Miércoles 24 de Mayo de 2017 - 08:46hs. - República Argentina Edición # 1685

Revista #38 Mayo 2010 > Historia

El país que no fue

UNITARIOS Y FEDERALES; RIVADAVIA Y DORREGO


Por Mara Espasande


Bajo la égida de Bernardino Rivadavia se firmaba en 1824 el primer tratado con Gran Bretaña estableciendo la igualdad en las relaciones comerciales recíprocas. Por ese entonces la primera potencia mundial atravesaba el proceso de revolución industrial. Podemos preguntarnos entonces, ¿qué posibilidades tenían nuestros artesanos de llegar a Europa y libremente vender sus productos a la población?

Pero la burguesía comercial porteña y la “gente decente” admiraban profundamente a su Majestad Británica y buscaban otorgarle beneficios comerciales además de imitar su cultura tan “civilizada.”

La presencia británica era tal que los viajeros que llegaban a este recóndito lugar del mundo se sorprendían, creyendo estar en una verdadera colonia inglesa. Un viajero inglés cuenta: “los comerciantes británicos gozan de gran estimación en Buenos Aires. El comercio del país se halla principalmente en sus manos (…) Nuestros comerciantes en Buenos Aires no son únicamente terratenientes y accionistas sino que desde la fundación del Banco han llegado a ocupar el directorio de éste”.

John Munrray Forbes, cónsul estadounidense, observaba preocupado el crecimiento de la presencia británica que dejaba sin espacio a los negocios de su país: “no es exagerado afirmar que Inglaterra deriva de este país y de Chile todos los beneficios de una dependencia colonial, sin tener que incurrir en los desembolsos ni asumir las responsabilidades de una administración civil y militar.”

Pero, ¿cómo fue posible que, a tan sólo 15 años de la Revolución de Mayo, el panorama económico sea tan desolador? Desde el inicio del proceso revolucionario se enfrentan dos modelos contrapuestos. Uno era el de la burguesía comercial portuaria que buscaba establecer sólidos lazos con Inglaterra. Junto a su fascinación por lo europeo, construyen un proyecto político unitario, antinacional, probritánico y antipopular que -basado en un liberalismo económico- aniquila las incipientes producciones artesanales del interior, lanzando a la desocupación a miles de hombres.
Como consecuencia de éste, nacen en el interior las montoneras Federales, que liderarán la lucha contra Buenos Aires y su política librecambista. El federalismo provincial levanta la bandera de la unidad latinoamericana para construir una economía de desarrollo endógeno impulsando desde el Estado la actividad industrial y el crecimiento del mercado interno.

Podemos observar esta lucha en todos los países latinoamericanos. En el nuestro, adquiere la forma de la guerra entre unitarios y federales. En su primera etapa Rivadavia y sus hombres logran imponerse. De 1821 a 1827 controlan el gobierno de Buenos Aires llevando a cabo una política que dejará como herencia la pérdida de la soberanía económica y la destrucción de la industria artesanal del interior.

Algunas de las medidas tomadas en esta época condenan a la Argentina a una situación semicolonial. Entre ellas, la disminución de los derechos aduaneros, la creación del Banco de descuentos bajo forma de Sociedad Anónima, el empréstito Baring Brothers tomado en 1824 y la firma del Tratado de amistad, comercio y navegación con Inglaterra.
En el plano político se le retira el apoyo a José de San Martín, se rechaza la invitación de Simón Bolívar a participar al Congreso de Panamá y se toma con total indiferencia la situación del Alto Perú que desemboca en la separación de Bolivia.

Por justicia histórica no debemos olvidar que en el plano cultural realizó “grandes obras”, como la creación de la Universidad de Buenos Aires -destinada a la educación de la elite- y la creación de un museo de monedas antiguas europeas. En particular esta última obra, ¡qué trascendente creación para la patria que nacía donde todo estaba por hacerse!

Estos hechos eran lo suficientemente escandalosos para generar una profunda crítica hacia la figura de Rivadavia. Pero luego de 1826, con la sanción de la Constitución centralista y la deshonrosa actuación en la Guerra con Brasil, la situación se vuelve insostenible. El interior sublevado logra la renuncia de aquel que ocupó por primera vez el “sillón presidencial” pero nunca ejerció su cargo.

Se abre así la posibilidad histórica de que un federal porteño llegue a la gobernación. Manuel Dorrego contaba con el apoyo de amplios sectores de la provincia, en particular de los “orilleros”, los más humildes de los porteños.

Dorrego, que llevaba tiempo luchando contra los unitarios, entendía la prensa como una herramienta política fundamental, y por lo tanto impulsa la creación del periódico El Tribuno. El 11 de octubre de 1826 aparece el primer ejemplar, donde él escribe: “No os azoréis, aristócratas, por esta aparición. El nombre con el que sale a la luz este periódico solo puede ser temible para los que grasan con las substancias de los pueblos, para los que hacen tráfico vergonzoso defraudándolo en el goce de sus intereses más caros, para los que todos lo refieren a sus miras ambiciosas y engrandecimiento personal...”.

Ya como gobernador -en contraposición con el proyecto unitario- se declara a favor de la sanción de una Constitución federal; interviene activamente en la economía fijando precios máximos del pan y de la carne; suspende la leva en defensa de los gauchos y campesinos; y firma tratados con diversas provincias con el objetivo de comenzar el camino hacia la organización nacional.

Por el carácter popular, su Gobierno no llega al año y medio. Los unitarios organizan un golpe de estado que termina con el fusilamiento del legítimo gobernador de Buenos Aires. Se trunca así, la posibilidad de terminar las guerras civiles que aquejaban a nuestra patria y avanzar hacia un proyecto nacional y latinoamericano.

Muchos de los debates y luchas que provocaron el asesinato de Dorrego aun continúan vigentes. Pero, al final de cuentas, ¿qué se discutía? Se discutía -ni más ni menos- quiénes somos y quiénes queremos ser; si nuestro destino quedará subsumido al de los países imperialistas o por el contrario avanzaremos hacia la construcción nuestro ser auténtico.
Para esto, debemos preguntarnos: ¿qué importancia debemos darle al Estado? ¿Cómo serán nuestras relaciones con los países de la región y con el resto del mundo? ¿Cuál será el sustento del desarrollo económico de la nación?, ¿Cómo se distribuirán las riquezas de la patria?
Rivadavia y Dorrego tenían, por supuesto, respuestas distintas para cada uno de estos interrogantes. En el Bicentenario bien vale reflexionar y encontrar las respuestas que permitan edificar un país que contenga a todos los habitantes. Esas respuestas tendrán que ser colectivas, como la historia.
 

COMENTARIOS (20)

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