Lunes 29 de Mayo de 2017 - 06:33hs. - República Argentina Edición # 1690

Revista #27 Mayo 2009 > Historia

El Bicentenario

Es tiempo de descuento: en menos de un año Argentina cumplirá dos siglos de existencia. Un aniversario que tendrá su punto culminante el 25 de Mayo de 2010, pero que por su enorme significado ha comenzado y debería continuar más allá de la fecha magna que mide los doscientos años transcurridos desde que “el pueblo quiso saber de que se trataba”.


Por Jorge Coscia*

Hasta el 25 mayo de 1810, Argentina no existía. Éramos un Virreynato, dependiente de la corona española. Nuestro nacimiento, tuvo que ver no tanto con la fortaleza de esa paternidad monárquica, sino con su ausencia. También con la creciente toma de confianza de un pueblo, que se atrevía a andar sin mandones, con el ánimo invicto, por haber vencido pocos años antes a los mandamases del imperio británico en sendas invasiones derrotadas. Los criollos, hijos de esta tierra, se justificaron para empezar a ser libres, con el argumento de que debíamos tener “Juntas como en España”, en referencia directa a las juntas que en la metrópoli y en especial en Cádiz, se formaban con espíritu liberal y desobediente del avance napoleónico sobre la península.

Pero debieron pasar algunos años para que se proclamara la Independencia, el 9 de Julio de 1816. Y aún entonces éramos solo la expresión del endeble deseo de unidad de provincias argentinas que se extendían desde la pampa húmeda al alto Perú (actual Bolivia).

Argentina nace después, como parte de un proceso que combina una conflictiva unificación con dolorosos desprendimientos. Es en sí misma uno de los más grandes desprendimientos de la América Hispánica, cuya mayor virtud era concebirse como unidad desde México al Río de la Plata.

El bicentenario es en ese sentido profundamente latinoamericano ya que la globalización de aquel entonces, aunque más lenta que la que hoy conocemos, nos influenciaba de igual modo, como apéndice colonial de una corona europea y en particular su decadencia y caída en manos de Napoleón, luego de la farsa de Bayona.

Nuestros “padres imperiales” de entonces, Carlos IV y su heredero Fernando VII eran verdaderos mamarrachos reales sometidos por Napoleón. De ellos, o mejor dicho de sus blasones borbónicos tomamos los colores azul y blanco que presidirán dos siglos después los fastos de nuestro bicentenario. La bandera argentina nace, como la patria misma, de una ambigüedad política que reconoce el poder real en sus símbolos más queridos. Los patriotas de entonces eran hombres políticos, que lidiaban con el fango de la realidad y hacían con ella lo que podían para garantizar sus fines.

La frase: “Seamos libres, lo demás no importa nada” de San Martín lo grafica con crudeza.

Belgrano enfrenta las armas españolas del Alto Perú, sin renegar del todo de la corona que enfrenta. La unidad de entonces, era centrípeta del imperio español y su fuerza integradora se desmoronó en veinte años de guerras de la independencia a pesar de los sueños unificadores de San Martín y Bolívar.

Nadie lo pudo definir mejor que el historiador y político Jorge Abelardo Ramos que comenzó su libro Revolución y Contrarrevolución en la Argentina escribiendo: “La historia de los argentinos se desenvuelve sobre un territorio que abrazó un día la mitad de América del Sur. ¿De dónde proceden nuestros límites actuales? El origen de estas fronteras ¿responde acaso a una razón histórica legítima? ¿Nos separa una barrera idiomática, cierta muralla racial evidente? ¿O es por el contrario, el resultado de un infortunio político, de una vicisitud de las armas, de una derrota nacional? Sin duda aparece como fruto de una crisis latinoamericana, puesto que América latina fue en un día no muy lejano nuestra Patria Grande”. Esta reflexión inicial de su libro, es rematada por Ramos con una frase que debería escribirse todas las mañanas en los pizarrones de los colegios argentinos durante el tiempo de balance que implica la proximidad del Bicentenario: “Somos un país porque no pudimos integrar una Nación y fuimos argentinos porque fracasamos en ser americanos. Aquí se encierra nuestro drama y la clave de la revolución que vendrá”.

