Sábado 27 de Mayo de 2017 - 05:00hs. - República Argentina Edición # 1688

Revista #34 Enero 2009 > Internacional

Ilusiones

El panorama post Guerra Fría, la nuclearización y el papel del Grupo de los 20. China y la estructura de poder global. Y los paradigmas que moldearon la cosmovisión norteamericana luego de la implosión soviética.



El Muro, el G-20 y el “nuevo mundo”

Por Diego Otondo

La caída del Muro de Berlín suscitó nuevas maneras de ver al mundo. La forma bipolar que el planeta adquirió luego de la Segunda Guerra Mundial se desmoronó junto con los 155 kilómetros de hormigón que dividían a los berlineses. La implosión de la Unión Soviética devino en imprevisibilidad mundial, en formas caóticas, en conflictos asimétricos. Con cierta melancolía, los ojos están puestos en China, por ejemplo, como la principal contrapartida a la influencia norteamericana, aunque hoy el poder mundial mantiene su estructura y Pekín está dentro de él.

La ilusión de un mundo mejor luego del fin de la Guerra Fría fue sólo eso, un espejismo. La Guerra del Golfo fue el intento de sentar las bases para un Nuevo Orden Internacional que fracasó. Naciones Unidas siguió sometida al poder de la o las potencias de turno. El derrumbe planificado de las Torres Gemelas y la actual crisis económica internacional no fueron el puntapié inicial para una nueva reestructuración mundial, sino que ambas ratificaron el rumbo hacia el corto plazo: Estados Unidos sigue siendo la potencia número uno y su modelo de Estado es el que pone todos sus esfuerzos para el salvataje del modelo financiero y las instituciones que le sirven como sostén.

Final feliz

Nuevos paradigmas o cosmovisiones emergieron de los restos que el Muro había dejado. El establishment norteamericano nutrió al espectro global con nuevos enemigos y nuevos finales. El final feliz de la mano del marxismo quedó en el olvido. Los años noventa mostraron el propagado Consenso de Washington en Asia y América Latina como la normativa para lograr que el Estado se rindiera políticamente al poder económico. En este contexto, el nacionalismo y el fundamentalismo se convirtieron en los males del nuevo mundo y de la modernidad.

El “Estado homogéneo mundial”, como fue catalogado por el politólogo Francis Fukuyama en “¿El fin de la historia?”, intentó dar cuenta de cómo los países postbipolares habían abandonado  “sus pretensiones ideológicas de representar formas diferentes y más elevadas de sociedad humana”.  Ése era el fin de las ideologías en pugna, el triunfo del liberalismo económico que desplazó a la estrategia y a la táctica en el escenario mundial. De 1989 en adelante, es la economía la principal protagonista.

En la época en que Bill Clinton intentó llevar la democracia de mercado como modelo soñado e ideal a cualquier parte del mundo que lo solicitara o no, los paradigmas en los años 90 dieron sustento a la cosmovisión que, más tarde, George Bush hijo llevó adelante durante su mandato. Los enemigos a la vista, casi diez años antes del 11 de septiembre de 2001, ya estaban caracterizados, identificados y divididos en zonas estratégicas. Samuel Huntington en su artículo “Choque de civilizaciones”, de 1993, dividió el mundo en seis o siete zonas y caracterizó a las identidades culturales como fuentes de conciencia violenta, así como Fukuyama vio una “contradicción” dentro del liberalismo a través de los nacionalismos y en la conciencia étnica y racial.

El mundo que nació de la post Guerra Fría no era un escenario que marcara tajantemente la rivalidad entre estados y sus consecuentes enfrentamientos bélicos, aunque el régimen de Sadam Husein fuera uno de los primeros en recibir el bautismo de fuego en la nueva era con la primera Guerra del Golfo. Nació un mundo en el cual las guerras cambiaron: “guerras de la información”, “guerras del conocimiento” o “guerra de tercera ola”, como lo llamaron Alvin y Heidi Töfler.  Todo un bagaje “teórico” que tiene como resultado el universo político-económico que la democracia liberal intenta imponer como único camino.

Por su parte, Anthony Lake –consejero de Seguridad Nacional del presidente Clinton- propuso un proceso ofensivo y económico enmarcado en un contexto polarizado entre la barbarie y el mundo civilizado. Para Lake, el nuevo paradigma – enlargement (ampliación)- debía suplantar a la contención de la Guerra Fría. Las fronteras ya no serían construcciones fijas, sino móviles. La “consolidación de las nuevas democracias”; el bloqueo como parte del contraataque contra “los Estados hostiles a la democracia y al mercado”; la consolidación del “núcleo duro” de las principales “democracias mercados” como los Estados Unidos, Canadá, Japón y Europa; y la ayuda humanitaria en zonas miserables para favorecer el arraigamiento de la “democracia de mercado”. Implícitamente, cualquier postulado contra el terrorismo o los fundamentalismos  se inscribe en un axioma que dice que el mercado es parte fundamental de la constitución del régimen democrático.

