Miércoles 29 de Marzo de 2017 - 00:22hs. - República Argentina Edición # 1629

Revista #42 Septiembre 2010 > Historia

La caída de Perón

Naturaleza histórica del peronismo, desmoronamiento del frente nacional y popular y golpe de Estado.


Por Norberto Galasso

El 20 de septiembre de 1955, a las siete de la mañana, el General Juan Domingo Perón subió al Cadillac presidencial, envuelto en un impermeable y llevando un maletín. El automóvil se alejó bajo una insistente llovizna. Poco después, ingresaba como asilado en la embajada del Paraguay. “Sentí la soledad -recordará años más tarde- como jamás la había sentido”. De este modo, se derrumbaba su segundo gobierno y la Revolución Nacional quedaba inconclusa.

Diversos argumentos intentaron luego explicar este retiro del líder de masas más importante de nuestra historia, desde las más inocentes hasta las más sofisticadas. En medio de su perplejidad, los sectores populares dieron algunas respuestas. Algunos argüían que: Perón quiso evitar la guerra civil pues si reprimía el levantamiento de los llamados “libertadores”, correría sangre en todo el país y esta actitud obedecía a que él, al visitar España en 1939, se había espantado ante el millón de muertos que había dejado la guerra civil; otros sostenían que dejaba el poder a sus enemigos a sabiendas de que ellos no podrían gobernar y terminarían por pedirle que regresara, pues era el único capaz de conducir la Argentina.

Años más tarde, aparecieron otras tesis: si Evita no hubiese fallecido en 1952, le hubiera dado ánimo al General para dar la pelea hasta el final; y por supuesto, desde el campo “gorila”, se decía que Perón habría carecido de la valentía suficiente como para combatir la rebelión. Con argumentos más concretos, hubo quienes denunciaron que después del levantamiento sanguinario del 16 de junio, Perón había desactivado a la Marina y que ésta solamente pudo bombardear Mar del Plata y amenazar c  on bombardear las destilerías de Dock Sud, porque fue reaprovisionada por barcos británicos en alta mar, según lo probaban cintas magnetofónicas que luego fueron llevadas a Estados Unidos. Sin embargo, el padre Hernán Benítez, confesor de Evita y admirador del Che Guevara, sostenía con dulce bondad cristiana: “A las amenazas de Rojas había que contestarlas tomando prisionera a toda su familia y colocándola delante de las destilerías”. Por otra parte, si todo presidente debe renunciar ante la amenaza de los marinos de bombardear la ciudad de Buenos Aires, ello implicaría que el poder, en la Argentina, residía en los almirantes, lo cual es inaceptable.

Estas conjeturas obedecen a que el levantamiento del 16 de septiembre enfrentaba graves dificultades que permitían suponer su rendición: Pedro Eugenio Aramburu había sido derrotado en el litoral, Eduardo Lonardi se encontraba asediado por los ejércitos de Iñiguez y Morales, diversas guarniciones, entre ellas Campo de Mayo, permanecían leales al gobierno mientras, en Cuyo, un batallón sale hacia Córdoba, cantando la marcha peronista, porque sus jefes creen que van a defender al gobierno. De modo tal, que el ultimátum de la Marina no alcanza para derrocar a Perón.

A pesar de ello, Perón ha entregado su renuncia a un grupo de generales para que negocien un acuerdo, y en un hecho confuso, Francisco Imaz habría irrumpido en una reunión de mandos exigiendo que sea aceptada, lo cual implicó la caída del gobierno legítimo.

Pero, más allá del peso de las diversas fuerzas militares, así como del desconcierto y el oportunismo de algunos generales, parece necesario indagar más profundamente en las razones de Perón para tomar el camino del exilio. Es decir, desechar -o colocar en su verdadera dimensión- los aspectos anecdóticos y personales para encontrar las causas sociales y políticas, apartándonos así de las explicaciones facilistas.

