Miércoles 29 de Marzo de 2017 - 04:12hs. - República Argentina Edición # 1629

Revista #24 Febrero 2009 > Historia

Entrevista con David Ramos, fundador de las Fuerzas Armadas Peronistas: Experiencia guerrillera

David Ramos, junto a Amanda Peralta, Néstor Verdinelli, Envar El Kadri y un puñado de militantes, fue protagonista de la primera experiencia guerrillera argentina, pero antes que nada, es parte de una generación marcada por los bombardeos, los fusilamientos, las proscripciones, la resistencia peronista y el ‘luche y vuelve’.


Por Agustín Dicroce y María Baglietto

Eran tres y tenían dos fierros. David y Amanda, en una esquina, de la mano, simulaban noviazgo cuando, desde un camión con acoplado, oyeron:
–Apretala, flaco. ¡Apretala!
Se miraron: “si supieran”.
Pronto llegó Néstor; todo salió bien. De regreso a la casa operativa de Témperley, en el tren, David se relamía por entrarle al frasco de Poncho Negro, su dulce de leche preferido.

Habíamos ido a hacer un operativo -cuenta David-, ella iba sentada en el tren con Néstor, con una bolsa con víveres; no teníamos un peso. En ese momento, teníamos un montón de peso, pero no teníamos un peso. Yo en esa época hinchaba las pelotas con el dulce de leche Poncho Negro… había comprado un frasco. Cuando bajamos del tren, Néstor y la Negra me habían comido más de la mitad ¡Era mío! Esa es la Negra que yo recuerdo. ¡¿Qué voy a recordar, las peleas, las discusiones?! No me sirven y no le sirven a nadie.      

David Ramos recuerda en una oficina de la Secretaría de Derechos Humanos, donde prosigue con su labor militante. Junto a él trabaja un compañero de pabellón en los casi cinco años transcurridos entre Taco Ralo y la amnistía del gobernador Oscar Bidegain, en 1973. Dos años antes, la Negra se fugó de la cárcel de mujeres del Buen Pastor, en San Telmo. Cuando David salió de la Unidad 9 de La Plata, ahí estaban la Negra y Néstor en la puerta.

¿Cómo nació tu relación con la negra?
 

Con La Negra vivíamos detrás del Hipódromo de La Plata, en la casa de un matrimonio que alquilaba piezas. Una vez, un viejo gagá le robó la ropa interior. Era tetona, no muy alta, medio morocha, jovial, inteligente, con mucha entrega, muy querible, más temperamental que la puta que lo parió. Cocinaba como nosotros: mal. Aunque, mucha bola a la comida no le dábamos. Era más lindo pasar la tarde, como lo hacíamos con ella, leyendo El Principito. La Negra estudió Letras en la Universidad Nacional de La Plata. Y tengo la idea de que fue a partir de la represión de Onganía en la Universidad que aumentó la participación de las mujeres. Igual, nosotros teníamos todo el erotismo puesto en la lucha. Ella gustaba de Néstor y Néstor de ella, se pasaban horas mirándose, hasta que un día dieron el paso y se arreglaron. Tuvieron que informarlo oficialmente ante nosotros (silencio) y ¿qué les dijimos?: “¡Al fin!”.

¿Cómo veían que Amanda fuera  la única mujer en Taco Ralo?
 

Como había una utopía y una tarea superior, no nos entreteníamos en boludeces. Si íbamos a hacer algo para el pueblo teníamos que aceptar la presencia en el grupo de cualquier persona del pueblo. Nosotros éramos cualquiera, ninguno era súper hombre, ni Dios con prótesis. Tipos de barrio que se asumieron como agentes activos de cambio. La Negra Amanda era la única mujer, pero no era nada terrible: nosotros nos queríamos, la discusión sobre género la dejamos para después.

¿Cómo decidieron iniciar la guerrilla?
 

Nos sentamos los tres en una casa operativa que teníamos en Témperley, y dijimos: ‘vamos a empezar a operar, pasemos a la lucha armada’ y bautizamos al grupo como FAP (Fuerzas Armadas Peronistas). Para muchos compañeros la muerte del Che fue el detonante, para mí no; a mí lo que me detonaba era la Revolución Argelina. Aunque creo que cada lugar tiene una particularidad: un proceso revolucionario es original o no es. Cuando uno entra a traspolar cosas, se equivoca. La idea nuestra era organizar un grupo rural, creíamos que eso le iba a dar permanencia al estado de lucha. La cosa tenía que ser en todo el país, lo íbamos a hacer en todo el territorio. En septiembre creíamos que para abril estaríamos en condiciones de operar, ése era nuestro maravilloso y utópico plan. Todo eso se abortó, caímos en cana y en Buenos Aires el movimiento se retrajo. Éramos hijos del peronismo: el hombre nuevo de la República Argentina, jóvenes que tenían dignidad y no soportaban ser esclavos de una dominación. Si vos estabas a favor del retorno de Perón y la liberación de su pueblo eras compañero. Vino gente de diferentes lugares: de Tacuara, curas del Tercer Mundo y nosotros, que éramos peronistas. Uno de los que se suma al grupo fue “Cacho” El Kadri, responsable del MJP, una organización a nivel nacional. Nosotros sólo teníamos contactos. Nombramos responsable a Néstor Verdinelli, pero ninguno quería asumir ninguna jefatura, hubo que imponerla de abajo hacia arriba.     Salimos para el monte en agosto del ’68, Taco Ralo está a unos 130 km de San Miguel, más cerca del lado de Santiago; fuimos en tren, en camión… hubo que transportar muchos elementos. Los fierros los llevábamos puestos: algunos FALes, carabinas Máuser,  un fusil pesado, una UZI  y pistolas. Hicimos un campamento base en un lugar alejado de donde iban a ser las operaciones. Hubo que comprar todo: botines, cuchillos, municiones; algunos fierros se conseguían… y otros… se conseguían.  

El acontecimiento genera sentido, Taco Ralo fue un antes y un después.

Había un espíritu generalizado de pasar a otro tipo de lucha, pero nadie se largaba. En un momento dado, entre la Negra, Néstor Verdinelli y yo decidimos largarnos. Éramos emergentes de un pueblo en lucha, no traíamos ninguna verdad revelada que infiltrar; partíamos de una identidad popular y asumíamos los niveles de resistencia necesarios, de ese momento histórico. La Negra no estaba muy de acuerdo con eso, era partidaria del “foco”; teníamos algunas discusiones, en ese entonces, era más fuerte la acción, la ideologización filosófica llegó después. Pensábamos que mejor que decir era hacer. Caímos presos el 19 de septiembre de 1968, el mismo día que muere John William Cooke.

La sonrisa se le dibuja bajo el bigote espeso. Quiere recordar a la Negra como una mujer querible, semejante a cualquier joven de barrio.    

Ya no tengo ganas de hablar de la Negra como ser político, la quiero recordar pensando en el mañana, en que tal vez ella nos pueda transmitir ahora todo lo que nosotros aprendimos para formar cuadros nuevos. Muchos quisieron glorificar al combatiente de los ’70. Se idealizaron situaciones y fue un error. Cuando alguno de mis compañeros, o yo, vamos a dar una charla, te miran como a un inalcanzable, que para tocarte las bolas tuvieran que subir a una escalerita. Eso impide que cualquier muchacho de barrio se convierta en militante. Nos hemos convertido en una utopía y eso es mentira; seguimos siendo los mismos militantes de base. Creo que es un error idealizar al combatiente de los ‘70. ¡Si hasta nos comían el dulce de leche!

 

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