Miércoles 29 de Marzo de 2017 - 04:15hs. - República Argentina Edición # 1629

Revista #33 Noviembre 2009 > Internacional

Gato por liebre

Entre la insurgencia, el opio y los aliados, Estados Unidos intenta gobernar el mapa caótico que Afganistán representa. Mientras tanto, hay premio para Barack Obama.


Nobel de la Paz con Afganistán de fondo

Por Diego Otondo

Faltaba sólo una cosa: que la esperanza fuera premiada. Y lo fue. Barack Obama recibió el premio Nobel de la Paz con tan sólo nueve meses de gestión. Los motivos para tal distinción no fueron ni la política norteamericana en Irak o Afganistán, sino los esfuerzos en “el desarme y la no proliferación nuclear”. El razonamiento lineal admite que un futuro mejor se encuentra en un mundo sin armas de destrucción masiva, aunque su aplicación sea parcial o nula.  Sin embargo, en el plano más mundano y realista y por fuera de los ataques nucleares a gran escala, Estados Unidos no titubeó en enviar a suelo afgano más soldados.

El pantano afgano resulta inquietante y es útil para comprender que, por fuera de los esfuerzos que intentan construir un mundo sin armas nucleares, existen otras realidades, las cuales, por supuesto, incluyen armas, métodos de ocupación y militarización política y social, no previstos por los organizadores del Nobel. Aunque siempre se alude a un futuro mejor en los sermones de Obama, el presente se impone y las soluciones inmediatas no. En Afganistán, por ejemplo, mueren tres civiles por cada soldado de la fuerza ocupante desde 2001 y se despliega un gasto militar de 115.740 dólares por minuto.

Ha sido Afganistán un territorio cuya posición geográfica lo hizo un botín de guerra para cualquier país imperialista o hegemónico. En 1857 Federico Engels le dedicó un capítulo a Afganistán que fue publicado en La Nueva Enciclopedia Americana. Allí recordaba que “ha estado sometida alternativamente al dominio mongol y persa. Antes de que los británicos desembarcaran en las costas de India, las invasiones extranjeras que barrían las planicies de Indostán siempre provenían de Afganistán”. Hasta Gengis Khan tomó esa ruta.  Fue el sha Ahmed quien decidió librarse del yugo persa. En 1748 logró expulsar al gobernador mogol de Kabul. Los ingleses siguieron con la intromisión a través del Imperio Persa, que retomó el control de Afganistán en 1839. La historia continuó en el orden bipolar y postbipolar. Las superpotencias se disputaron la hegemonía en el suelo que Engels describió en el siglo XIX.

Sin fin

El semanario francés “Le Nouvel Observateur” realizó una entrevista en 1998 a Zbigniew Brzezinski, ex consejero nacional de seguridad del presidente Jimmy Carter. Sin mongoles ni persas al acecho, el ex funcionario dijo que “el día en el que los soviéticos cruzaron oficialmente la frontera escribí al presidente Carter, diciendo, en esencia: ahora tenemos la oportunidad de dar a la URSS su Guerra de Vietnam.” El apoyo a Kabul mediante la CIA y el dinero saudí resultó como se esperaba: la derrota soviética. Pero en Afganistán el ciclo histórico no se cerró con la huída soviética, y 2001 significó para Estados Unidos la entrada a un círculo vicioso del que no puede escapar.  

Según el profesor norteamericano Marc Herold, en un 97% de “Afganistán existe una actividad substancial de los talibanes. Las áreas con fuerte presencia talibán aumentó de un 54% en 2007 a 72% en 2008 y a un 80% en 2009...”. Los indicadores demuestran que la autoridad del presidente afgano Hamid Karsai, puesto por los Estados Unidos en 2001, sólo se limita a Kabul. También ponen en evidencia el fracaso norteamericano y aliado, cuyas operaciones no se extienden más allá de la “contrainsurgencia” en los suburbios de la capital.

El intento retórico de una “lucha contra el terrorismo” es absorbido por un punto muerto en el caso de los invasores. Y su solución no supera las fáciles conclusiones de una mayor cantidad de soldados norteamericanos, con la renuencia de algunos aliados, como Francia. El combate permanente carece de sentido. Pero es, al mismo tiempo, el sostenimiento de un miedo permanente lo que lleva a justificar la presencia aliada en Afganistán. Es el sinsentido lo que mantiene vivo el espíritu de la invasión, cuya meta se ancla en un territorio demasiado rico en materias primas como para dejarlo al arbitrio autónomo de Kabul. Es un intento por liderar y gobernar el caos.