Exitoso fracaso

Los caminos condujeron hacia la seguridad y las intervenciones militares tienen, hoy como ayer, la misión de completar un paquete de corte liberal hacia la paz. La reforma del Estado de Derecho, lineamientos democráticos e ideas de sociedad civil liberales, fueron las premisas para el intervencionismo, sobre todo norteamericano. Según Eduardo Aurreen, de la Revista CIDOB d’Afers Internacionals,  “en las economías planificadas, la caída del muro de Berlín, junto con otra serie de acontecimientos concretos propios de cada uno de estos países, marcan el fin de la planificación central como única forma de organización colectiva de la economía y la sociedad”. La ampliación liberal sirve en la actualidad –también en su idea primigenia post Muro-, como un paquete que tiene como fin la estabilidad regional, sea en Afganistán, Irak o los Balcanes en el siglo pasado.

El siglo XXI muestra una estructura a nivel mundial que no visualiza un contrapeso ideológico, a excepción de las gestas específicas en América Latina, como la Alternativa Bolivariana o algunos proyectos en carpeta como el Consejo Sudamericano de Defensa o el Banco del Sur. China como potencial rival, en cambio, es un país  subdesarrollado, su papel es global en lo económico, pero como potencia tiene un nivel regional. Mientras tanto, la Unión Europea no avanza hacia una política de defensa común y sigue siendo dependiente de los Estados Unidos.

El 11 de diciembre de 2001 representó una fecha importante para China desde aquellas reformas iniciadas en 1978: el ingreso a la Organización Mundial de Comercio. En este sentido, los principales objetivos fueron la promoción de un sistema multilateral de comercio abierto y estable,  como así también asegurar las exportaciones en los mercados mundiales en virtud de los acuerdos multilaterales, bilaterales y regionales. Pero China es dependiente de los mercados norteamericanos y europeos para colocar sus exportaciones y, en todo caso, es un competidor.

A pesar del multilateralismo económico y sus derivados liberales políticos, los conflictos no menguaron y se expandieron. Durante la década de los 90,  el “93,5 % de los conflictos armados acontecidos en el mundo entre 1989 y 1998 (101 casos) fueron de naturaleza intraestatal” (Centro Argentino de Estudios Internacionales, Mariano Bartolomé, 2001). La mayoría de los conflictos se desarrollaron en el interior de los Estados. Fueron contabilizados 108 y la mayor cantidad de ellos se pronunciaron en 1991 cuando la Unión Soviética ya era historia. Es decir: la paz liberal no atenuó los escenarios conflictivos e incluso los intensificó años más tarde, luego del 11-S.

Hambre de revancha

En el contexto de la crisis internacional originada por la quiebra de Lehman Brothers y el casino capitalista, el papel del Estado volvió a ser el reasegurador del sistema financiero mundial. El 24 de junio de 2009 Naciones Unidas (ONU) celebró una cumbre en Nueva York. El compromiso sólo fue de los países pobres que enviaron a sus altos representantes; no así las llamadas naciones desarrolladas. La representatividad que ofrece la ONU sigue siendo marginal y no democrática, sobre todo en el Consejo de Seguridad. De la misma manera, los objetivos planteados por el Grupo de los 20 (G20) siguen los lineamientos del sistema financiero para que se consolide y recupere.

Porque para lograr sus objetivos, Estados Unidos necesita ayuda en los temas internacionales que se le han escapado de las manos en el mundo post bipolar. China a partir de la crisis y del G20 reclama para sí cuestiones relacionadas con su participación en las decisiones importantes: más votos en el Fondo Monetario, por ejemplo. Sin embargo, la arquitectura financiera sigue siendo la misma en su concepción. Si Japón, España, el Reino Unido y Estados Unidos aportaron al déficit fiscal como regla para superar la crisis, lo que viene, como objetivo, será una retirada de aquel plan.

En noviembre de 2008 surgió de la reunión realizada por el G20 en Washington el compromiso con la economía capitalista, apertura comercial e inversión y regulación de los mercados financieros. “La agenda del Grupo tiene muchas semejanzas con la vieja agenda del Banco Mundial de buena gobernanza. Esta agenda surgió en los años noventa cuando se hizo evidente el fracaso de los programas de reestructuración impulsados por el FMI”, sostuvo Richard Youngs, de la Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior.

