Sábado 27 de Mayo de 2017 - 05:05hs. - República Argentina Edición # 1688

Revista #38 Mayo 2010 > Historia

De las promesas al neoliberalismo

Retorno de la democracia


Por Javier Azzali

En diciembre de 2010 se van a cumplir veintisiete años de la asunción de Raúl Alfonsín como presidente de los argentinos, hito que marcó un cambio de época. La masividad de las campañas electorales de los dos grandes partidos, el radical y el justicialista, señalaron el alto nivel de compromiso colectivo y participación política. No es exagerar decir que millones de personas salieron a las calles de todo el país a cantar, festejar, a participar. Fueron las primeras elecciones generales y libres sin la presentación del líder Juan Perón. La dictadura caía después de la derrota de Malvinas, las movilizaciones sindicales de protesta, el crimen del obrero manifestante Dalmiro Flores, la lucha de las Madres de Plaza de Mayo y la presencia de la Multipartidaria.

Las tareas históricas de la nueva etapa que se abría, estaban marcadas por la necesidad de avanzar hacia la autodeterminación económica, una mejor y más justa redistribución de la riqueza, recuperación del rol del Estado, del mercado interno, protección económica de la industria nacional ante el librecambio depredador, retornar a los derechos de los trabajadores perdidos durante la dictadura, consolidación del Estado de Derecho y la realización de los juicios penales contra los responsables materiales e ideológicos del genocidio. Aún la cuestión de la unidad latinoamericana no estaba presente en su importancia en la conciencia del pueblo.
De todas esas tareas políticas se hacía eco la frase de campaña de Alfonsín más representativa: “Con la Democracia se come, se cura y se educa”. La idea del “tercer movimiento histórico” que éste vendría a liderar, como continuidad del yrigoyenismo y del peronismo del ’45, expresaba también la esperanza de que la nación había retomado el tren de la historia soberana. El surgimiento del rock en castellano sería una de las marcas culturales del momento: “y ahora tiro yo porque me toca, en este tiempo de plumaje blanco, un mudo con tu voz y un ciego como yo, vencedores vencidos” cantaban los Redonditos de Ricota, uno de los grupos más protagonistas de toda esta época.

Pero el destino del país iba a ser otro. Las contradicciones del alfonsinismo para asumir la realización de aquellas tareas históricas se harían evidentes en abril de 1985, cuando, por un lado anunciaba el inicio del juicio a las juntas militares, pero por el otro, en un discurso ante una Plaza de Mayo repleta de punta a punta con militantes de todos los partidos, delineaba la nueva política con ajuste de los gastos del Estado, el ahorro forzoso y la “economía de guerra”. Las medidas iniciales para investigar por parte del Congreso Nacional el origen ilegal de la deuda externa contraída por la dictadura militar, que incluyó el allanamiento y secuestro de documentación en el estudio de los Dres. Klein y Mairal, rápidamente se frustraron. Aquellos primeros años marcaron también el inicio de la relación conflictiva con el Fondo Monetario Internacional, quien le impuso al nuevo gobierno condicionamientos para una política recesiva del consumo interno, con endeudamiento externo a altos intereses y salarios bajos. Así vendrían el Plan Austral y luego, el Primavera.

El juicio y condena a los integrantes de las Juntas fue un hito histórico para los argentinos, pero ahí también el gobierno alfonsinista terminaría claudicando. Con base en la “teoría de los dos demonios” y los tres niveles de responsabilidad, cerraría los juicios al resto de los militares responsables con las leyes de Punto Final en 1986 y de Obediencia Debida en 1987, en medio de planteos castrenses. En Semana Santa de este último año otra vez el pueblo saldría a las calles para defender a la democracia, ante un alzamiento militar. Si bien toda la clase política, y el sindicalismo conducido por Saúl Ubaldini, salió en apoyo del gobierno, Alfonsín prefirió el “felices Pascuas” y “la casa está en orden”. La derrota electoral de septiembre sería la señal de que estaba a un paso del abismo. La política de confrontación con el movimiento obrero organizado, le privó al gobierno la posibilidad de acercarse a una base social que siempre fue mayoritariamente peronista.