En este sentido, el mismo Perón sostuvo: “El hombre cree a menudo que él es el que produce la revolución. En esto, como en muchas otras cosas, el hombre es un poco ‘angelito’. Porque es la evolución la que él tiene que aceptar, a la cual debe adaptarse... ponerse de acuerdo con la evolución que él no domina, que es obra de la naturaleza y del fatalismo histórico. Él es solamente un agente que crea un sistema para servir a esta revolución y colocarse dentro de ella”.

De modo tal que la explicación más profunda parece residir en la naturaleza histórica del peronismo, nacido como movimiento policlasista en 1945. En ese momento histórico, los trabajadores (CGT), un importante sector nacional del Ejército, grupos del empresariado mercadointernista (lo que sería más tarde la CGE), sectores de clase media popular y la Iglesia Católica conformaron un frente reconociendo como líder a Juan Perón. Su liderazgo se sustentó así en varias columnas sociales que le permitieron triunfar sobre el enemigo: la vieja oligarquía, arrastrando grupos de clase media y con el apoyo del embajador estadounidense. Un frente nacional de liberación contra un frente representante del viejo país agroexportador, al cual confluyeron los viejos partidos políticos, desde la derecha hasta la izquierda.

Apoyado en los diversos sectores de su movimiento, Perón lideró un proceso de Liberación Nacional, a partir de octubre de 1945, respondiendo a los reclamos y necesidades de todos ellos en conjunto y alternativamente de cada uno. Cada integrante del frente lo consideró “su” líder, pero él no lo era exclusivamente de ninguno, sino de todos y en ello consistía su fuerza para enfrentar a los enemigos representantes del atraso y el coloniaje. Operó entonces políticamente a través de su conducción pendular: “como los aviones, tengo dos alas”, “manejo el partido con las dos manos”, dirá varias veces.

Estas columnas de sustentación se mantuvieron firmes -aunque algunas de ellas no estuvieron nunca demasiado consolidadas, como es el caso del empresariado o la Iglesia- lo cual permitió un decisivo avance en la política de crecimiento económico, soberanía política y progreso social. En determinado momento, Miguel Miranda fue su hombre clave en la relación con los a empresarios nacionales; por su parte, Evita fue, hasta su muerte, el puente permanente con la dirección de la Central Obrera mientras Mercante y Lucero jugaron un rol importante respecto a los uniformados. La cohesión del movimiento, bajo la dirección vertical de su líder, permitió superar las dificultades de 1952 provenientes del acoso imperialista y de dos malas cosechas y recuperar la marcha no sólo sosteniendo la distribución del ingreso sino avanzando hacia la producción de automóviles, aviones e iniciando el camino de la industria pesada (proyecto SOMISA).

Sin embargo, en 1954, se produjeron varios sucesos que pusieron a prueba la solidez del movimiento. La Iglesia Católica, que en Italia y Alemania, había logrado dominar el avance del comunismo a través de los partidos demócrata-cristianos, consideró que debía dejar de integrar el frente nacional y expresarse a través de su propia organización política, -democristiana- que pudiese operar independientemente. Probablemente, la cúpula eclesiástica entendió que el peronismo se estaba izquierdizando peligrosamente -esa importante presencia obrera, esa ocurrencia de Perón de dar impulso a un partido de izquierda nacional (El Partido Socialista de la Revolución Nacional) provocó insomnio a los purpurados o peor aún, pesadillas de banderas rojas en la Plaza de Mayo. El líder tomó muy a mal esta posición de los clérigos y se entró en una grave disputa. Una de las columnas del movimiento desaparecía y a su vez, a través de los capellanes, agrietaba profundamente a otra columna: el sector militar. La influencia del nacionalismo católico creció en contra del gobierno, debilitándolo. Por otra parte, la situación económica mundial se había modificado: se ingresaba al período de la “Europa verde”, que quería autoabastecerse de alimentos y también, en años anteriores, el Plan Marshall había influido lanzando productos a precios regalados al mercado mundial, con la consiguiente baja del precio de nuestras exportaciones. La renta agraria diferencial, que había sido el pivote a través del cual el peronismo del ’45 había trasladado recursos desde la oligarquía hacia los nuevos empresarios, se redujo. No es casualidad que en 1955, se promoviese el Congreso de la Productividad, donde los empresarios pujan por reducir las conquistas logradas por los obreros. Gelbard, con ser el más progresista de esos empresarios, llega a sostener en dicho Congreso que “no puede mantenerse una situación donde un delegado, con un silbato, para la fábrica, pues entonces ¿quién es el verdadero dueño de la misma?” Era otra columna que se agrietaba profundamente.