El envío de 21 mil soldados más aprobado por Obama se suma a la fuerza de apoyo integrada por médicos, ingenieros y expertos en inteligencia que alcanzan un total de 13 mil. Desde el año 2002, todas las voces han estimulado la hipótesis de que faltan más soldados en tierra afgana. Estados Unidos pasó de 8000 soldados a 20000 en 2004. Al mismo tiempo, las fuerzas rebeldes ganaron territorio y reclutas para la causa. Sin embargo, la política militar asume su rol protagónico en detrimento de una mejora social y económica para el pueblo afgano. El multilateralismo edulcorado que Obama proclama forma parte de un tablero en el que Afganistán no se encuentra, como tampoco Irak. Las decisiones frente a los dos escenarios se manejan unilateralmente, de acuerdo al criterio de Washington como eje de posibles propuestas ulteriores.

La presencia militar es deseable para ocupar una zona tan importante, con un vecindario que se caracteriza por elementos entre los que figuran recursos naturales, programas nucleares y status de potencias en ascenso:  Uzbekistán, Turkmenistán, Tajikistán, Irán, China y Pakistán. Afganistán es la conexión de Asia Central –que representa el 3,4% de reservas de petróleo a nivel mundial- con Asia Meridional, otorgándole sus vecinos una gran preeminencia geopolítica. Estas razones, luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001, permitieron un “reacomodamiento” de las piezas y de las estrategias. En este sentido, el apoyo ruso al gobierno de George Bush para “entrar” en la zona del Cáucaso y Asia Central le permitió a la Federación  tener un protagonismo más activo en Georgia o Chechenia, por ejemplo. El mismo papel le compete a China en su juego: estabilidad en la región, un paradigma que todas las potencias que allí tienen intereses comparten, más allá de la rivalidad y el recelo que provoca la presencia norteamericana.

Más adeptos

Helmand, Bagdhis y Kunduz son provincias afganas en las cuales la resistencia creció y se extendió. El desencanto de la población sumó más adeptos a raíz de la política aliada y como contrapartida a las maniobras del gobierno de Hamid Karsai, que se mueve bajo la corrupción y que no ha hecho nada para mejorar la vida diaria de los afganos. Frente a este panorama, al general Stanley McChrystal se le ocurrió utilizar un método capitalista para contrarrestar la adhesión de la población a la causa talibán: comprarlos con una suma de dinero. Pero la compra que serviría para una expedición mercenaria no tiene el mismo efecto en una resistencia que va más allá del economicismo bélico.

Lo que comenzó como una caza destinada a Al Qaeda como única presa se convirtió, desde 2005, en una respuesta contrainsurgente general, que se divide entre una visión terrorista global (Bin Laden) y una resistencia interior (talibanes). Para salir de la embarazosa situación existen dos caminos: según el vicepresidente Joe Biden, es necesario revertir el mal humor; en cambio, para McChrystal, además de la utilización del dinero como señuelo, es importante responder con fuerza y es necesario reestablecer las fuerzas de seguridad locales y cumplir el objetivo de 400 mil efectivos entre fuerzas militares y policiales, a partir del año 2010.

Al respecto, el 26 de marzo de 2008 se realizó un seminario en Madrid organizado por las embajadas de Canadá y el Reino de los Países Bajos. Allí se analizaron los límites de la contrainsurgencia en Afganistán. Las primeras consideraciones hicieron hincapié en que ya no hay “ningún control estratégico centralizado” y que “los talibán son más jóvenes que hace una década”.

Mariano Aguirre, director de Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior (FRIDE), en base a datos de Naciones Unidas, afirma que “una quinta parte del territorio es altamente insegura para operar. La OTAN y EEUU no controlan gran parte del país. Menos aún el gobierno afgano, cuyo alcance real no va más allá de Kabul. Los talibán y diversos grupos armados no tienen el control total de los territorios inseguros, pero impiden que las fuerzas internacionales afirmen su posición”.

Los esfuerzos primigenios de la OTAN y de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad se concentraron en Al Qaeda, dejando de lado diferentes aspectos sociales y políticos que desembocaron en una visión militar. Pero el escenario fue mutando hacia una extrema complejidad. El general Richard Dannatt declaró en septiembre de 2008 que la unión en el combate entre la gente y los talibán es “por razones financieras, sociales y tribales”.  Dicha situación no debe implicar una conclusión fácil, donde todo sea lo mismo, porque como indica Dannatt: “un día necesitaremos tratar con ellos y eventualmente reconciliar al gobierno elegido (de Karzai) con la mayoría de ellos” (Mariano Aguirre, FRIDE 2008).

Desde que comenzaron los ataques el 7 de octubre de 2001, el incremento de la resistencia fue proporcional a la intensificación de la represalia norteamericana y aliada. La denominada “guerra asimétrica” fue, con el correr de los años, tomando un color cada vez más oscuro. Recuerdan Astri Suhrke y Arne Strand, del Michelsen Institute, que los ataques suicidas fueron cero en 2002, para pasar a ser: 3 en 2004, 17 en 2005, 123 en 2006 y 137 en el año 2007 (FRIDE, febrero 2008).    

