Viernes 28 de Abril de 2017 - 20:55hs. - República Argentina Edición # 1659

Revista #29 Julio 2009 > Educación

Formar para la democracia

La Ley de Educación Nacional 26.206 en 2006, estableció cuatro niveles educativos: inicial, primaria, secundaria y superior, siendo obligatorios los tres primeros. Buenos Aires fue la primera provincia en adaptar su legislación. La Legislatura bonaerense sancionó en 2007 la Ley 13.688 que estableció la obligatoriedad desde los 4 años, y una primaria y secundaria de 6 años cada una


Entrevista a Ariel Zysman

 

Por María Elisa Ghea

La secundaria tiene diversos desafíos de cara al futuro, entre ellos: retener a los jóvenes, formar para el trabajo, para continuar los estudios y para el ejercicio de una ciudadanía responsable. A dos años de la puesta en marcha de la nueva Ley en la provincia, Revista 2010 entrevistó al Licenciado en Ciencias de la Educación, Ariel Zysman, quien fue el responsable de diseñar la nueva secundaria durante la gestión de Adriana Puiggrós, al frente de Educación de la provincia entre 2005 y diciembre de 2007, para hacer un primer balance.

 Hay que incorporar nuevos conocimientos

  ¿Por qué la secundaria es obligatoria y no opcional?

 La respuesta más rápida es que en la sociedad del conocimiento con sólo la formación de la escuela primaria no alcanza. Establecer la obligatoriedad es un principio de derecho. El primer obligado es el Estado, que tiene que garantizar que los adolescentes puedan asistir. Hablar de obligatoriedad implica comenzar a construir un sentido común sobre el tema de la misma manera que hoy nadie discute la escuela primaria.

 ¿Cuándo diseñaron los planes curriculares de la provincia de Buenos Aires, cuáles fueron los principales ejes de contenidos?

 El más importante fue concebir la escuela desde la perspectiva de los adolescentes como sujetos de derechos. Uno de los problemas que más se escucha es sobre las prácticas de enseñanza y quisimos contribuir con un documento que prescriba no sólo los contenidos sino, también, la perspectiva didáctica.

 ¿Un ejemplo?

 De las materias que podríamos denominar clásicas, quizás el caso más notorio es el de prácticas del lenguaje, que antes se llamaba “Lengua y literatura”. Le cambiamos el nombre para poder centrar el trabajo en la lectura y la escritura. La única forma de generar lectores y escritores es habilitando un sinfín de situaciones para ello, leer todo tipo de textos y proponer distintas escrituras.

 ¿Para qué tiene que formar la secundaria?

 Hay saberes que no son obsoletos y hay nuevos que incorporar. Lo interesante es que, de algún modo, se sigue pensando con la matriz moderna, de que la escuela le va a enseñar todo a los adolescentes, y en realidad hasta podríamos decir que son los jóvenes los que nos van a tener que enseñar a los adultos el pensamiento lógico con el que se manejan en el mundo tecnológico.

 Hay una cultura joven, atravesada por nuevos lenguajes y formatos. ¿Cuáles deberían ser los contenidos?

La informática debe ser parte ineludible de la vida cotidiana escolar. Garantizar la conectividad es imprescindible. Después enseñarles a los alumnos a pararse críticamente frente al mundo, sea real o virtual. Con las nuevas tecnologías y lenguajes, el pensamiento también se renueva. Hay un cambio conceptual que obliga a ponerlo en el aula para debatirlo, sistematizarlo y ampliarlo. Igual, la cultura de los jóvenes no termina sólo en la tecnología, hacer ingresar las prácticas culturales de los adolescentes implica entablar un diálogo que los desafíe a querer conocer más acerca del mundo.

 Formación crítica

Una de las asignaturas que genera polémica con cierto sector de la Iglesia es “Construcción de Ciudadanía”. ¿Cuál es el eje de esta materia que molesta?

 Genera controversia por su potencial. Es heredera de las mejores tradiciones de formación cívica, ciudadana, ética o como se haya llamado en cada época. La materia tiene como ejes que los adolescentes también tomen conciencia de sus responsabilidades, de sus derechos, que conozcan la legislación que los protege. Demás está decir que conocer la Constitución y la Declaración Universal de los Derechos Humanos es condición necesaria, pero garantizar la ciudadanía es formar sujetos capaces de pensar y pensarse críticamente en el mundo.

Uno de los críticos más duros de esta asignatura es el obispo de La Plata, monseñor Aguer. ¿Por qué cree que le molesta tanto?

 Desde que se impulsó esta asignatura él dice cosas en contra. Creo que se olvida de que esta materia busca formar ciudadanos plenos de derechos y que sea un espacio para que los adolescentes puedan pensar en lo público. Nos tildan de neomarxistas y de querer formar analfabetos revolucionarios, pero esas son expresiones extremas desafortunadas. Hace tiempo que se habla de formar en el pensamiento crítico, y esto es hacerlo en forma concreta. No es la versión del siglo XIX, en la cual el ciudadano era el varón adulto capacitado para votar.

 ¿Cambia el concepto de ciudadanía, entonces?