Otro de los problemas suscitados en esa época residía en que el crecimiento industrial había sido más rápido que el crecimiento de la producción de energía lo cual llevó a Perón a iniciar tratativas con una empresa estadounidense para aumentar la producción de petróleo. También esto operó como suceso desalentador entre los militares defensores de los recursos naturales. En el ’55, las columnas de sustentación del peronismo crujían amenazando desmoronarse y eso se expresaba, además, en la desaparición, en el escenario político, de algunas de las figuras más importantes del movimiento nacional: Evita había muerto en el ’52, Ramón Carrillo había renunciado, Arturo Jauretche y Raúl Scalabrini Ortiz toman cierta distancia, Miranda se había ido en el ’50... Asimismo, en la cúpula de la CGT se produce cierta burocratización y Perón llega a decir que está rodeado de alcahuetes y de gente que viene a proponerle negocios. Crece la burocracia y la obsecuencia cree reemplazar la movilización popular con una propaganda de bajo nivel y homenajes personalistas. El cura Benítez le dirá a Perón: “Cuando todo suena a Perón, es porque suena Perón...”

Cuando la derecha lleva a cabo la masacre del 16 de junio, el gobierno no reacciona reprimiendo -no fusila a nadie- sino que poco después llama a la conciliación nacional. John William Cooke, designado interventor del Partido Justicialista en Capital, señala que “hay que ganar las calles” y Alejandro Leloir, vinculado a los forjistas, comprende que el partido debe reordenarse y oxigenarse para dar apoyo al gobierno. Pero ya es demasiado tarde.

Sólo lo clase trabajadora se mantiene leal y firme junto al líder. ¿Por qué entonces -dirá algún izquierdista abstracto- Perón no los arma? ¿Por qué no le dan apoyo a Armando Cabo cuando junta 60 camiones con obreros, en el puerto, para ir a pelear a Córdoba, el 16 de septiembre?

Pero lo que no acaba de entenderse es que Perón es el resultante del proceso del ’45, es el gran líder de un movimiento nacional amplio. Así lo ha hecho la historia y no puede convertirse, por su propia voluntad, como en un salto al vacío, en líder exclusivo de los obreros, en el jefe de una revolución proletaria, que en todo caso le correspondía construir a la izquierda, esa misma izquierda que festejaría su caída aliada a la oligarquía y que, en el caso del Secretario General del Partido Comunista, vería en el Almirante Rojas a una “expresión de cierta resistencia al imperialismo”.

Cuando Perón había teorizado sobre “la comunidad organizada”, lo hacía porque él mismo era producto del frente nacional. No estaba dispuesto a hacer una política de derecha abandonando a los obreros, pero tampoco pasaba por su cuerpo -ni por su formación, ni por sus antecedentes y experiencias- liderar una revolución proletaria, clasista, bolchevique. Por eso, en esa soledad que vive en los últimos momentos de su gobierno, decide replegar, tomar distancia de los acontecimientos, seguramente pensando en volver, cuando pueda reorganizar sus fuerzas. Probablemente, considera que su ciclo está concluido y que dada la fuerza alcanzada por los trabajadores, el nuevo gobierno respetará las conquistas sociales y profundizará el proyecto nacional.

Jauretche señala: “Perón creyó que el golpe militar era contra su persona y entonces, era correcta su posición de no combatir y derramar sangre argentina, pero el golpe era contra el pueblo”. Perón dirá después que jamás supuso que los insurrectos estaban cegados por el odio y llegarían hasta fusilar a compatriotas.

Pero más allá de factores psicológicos y hasta políticos, quizás la verdad más profunda es que el frente nacional se había desmoronado. Y por eso, decidió exilarse.

De ahí su exilio.
 

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