Martes 27 de Junio de 2017 - 14:29hs. - República Argentina Edición # 1719

Revista #38 Mayo 2010 > Historia

Contradicciones

Década Infame. Una etapa profundamente negativa en materia de definiciones nacionales que sirvió, sin embargo, de trampolín para que el país se proyectase más alto.


Por Enrique Lacolla

La historia tiene sus altas y sus bajas. La línea oscilante del electrocardiograma de la historia argentina tocó uno de sus puntos más bajos en la década de 1930, cuando el golpe de José Félix Uriburu abrió la puerta a la llamada Década Infame. No fue por cierto un momento brillante de nuestro pasado, aunque a pesar de esto todavía se puede cotejarlo ventajosamente con la larga noche que cayó sobre el país después de que la contrarrevolución de 1955 expulsara a las mayorías del mapa político y forzara la marcha de la República hacia un curso contra natura. En efecto, este segundo golpe potenció los componentes reaccionarios que estaban ínsitos en la asonada del 6 de septiembre de 1930 y traería aparejada una contradicción irresoluble para el desarrollo del país, que a larga demolió la economía, sembró el terror y terminó facilitando el genocidio social de la década de los ’90. El desguace del Estado, la desregulación económica y la expulsión hacia la periferia de masas de gente que fue su consecuencia implicaron, en efecto, una catástrofe mayor, que por un momento pareció insuperable.

En este sentido la Década Infame fue el primer ensayo regresivo en gran escala que conoció el país durante el siglo XX. Poseyó características originales que la hicieron especial y que obligan a visualizarla como el laboratorio que fue de los posteriores desarrollos del quehacer nacional. Allí están contenidas las claves de éste y la representación de las dos tendencias que se enfrentan en la pelea en torno de nuestro destino. Una, la clásica del país volcado hacia Europa y Estados Unidos, fundada en una concepción dependiente de nuestro desarrollo y forjada a través del inclemente dominio de la oligarquía agropecuaria y financiera, que sólo tolera niveles de crecimiento industrial que no alteren la naturaleza parasitaria y rentística de los grupos dominantes; y otra, más difusa en su perfil ideológico y más inerme en lo referido a su poderío comunicacional, constituida por una base popular alrededor del proceso industrializador y expresada en un movimiento político y en una escuela de pensamiento que, aunque llenos de contradicciones, permiten una lectura de nuestro pasado distinta a la de la Vulgata democrática oficial. Esta visión entiende que se debe mirar hacia adentro antes que hacia fuera, bien que comprendiendo a este adentro en un sentido continental, no restringido a los límites de las fronteras tal como fueron delimitadas en la época de la balcanización suramericana, sino a un espacio iberoamericano que nos incluye y en el cual debimos ser actores protagónicos desde hace mucho tiempo atrás.
La década de 1930 fue un período durísimo para el mundo. Antesala de la Segunda Guerra Mundial, fue asimismo el momento en que, en la estela de la Gran Depresión, en Estados Unidos y en Europa cundía el desempleo, crecía en Alemania el nazismo y, en directa consecuencia, en la Unión Soviética se consolidaba el stalinismo con su secuela de purgas, colectivización forzada y congelamiento de la ideología revolucionaria, reducida a un doctrinarismo soporífero que apenas disimulaba el carácter funcional que la misma revestía a los fines de la política exterior del Kremlin.
La decadencia del Imperio inglés se había pronunciado dramáticamente después del crack de la Bolsa de Nueva York en 1929 y eso obligaba a Londres a revisar a la baja sus relaciones con su hasta ahí privilegiada semicolonia del Plata. Los países de la Commonwealth como Australia, Sudáfrica y Canadá, tenían prelación respecto de Buenos Aires a la hora de asignar los cupos de importación de los productos cárnicos que iban a parar a la mesa de los ingleses. La situación espantó a los exponentes del establishment de nuestro país, que no se concebían en una situación de desamparo respecto de la metrópoli que les había brindado un mercado y que los había provisto de los insumos manufacturados que precisaban para sostener una estructura nacional acomodada a sus necesidades y, afortunadamente para ellos, relativamente poco poblada o poblada en orden disperso. Y poco proclive, en consecuencia, a generar los problemas que se derivan de las aglomeraciones obreras y de sus demandas respecto del producto bruto interno. Esta situación se estaba modificando y el deterioro de la relación con Gran Bretaña empujaría no sólo a una renuncia a las facultades soberanas respecto a nuestra política económica y a la búsqueda desesperada de un pacto acomodaticio que permitiese seguir formando parte, tácitamente, del Imperio británico, sino también a un casi involuntario proceso de industrialización que apuntaba a sustituir al menos parcialmente las importaciones, restringidas por la crisis del mundo desarrollado.

El pacto Roca-Runciman fue expresión de la abdicación de nuestra capacidad para arbitrar la política económica. Gran Bretaña seguiría comprando carnes argentinas, pero a un precio menor al de los otros proveedores mundiales. Este dudoso privilegio se pagaría con el compromiso de no crear frigoríficos con capitales argentinos, con la disminución de las franquicias que debían pagar las importaciones inglesas, con la creación de un Banco Central cuyo directorio tendría una fuerte presencia de funcionarios británicos en su composición y con la entrega del monopolio de los transportes de la Capital Federal a capitales también de ese origen.

Simultáneamente, sin embargo, se producía un crecimiento de la industria mediana y liviana, y se asistía a un incremento de la intervención del Estado en la economía. Se creaba la Junta Reguladora de Granos y Carnes, se potenciaba la construcción de carreteras y se asistía a un rápido crecimiento de la industria alimentaria y textil. Lo cual traería aparejado un flujo cada vez mayor de pobladores de proveniencia rural a la Capital y la formación de unas concentraciones de masa obrera que pronto se configurarían en la base social, ideológicamente virgen pero nutrida de los jugos de la tierra, susceptible de dar forma a un movimiento popular presidido por un líder carismático.

El primer peronismo fue de algún modo el precipitado de lo que se había estado cociendo debajo de la superficie durante la Década Infame. El ultraje que supusieron la cesión de facultades soberanas del pacto Roca-Runciman o los negociados en torno de la CHADE (Compañía Hispano Americana de Electricidad), así como las evidencias de que el modelo del país factoría no daba para más, determinó una vigorosa revisión de nuestra historia -de la cual FORJA fue la expresión intelectual más alta- y una predisposición masiva a escuchar un discurso diferente al que hasta ese momento había sonado para el país. El golpe militar del 4 de junio de 1943, de signo inverso al del 6 de septiembre de 1930, y la presencia de un oficial provisto de genio político además de vocación patriótica, oficiarían de catalizador para que esas dos tendencias se fundieran y voltearan la página de los decadentes años ’30.

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