Viernes 24 de Marzo de 2017 - 03:06hs. - República Argentina Edición # 1624

Revista #38 Mayo 2010 > Historia

La deuda y los debates pendientes

El Bicentenario. Hace 200 años comenzó el camino de una nueva identidad que todavía hoy presenta deudas. La dependencia fue lo que malogró un camino próspero para los pueblos del sur.


Por Eduardo Anguita

No importa tanto la pompa o las modalidades de celebración que tenga este 2010 para los argentinos con motivo de recordarse los 200 años de la formación del primer gobierno independiente de la corona española.

Importan el sentido y la dimensión histórica que significa la decisión de tomar las riendas de un gobierno soberano. No sólo en aquel momento se abrió paso el pensamiento revolucionario liberal sino que también comenzó el reloj de una nueva identidad para los pueblos de las provincias unidas. Un reloj que todavía no dio la hora para muchas deudas con el presente. Deudas que, en buena medida, estaban en el corazón y la mente de quienes lucharon en esos años por la soberanía y la independencia.

Este artículo, brevemente, está destinado a mostrar cómo en el contexto de entonces, la dependencia de las finanzas inglesas malogró un camino próspero para los pueblos del sur de América. La matriz del endeudamiento financiero como modo de dominación política y económica estuvo presente a lo largo de estos 200 años. Al poderío inglés se sumaban algunos sectores que eran francamente personeros de la Corona Británica. Basta pensar que, todavía, para la historia oficial argentina el epicentro de la celebración de la soberanía es el puerto de Buenos Aires.

Chuquisaca había dado el grito libertario exactamente un año antes. Y que, en 1824, el hombre fuerte de Buenos Aires era Bernardino Rivadavia, señalado como agente británico por muchos historiadores revisionistas. No era una acusación caprichosa, sino basada en la correspondencia y los pasos dados a favor de los comerciantes ingleses asentados en el puerto y por su relación de obediencia a lord John Ponsomby, quien llegó a Buenos Aires en 1826 como ministro de la Gran Bretaña en esa ciudad.

Rivadavia fue nombrado presidente en base a una constitución apadrinada por Ponsomby. Esa norma tuvo una existencia más que efímera pero sirvió para dar respaldo a la firma de la primera deuda contraída con la banca inglesa. El empréstito con la Baring Brothers, firmado el 1º de julio de 1824, no fue precisamente para solventar los gastos de las guerras independentistas sino para que el Estado porteño pagara las obras de infraestructura necesarias para consolidar la dependencia. Pero no sólo eso, el endeudamiento fue un acto de corrupción que abrió un camino sin retorno. Rivadavia era enemigo declarado del libertador José de San Martín y lo demostraba de modo enfático. Un año antes de contraer el empréstito, cuando San Martín, despreciado por la burguesía porteña, había renunciado a ser el jefe del Ejército de los Andes. Antes de partir al exilio, quiso pasar por Buenos Aires para ver a su esposa enferma. Pero Rivadavia le negó la entrada a la ciudad.

Es preciso salir de las versiones infantiles que muestran una pelea personal con el Libertador. En ese mismo momento, Rivadavia instruía a sus diplomáticos en el Alto Perú para restar apoyo a la campaña que seguían Simón Bolívar y a Antonio José de Sucre. Al punto tal que, pocos meses después de la firma del empréstito con los capitales ingleses, el gobierno de Buenos Aires no apoyó la liberación del Alto Perú coronada en la batalla de Ayacucho.

La diplomacia británica tuvo sus personeros no sólo en Buenos Aires sino en Río de Janeiro, Montevideo y otras ciudades claves del sur de América.

La secuencia de adaptación de estas tierras al modelo hegemónico inglés tuvo en el endeudamiento una palanca clave. Si hubo un momento de quiebre de esa historia fue la década de gobierno constitucional sin proscripciones de Juan Domingo Perón (1946-1955) que nacionalizó el Banco Central (creado con el protocolo de Sir Otto Niemeyer), el comercio exterior y los ferrocarriles entre otros servicios claves manejados por los británicos. El 9 de julio de 1947, Perón pagó los últimos compromisos con la Baring y dejó al país sin deuda pública con el exterior. En 1955 fue desalojado por un golpe de Estado que, sin necesidad y de modo inmediato, contrajo préstamos contingentes con el Fondo Monetario Internacional. La deuda hizo explotar la crisis de diciembre de 2001, que tuvo a su presidente Fernando De la Rúa y al ministro de Economía Domingo Cavallo como figuras señeras de la entrega. Una segunda línea de ministros y funcionarios claves eran banqueros o representantes de las finanzas. La Argentina entró en default y la regresión social y económica fue fuertísima.

