Jueves 27 de Abril de 2017 - 02:21hs. - República Argentina Edición # 1658

Revista #38 Mayo 2010 > Entrevistas

Dudosos héroes y villanos

Frente a la imposición de la visión mitrista de la historia, el revisionismo histórico alza nuevamente su pluma en un Bicentenario que debe ser rediscutido desde y para los sectores populares. La “Historia Argentina” de José María Rosa es la punta del ovillo en esta discusión.


Por Manuela Expósito

La tiza blanca va dejando firme su trazo, haciendo vueltas, luego deteniéndose, e iniciando su marcha nuevamente hasta el final del pizarrón. Tras de sí, ha dejado un tendal de nombres propios y sustantivos que flotan entre el verde de fondo. “unitarios”, “federales”, “barbarie”, “Rosas”, “Rivadavia”. Martín, que suele sentarse bien al fondo, deja escapar un bostezo y piensa cuán lejos está todo eso de su realidad. Minutos después, su mirada se posa en el manual de historia. Escudriña la pose firme de Don Juan Manuel de Rosas, sus tupidas patillas enmarcando sus ojos claros, mientras escucha a la profesora relacionarlo con una historia sangrienta. Las cabezas de los opositores en las picas que adornan cada esquina consiguen atrapar la atención del alumno por unos instantes, sin que este logre comprender el porqué de tanta violencia. “Que tipos locos”, piensa Martín para sus adentros. Lo que él no sabe, y su profesora no intuye, es que están siendo parte de un gran cuento en el que no todo es blanco o negro. En el que, muchas veces, los malos se confunden con los buenos.

La historia no oficial

Setenta y cuatro años antes, en la ciudad de Santa Fe, un joven abogado comienza a interesarse en el estudio de la historia argentina. Frente a su máquina de escribir, José María Rosa se plantea a sí mismo el problema de la dependencia nacional. Pero busca sus orígenes más de cien años atrás. Y vislumbra dos posiciones en disputa que, cambiando caras y apellidos, se extienden hasta el presente, representadas por dos figuras importantísimas en la historia argentina del siglo XIX: Bernardino Rivadavia y Juan Manuel de Rosas. A sabiendas de que Bartolomé Mitre, en su Historia Argentina, había impuesto una “historia oficial” en la que los héroes y los canallas se diferenciaban con suma facilidad según el proyecto que tenían de nación, Rosa se decide a reinterpretar el rol de estos dos personajes para discutir nuestra situación colonial.

“Para que un Estado con las apariencias exteriores de la soberanía (declaración formal de independencia, símbolos “nacionales”, autoridades “propias”, color distinto en los mapas) pueda ser calificado
como colonia, necesita algo más que la dependencia económica o el sometimiento por la fuerza. Debe haber una mentalidad colonial en quienes lo gobiernan. De no existir esa mentalidad nos encontraríamos ante estados pequeños, débiles, subdesarrollados, ocupados militarmente etc., pero no ante colonias” escribe, mientras piensa en las máximas que levantan cual banderas los usurpadores del poder: “libertad” para pocos, “civilización” ajena, “democracia” sin pueblo.

Tras la derrota en Caseros del primer proyecto de unidad y defensa nacional, los terratenientes recuperan el status de clase dominante utilizando no sólo la represión como un modo de silenciar a las masas postergadas, sino también una curiosa herramienta: la educación. La propaganda del régimen queda plasmada en la “idea de civilización” impuesta por los vencedores. Argentina, la patria chica bajada de los barcos, blanca, europea, que combatió la barbarie de los malones aborígenes en pos del progreso y la paz interna... Lo que cualquiera de nosotros puede recordar haber leído en los manuales de uso cotidiano en el colegio primario y secundario, que tan alejado parece estar de los tratados de derechos humanos del siglo XX. Así, “se escribió y se enseñó, con fervor de patria (colonial) una “historia” donde la presencia del pueblo quedó excluida o rebajada a montoneras, gauchos anarquistas, populacho; los conductores del pueblo denigrados como tiranos, al tiempo de presentarse como ejemplos próceres a los políticos o escritores que sirvieron al coloniaje”.

Indios, porteños y dioses

La inmigración aparece como una constante en la historia de Latinoamérica, y más de la Argentina. Tras la conquista española y la constitución de los primeros triunviratos, las castas sociales fueron delimitadas acorde a la ascendencia étnica de cada habitante; de esta forma, los blancos de ascendencia española ocupaban la cúpula de la pirámide social, y los mestizos, mulatos y comunidades nativas los estratos más bajos. La misma idea que tendrá el conservadurismo algunas décadas después, aparece con esplendor durante el primer gobierno de Rivadavia: la colonización por parte de “familias industriosas del norte de Europa que aumenten la población de la provincia”, para lo cual se desplaza a cientos de familias de sus tierras. El mapa de la Argentina para unos pocos estaba comenzando a configurarse.