La representatividad a la que pueden aspirar las naciones emergentes está anclada en la visión que Huntington marcó hace un tiempo: un mundo económicamente multipolar, pero unipolar en lo militar. Estados Unidos se ve a sí mismo como un G1 en el que está tanto el poder de la economía, como el poder militar,  sostuvo el periodista británico Godfrey Hodgson. La revancha en la agenda internacional está inscripta en un G20, una ampliación temática, con objetivos claros, siempre y cuando los temas estratégicos y tácticos queden al arbitrio del G1.  En otras palabras: la Asamblea General de la ONU representa a todos, y allí confluyen los discursos que desafían ciertas líneas del status quo, pero las decisiones de corte geopolítico están a cargo del Consejo de Seguridad compuesto por Estados Unidos, Francia, Reino Unido, China y Rusia como miembros permanentes. En este contexto, el G20 no significa un salto hacia una representatividad que alivie la desigualdad en temas de gobernanza global, en cambio, sí la reforma profunda de la ONU.  

El “nuevo” mundo

El vacío de poder dejado por la caída de la Unión Soviética puso de manifiesto diferentes escenarios en formación y diversas discusiones. La visita del presidente iraní Mahmud Ahmanideyad a Brasil marcó a fuego la disputa que se entrevé a nivel mundial: los Estados buscan, de cara al unilateralismo militar norteamericano, nuevas formas para equilibrar su poder. Así lo entendió Brasil al argumentar que Irán tiene derecho a un plan nuclear pacífico. La Guerra Fría dejó de lado la previsibilidad bipolar y dio paso a una serie de Estados que ante la abrumadora primacía norteamericana, buscan nuevos elementos de poder para contrapesar un potencial escenario afgano o irakí. Tal es el caso de Corea del Norte.
 
Todos buscan limitar el poder de los Estados Unidos. Ideológicamente, las disputas económicas son a nivel regional, como las ya mencionadas en América Latina. Según Steven Weber, director del Instituto de Estudios Internacionales en la Universidad de California, en su artículo “El lado oscuro de la globalización”, “el gran fallo estratégico de Saddam fue que tardó demasiado en lograr la bomba”. Hoy, al no existir el régimen soviético para contener a sus satélites, la nuclearización sirve como disuasión para el poderío norteamericano.

No extrañan escenarios con estas características. Las sumas para el 2010 ascienden a 530 mil millones de dólares para el Departamento de Defensa en el año fiscal. La guerra en Irak y Afganistán en la administración Nobel está estipulada, según Noam Chomsky, con un incremento extra de 130 mil millones. Así, la paz liberal y sus promesas transitan una globalización armada. Todas las naciones pueden estar en condiciones de sospechar que diferentes caminos que cuestionen el devenir democracia-mercado tendrán consecuencias. Cuando el presidente venezolano Hugo Chávez habla de prepararse para la guerra o cuando Brasil compra armamento, están poniendo sobre la mesa hipótesis sobre posibles escenarios desfavorables e intentan la construcción de un equilibrio que atenúe las diferencias.

El nuevo mundo emanado de la Guerra Fría ofrece un desequilibrio extraordinario a nivel mundial. La economía intenta, sin resultados positivos, ser lo que Fukuyama preveía: una herramienta para la libertad y la seguridad mundiales. Por ahora, la globalización ofrece posibilidades en todos los sentidos: a los pobres les da la posibilidad de consolidarse como tales, tanto como a los ricos, y ambos han tenido un notable éxito en el sistema. La síntesis que se avizora en el horizonte pertenece al terreno de la integración de carácter político y económico, para perseguir intereses propios y poder planificar a futuro de acuerdo con necesidades nacionales.

El protagonismo que el Estado ha adquirido puede ser -cualquier establishment así lo quiere- pasajero. De otra manera, también puede tener una impronta negativa: un protagonismo que sólo salga al rescate del sistema financiero. En definitiva, el modelo anterior a Lehman Brothers no murió, adquirió un nuevo intermediario, el Estado. Porque, como sostiene Diana Tussie en su artículo “El G20 y el futuro de la regulación del mercado”, “los países ricos abandonaron a los Estados en vías de desarrollo y a los mercados emergentes durante la crisis de los años noventa. Ahora, son culpables de emplear una doble moral en sus propios paquetes de rescate”. Formas pasadas que conviven en la actualidad con nuevos contextos políticos. En iguales condiciones se puede decir que escenarios de la Guerra Fría se mantienen,  como es el caso del papel de Rusia y sus ex repúblicas soviéticas. De algo podemos estar seguros: el “Estado homogéneo”, el neoliberal, proclamado como una victoria final, sigue siendo una entelequia en sentido político, soberano y territorial. Todavía la democracia persigue objetivos que no se pueden resolver de manera individual.
   
    

 

COMENTARIOS (17)

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