Y la caída llegó en 1989 con un golpe de Estado económico a manos de las corporaciones con las que justamente Alfonsín había venido negociando y retrocediendo, ya anunciado con la silbatina en la Sociedad Rural del año anterior. En enero, vino el copamiento de La Tablada por el Movimiento Todos por la Patria y su brutal represión con métodos de la dictadura. El 6 de febrero, el mercado cambiario abrió con una corrida que, en poco tiempo, tornaría caótica la situación económica. Finalmente, en medio de la hiperinflación y los saqueos, un Alfonsín aislado, sin apoyo, le entregó antes de tiempo la banda presidencial a Carlos Menem. Para fin de aquél año, poco quedaría de aquella esperanza colectiva inicial, y una gran sombra de incertidumbre cubría el horizonte. La insuficiencia ideológica para comprender las tareas históricas a realizar, sería la principal característica del alfonsinismo. En vez de abrir el camino hacia la autoderminación y el proyecto nacional con ruptura de la dependencia, terminaría siendo el preludio del neoliberalismo.

Los años noventa fueron la segunda década infame para los argentinos. El gobierno de Menem fue el de la traición. Había ganado las elecciones presidenciales el 14 de mayo de 1989 prometiendo la revolución productiva y la soberanía nacional. Pero después hizo lo contrario. La explicación a ello puede encontrarse en dos cuestiones que, si no son suficientes, sí al menos son insoslayables: primero, la ofensiva económica brutal del ’89 de las corporaciones económicas que encontraron en la “hiper”, y sus efectos devastadores en las relaciones sociales, una nueva forma de disciplinamiento social tan destructiva como la represión. Y segundo, la insuficiencia ideológica del alfonsinismo, en verdad, sería extensible a toda la clase política.

El país se incorporaría al concierto internacional dispuesto por el Consenso de Washington, como el más obediente alumno del neoliberalismo con las privatizaciones del sector público, la desindustrialización, el libre cambio y la apertura comercial, la fuga de capitales, con más endeudamiento externo a tasas usureras, y la concentración y extranjerización de la economía. Pero la devastación no sólo fue patrimonial, sino también de índole moral. El individualismo ganó las subjetividades y la ausencia de compromiso colectivo y conciencia nacional fue la marca registrada del modelo de la convertibilidad. El “uno a uno” fue más que una medida económica que resignaba la capacidad de decidir sobre el tipo de cambio a favor del capital concentrado; fue la filosofía del egoísmo capitalista en un país latinoamericano y dependiente.

El desánimo generalizado que siguió al desinfle paulatino de la burbuja fue mutando en broncas. En diciembre de 1999 asumió Fernando De la Rúa, de la mano de la triunfante Alianza UCR Frepaso. No hubo tiempo de más para un gobierno sin conducción, sin ideas y sin la menor intención de cambiar el rumbo. El autismo político del jefe de Estado inspiró a la Bersuit Vergarabat, con eso de que “en un país de mudos se escucha un gran silencio, no se percibe que algo va a pasar”. Tras insistir con las recetas del FMI, derrotado en las elecciones de octubre a las que no llevó candidatos propios, con el Vice renunciado y la Alianza rota, el gobierno llegó a su final en diciembre de 2001.

El estallido del día 19 provocó la caída de Domingo Cavallo, figura paradigmática del neoliberalismo en nuestro país, el padre de esa criatura devoradora del trabajo de los argentinos, desde su gestión como presidente del Banco Central en la dictadura, ministro de economía de Menem y finalmente con De la Rúa. El día 20, luego de declarar el Estado de sitio, en medio de una brutal y generalizada represión policial en todo el territorio del país, el presidente abandonó la Casa Rosada en helicóptero, en una imagen que sintetiza la derrota de toda una clase política.
El 2002 fue el año de la devaluación, la reconversión del sistema financiero en mano de los más poderosos, de la transferencia de recursos a favor de los grupos concentrados de la economía, y de la incapacidad de Eduardo Duhalde de continuar en el poder político. En esa desorientación e incertidumbre, Néstor Kirchner asumió en mayo de 2003, después de haber sido privado de propinarle una aplastante derrota en segunda vuelta a Menem, su contrincante. De aquel anhelo colectivo del ’83 a la protesta furiosa del “que se vayan todos” hubo un camino de frustraciones cultivadas por una clase política que resignó su función de representar al pueblo por la de gerenciar los intereses del capital extranjero. A partir del 2003, aquellas tareas históricas, pendientes de realizar, serían retomadas creando una nueva oportunidad que, millones de argentinos, están dispuestos a no dejar pasar.
 

COMENTARIOS (10)

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