Domingo 26 de Marzo de 2017 - 08:11hs. - República Argentina Edición # 1626

Revista #56 Junio 2013 > Historia

JUREMOS CON GLORIA

En Buenos Aires, hacia el verano de 1813, recrudecían las luchas para darle forma a la gesta patriótica iniciada con la Revolución de Mayo. El espíritu independentista de los revolucionarios de la época chocaba así con sus límites y contradicciones, propias de una nación en plena construcción.


Por Lautaro González

Luego de la Revolución de Mayo de 1810, pasaron más de seis años para consagrar la independencia argentina frente a la colonia española. Desde fines de 1812 los “morenistas” lograron conformar un nuevo Triunvirato que convocó a una asamblea general para el año siguiente.

Se necesitaba una nueva constitución que plasmara los logros obtenidos por los revolucionarios. Así, la reunión de diputados de las Provincias Unidas del Río de la Plata fue convocada por el Segundo Triunvirato, que sesionó en Buenos Aires desde el 31 de enero de 1813 hasta el 26 de enero de 1815. La asamblea se declaró soberana y asumió la representación de las provincias.

Entre sus novedades principales se destacó la ausencia del juramento de fidelidad a Fernando VII. Además, tras la aprobación del uso del escudo y la moneda nacional, la conformación del himno, la abolición de la inquisición y torturas, se sumó la supresión de los títulos de nobleza y la libertad de vientres. Se derogó la mita, el yanaconazgo y el servicio personal de los indios bajo todo concepto, sin exceptuar el que prestaban a las iglesias o a los párrocos. También se destacó el marcado “americanismo”, tal como se expresaba en el juramento convocante.

La soberanía popular ante todo

Después de producirse los hechos del 25 de mayo de 1810, una de las principales ideas que giraba en torno a los debates entre revolucionarios, fue la de redactar una constitución. Esto a los fines de hacer efectivo el principio de soberanía popular, y dar así el puntapié inicial para la declaración de la independencia. Tras los acontecimientos políticos que se desencadenaron debido al triunfo revolucionario en la batalla de Tucumán a manos del General Manuel Belgrano, sumados a los esfuerzos de la Logia Lautaro, se efectivizó la convocatoria.

Fue entonces cuando el Segundo Triunvirato decretó la cantidad de diputados que le correspondía a cada provincia o ciudad importante, a excepción de San Miguel de Tucumán, a la que le otorgaron la representatividad de dos diputados como recompensa por el triunfo frente al ejército realista. Así, una de las primeras medidas anunciadas por la asamblea fue la de declarar a los diputados como del pueblo “de la Nación”, y no “de las Provincias”.

El 30 de enero de 1813 se realizó una sesión preparatoria en la cual se declaró que los 17 diputados asistentes eran suficientes y se convocó a la sesión inaugural de la asamblea en el edificio del Consulado de Buenos Aires el 31 de enero de 1813. En esta primera reunión estuvieron presentes los diputados Carlos de Alvear, Mariano Perdriel, Juan Larrea, Gervasio Posadas, José F. Sarmiento, Vicente López, Hipólito Vieytes, José V. Gómez, Francisco Argerich, Tomás A. Valle, Juan Ramón Balcarce, José Ugarteche, Pedro Vidal, Bernardo Monteagudo, Agustín Donado, Pedro Agrelo y José Moldes.

El primer presidente fue el diputado de la ciudad de Corrientes Carlos Alvear y sus secretarios fueron los diputados de Buenos Aires Valentín Gómez e Hipólito Vieytes.

Esta asamblea tuvo a su cargo la dirección del gobierno del Río de la Plata, y durante los primeros meses de 1813 su autoridad política fue superior a la del Triunvirato. Con el paso del tiempo, en parte gracias a la prédica de Bernardo de Monteagudo, la asamblea decidió ceder la iniciativa al Poder Ejecutivo: suspendió varias veces las sesiones y dejó en libertad al Triunvirato para gobernar sin limitaciones.

Ya en 1814, el Poder Ejecutivo creó el Directorio, de claro corte unipersonal, para el que eligió a uno de los miembros más nuevos del Triunvirato, Gervasio Posadas, quien gobernó sin consultar casi nada a la asamblea.

Así el poder de estos “diputados de la nación” perdió peso y los objetivos para los cuales había sido convocada se cumplieron parcialmente. Esto se debió a la vuelta al trono de España del rey Fernando VII quien restauró el absolutismo en Europa con la promesa de acabar con cuanto revolucionario hubiese aparecido ahí y en el resto de América Latina. Ante esto, surgieron dos grupos dentro de la Logia Lautaro: por un lado, el General José de San Martín nucleó a un sector reducido de diputados favorables a declarar la independencia y establecer una constitución, y por el otro, el General Carlos de Alvear, quien agrupó a un número mayor de diputados, quienes en vista de los sucesos prefirieron postergar estos anhelos libertarios.

Estos cambios en la política internacional fueron una de las causas principales de la falta de ímpetu a la hora de declarar la independencia y sancionar la Constitución Nacional.

