Martes 22 de Agosto de 2017 - 11:46hs. - República Argentina Edición # 1775

Revista #8 Julio 2007 > Historia

Ser o not to be

El peronismo en el siglo XXI


Por Oscar Castellucci

Es preocupante que para abordar este tema prospectivo pueda desempolvar y recuperar casi íntegramente un artículo escrito hace casi dos décadas (1989). Porque esto significa que, o como analista tengo una notable clarividencia o, como mejor parece aunque melle mi ego, que estamos parados en el mismo lugar después de haber girado en círculos durante tantos años.

Decía entonces :

«Todo sistema social contiene dos características antagónicas: es, a la vez,mutable e inmutable. Existe y se desenvuelve en la permanente tensión de las fuerzas que tienden a mantener las cosas inmodificadas -las conservadoras- y las que lo impulsan al cambio permanente. Del equilibrio entre ambas (y no de su neutralización) sobreviene la identidad.

Una auténtica transformación positiva sólo será posible conservando la identidad y sin bloquear la tendencia al cambio. Siempre se partirá de algo dado, se irá de una realidad a otra realidad.

Todo sistema social se balancea, entonces, entre lo tradicional (lo que fue recibido como herencia) y la acción modificadora de la comunidad (nunca del individuo aislado). Así, el orden resultará de la regulación de ese balanceo y jamás de la imposición antinatural de la inmutabilidad estéril. Aunque, es cierto, el factor tradicional condiciona a la acción modificadora para preservar al sistema de la pérdida de la identidad.»

A fines del siglo XIX, al calor de la lucha contra el sistema que se expresaba políticamente en el PAN (Partido Autonomista Nacional), nació la Unión Cívica Radical que, bajo la égida de Hipólito Yrigoyen, condujo esa tensión entre lo mutable y lo inmutable de aquel sistema social. A contramano de los intereses conservadores de la “generación del ochenta” (la inmutabilidad, siempre interesada y en beneficio de las minorías) inició un proceso de transformación, de ampliación de los derechos políticos, de inclusión social (la mutabilidad, el cambio, deseado e inspirado en los sectores medios), que se prolongó, con algunas contradicciones, hasta su muerte.

Después, sin su conductor, la UCR se “alvearizó”, se integró al sistema, limando todas y cada una de sus aristas ásperas. Así, el movimiento que, frente al fraude electoral sistemático de los conservadores, se planteara llegar al gobierno por un golpe cívico militar o hacer que la democracia fuera una realidad (logró con su presión la sanción de la Ley Sáenz Peña), terminó siendo un socio menor del fraude y la corrupción de la década del treinta. (No está mal recordar esto al tratar el tema al que nos convoca esta nota).

Una década después, a mediados del siglo XX, ante el vacío que dejara en el campo popular la claudicación de la conducción de la UCR y de la consolidación de un nuevo sector social organizado (los trabajadores), nació el peronismo.

El entonces joven coronel Perón, desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, primero, y electo presidente constitucional tres veces, después, fue el líder capaz de conducir la tensión entre el cambio descontrolado (que parecía proponer una época de transformaciones rápidas y sustanciales) y la tendencia a la inmovilidad anquilosante de las minorías corruptas de la “década infame”.

“En la Argentina, tal como lo plasmara literariamente Leopoldo Marechal, la presencia del peronismo significó la transformación de la masa numeral en pueblo esencial. Es decir, volvió acto su potencia transformadora. Ése fue el resultado del vínculo entre un conductor, Juan Perón, y el pueblo argentino”.
Fue con el peronismo, entonces, cuando se produjo la transformación social desde un sistema injusto y antiético, pero conservando su identidad histórica y cultural, hacia otro en el que, como enumera mi amigo Di Lorenzo, a) se asumió el agotamiento del proyecto agro-exportador, impulsando la industrialización; b) se modificó la estructura económica del país, cancelando la deuda externa; c) se nacionalizaron los servicios públicos; d) se regularon los precios y salarios; e) se universalizaron la previsión social y la salud pública; f) se universalizó, también, y se calificó a la educación; g) se generó una fuerte redistribución del ingreso hacia los más postergados, haciendo realidad aquello de que donde había una necesidad había un derecho. Un sistema en el que las conquistas sociales fueron institucionalizadas en la Constitución de 1949, que llevó a la cúspide de la pirámide normativa a otra Argentina, la productiva, con pleno empleo, salarios justos, protección a la niñez y a la ancianidad, acceso a la salud, a la educación, a la vivienda; dueña de sus recursos naturales y de sus servicios públicos.

Es decir, también es bueno recordar que alguna vez fuimos un país en serio, sobre todo cuando parecemos dispuestos a volver a serlo. Porque siempre es útil tener un espejo en el que mirarse, aunque -de viejo- distorsione un poco y no nos devuelva una imagen del todo nítida.

Eso, y no otra cosa, es el peronismo, aunque este proceso, como el de Yrigoyen, también tuviera sus contradicciones (y alguna vez deberemos comenzar a hablar de ellas como, por ejemplo, de la nefasta presencia de personajes como López Rega).