Medio siglo después de iniciada la nueva etapa de endeudamiento externo a través del FMI -esta vez bajo la hegemonía de Estados Unidos y no de Inglaterra-, la Argentina comenzó el camino del desendeudamiento con Néstor Kirchner como presidente. La Argentina, desde entonces, dio pasos decisivos para retomar un camino donde la soberanía política vaya de la mano de la soberanía económica.

Durante años, quienes se opusieron a las vergonzosas maniobras de endeudamiento, levantaron la bandera de “no pagar la deuda ilegítima”, constituida por negociados fáciles de demostrar si los estrados judiciales fueran realmente independientes de los poderosos de las finanzas y de visiones políticas antinacionales. Sin embargo, los diversos cambios de títulos públicos hicieron que los tenedores de aquellas deudas contraídas de modo ilegítimo no sean quienes hoy son acreedores. No es este el único obstáculo para discernir entre deuda legítima y la ilegítima. La realidad latinoamericana fue cambiando a partir de gobiernos democráticos, muchos de ellos con sesgos populares y hasta revolucionarios. La deserción de los proyectos nacionales de incipientes burguesías hace dos siglos es también un tema del presente. Argentina optó por un modelo de crecimiento diversificado, de acumulación con fuerte inversión pública y de distribución del ingreso a favor de los sectores de más bajos ingresos y de estímulo a las industrias locales. En ese contexto, es preciso revalorar la línea de acción iniciada por Perón durante su primer gobierno en materia de desendeudamiento. Del mismo modo, es preciso reconocer una continuidad histórica entre los sectores que intentan poner palos en la rueda para que las reservas de libre disponibilidad del Banco Central sean utilizadas para cancelar compromisos externos y para hacer lobby a favor de los intereses de los llamados fondos buitres a la hora de la negociación de los tenedores de títulos que quedaron fuera de la negociación de 2005 y que hoy mayoritariamente se volcaron a la oferta hecha por el gobierno.

No es preciso echar culpas por omisión y considerar que todos los sectores políticos o empresariales que se interponen a este proceso son enemigos de la democracia y la Nación. No es bueno caer en visiones maniqueas. Tan malo o peor es desconocer las conductas en la perspectiva de la historia. El gran intelectual argentino Raúl Scalabrini Ortiz, en Política Británica en el Río de la Plata dijo en 1938: “La historia contemporánea es, en gran medida, la historia de las acciones originadas por la diplomacia inglesa. Ella está instigando rivalidad, suscitando recelos entre iguales, socavando a sus rivales posibles, aunando a los débiles contra los fuertes eventuales: en una palabra, recomponiendo la estabilidad y la solidez de su supremacía. La diplomacia inglesa no reconoce amigos ni la cohíben los agradecimientos naturales. Quien se apoye en ella para medrar pagará muy caro el apoyo. Bernardino Rivadavia fue un prócer que facilitó en mucho la tarea diplomática de Inglaterra. Cuando Rivadavia vio, al final de su presidencia, que la compulsión inglesa lo había arrastrado hasta la más terrible impopularidad y se sintió precipitar al vacío, aprovechó las últimas energías para vengarse. La diplomacia inglesa no lo perdonó nunca y fue implacable. El 15 de julio de 1827 Lord Ponsomby escribía a George Canning, por entonces Primer Ministro inglés: ‘confío en que esta aparente prevención contra Inglaterra cesará cuando la influencia y el ejemplo del señor Rivadavia sean completamente extinguidos”. Es decir, Ponsomby condenaba a su, hasta entonces amigo, Rivadavia. Cinco días después, renunciaba a la presidencia y nunca reveló qué lo hizo variar de posición. Lo cierto es que de allí en más vivió exiliado, primero en Río de Janeiro y luego en Cádiz, sin que los historiadores argentinos pudieran conocer su testimonio de la trama de intereses que representó.

En 1973, cuando ganó las elecciones el delegado personal de Perón, Héctor Cámpora, el Consejo Deliberante de la Ciudad de Buenos Aires cambió el nombre de la calle Canning por Scalabrini Ortiz. Todavía, para nombrar el asiento presidencial, suele llamárselo el sillón de Rivadavia. El Bicentenario es un buen momento para consolidar los cambios.
 

COMENTARIOS (24)

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