 Ciudadanía es ser parte de una sociedad, estar en relación con otros, y eso es lo que problematiza como contenido. De qué manera estamos unos con otros en el mundo, cómo construimos nuestra identidad, y a partir de esa reflexión, poder identificar un proyecto común. Es formar para la democracia.

 ¿Y, cómo se llega a la conclusión de que Construcción de Ciudadanía es el espacio para eso?

 Por las cosas que nos dijeron los adolescentes. La materia es una vía de entrada de las prácticas juveniles a la escuela. Había algo que estaba sucediendo de manera lateral entre docentes y alumnos. Muchas veces eran proyectos que atravesaban toda la institución y otras era un profesor y tres alumnos que se habían enganchado con un tema, en general vinculado con su propia historia o problemática local.

 ¿Están los docentes capacitados para abordarla?

Sí, porque todos somos ciudadanos y como tales tenemos nuestras propias prácticas. Los docentes tienen herramientas para poder pensar proyectos junto con los jóvenes. Pero necesitamos seguir capacitando en forma masiva para que los docentes se apropien de las herramientas de trabajo que se proponen como metodología para la materia.

Amonestaciones vs. códigos de convivencia

Hay quienes se quejan por la relación de autoridad que hoy se establece en las instituciones. Dicen que los docentes no tienen herramientas para defenderse, por ejemplo, del mal trato de los alumnos. ¿Esto es así?

 De ninguna manera. La supuesta pérdida de autoridad docente no es más que una pérdida de autoridad de los adultos en el contexto social más amplio. La eterna juventud como valor estético nos hizo mucho daño, y las consecuencias están a la vista. No estamos ocupando el lugar de adultos. Y si a eso le sumamos que casi con exclusividad se habla de los adolescentes como el gran peligro, no estamos pensando en solucionar nada.

 ¿En este sentido las amonestaciones son parte de un modelo antiguo de educación?

 Era un sistema de castigos sin ninguna relación con las conductas sancionadas, no había concepto de reparación de los errores y estaban planteadas en un contexto de reglas que muchas veces ni siquiera eran comunicadas. La propuesta es por el lado de los acuerdos, dentro de un marco normativo que sin lugar a dudas deben imponer los adultos. No se trata de que cualquier cosa sea posible. Los adultos somos responsables civil, penal y éticamente de nuestros jóvenes y tenemos que obrar en consecuencia. Si generamos un marco de contención, de escucha, y en vez de expulsarlos porque no se adaptan al formato, adaptamos el formato a sus realidades, quizás empecemos a encontrar otra vía de solución de conflictos.

 ¿Han servido los códigos de convivencia en las instituciones para mejorar la relación alumnos – docentes – institución?

 Sí, en la mayoría de los casos. Tiene que ser un espacio de diálogo permanente, de revisión de la situación de la escuela constante. No sirven si los consejos de convivencia se reúnen una vez al año o frente a un conflicto grave.

 Inclusión y permanencia

 ¿Cómo hacer para garantizar la permanencia de los jóvenes en el nivel?

 A la actualización de contenidos, hay que agregarle el cambio paradigmático de las reglas de juego en la escuela. Un ejemplo es el tema de las inscripciones. El orden de prioridades instalado dejaba en último lugar a los alumnos que repiten: se priorizaba el ingreso de nuevos alumnos, frente a la retención de los repitentes y eso es un grave error que obedece a la vieja lógica de la secundaria optativa. Hoy el primer lugar debe ser para ellos.

 Hay estadísticas que indican que 400 mil jóvenes no estudian, no trabajan, ni nada, ¿qué debería ofrecer la secundaria para sumarlos?

 Hay que sostener a los que ya están, y eso demanda todo un conjunto de políticas respecto a la enseñanza y la evaluación, y lograr incluir a los que dejaron y a los que nunca fueron. Este es el problema más grave, justamente por la cantidad de jóvenes que están en esa situación. Hay que modificar lógicas históricas, como el tema de la inscripción y el régimen de asistencia: muchos jóvenes no pueden compatibilizar la asistencia cotidiana estructurada con la necesidad de trabajar, por ejemplo, hay que abrir más espacios de diálogo en las escuelas.

 

¿Y otra línea de acción, cuál sería?

 Cuando estuvimos al frente de educación de la provincia de Buenos Aires, en 2006-2007, realizamos acuerdos con organizaciones sociales y los movimientos que tienen prácticas educativas populares y que saben muy bien cómo armar dispositivos de inclusión. Ese fue un proyecto que comenzó con dos grupos de adolescentes que habían abandonado la escuela, o mejor dicho, la escuela los había abandonado. Se les hizo una propuesta de enseñanza con contenidos del nuevo diseño curricular para la secundaria, con dispositivos de seguimiento, y recuperaron de a poco prácticas de estudio y conocimientos para poder, luego, volver a terminar su secundaria. También hay que garantizar las condiciones socio-económicas y el sistema de becas, entre otras cuestiones.

 Hay un discurso que dice que a los jóvenes nada les interesa y que son violentos. ¿Cuál es su opinión de esta lectura?