Elijo reflexionar sobre el bicentenario, partiendo de las premisas contundentes que plantean las palabras que Ramos escribiera hace casi medio siglo.

Unidos o dominados

Es casi un lugar común mencionar en relación al balance de dos siglos, el profético dilema que planteara Perón. En diciembre del 2001, el dilema parecía resuelto, ya que el primer año nos encontró manifiestamente dominados y en la consecuente crisis que ello implicó. Pero dentro de un año, cuando el uno se corra a la derecha y el segundo cero a la izquierda, los mismos números se alinearán con un orden más esperanzador: el 2010 se podría reivindicar (a diferencia del 2001) como una de las fechas en que el proceso de unidad latinoamericana se encuentre, como ya se esboza, en uno de sus momentos más álgidos de los dos siglos transcurridos desde que naciéramos, como un fragmento de libertad de esa Patria Grande, que pugnaba por una común libertad. Este sentimiento debería estar presente e incluso enmarcar nuestro abordaje del Bicentenario: unidos, para evitar ser dominados.

En tal sentido, la celebración del Bicentenario, debe ser profundamente latinoamericana y su energía simbólica aprovechada como amalgama e impulso de esa integración.

Un 2010 latinoamericano, hará honor al 1810 que también lo fue con su impulso revolucionario desde Caracas y Quito hasta el Río de la Plata. Traducirlo a los hechos, implica una enorme posibilidad de transformar un mero festejo en un acontecimiento político fundacional que revitalice el plan original de nuestra autonomía y libertad.

Cuando Francia o Estados Unidos celebraron sus respectivos bicentenarios, sus gigantescos fastos, por aire mar y tierra, homenajearon sus exitosos proyectos nacionales, sus revoluciones burguesas plasmadas en extremo y capaces de expandirse incluso más allá de sus propios límites territoriales. En Nueva York, los fuegos artificiales que iluminaron la estatua de la Libertad, anticipaban el comienzo de un nuevo orden mundial con la más formidable hegemonía que el mundo conociera. Moraleja: se puede tirar la casa por la ventana, cuando se tiene casa e incluso se dispone “a piacere” de las de los vecinos más débiles.

La casa de nuestra nacionalidad, está en el caso de nuestro bicentenario aún sin construir, e incluso algunas de sus mejores obras, casi en ruinas. Y la gran casa que algo puede festejar es una gran mansión devenida a lo largo de décadas en un forzado condominio de débiles subnacionalidades: Sudamérica.

No se trata de renegar de los festejos, desfiles, actos y fuegos de artificio. Pero nuestro bicentenario, no debería ser solo eso, a riesgo de desaprovechar las energías de nuestra propia historia, que se encuentran hoy particularmente renovadas, con procesos de incipiente integración como no lo estuvieran en ninguno de los grandes balances patrios realizados desde entonces.

Otros festejos

En el centenario, se celebró una Argentina que renegaba de su pertenencia americana.

Era la fiesta del patriciado, de los “rastacueros” que provocaban las burlas de los intelectuales europeos, que como Emile Zola o Clemenceau, vinieron y se quedaron a “vivir de arriba” un tiempito, dando eruditas conferencias para que nos sintiéramos más europeos.

Era el país que cuestionaba el “América para los americanos” de Monroe con el “América para la humanidad” de Sarmiento, que si bien enmarcó la apertura inmigratoria, como política de la elite agroexportadora, derivaría en un fervoroso retorno al coloniaje. La argentina real, la criolla y la del aluvión inmigratorio, miraba desde afuera el proyecto de unos pocos. Los mismos que a lo largo del siglo veinte, pasaron de patricios a oligarcas, propiciando con su egoísmo nuestras mayores frustraciones.

El otro gran aniversario, alcanzo a recordarlo: el sesquicentenario nos alcanzó en 1960 durante el gobierno de Frondizi, con su vano equilibrio de intentar conciliar con tirios y troyanos. Capaz de ganar las elecciones con el apoyo del peronismo proscripto y de reprimirlo con el Plan Conintes. Su intento modernizador se hundió junto con su ambicioso plan de desarrollo: es la política…deberían haberle advertido en las horas de su precipitada caída.

