Domingo 26 de Marzo de 2017 - 08:05hs. - República Argentina Edición # 1626

Revista #38 Mayo 2010 > Historia

San Martín: Cartas del exilio

“Sacrificaría mil veces mi existencia para sustentar la República”


La historia argentina está tejida con actitudes y hechos que oscilan entre lo deleznable y lo ejemplar; la pueblan éxitos nunca reconocidos y fracasos estruendosamente fabricados: los reconocimientos fueron otorgados a los elegidos del poder. Lo supo José de San Martín; lo supieron algunos más. Las disputas por el poder simbólico se instalaron un 25 de Mayo de 1810: su ferocidad inicial, con sus más y sus menos, se arrastra hasta nuestros días.

El Libertador de media América del Sur fue víctima de un alud de difamaciones y mentiras: contemporáneos suyos le negaron el pan y la sal. El 5 de agosto de 1838, desde su residencia en Grand-Bourg, le escribe a Juan Manuel de Rosas que a los dos meses de su llegada a Mendoza el gobierno instalado entonces en Buenos Aires (Martín Rodríguez – Bernardino Rivadavia), estableció “un bloqueo de espías”, entre los cuales uno de sus criados. Simultáneamente le inició una guerra “poco noble” desde los diarios oficialistas y de los propios documentos ministeriales: un soldado afortunado se proponía someter la república a un régimen militar, era la acusación. La oposición al gobierno no era mejor: se servía de su nombre sin su conocimiento.

San Martín creía, y no dejó de repetirlo en varias cartas, que su “pecado” era haber “tomado demasiada parte en la revolución”, o dicho de otra manera, haberse destacado más de lo que otros podían soportarlo. Ya establecido en Europa, supo de voces difamatorias originadas en el Plata: estaba procurando establecer una monarquía y coronarse. En carta a Tomás Guido desde Bruselas, del 6 de enero de 1827, declara indignado: “sacrificaría mil veces mi existencia para sustentar la república”. Está perplejo: “qué pasa en esa tierra”, le pregunta a don Tomás, su viejo camarada: “he sido saludado con los saludables epítetos de ladrón y tirano”. A pesar de todo, “amo esos países y me intereso mucho, mucho por su felicidad”. Antes, el 28 de diciembre de 1826, le había escrito de su escepticismo; con una pizca de ironía le recomendaba tener paciencia si esperaba que le reconozcan sus servicios a la patria.

Cuando retorna en 1829 a Buenos Aires, convidado por el gobierno y varios amigos, creyendo que esta vez le sería posible establecerse, se encuentra con una guerra civil y decide no intervenir en ella, porque hacerlo suponía tomar partido. Opta por un nuevo ostracismo. El fusilamiento de Manuel Dorrego había provocado una reacción en la provincia de Buenos Aires que Juan Lavalle no pudo imaginar y que lo estaba desbordando. Años más tarde, en carta a Ramón Castilla, desde Boulogne-sur-Mer, del 11 de septiembre de 1848, declara que con sus 71 años y “una salud enteramente arruinada”, por añadidura casi ciego, espera que su descanso definitivo sea en su tierra. Pero no tiene ninguna certeza.

Volver a la patria es una obsesión de San Martín. Precisamente un 5 de abril de 1829, año aciago porque se frustra su deseo de quedarse, desde Montevideo, a la espera del navío que lo llevará a Inglaterra -en Europa planea permanecer otros dos años hasta concluir la educación de su hija-, le escribe a Bernardo O´Higgins, “Al cabo de ese tiempo retornaré”. No pierde la esperanza.

En la citada carta al héroe chileno, afirma San Martín estar convencido que los males que afligen los nuevos Estados de América dependen menos de sus habitantes que de las constituciones que los rigen. A los pueblos no se les debe dar las mejores leyes (obviamente: mejores en el papel) sino las más apropiadas a su cultura y sus hábitos, a sus modos de ser. En carta no datada dirigida a Andrés Santa Cruz, insiste: “las instituciones no están de acuerdo con la educación, las castas, la religión, la ignorancia, etc., de nuestros pueblos”. El 18 de diciembre de 1826, desde Bruselas, se dirige a Guido; opina que de los tres tercios de habitantes que se compone el mundo, dos y medio son ignorantes y el resto bufones, con una pequeña excepción de hombres de bien. Su imagen de la humanidad no es la mejor. En una posterior, del 6 de enero de 1827, dirigida al mismo corresponsal, recuerda haber previsto la “gran crisis” que se desencadenó al finalizar la guerra de la emancipación: era inevitable, escribe, visto el atraso y los elementos de que se compone la masa de la población, huérfana de leyes fundamentales, a lo que hay que acrecentar las pasiones individuales y locales generadas por la revolución. Y agrega: para defender la libertad y sus derechos son necesarios ciudadanos capaces de sentir el valor intrínseco de los bienes que proporciona un gobierno representativo.

San Martín objeta las instituciones vigentes. ¿A cuáles se refiere? Un primer aviso lo proporciona la proclama dirigida a los chilenos, datada en Valparaíso el 22 de julio de 1820: “el genio del mal os inspiró el delirio de la federación”. Esta palabra, agrega, está impregnada de muertes y significa ruina y devastación ¿Por qué la “federación” o federalismo, como se lo conoce en la Argentina, no es viable ni convoca a la paz? Su respuesta: en un país desierto, lleno de antagonismos y antipatías locales, carente de saber y experiencia en los negocios públicos, por añadidura desprovisto de rentas para atender razonablemente los gastos del Estado, la federación conduce a las disputas que ensangrientan la tierra. En carta no datada a Godoy Cruz es más que categórico: “Muero cada vez que oigo hablar de federación”.

El Libertador no cree en ficciones institucionales ni en instituciones que de hecho, a su modo de ver, agravan los problemas, o los crean. En la carta que le escribiera a O´Higgins el 5 de abril, expresa: “las agitaciones resultantes de 19 años de tentativas en procura de una libertad que nunca existió”, hace que todos los hombres, que ven sus fortunas “al borde del precipicio y su futura suerte cubierta por una funesta incertidumbre”, clamen por un gobierno fuerte, “en una palabra, militar”, porque quien se ahoga no repara en qué agarrarse. Esos hombres están de acuerdo que de los dos partidos en pugna uno debe desaparecer. Por eso, dice premonitoriamente, es preciso encontrar “un brazo vigoroso” que salve a la patria de los males que la amenazan. Rosas estaba anunciado.

Mentado el Restaurador de las Leyes, debe decirse que San Martín tuvo con él una numerosa correspondencia. Aprobó la defensa que hizo Rosas de la soberanía amenazada por las intervenciones extranjeras; hizo la donación de su espada, un poderoso símbolo de su apoyo. Incluso ofreció sus servicios personales. El 2 de noviembre de 1848 le escribe desde Boulogne-sur-Mer: “sus triunfos son un grande consuelo para mi decrépita vejez”. El 6 de mayo de 1850 le manifiesta sentirse orgulloso “al ver la prosperidad, la paz interior, el orden y la honra restablecidos”. Pero años antes, el 21 de septiembre de 1839, dirige a su amigo Goyo, estas palabras: “tengo la certeza que el gobierno de Buenos Aires se apoya exclusivamente en la violencia”. La desaprueba. Al mismo tiempo desaprueba que el hijo de cualquier país se una a cualquier nación extranjera para humillar su propia patria.

La correspondencia desde el exilio es vasta. Aquí, sólo una aproximación.

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