Viernes 24 de Marzo de 2017 - 03:08hs. - República Argentina Edición # 1624

Revista #28 Junio 2009 > Historia

¿Una revolución pacífica?: La lucha de clases y los orígenes de la Argentina

La mañana del 6 de julio de 1812, un grupo de estudiantes fue llevado “de excursión” a la Plaza del Piquete, actual 25 de Mayo. No eran los únicos que se acercaban ese día. Una curiosa muchedumbre se agolpaba expectante, a la espera del histórico acontecimiento que les daba cita.


Por Mariano Schlez[1]

La escena ya estaba cuidadosamente preparada, como en los mejores actos escolares. Las tropas militares formaban un camino desde el Arco del Triunfo de la Recova hasta el extremo de la plaza. Allí se encontraba un pequeño banquito, firmemente depositado al borde del foso del puerto de Buenos Aires. A pocos metros del arco se había levantado una imponente horca, de donde colgaba, desde hacía dos días, el cuerpo sin vida de Matías de la Cámara.

A las 10 de la mañana, se dio inicio al evento patriótico: las puertas del Cabildo se abrieron y la multitud fue testigo del corto calvario que Martín de Álzaga emprendió hacia el patíbulo. Caminó lentamente, pero con paso firme, sosteniendo entre sus manos un crucifijo de color negro. Al llegar al arco, se arrodilló a los pies de un sacerdote. Inmediatamente reinició su marcha, con los ojos clavados en el suelo. Con el redoblar de los tambores, Álzaga rechazó una venda sobre sus ojos, solicitando a sus verdugos que no le dispararan en la cara. Antes de sentarse, limpió con un pañuelo el banquito que lo aguardaba. “¡Cumplan ahora con su deber!”, gritó a los soldados que le apuntaban. La descarga de los fusiles se mezcló con el Credo que entonaba un coro de religiosos, mientras las palomas de la plaza alzaban vuelo aterrorizadas, completando el cuadro. Los tres verdugos suspendieron el cadáver en la horca, donde quedaría expuesto como señal de hasta dónde estaba dispuesto a llegar el gobierno en la defensa de la Revolución. A los pocos días, ya sumaban treinta y ocho los contrarrevolucionarios ajusticiados, colgados junto al viejo comerciante monopolista.

Revolución, ciencia e ideología

Los revolucionarios, al transformar la ejecución del líder de la contrarrevolución porteña en un acto político de masas, dejaron en claro que para la supervivencia de “la Patria” no había otra salida más que destruir al enemigo. En aquellos primeros tiempos, los antagonismos aparecían sin velos: la burguesía necesitaba explicar los determinantes que la impulsaban a alzarse en armas y quebrar el orden. No obstante, semejante objetivo político e ideológico se transformó a la par del desarrollo político de la clase que lo impulsaba.

Una vez eliminada la contrarrevolución, la burguesía comenzó la construcción del Estado Nacional. Como clase dominante, tuvo que vérselas con la emergencia de la clase obrera. Para ello, emprendió una ardua batalla con el fin de borrar de las conciencias los antagonismos de clase que ella misma había ayudado a implantar. Por eso, las explicaciones historiográficas se debaten entre una revolución nacional “para todos” y la eliminación del conflicto (“no pasó nada”).

En realidad, a comienzos del siglo XIX, en Sudamérica se desarrolló un movimiento similar al de las revoluciones burguesas en otros lugares del mundo. Quebrada la Monarquía española, derrotados sus ejércitos en América y aniquilada la clase dominante colonial, “nuestros próceres” actuaron de diferentes maneras, dependiendo de las tareas del momento. Pasaron, entonces, de revolucionarios a “dictadores”, y de allí a organizadores del Estado Nacional. Pero Moreno, Rosas y Mitre no representaban diferentes modelos de país, sino una continuidad en la construcción del capitalismo argentino.

Resistencia y contrarrevolución

La explicación más avanzada, difundida masivamente, fue que se trató de un enfrentamiento entre un Partido o sector social que buscaba imponer sus ideales de libertad e igualdad a través de la eliminación de los partidarios del despotismo, el atraso y el monopolio. Desatada por la influencia de las guerras europeas, en Mayo de 1810 se habrían enfrentado el liberalismo y la libertad de comercio frente al absolutismo y los privilegios coloniales. A pesar de que representó un avance en el conocimiento, esta imagen desconoce los elementos fundamentales que hacen a la explicación y a la dinámica del proceso: la necesidad del enfrentamiento y su naturaleza clasista.

En mayo de 1810 se enfrentaron dos clases sociales que, en primer lugar, colisionaron irremediablemente debido al antagonismo de sus intereses materiales y, por ende, políticos. De un lado, una burguesía revolucionaria que, bajo la categoría histórica de hacendados, buscaba valorizar su principal producción, los cueros, comerciando con naciones enemigas de España. Para eso debía enfrentarse a una clase de comerciantes muy particular: los monopolistas. Martín de Álzaga era el más poderoso de todos ellos, aunque contaba con una importante serie de lugartenientes, entre los que se encontraban Diego de Agüero, José Martínez de Hoz y Gaspar de Santa Coloma. Este grupo sobrevivía gracias a un privilegio político que la Corona española les otorgaba, permitiéndoles revestir como los principales intermediarios entre los productores a ambos lados del Atlántico. En completa ausencia de actividades productivas, los monopolistas se reproducían, entonces, gracias a una punción a la circulación, es decir, a una renta fruto de una prerrogativa precapitalista. Este cuadro marca las líneas básicas del enfrentamiento que, lejos de circunscribirse a dos ideologías políticas diferentes o a concepciones comerciales enfrentadas, hundía sus raíces en la estructura y en la dinámica de la sociedad colonial. Mientras que los hacendados necesitaban eliminar todas las trabas para liberar las fuerzas productivas de las ataduras precapitalistas, los comerciantes hicieron todo lo posible por sostenerlas, ya que su destrucción implicaba, al mismo tiempo, la muerte del Estado del que brotaba su poder hegemónico.