En ese lejano 1960, mi padre me llevó a ver un desfile en el que los colimbas marchaban con los uniformes y las armas que les malvendía Estados Unidos. Los poco imaginativos nombres de sus facciones, azules y colorados, expresaban la división de un ejército en un país dividido, y ya en la pendiente de su más persistente decadencia. La unidad latinoamericana era una premisa utópica esbozada apenas en un encuentro maldito y furtivo de Frondizi con el Che en Uruguay. La “Alianza para el progreso” había que hacerla con Estados Unidos y la escuela para concretarla estaba en los cuarteles del canal de Panamá que ya formaban a nuestros oficiales, como soldados cipayos de un ejército de ocupación.

Argentina dejaba atrás los esperanzados años que durante el peronismo llevaron a nuestra segunda declaración de Independencia. Diez años de excepción, del 45 al 55 en un siglo XX que casi siempre y con breves excepciones como las mencionadas, profundizó nuestro atraso y dependencia. El proyecto integrador con Chile y Brasil, el ABC de Perón, fue poco más que una ilusión. Sin embargo sus premisas renacerían luego con el nacimiento del MERCOSUR y los procesos de creciente integración que hoy atraviesan América Latina.

El Bicentenario que se aproxima, nos ofrece entonces la oportunidad de entender su mejor significado, transformándolo en un hecho político de enorme alcance y trascendencia.

La Presidenta acaba de anticipar su firme voluntad de darle una proyección interna a la fecha. En su discurso de apertura de las sesiones ordinarias del Congreso, propuso un “Acuerdo del Bicentenario” que lleve la pobreza a un dígito y la desocupación al 5 por ciento. Sería sin lugar a dudas una de las mejores maneras de celebrarlo.

Otra gran posibilidad estaría dada por realizar un encuentro de presidentes que lleve a una declaración conjunta de los gobiernos más activos del proceso de integración nucleado en torno al MERCOSUR. Esta declaración del Bicentenario, podría establecer las metas esenciales de la integración y sus plazos de cumplimiento, con metas como las muchas veces esbozadas en la agenda más ambiciosa del MERCOSUR: Parlamento común, unificación legislativa, moneda común, programas educativos mínimos para la integración, sin descartar un fortalecimiento de los procesos de integración energéticos.

El Bicentenario, como aniversario compartido, debería iluminar nuestra integración cultural y comunicacional. No esperemos que nos “integre” comunicacionalmente la CNN, con presencia preferencial en la grilla argentina del cable, de la que se encuentra excluida Telesur. Nuestras producciones culturales y comunicacionales deben ser la vanguardia de nuestra integración a través del cine, la televisión, los libros, el teatro y la música. Hay que realizar un gran esfuerzo en tal sentido. Planes de inversión consensuados en industrias culturales y coproducción de contenidos e investigación. Pareciera difícil o imposible y entonces sí, tomar el ejemplo de los que rechazaron esas palabras de impotencia, desarmando distancias, pantanos, quebradas y cordilleras para hacernos libres. Su tarea está aún inconclusa y en el Bicentenario deberíamos recordarlo, como contundente exorcismo de nuestra persistente frustración.

¿Por qué no incluir en nuestra agenda del Bicentenario un gran Congreso Latinoamericano de Cultura para la integración? ¿Por qué no realizar también un relanzamiento de nuestro potencial comunicacional conjunto: medios públicos, TV educativa, planificación y producción mancomunada?

La cultura debería tener en ese acuerdo un lugar de privilegio, entendida como la mayor amalgama de nuestra unidad. En términos culturales, históricos e idiomáticos, Europa es una desintegración unificada, mientras que nosotros somos en Sudamérica, una unidad desintegrada.

Una declaración conjunta de nuestra voluntad autónoma, debería ser acompañada de un plan tan contundente como nuestro potencial cultural adormecido.

Desde la entrevista de Guayaquil al presente, nunca hemos tenido como hoy, liderazgos latinoamericanos tan mancomunados y concientes de nuestra necesidad de integración. Si logramos que el Bicentenario sea algo más que una fecha y convoque desde el poderoso valor de lo simbólico nuestra voluntad integradora, esa será sin duda, nuestra mejor manera de celebrarlo.

* Secretario de Cultura de la Nación

 

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