No estoy para nada de acuerdo y estratégicamente es un error a largo plazo. Más allá de la frase hecha de que los jóvenes de hoy son los adultos de mañana, no podemos dejar de pensar que esto es así. Si el discurso es siempre sobre el costado violento, hoy exacerbado por los medios, no hay salida. Los jóvenes no son violentos. Estamos en una sociedad violenta, que lucra con la violencia, que le queda cómoda y le queda cómodo además el discurso de la juventud violenta. Pero me pregunto si ellos son los responsables del alcohol, las drogas y las armas, porque en definitiva detrás de la venta de cada una de estas cosas hay un adulto que lucra con la condición juvenil, que de por sí tiene su cuota de autodestrucción. La combinación es perversa y de eso no son responsables los chicos.

 Hay denuncias de que se consume hoy más droga en los colegios.

 Me preocupa muchísimo el tema del paco, sobre todo, porque es altamente mortal. He visto chicos que después de consumir paco tres meses no se acuerdan ni de su nombre. Pero de ahí solo se sale con proyectos, no con exclusión o reclusión. No alcanzan los operativos. La otra es generar un proyecto social que les permita a los chicos construir un deseo de futuro, una salida posible.

La responsabilidad de los adultos

A pesar de que son adolescentes, ¿cuál es el rol de los padres?

No quiero generalizar pero hay dos prácticas muy extendidas. Los padres que piensan que sus hijos ya son grandes y que se tienen que arreglar solos, lo cual es un error, nada más necesario que la figura de los adultos para que los chicos puedan ir ganando autonomía de a poco. La otra es la complicidad, también muy nociva: los padres se van a quejar cuando los docentes ponen límites sensatos y eso es lo que más desautoriza.

 ¿Hay desconfianza en la escuela como formadora?

 Necesitamos padres comprometidos que confíen en la escuela, que acuerden con la necesidad de imponer ciertos límites y de acompañar la exigencia. Pero no creamos, tampoco, que sin los padres no se puede. Históricamente la escuela se erigió en contra de la educación familiar, sacando a los chicos de las casas y luchando contra los padres que al principio no creían en la necesidad de alfabetizar a sus hijos. La escuela tiene que funcionar igual.

Faltan proyectos educativos que sumen a los jóvenes y que contemplen sus expectativas.

Por eso incluimos la materia “Construcción de Ciudadanía”, porque es una forma de comenzar a hacerle lugar a las demandas de los jóvenes. Les decimos “vengan a la escuela”, pero cuando ponen un pie adentro les pedimos que “se corten el pelo, se saquen los aritos y se olviden de su condición juvenil para convertirse en alumnos”. Así, la escuela se vuelve inhóspita. Dejemos a los adolescentes que entren a la escuela con todo lo que son, y trabajemos a partir de ellos, con sus historias de vida. Esto no significa delegar el rol central de enseñar.

 ¿Cuánto tiempo le llevará posicionar “la obligatoriedad de la secundaria” como algo natural?

Con las metas cumplidas de inversión educativa, un tiempo relativamente corto. Por el lado de las prácticas escolares, ahí va a llevar más tiempo. No se cambian de un día para el otro. Las cuestiones más formales de tipo normativo son fáciles, de ahí a que se instale como parte del sentido común pedagógico, es otro tema.

Hacer política para formarse como ciudadanos

¿Y el rol de los centros de estudiantes?

Sin centros de estudiantes no hay verdadera democracia pedagógica en la escuela secundaria. Si no hay libertad de expresión y organización, si no pensamos que el centro de estudiantes es una instancia educativa tan o más importante que cualquier otra materia de formación ciudadana, no lograremos formar verdaderos ciudadanos críticos y participativos.

Entonces, ¿qué lugar ocupa la escuela?

Tiene que seguir formando para los tres pilares básicos: formar ciudadanos, formar sujetos productivos y formar para que continúen los estudios.

Cruzar el puente que separa a la secundaria del nivel superior

El nivel superior dice que el fracaso de los chicos en el nivel es porque llegan mal formados de la secundaria.

Después de diez años de Polimodal y Ley Federal, a nadie le quedan dudas de que se retrocedió en cuanto a la enseñanza. Necesitamos actualizar la curricula, poner la enseñanza en el centro de la discusión sobre la secundaria, está claro que no podemos seguir enseñando como lo veníamos haciendo. El tema de los ingresos es uno muy diferente y raramente tiene poco que ver con el nivel con el que salen los alumnos del secundario. Ahí se juegan otros intereses, mayormente de las corporaciones que ponen cupo encubierto con los exámenes, en los cuales se les pide a los ingresantes que entren sabiendo lo que deberían aprender en la facultad. Lo que más molesta es que se considere el fracaso de los ingresos a la universidad como un indicador de “calidad” de la educación secundaria. Eso es verdaderamente un disparate.

¿Cómo resolver esto?

Hay experiencias de todo tipo. Desde programas de articulación que proponen comenzar el último año de la secundaria con algunas cuestiones preparatorias para la universidad, como proyectos de orientación vocacional que colaboran con la ardua tarea de elegir una carrera. Hay que seguir explorando esos caminos, pero lo de los ingresos es un problema que tiene que repensar la Universidad.

 

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