Son estos determinantes los que explican la sistemática oposición monopolista a legalizar el comercio con naciones neutrales y extranjeras. Veinte años antes de la Revolución, hacendados y comerciantes ya se enfrentaban por la producción y comercialización de los cueros. Dieciséis años antes, Agüero, Álzaga y Martínez de Hoz encabezaban una solicitud que tenía “por objeto tratar (…) sobre los gravísimos perjuicios y atrasos que resultarán al mismo Cuerpo y a la Real Hacienda del efecto de la Real gracia obtenida por Tomás Antonio Romero, para extraer desde aquí en derechura a dominios extranjeros el importe de 250.000 pesos en frutos del país [cueros, principalmente]”. ¿Cuál era el problema? Si los hacendados podían llevar su producción directamente a los puertos extranjeros, los gaditanos se quedaban por fuera del circuito, por ende, no podían obtener la renta que los mantenía vivitos y coleando. ¿Y por qué la Corona daba este tipo de permisos si perjudicaba a parte de su clase dominante? Para fines del siglo XVIII, España se encontraba en medio de una crisis económica y política, potenciada por el enfrentamiento con los revolucionarios franceses y con la Inglaterra de la Revolución Industrial. A través de este permiso, enmarcado en un proceso reformista mucho mayor, conocido como Reformas Borbónicas, la Corona buscaba revitalizar su economía. Sin embargo, el tráfico con neutrales y extranjeros no hizo otra cosa que profundizar la crisis, por lo que, en 1799, el Rey volvió sobre sus pasos y abolió nuevamente este comercio. Reconoció que se había “convertido todo en daño general del Estado, y particular de los vasallos de América y España, y en aumento de la industria y del comercio de sus enemigos, poniendo en su mano la fuerza más poderosa para continuar la guerra y hacer llorar a toda la Europa su calamidad”.

Sin embargo, la descomposición del Estado español y el avance de los sectores reformistas y revolucionarios eran tales que produjeron un hecho particularmente importante: el Consulado porteño rechazó esta abolición y defendió el comercio de frutos del país con el resto del mundo. Semejante afrenta fue atacada por Martín de Álzaga, quien en representación de los intereses monopolistas argumentó que “los abusos de los reales permisos para los puertos extranjeros eran la ruina del comercio directo de la Península” y “en ningún caso tiene derecho un súbdito para pesar su sabiduría y justicia de los mandatos del Soberano; y se debe suponer, que todas sus órdenes son justas y saludables”. Semejante discurso no tuvo los receptores necesarios y los monopolistas fueron derrotados.

En marzo de ese mismo año (y todavía estamos a once años de la Revolución), a partir de la propuesta de Manuel Belgrano, se fundaba la Escuela de Náutica. En su inauguración, su Director, Pedro Cerviño, decía: “con frutos y marina haremos un comercio activo. Ya no seremos comisionistas serviles de los extranjeros. Nuestras embarcaciones irán a los puertos del norte…”. A los pocos días, Álzaga luchaba para “que por ningún motivo se hagan arengas, ni se reciten papeles de esta naturaleza”. Su argumento poco tenía de ficticio: “estas proposiciones chocan con las leyes de estos reinos, adelantando ideas de derramar los caudales de América en los dominios extranjeros, sin tocar en los puertos y plazas de la península española” lo que, en su opinión, aflojaría y extenuaría los vínculos “en perjuicio acaso irreparable de la Monarquía”.

La necesidad de la Revolución

Esta breve reseña de hechos, no tan divulgados en nuestras “efemérides”, resultan esclarecedores a la hora de mostrar que la Revolución de Mayo no fue el resultado de un choque fortuito o evitable, sino la colisión de dos fuerzas que se dirigían irremediablemente a una guerra sin cuartel. No por elección, sino por necesidad. Los monopolistas se jugaron su última carta en 1812, cuando intentaron levantarse contra la Revolución.  Las derrotas de los ejércitos patriotas y el apoyo de los realistas de Montevideo y el Alto Perú los impulsaba. Sabían que no les quedaban muchas oportunidades de hacerse nuevamente con el poder, por lo que planificaron minuciosamente su conspiración, que tampoco ahorraba en violencia para lograr sus objetivos: “Conseguida la victoria serán arrestados, fusilados y colgados inmediatamente, los individuos de gobierno, los primeros magistrados, los ciudadanos americanos de mérito y patriotismo y los españoles más adictos al sistema (…) No se dejará nada en pie; no se perdonará a nadie. En pocas horas no quedará el menor recuerdo de aquella mañana de mayo”.

O ganaban unos o ganaban otros, y sólo un elevado nivel de comprensión de esta verdad pudo sostener los niveles de violencia empleados por ambos bandos. Para 1810, los antagonismos se habían profundizado de tal modo que ningún reformismo podía capear la crisis. Cuando Álzaga gritó a sus verdugos “¡cumplan ahora con su deber!”, sabía bien que, cuando se enfrenta a una verdadera Revolución, o se triunfa o se muere.

 [1] Historiador, docente de la UBA, becario del CONICET, investigador del Centro de Estudios e Investigaciones en Ciencias Sociales (CEICS)


 

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