Jueves 27 de Abril de 2017 - 02:18hs. - República Argentina Edición # 1658

Revista #38 Mayo 2010 > Historia

Las primeras cien velitas

Dos caras muy diferentes de la Argentina mostró la celebración del Centenario de la Revolución de Mayo. Por un lado, un país que se perfilaba como potencia pujante y con futuro promisorio, y por el otro, la tensión generada por grandes sectores de la sociedad -en especial los obreros- que se veían excluidos de toda esa grandeza.


Por Luis Freitas

“Europa, cesa de admirarte; en el mundo hay algo más que tú. Mira por encima del océano y contemplarás los vigorosos latidos del embrión del porvenir”. Con estas palabras el español Vicente Blasco Ibáñez describía la Argentina de 1910, a la que había llegado con la única misión de escribir la detallada crónica de los festejos del Centenario.

Esa época estuvo caracterizada por un estado conservador y elitista y un sistema de fraude electoral que si bien había servido para mantener en el poder el proyecto político de la oligarquía, empezaba a hacer agua por todos lados. La fecha patria fue utilizada entonces por el gobierno para mostrar al mundo entero la grandeza alcanzada. El optimismo oficial se reflejó en los ambiciosos festejos, que incluyeron recepciones y banquetes de gala, congresos y exposiciones, inauguración de monumentos, funciones teatrales extraordinarias, ceremonias religiosas, marchas civiles, desfiles militares.

En la semana previa a los festejos al puerto de Buenos Aires llegaron vapores procedentes de todo el mundo: Nueva York, Amsterdam, Marsella, Génova, Liverpool. Entre ellos el transatlántico francés Cordillerè y el crucero acorazado Ykoma, perteneciente a la marina imperial del Japón y célebre por sus recientes victorias contra los rusos.

El Hotel Majestic, el más importante de la Avenida de Mayo -con sus ascensores de bronce y su lujoso roof garden- fue el elegido para dar alojamiento a las delegaciones. Allí se instalaron el presidente de Chile, Pedro Montt; Ramón del Valle Inclán; el citado Blasco Ibáñez; Eugenio Larrabure y Unaue, vicepresidente del Perú); el mariscal Colmar von der Goltz, enviado del Káiser alemán; el profesor italiano Ferdinando Martín, y representantes de Paraguay, Japón y los Estados Unidos. La presencia de la infanta Isabel de Borbón -que se alojó en el palacio de Bary (hoy Duhau), en la coqueta Avenida Alvear- expresaba la reconciliación definitiva con España y su respaldo la importante comunidad española del país, que en ese momento era la que mayor número de inmigrantes tenía, incluso por encima de la colectividad italiana. El único ausente fue el reino Unido, de luto por el fallecimiento del rey Eduardo VII.

El desfile del día 25, realizado en la plaza histórica. Tuvo como marco a centenares de alumnos de las escuelas públicas con delantales blancos y escarapelas. Más de 20 mil efectivos de las Fuerzas Armadas argentinas desfilaron junto a las delegaciones extranjeras. Otro espectáculo impactante fue la revista naval del 27, donde a los buques de guerra se sumaron naves antiguas y curiosas como juncos chinos o trirremes romanos.

No todo lo que brilla...

Pero, además de los festejos, durante la Semana de Mayo de 1910 también se pudo apreciar apreciar un fuerte descontento representado por protestas sociales (durante ese año se registró el número más elevado de huelgas y disturbios). Las organizaciones de trabajadores, mayormente socialistas y anarquistas, aprovecharon para la celebración para hacer oír su voz. Una de las principales demandas era la derogación de la Ley de Residencia, sancionada bajo la presidencia de Roca, que habilitaba al gobierno a expulsar a inmigrantes sin juicio previo y que era usada para contener y reprimir la organización sindical y política de los trabajadores. También se reclamaba la vuelta al país de los dirigentes obreros expulsados y la liberación de aquellos que habían sido encarcelados. Como estrategia la Confederación Obrera Regional resolvió declarar una huelga general para así entorpecer y demorar las obras de infraestructura necesarias para el desfile, las exposiciones y el arribo de los invitados ilustres. La respuesta del gobierno fue dura: se detuvo a los redactores de los periódicos obreros y se secuestraron ediciones completas. Grupos de civiles y militares, amparados por la oscuridad de la noche, asaltaron y prendieron fuego a las oficinas del diario anarquista La Protesta, ubicado en Libertad al 800. Igual suerte corrieron la redacción de La Vanguardia, el Centro Socialista Obrero y la Asociación Obrera de Socorros Mutuos. Mientras tanto, el Congreso declaró un nuevo estado de sitio por tiempo indeterminado. Las manifestaciones fueron reprimidas con violencia, medio millar de dirigentes terminaron en la cárcel y, luego un par de días, la huelga fue derrotada.
El contraste entre la pompa y la represión mostraba la yuxtaposición de situaciones y mentalidades. Los obreros, preocupados por sus acuciantes problemas laborales y la represión de la que eran víctimas, poco se daban a las emociones patrióticas. Del otro lado estaba el establishment económico y político, emocionado por la efeméride pero nada afecto a permitir cambios en la estructura social del país. Sin embargo, dos años más tarde, la sanción de la ley que consagró el sufragio universal masculino, secreto y obligatorio en el país abrió paso por primera vez a elecciones democráticas que terminaron con una larga etapa de fraude permanente y pusieron fin a la democracia restrictiva de la República Conservadora.

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