Rivadavia olvida pronto que las guerras de independencia no han terminado en la vasta extensión americana. San Martín requiere de los recursos del gobierno para continuar con su campaña libertadora junto a Bolívar, pero éstos le son negados por el “adelantado a su época” (como muchos historiadores luego lo llamarían) cómodamente ubicado en el sillón presidencial. Hace Bernardino la vista gorda ante la invasión a la Banda Oriental; no alza su voz tras la pérdida del Alto Perú. Porque, en definitiva, Buenos Aires está en sus años dorados: los ingresos obtenidos a nivel nacional son utilizados para construir nuevas avenidas, colocar faroles y empedrar las calles de la ciudad cosmopolita, que gira entorno a la ilusión de prosperidad que genera el puerto. Mientras, el interior sufre y se desangra en batallas contra las fuerzas realistas todavía amenazantes, como en Jujuy y Salta.

Memoria del saqueo

Una de las grandes “hazañas” rivadavianas fue la toma del empréstito con la Baring Brothers. Teóricamente, la suma recibida iba a ser utilizada para trabajos de infraestructura en el puerto de Buenos Aires, aunque los fondos terminaron desviados hacia otras actividades. En el año 1921, se encarga a la Comisión de Hacienda hacer un balance de la deuda nacional hasta ese momento. El resultado fue una suma de 1.600.000 pesos, por lo que el gobierno decide crear la Caja de Amortización de Fondos Públicos que canjea los créditos por certificados de fondos públicos. Estos fondos estaban garantizados con una hipoteca “sobre toda la propiedad inmueble de la provincia”. ¿Conclusión? Un año después, se inhibe a la provincia de Buenos Aires para disponer de su propiedad, prohibiéndole emitir títulos o rematar sus tierras. ¿Cuál era la solución a este enredo legal, que impedía la explotación de los suelos? El arrendamiento, es decir, la enfiteusis.
Así, un reducido grupo de propietarios ricos terminarían alzándose frente a las grandes masas desposeídas que trabajaban la tierra pero no tenían título de propiedad sobre ella. Interesante es mencionar otro actor social que entraría en juego y que adquiriría una preponderancia llamativa a lo largo de las sucesivas décadas. El concesionario más importante, por la ubicación de las tierras en su poder, no era otro que... la Sociedad Rural Argentina. Institución poderosa si las hay, nuclearía a los más importantes estancieros de toda la pampa, y se convertiría en un grupo de presión que opera hasta nuestros días.

Muchos años después, en 1836, el gobierno del caudillo federal daría vuelta esta vergonzosa situación. Mediante la Ley Agraria, que desconoció la garantía del préstamo otorgado por el extranjero y que hipotecaba nuestro suelo, se le ofreció a los enfiteutas comprar las tierras al precio real, y abonando los alquileres que en la mayoría de los casos se encontraban impagos. De no ser así, se venderían los terrenos afectados. Ante la rescisión del canon sobre la tierra, los estancieros del sur de Buenos Aires se sublevaron contra la autoridad rosista (a éste movimiento se le denominó “Libres del Sur”... ¿les suena conocido el nombre?).

Cuentas claras conservan amistades

Otra de las medidas que Rosa considera “un tremendo golpe contra el imperialismo” es la expropiación rosista del Banco Nacional, el cual había estado anteriormente al servicio de la rapiña foránea. A partir de este arriesgado acto, la entidad pasó a ser dependencia del gobierno, mientras que el Banco de la Provincia de Buenos Aires sería el encargado de emitir el papel moneda de curso legal y recibiría los depósitos fiscales y particulares. Ésto posibilitó la existencia de una base lo suficientemente fuerte como para poder otorgar créditos destinados a la producción, varada antes de la Ley Agraria por la concentración de tierras en pocas manos y la negación de los estancieros de destinar el grueso de los bienes producidos al mercado interno.

Sin embargo, esta intención de plantarnos con orgullo ante el extranjero, como patria libre y soberana, no fue compartida por aquellos que – años después – derrocarían al gobernador de la provincia. “Rosas fue socialista, progresista y demócrata. Justamente por serlo lo voltearon los aristócratas y esclavistas brasileños el 3 de febrero de 1852, unidos a los liberales argentinos ansiosos de recobrar sus privilegios. Fuimos después de Rosas una factoría de materias primas y víveres dependiente de directivas extranjeras (...) La oligarquía no condenó a Rosas por tirano, lo condenó por la defensa de la soberanía, y porque representó auténticamente a las clases populares”.

El presente, un desafío permanente

Volvemos a la actualidad. A lo largo de toda la bibliografía del querido “Pepe” podemos entonces hallar muchas discusiones que continúan hasta nuestros días. El surgimiento de líderes de masas, referentes sociales que son calificados de incultos o prepotentes (Milagro Sala) por defender los intereses del pueblo; los canales de inclusión de las comunidades nativas a nuestra construcción como nación (participación de los pobladores originarios en los medios de comunicación, contemplada en la Ley de Medios); la lucha de unos pocos por mantener vivo un sistema en donde el Estado no debe intervenir (la Mesa de Enlace); la falta de industrialización de las ciudades del interior dedicadas exclusivamente al agro (proceso de “sojización”); la discusión acerca de un banco al servicio del pueblo o entregado a los designios de los buitres (Redrado y la utilización de reservas). A pesar de que muchos piensen que las luchas entre unitarios y federales han quedado para ilustrar los libros de historia, es fundamental que nos demos cuenta que se trataban en esos años problemáticas que aún urge resolver en el marco de nuestro Bicentenario. Porque un “pueblo que sabe su historia, sabe dónde va porque no ignora de dónde viene”.
 

COMENTARIOS (16)

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