Independencia retrasada

La Asamblea General Constituyente de 1813 introdujo profundos cambios políticos y sociales. Pese a las dificultades, la independencia estaba cada vez más cerca. La reunión de diputados obtuvo objetivos de real importancia para el desarrollo de las instituciones del Río de la Plata. Al proclamar la teoría de la representación política, declaró el principio de la soberanía del pueblo y resolvió la libertad de las provincias rioplatenses.

En relación al problema de la esclavitud, los diputados promotores de su abolición anunciaron que la primera medida sería la liberación de todos los esclavos en el territorio nacional. Si bien este anuncio provocó la protesta de Brasil, principal beneficiario del comercio negrero de América del Sur, se declararon libres los hijos de los esclavos nacidos en territorio de las Provincias Unidas después del 31 de enero de 1813. A pesar de este hecho, la esclavitud se aboliría definitivamente con la sanción de la Constitución Nacional de 1853, en las provincias, y en 1861 en Buenos Aires.

No se puede pasar por alto que la presión brasilera venía de la mano de Inglaterra, a través del embajador en la Corte portuguesa que estaba en Brasil, Lord Strangford. Este ejercía una influencia importante en cuanto a la situación argentina, con el hecho de suspender definitivamente la esclavitud. Inglaterra, a principios de 1813, tenía como objetivo central formar un bloque lo más amplio posible contra Napoleón, sin profundizar las contradicciones con la monarquía española, aunque todavía estaba preso Fernando VII.

Las contradicciones en el seno de los revolucionarios también fueron un factor decisivo para retrasar el proceso. Recordemos uno de los actores principales del Mayo de 1810, el más importante de ellos, Mariano Moreno, quien fue asesinado en alta mar porco tiempo después de ser declarada la Revolución y formado el gobierno patrio. Aunque desde un primer momento en Buenos Aires coexistió una profunda voluntad revolucionaria de algunos sectores (Moreno, Castelli, Monteagudo), al mismo tiempo sobrevolaba un anhelo por conformar un gobierno centralista que propiciase el control político desde Buenos Aires a fin de hacer más viable la expansión de la revolución. Esto estaba ligado a los intereses portuarios y de comercio exterior que desde Buenos Aires se promulgaban.

De aquí viene la contradicción con Artigas, ya que los delegados de la Banda Orienta fueron con instrucciones precisas de declarar la independencia y conformar un régimen confederal que no tuviera sede en Buenos Aires. Artigas pensaba que tenía que predominar un régimen donde todas las provincias se integraran en un pie de igualdad, y hubiera un gobierno central con menos facultades.

Fue por eso que con este tipo de planteos fueron rechazados los delegados de la Banda Oriental. Estos sucesos fomentaron de algún modo la debilidad de todo el proyecto. Hacia 1815 el artiguismo se amplió con Córdoba, Santa Fe y otros sectores que no participaron del Congreso de Tucumán. Así la asamblea quedó limitada y trunca en sus objetivos fundamentales.

Hacia un futuro nacional, popular, federal y democrático

Con la conformación de la Asamblea del Año XIII fue la primera vez que se puso de manifiesto la voluntad popular nacional, que luego se repetiría en el Congreso de 1816, con sus aciertos y limitaciones. La asamblea representó un momento de expansión de derechos en la Argentina. Si bien parte de su espíritu ya se encontraba en los escritos de Moreno en La Gazeta, en Declaraciones de la Junta, en los textos y en los discursos de Castelli, representó el impulso democratizador a sabiendas de sus contradicciones.

Sin ninguna duda el bicentenario del nacimiento de la patria ha promovido debates y tomas de conciencia. Han vuelto a adquirir visibilidad y una enorme dimensión política-ideológica. A partir de la aparición de la asamblea asomaron dos bandos claramente diferenciados: por un lado los Pueblos del Interior, decididamente federales, republicanos y democráticos, y por el otro los hombres prominentes de Buenos Aires, que al trasluz de sus propios intereses propiciaban una monarquía, española, francesa o inglesa, al frente de un gobierno decididamente centralista que les asegurara la libertad de comercio y un reconocimiento europeo de su linaje español.

Hoy, debemos rescatar el espíritu de la asamblea como la materia prima de todo lo que vino después. Es allí donde anida el esfuerzo revolucionario por constituirnos como nación, más allá de las diferencias planteadas anteriormente. Porque las transformaciones producidas en los últimos años, al son de recuperar valores democráticos y en especial de derechos humanos, nos llevan naturalmente a reivindicar la importancia de esta reunión de diputados a principios del siglo XIX. Sus resoluciones significan lisa y llanamente el conjunto de medidas que conforman los aspectos centrales del programa de la Revolución de Mayo.

El mitrismo, en su afán de legitimar nuestra dependencia respecto de Gran Bretaña, pretendió que el programa de los “Hombres de Mayo” fuese el comercio libre. Y si bien la asamblea fue un hecho importante en nuestra marcha hacia la libertad, no puede ignorarse que estos fueron “morenistas sin Moreno”.

Así y todo la revolución continuó entonces en manos de San Martín, quien construyó el ejército latinoamericano que cruzó la Cordillera de los Andes con la bandera de la Patria Grande al hombro. Detrás marcha el proyecto de la América Latina libre y unida por el cual en estos días luchamos.

COMENTARIOS (7)

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crorkz

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