Opio

Pasaron los años y los afganos siguieron con las visitas.  Aunque hace siglos que el opio se cultiva, fue la invasión soviética en 1979 la que dio nacimiento a la producción de heroína en Afganistán de manera no marginal. No bastó para los muŷahidin el financiamiento de los EEUU a través del Inter-Services Intelligence pakistaní, por lo que buscaron en la droga una alternativa. Todo el panorama se agravó cuando la ocupación soviética llegó a su fin y con ello las remesas que imponía el escenario del combate bipolar. Sin embargo, para Naciones Unidas el incremento de opio aumentó de manera considerable a partir de 2001 con la llegada norteamericana. En 2006, por ejemplo, salió de Afganistán el 93% de la heroína que se consume en el mundo.

La fórmula indica que una ocupación incrementó la insurgencia, que la insurgencia se financió  -y así sigue ocurriendo- con vastas extensiones de adormideras o plantas de opio para la producción de heroína, que se exporta a todo el mundo. La solución inmediata que se pregona es la fuerza militar, los ataques aéreos y el aumento cuantitativo de hombres dispuestos a ganar la batalla. El resultado arroja que la espiral de violencia sigue alimentándose con rumbo incierto hacia el futuro. Cada uno de los actores implicados en Afganistán se retroalimentan y se justifican hacia el infinito.

El círculo vicioso está tomando una forma diferente: la insurgencia se está convirtiendo en una insurrección general. El corolario del contexto político, social y económico, con las adormideras como protagonistas, es que se han desplazado los conflictos a zonas que en seis décadas fueron pacíficas, como en la provincia de Kunduz, donde se encuentran las tropas alemanas.  Se suma un panorama que fue creciendo progresivamente con el correr de los años. La fundación antidroga británica DrugScope, por ejemplo, realizó un informe en el que estimó que Afganistán produjo en 2001 185 toneladas de amapola, mientras que en el año siguiente se produjo una suba que llegó hasta las 2700 toneladas.  

Así, mientras el aumento de la resistencia iba de la mano del incremento del cultivo de adormideras para su financiación, la OTAN –para robustecer la situación compleja y variable- en 2008 autorizó el empleo de la fuerza en los casos de connivencia entre el narcotráfico y los grupos insurgentes. Al respecto, la administración de George Bush hijo en el período 2007-2008 incrementó el uso de la fuerza mediante aviones no tripulados. El analista Paul Rogers expresa que Obama en sus primeros meses de gobierno ha tenido la misma política que su predecesor. En este sentido, Pakistán bajo el gobierno de Asif Ali Zardari debe, a los ojos de Washington, mantener una fuerte ofensiva e intensificarla contra los talibanes que se encuentran en suelo pakistaní. Para ello, la Casa Blanca prometió una ayuda económica al gobierno pakistaní de 7500 millones de dólares.

Ante una situación que se caracteriza por caótica, los EEUU bajo el nuevo mandato compensará al escenario bélico y a su ambición con gestos multilaterales: reuniones con el Grupo de los 20 o un compromiso con el cambio climático. El destino será, por ahora, acompañado por “el propósito histórico de los EEUU en el mundo”, como escribiera en la revista “Foreign Affairs” Obama. El presente, y no el futuro, se impone y Afganistán es el telón de fondo de una paz inexistente. Los subterfugios oratorios sirven sólo para una esperanza que con el correr de los minutos se diluye.  La IV Flota en América Latina y bases militares en Colombia son extensiones de una visión y de un “propósito histórico” que la Casa Blanca no abandonó, sino que tansmutó: el miedo de Bush por un discurso esperanzador. Pero ambos representan la personificación de un poder más amplio y complejo que no se agota en una persona.

Dos éxitos

El éxito o no de Al Qaeda es el éxito de los talibanes en el interior de Afganistán. Se estima que existen muy pocas fuerzas que responden a Bin Laden en territorio ocupado. Estados Unidos ha llevado a cabo ataques no sólo en Afganistán, sino también en Yemen y Somalia. Los talibanes tienen una agenda interior sin proyección internacional, al contrario de Al Qaeda.

Raíces          

La resistencia afgana cobró su mayor impulso en el contexto de la revolución iraní. La retórica antiimperialista contra Washington y Moscú atrajo a miles de jóvenes árabes y musulmanes, que se sumaron a la “yihad” contra la ocupación soviética. Fueron conocidos en sus diferentes países como “los afganos”. Más tarde,  Arabia Saudita intentó “evitar la extensión de la influencia de los postulados políticos de la revolución iraní” (Pedro Brieger, “Al Qaeda, un movimiento no tradicional”, Revista de Relaciones Internacionales N° 28, 2005). El recelo con la ocupación soviética continuó con la Guerra del Golfo. Así, los islamistas se pasaron a la oposición del régimen saudí y apoyaron a los talibanes cuando tomaron el poder en 1995.    

 

  

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