo Leuco, Ernesto Tenembaum o Jorge Lanata ejercen el progresismo de manera tajante y se venden como una marca de gaseosa o hamburguesa: independientes, privados y libres, pulcros, perseguidos y objetivos. Pero tienen, lamentablemente para ellos, que dar su opinión en una agenda que permanentemente se pone en duda y asiste a críticas desde el mismo Estado, aquél que hacía de gestor cuando ellos realizaban sus investigaciones coyunturales. Ahora, puesto en duda el poder estructural o permanente de la Argentina, sus relatos y sus análisis han quedado presos del neoliberalismo del que nunca se fueron.El poder que ellos “vigilan” es contestatario.

Ejercen el progresismo que no va más allá de lo que permite el poder permanente, es decir, cuando no está en juego nada de lo que sostiene ala estructura de la que forman parte,  lo económico-cultural, el sentido único. Son los abogados del pueblo que vigilan al “poder” del Estado, sólo del Estado. Pueden estar a favor del matrimonio igualitario, de la legalización del abortoo de la Asignación Universal por Hijo, pero cualquiera sea la medida que ponga en duda o cuestione al poder estructural, tenga o no relación con las dictaduras cívico-militares  -esto ya no importa y se vio con total claridad en el caso Papel Prensa-, sus esfuerzos estarán puestos en defender al status quo reinante.   

Cuando se preguntan qué les pasó a los Kirchner, albergan en sus cabezas el deseo de que todo sea como en la década de los 90 o, al menos, como en el principio del proceso iniciado en 2003. Quieren una Alianza eficiente. Porque tanto los juicios a los milicos, el encarcelamiento de Martínez de Hoz, el citado conflicto dePapel Prensa y la interpelación al poder estructural, es un paso que va más allá de sus convicciones y una etapa que resulta insoportable, como buenos amantes de la antipolítica. Realizan tremendos esfuerzos para presentar un contexto de autoritarismo y crispación con argumentos escolares, en la medida en que el Estado tiene una presencia diferente a la que tenía en la década de los 90.

El fin de la historia

Poner fin a los antagonismos es, nuevamente, un intento de refundar una democracia o, directamente, eliminarla. Detener la crítica conceptual o la puesta en jaque de paradigmas que se creían universalesdeviene inevitablemente un país capitaneado por el poder permanente. Lo ocurrido en Europa es clave para entender qué quieren los enemigos de la crispación y el conflicto: países progresistas como España, al servicio de un ajuste comandado por el Fondo Monetario Internacional. Allí, lo económico no está definido en oposición a otro modelo o a partir de qué papel debe cumplir el Estado. A Zapatero le debe gustar mucho escuchar a Lanata, a Leuco o a Tenembaum.

Los modelos chileno, uruguayo o peruano, por ejemplo, poseen tanta fama en la comarca periodística progresista porque, precisamente, lo que existe allí es la ausencia de una confrontación de fuerzas que ponga en tela de juicio, al más alto nivel político, un modelo capitaneado por el neoliberalismo. Allí los periodistas no llorisquean porque no hay nadie que lleve carteles cuestionándolos.

La derecha tiene como espejo y se babea con lo ocurrido en Honduras, hecho esquivado en los grandes medios. El modelo ideal lo resume un editorial del diario La Nación: “Honduras puede sentirse orgulloso de ser el primer país de América latina que, aferrado a su vocación irrenunciable de vivir en libertad, pudo escapar de las redes que le tendió el grupo de países liderado por Hugo Chávez y Fidel Castro. Ocurrió cuando el ex presidente Manuel Zelaya, con el abierto respaldo de Cuba, Nicaragua y Venezuela, pretendió reformar la Constitución, violándola, para eternizarse en el poder” (La Nación, 9 de agosto de 2010).

El dilema para los progresistas estriba en que el modelo hondureño es demasiado extremo, de igual manera que lo ocurrido en Ecuador. Pero a su vezpueden pensar, livianamente, que la Argentina va camino hacia el Socialismo del Siglo XXI. ¿Cuál es la síntesis que proponen? La respuesta es sencilla: que todo sea privado y esté en manos de los grandes conglomerados económicos para que el ciclo político entre en un círculo vicioso y comience nuevamente, a fin de que ellos sigan de la misma manera que siempre.

¿Qué les pasó? Nada. Sólo siguieron su camino hacia la gloria y los negocios. Sin embargo,  cambió el contexto. Y aquí el problema es que la discusión es otra y ellos niegan el debate con sus coyunturas, reduciendo todo a un problema entre dos que están muy nerviosos: el Gobierno y Clarín. El problema para el progresismo mediático es que la construcción también viene desde abajo y que el próximo paso ya no es la “administración de las cosas”, sino su construcción.
 

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