Jueves 27 de Abril de 2017 - 02:23hs. - República Argentina Edición # 1658

Revista #38 Mayo 2010 > Historia

Reforma y crisis del orden colonial

La decadencia de la Monarquía en España y la invasión de Napoleón en 1808 que introduce en la península el capitalismo, el código civil y las relaciones burguesas de producción, posibilitan la revolución nacional-democrática española.


Por Maximiliano A. Molocznik

No hace falta más que mirar algún antiguo mapa americano para corroborar que nuestra historia se ha desenvuelto en un territorio que alguna vez formó parte de una unidad mayor. Frente a esa constatación surgen, inevitablemente, algunos interrogantes: ¿Qué pasó con esa unidad? ¿Quiénes y cómo instalaron las fronteras artificiales que dividen hoy las naciones hermanas de América del Sur? ¿Esa división es sólo resultado del infortunio o lo es también de la derrota nacional y la actitud balcanizadora de los distintos imperialismos?

La primera respuesta surge casi de una obviedad: somos argentinos porque fracasamos en el intento de ser americanos.

Entender qué pasó con ella, responder a la pregunta ¿por qué América Latina no es un país? y -a la luz de la presente celebración del Bicentenario- reflexionar sobre aquel pasado, sus luchas emancipatorias y sus legados para las contiendas políticas del presente, serán los grandes desafíos, aunque esta tarea sea boicoteada por filósofos posmodernos, historiadores mitristas, sociólogos del coloniaje, periodistas cipayos o economistas predicadores del neoliberalismo. Ellos son el discurso del poder y ese discurso es el que nosotros debemos cuestionar.

Entonces, tendremos que visualizar con claridad los proyectos en pugna, es decir, conocer a los actores que representaron el drama histórico de aspirar a la “patria chica” por oposición a aquellos que dieron sus ideas y sus vidas para forjar una conciencia nacional latinoamericana.

Para comenzar, examinaremos brevemente la situación del Imperio Español a fines del siglo XVIII. España era un país atrasado que -a diferencia de las otras potencias europeas- tenía una débil burguesía, siempre derrotada en los pocos intentos de arrebatarle el poder a los feudales (Comuneros de Castilla-Hermandades de Valencia). El núcleo duro del poder era la unión entre la monarquía, la Iglesia y la nobleza parasitaria. Toda la vida económica de la nación se sustentaba en los galeones cargados de metales que cruzaban el Atlántico.

El absolutismo monárquico tuvo su máxima expresión en el rey borbón Carlos III. Generador de leyes y reformas que apuntaban a la modernización de España, debió luchar contra las grandes fuerzas feudales en una puja y un compromiso permanente que se logró a costa de mantener en cero el desarrollo industrial. El monarca intentó contagiar a España del espíritu de modernidad que soplaba desde la Francia revolucionaria.
El despotismo ilustrado español de Carlos III, rodeado de brillantes ministros (Conde de Aranda, Floridablanca, Campomanes, Jovellanos) intentó modernizar el país “desde arriba”, utilizando la formula “todo para el pueblo, pero sin el pueblo”.

Sus principales medidas fueron: comercio libre con todos los puertos libres de España y América y la expulsión de los jesuitas. Esta orden era vista como el enemigo papal ya que conformaba un verdadero Estado dentro del Estado. Sus acciones estaban en franca oposición al regalismo borbónico que rápidamente se convenció de que no podría controlarlos y de la necesidad de capturar el cuantioso patrimonio económico de la orden en América.

Carlos III realizó también reformas políticas creando nuevos virreinatos que se sumaron a los antiguos de Nueva España y del Perú. Creó las capitanías generales de Venezuela (1761) y Cuba (1764). A partir de 1782 los virreinatos se dividen en Intendencias. Al intentar suprimir la venta de cargos, el rey trató de recuperar la influencia perdida en manos de las elites de las antiguas ciudades coloniales que lograban hacer hereditario el cargo de cabildante. Los Borbones intentan profesionalizar el ejército y fortalecer la marina. Para ello, crean nuevas bases navales (Montevideo, San Juan de Puerto Rico y Talcahuano).

