Viernes 28 de Abril de 2017 - 20:53hs. - República Argentina Edición # 1659

Revista #38 Mayo 2010 > Historia

El crimen de la Guerra

“La guerra actual del General Mitre no tiene sentido común si se la busca únicamente por su lado exterior. Otro es el aspecto que debe ser considerado. Su fin es completamente interior. No es el Paraguay, es la República Argentina (…) no es una guerra exterior: es la vieja guerra civil ya conocida entre Buenos Aires y las provincias argentinas, si no en apariencias al menos en los intereses y miras positivos que la sustentan.”*


Por Daniela D’Ambra

La Guerra del Paraguay es uno de los tantos hechos malditos de nuestra historia. Por su enormidad, no se puede evitar mencionarlo, ni ocultar lisa y llanamente, pero la maldición le cae de otra manera. Es así que a un genocidio de dimensiones extraordinarias se lo comenta sólo al pasar, como una batalla más, con la excusa reiterada de que al tratarse de un conflicto que sucede en campos internacionales no se le puede dedicar demasiados renglones, si de lo que se habla es de historia argentina.
La explicación que se da sobre los hechos se ajusta perfectamente a esta visión fragmentaria: un ejército extranjero se mete en asuntos de otro país y para evitar su expansionismo se le declara la guerra y se lo destruye. Se justifica además semejante respuesta desproporcionada con argumentos que hoy cumplen algo más de 150 años de historia: en Paraguay se concentraban la barbarie y el despotismo, la civilización no podía permitir semejante aberración de la realidad humana.

Pero hay quien dice que existe otra historia, la de una América Latina gritona y oscuramente pigmentada; una América Latina popular y rebosante de realidad plebeya. Esa es la historia que queremos (y sentimos que debemos) contar hoy para que no nos continúen macaneando con halperines y romeritos y algún que otro admirador de Sarmiento que se pretende socialista, como si fuera posible semejante oxímoron.
Paraguay constituía para 1860 el primer gran intento por generar un desarrollo capitalista autónomo en América Latina, llevando a la práctica el programa morenista esbozado en el Plan de Operaciones. Esta provincia latinoamericana contaba con marina mercante y ferrocarril (y no necesitó para construirlo la intervención de la mano invisible del mercado, léase de los capitales británicos), altos hornos y un desarrollo industrial avanzado orientado al mercado interno. Gracias a que el Estado gerenciaba gran parte de la vida económica nacional, los indios despojados en todo el continente por la “civilización” blanca eran dotados de tierras que por derecho ancestral les pertenecían. Además eran prácticamente inexistentes los impuestos y la enseñanza era obligatoria. Año 1860. En Paraguay. Barbarie pura.

Los intereses de ese territorio coincidían con los de la Argentina profunda. Proteccionismo, unidad latinoamericana y desarrollo autónomo eran los pilares fundamentales para que estas tierras pudieran desenvolverse resistiendo al capital británico. Por eso se puede ver que tanto la derrota de la Confederación por Buenos Aires, como la guerra de la Triple Alianza constituyen dos ejes de un mismo proceso: someter a Nuestra América a las necesidades de la política oligárquica local y convertirla en una semicolonia británica. Y es Bartolomé Mitre uno de los referentes principales que encabezan semejante arremetida: un militar que se puede jactar de no haber ganado jamás una batalla (para qué lo querría si después crearía su propio guardaespaldas, el diario La Nación), representante de los comerciantes porteños y defensor a ultranza de los intereses de Gran Bretaña en estas tierras, encabezó  la represión de los caudillos federales y dio el puntapié inicial de esta infame guerra.

El nivel latinoamericano de la lucha antipopular que se desata se puede analizar tan sólo relatando los hechos que desencadenan la guerra: el uruguayo Venancio Flores inicia su campaña contra los blancos uruguayos para retomar el poder en Uruguay con apoyo del mitrismo porteño. El imperio brasileño toma partido, con una minúscula excusa, y declara la guerra al Uruguay, por lo que los Blancos solicitan ayuda al gobierno paraguayo, que hasta el momento había accionado sólo a nivel diplomático. Al sentirse crecientemente cercado por la arremetida oligárquica contra el Uruguay, Paraguay decide intervenir pidiendo previamente el apoyo de Justo José de Urquiza, que aún era el líder de los caudillos federales y que, traicionando sus luchas previas, abandona a su suerte al gobierno paraguayo, que se ve obligado a llegar al Uruguay, trasladando sus ejércitos por territorio argentino. Mitre aprovecha esta eventualidad y declara la guerra al Paraguay.

Era 1865 y la guerra de la Triple Alianza da definitivamente su comienzo, pero  el pacto firmado que da nombre al conflicto cumplía ya un año de existencia.

En los hechos mismos se puede ver cómo se dibujan claramente dos bandos a nivel latinoamericano: las oligarquías porteña y montevideana y el Imperio de Brasil, apoyados por la mano perversa de la corona británica -que sostuvo la guerra no sólo de palabra, sino que la financió de hecho-, que defendían una política librecambista y cuyo objetivo era liquidar los focos de lucha popular en América Latina para instalar su modelo exportador y de apertura a la penetración británica; del otro lado, el gauchaje rioplatense y el Paraguay, que defendían una política nacional, latinoamericana y antioligárquica. La causa de Mariano Moreno, José de San Martín, José Gervasio Artigas y Simón Bolívar tenía sus continuadores, como en la actualidad los sigue teniendo.

La guerra no fue corta. Cuando en 1866 la Alianza de la Triple Infamia pensaba que había liquidado a Francisco Solano López y su “bárbaro” proyecto, una revolución popular estalló en las provincias argentinas. Son las montoneras de Felipe Varela, apoyadas por Bolivia, Perú y Chile, que se alzan contra la política mitrista y la guerra al hermano pueblo paraguayo, bajo el lema “Unión Americana”. Serían necesarios, entonces, cuatro años más de lucha para quebrar la resistencia heroica del pueblo paraguayo. Los montoneros, traicionados por Urquiza, quien se niega a darles apoyo para enfrentar al mitrismo, son derrotados. En 1870 muere Solano López y sus últimos guerreros en el campo de batalla.

El genocidio más atroz del siglo XIX ha sido perpetrado: de 1.300.000 habitantes sólo quedan en Paraguay 350.000, en su mayoría mujeres y niños. Una etapa de lucha popular se cierra y los sectores oligárquicos consolidan su modelo agroexportador de materias primas. Para esto, era necesario eliminar aquel mal ejemplo que constituían los paraguayos. Es importante, entonces, recordar un punto nodal de este período histórico: no fue una guerra internacional, fue una guerra civil, como decía Juan Bautista Alberdi, que consolidó la fragmentación de la Nación Latinoamericana, y una de las bases para la construcción del Estado “moderno” argentino, de la misma manera que lo fue la derrota de las montoneras federales. La guerra del Paraguay, la de la Triple Infamia, al permitir la consolidación de la política oligárquica porteña, fue la base de la sumisión a Gran Bretaña, y del afianzamiento de un desarrollo dependiente que aún hoy estamos pagando.

* Juan Bautista Alberdi, “Los intereses argentinos en la Guerra del Paraguay con el Brasil”,  en Obras escogidas, Buenos Aires, Luz del Día, 1954.

 

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