También como la dirigencia del radicalismo ante la muerte de Yrigoyen, la del peronismo ante la muerte de Perón, comenzó a enredarse en esas contradicciones (que ya habían comenzado a despuntar -siempre es bueno tener memoria- un poco, antes, y mucho, después del derrocamiento de 1955), potenciadas hasta lo inimaginable por la noche del terrorismo de Estado de la dictadura militar que imperó entre 1976 y 1983, y cuyos efectos neoliberales se prolongaron sin solución de continuidad hasta que el “proceso” culminó con la crisis del 2001.

Poco antes de morir, Perón nos había legado su MODELO ARGENTINO PARA EL PROYECTO NACIONAL en el que plasmó esa tensión entre lo mutable y lo inmutable, y nos señaló las herramientas para conducirla hacia un destino que nos incluyera, sino a todos, a la mayoría de los argentinos: un país estructurado sobre valores diferentes.

En ese documento, no casualmente, nos recordaba que la contradicción principal era neocolonialismo o liberación (¿qué habrá cambiado desde entonces -para bien de los argentinos, claro- para que algunos supongan que ha dejado de serlo?), y que “comunidad liberada” equivalía entonces al originario concepto de comunidad organizada, haciendo con esto referencia, una vez más, a la liberación humana, nacional y social que, no alcanzada (para darse cuenta basta que seamos capaces de vernos a nosotros mismos con nuestra propia mirada), se supone que debería seguir siendo el objetivo último del peronismo. Adaptada a los nuevos tiempos y a las nuevas situaciones internacionales, que no son los mismos, es cierto; adaptada pero no tanto como para dejar de serlo ni para pasar a ser exactamente lo contrario tras un artilugio verbal posmoderno.

El problema para el peronismo es que ya no está Perón, y que no es fácil jugar un partido como éste sin árbitro.

“La cuestión quedará centrada en la ausencia física del conductor, porque será la discusión teórica y en la ejecución práctica en donde habrá de dilucidarse qué es aquello que deberá cambiarse para que no pierda su esencia revolucionaria (la que le dio origen) y devenga conservador, y qué deberá conservar para no perder su identidad y, con ella, su sentido de ser. Esto, es obvio, no está escrito en ninguna parte y es el desafío que queda por delante.”

Señaló Perón, sin embargo, en su MODELO ARGENTINO nuevas reglas para enfrentar este desafío: incorporó aquello de que “para un argentino no hay nada mejor que otro argentino” en reemplazo del original “para un peronista no hay nada mejor que otro peronista”. Nos obligaba con eso a ampliar la mirada, a quitarnos cubreojos, que sirven para que el caballo no se espante, pero no dejan ver bien el camino. Porque Perón sabía que, sin perder su identidad, el peronismo tradicional, solo, ya a mediados de los ’70, no alcanzaba para impulsar la transformación sustancial que necesitaba nuestra comunidad. Pero no se confundía: los argentinos a los que se refería no eran todos (sí la mayoría) ni tampoco cualquiera. Hay algo que no hay que olvidar cuando nos preguntemos qué será del futuro del peronismo en el siglo XXI: Perón siempre fue transversal (a “derecha” e “izquierda”, si gustan las categorías europeas), pero nunca liberal (ni neo).

No es posible convocar para alcanzar una Argentina justa, que incluya a la mayoría de los argentinos, a los que en nombre de falsos “derechos adquiridos” (bien se sabe cuándo y cómo) se resisten al cambio sólo para preservar -o intentar recuperar vanamente- el privilegio que usufructuaron otrora. Tampoco a los que apelan -para intentar volver a confundir- a un indefinido, y falsamente ortodoxo, peronismo, litúrgico, sólo identificable por la “marchita” y las numerosas menciones vacías de Perón y de Evita, a esos que son como se dice en “El fantasma de Canterville”, “esa careta idiota que tira y tira para atrás”; a los que fueron seducidos (y pronto abandonados) por los dueños del poder neoliberal. Éstos hasta podrían quedarse con el sello del “peronismo” -nunca con “los peronistas”- y hasta podrían aliarse con los otros viejos y nuevos partidos vacíos, de izquierdaderecha o de derechaizquierda, repartiéndose ad infinitum candidaturas y cargos ilusorios, mientras el pueblo, indiferente a ellos, teje su propio destino.

Separado entonces el polvo de la paja, con una mirada amplia de veras, al peronismo le quedaría, entonces, un desafío por delante: actualizar el proyecto liberador sintetizando y expresando las aspiraciones y las necesidades populares, y asumir la responsabilidad de conducirlo para hacerlas realidad, como fue aquella vez, cuando fuimos un país en serio.

“Ésa es la cuestión. Avanzar audazmente en la actualización del proyecto nacional liberador (…) o asumir la ideología del fin de las ideologías que han elaborado nuestros dominadores y que nos condenará a no ser más que pálidos reflejos de lo que ellos dispongan. Si fuera así, habrá que tener en cuenta que los pueblos infatigables e incontenibles como las aguas, reencontrarán por donde sea el cauce de la transformación. La historia no registra casos de permanente inmutabilidad”.

Al fin y al cabo, es interesante a esta altura preguntarnos qué es (y también qué ha sido) el peronismo. Porque allí está la respuesta del qué será. Y respondiéndome digo: quien sea capaz de conducir esta transformación hacia una sociedad justa, pueblocéntrica, será el peronismo. Se llame como se llame a sí mismo, o como lo llamen los demás, porque la liberación no ha sido nunca, ni será jamás, una simple cuestión de apelativos.
 

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