En el marco de esas reformas se crea el Virreinato del Río de la Plata. Hasta 1776, el actual territorio argentino había formado parte del Virreinato del Perú. Buenos Aires será la capital de la nueva entidad política. A su vez, se lo subdivide en ocho intendencias: La Paz, Cochabamba, Charcas, Potosí, Asunción del Paraguay, Salta del Tucumán, Córdoba del Tucumán, y Buenos. Aires, y cuatro gobernaciones político-militares (Montevideo, Misiones, Moxos y Chiquitos). Entre 1778 y 1794 se crean la Aduana, la Audiencia y el Consulado de Comercio.

El Río de la Plata es un claro ejemplo de cómo las reformas borbónicas intentan aunar objetivos políticos y administrativos. El primero, por el lugar estratégico que representa para el comercio la desembocadura del Río de la Plata, mientras que con el segundo, se busca facilitar el control y la fiscalización de la vida política y económica.

Es en ese marco en el que debemos ubicar las invasiones inglesas. Gran Bretaña, en pleno proceso de desarrollo industrial, necesitaba nuevos mercados para sus manufacturas. Esta situación se profundiza en 1806 frente al bloqueo continental que Napoleón impone cerrando los puertos para evitar el ingreso de esas manufacturas y así debilitar a su enemigo británico.

Los ingleses invaden el Río de la Plata en junio de 1806 con mil quinientos y ocupan la ciudad mientras el virrey Sobremonte huía hacia Córdoba. Los principales focos de resistencia fueron organizados por Juan Martín de Pueyrredón y Santiago de Liniers, quien cruzó hacia la Banda Oriental buscando reunir una fuerza militar capaz de derrotar a los británicos.
El 12 de agosto de 1806 con las tropas al mando de Liniers se inician combates intensos en la zona de Retiro, obligando a los británicos a refugiarse en el fuerte y a su posterior rendición el 14 de agosto. Luego de la derrota los vecinos de Buenos Aires, reunidos en un Cabildo Abierto, deciden deponer a Sobremonte y nombrar virrey a Liniers.

Un año más tarde se producirá una nueva invasión. El 28 de junio de 1807 ocho mil soldados británicos desembarcan en Ensenada arrollando a las fuerzas que le presenta Liniers en combate en la zona del Riachuelo y Corrales de Miserere. El 5 de julio los británicos entran en la ciudad siendo hostilizados por la población y dando origen a la resistencia urbana conducida por Martín de Álzaga. Esta resistencia popular obligó, nuevamente, a los británicos a rendirse.

Las invasiones inglesas serán, entonces, la primera manifestación de guerra nacional en el Río de la Plata. Allí, en el origen de las milicias y el consecuente proceso de militarización, debemos buscar no sólo la génesis del ejército sino también el sentimiento de nación que se robustece combatiendo a las tropas británicas. Serán estos hombres (terratenientes, tenderos e intelectuales), que aprenden a manejar las armas combatiendo contra una fuerza que habla una lengua extraña, los que abren el camino a los sucesos de Mayo.

En España, la muerte de Carlos III y la llegada al trono Carlos IV y el preferido de su esposa, Godoy, vuelven a enfrentar a las dos tendencias en pugna en el gobierno español: el liberalismo borbónico y la reacción feudal.
Este hecho es fundamental para comprender el desarrollo ulterior de los acontecimientos: en Buenos Aires se encontraban presentes, antes de 1810, ambas tendencias. Por un lado la burocracia virreynal íntimamente ligada a los comerciantes monopolistas a su vez relacionados con los reaccionarios de la metrópoli (España negra). Por otro, la pequeña burguesía liberal, discípulos de los ministros de Carlos III y de tendencia modernizadora primero y revolucionaria después (Belgrano) junto a una incipiente pequeña burguesía jacobina (Moreno-Castelli).

En su lucha contra Inglaterra, Napoleón Bonaparte invade España en 1808 y lleva a la península los vientos de los nuevos tiempos: capitalismo, código civil y relaciones burguesas de producción. Todo el edificio dinástico se cayó como un castillo de naipes generándose -vía Godoy- un apoyo del sector ilustrado de la nobleza liberal española, “los afrancesados”, a Bonaparte. Estos comulgaban con las ideas económicas de la burguesía, pero no así con la idea de la soberanía popular.

Es en este cuadro de descomposición del poder dinástico español, que hará eclosión el 2 de mayo de 1808, cuando el pueblo español inicia su revolución nacional-democrática, donde debemos ubicarnos para entender la Revolución de Mayo. Ésta -como decía el viejo Alberdi- no es más que un momento de la revolución democrática española que, a su vez, constituye un episodio más de la Revolución Francesa.
 

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