Martes 25 de Julio de 2017 - 21:37hs. - República Argentina Edición # 1748

Revista #38 Mayo 2010 > Internacional

Último tango en Atenas

Las prácticas fraudulentas a las que acudió Grecia -con el beneplácito de Wall Street- para lograr ingresar a la Eurozona, se han transformado en un peligroso búmeran. La crisis que vive el país helénico encendió luces de alarma en el mundo y entre los responsables de Economía y Finanzas de los países de la Unión Europea porque lo que está en juego es la continuidad de un proyecto que ya cumple 11 años: el euro.


Por Luis Freitas

El título de esta nota no es original. Es igual a los tantos aparecidos en medios de todo el mundo ("No llores por mí, Grecia", es otro de ellos) que relacionan la actual crisis griega con la que sufrimos los argentinos en 2001. La comparación no es una práctica forzada por académicos o analistas de bancos de inversión. Las coincidencias son asombrosas: el karma de una pesada deuda soberana, moneda apreciada altísimos costos para una salida devaluatoria, presión de organismos multinacionales (llamase Banco Central de Europa o Fondo Monetario Internacional) para ajustar, caída violenta del PBI y aumento del riesgo país con las restricciones de financiamiento en los mercados de capitales internacionales que esto trae aparejado. En ambos casos los intentos de una salida deflacionaria (con recorte de salarios, entre otras medidas) generaron una fuerte resistencia de los gremios con huelgas y amenazas de violencia.

Del boom al crack

En los ’90, bajo el mandato de Carlos Saúl I, príncipe de Anillaco, Argentina, el alumno más fiel y mimado del FMI, experimentaba un "milagro económico". Los inversores extranjeros invirtieron miles de millones de dólares en el país, la inflación era inferior a la de los Estados Unidos y el país registraba uno de los crecimientos más altos de América Latina. Luego de la reforma impositiva en favor de los que más tienen, la privatización de lo mejor del sector público, la liberalización del comercio exterior y la desregulación en todos los ámbitos, llegó la convertibilidad que garantizaba la conversión peso-dólar de 1 a 1. Luego vendrían el “efecto tequila y la onda expansiva de las crisis en Asia, Rusia y Brasil. La Argentina entra en recesión y crece aún más la desocupación.

En 1999, ya con De la Rúa como presidente, el Congreso aprueba la Ley de Responsabilidad Fiscal, que plantea una gran reducción del gasto público, tanto a nivel federal como provincial. En diciembre de ese año el FMI nos “presta” 7.200 millones de pesos, condicionados a un estricto ajuste fiscal: recortes y retrasos en las pensiones y en los sueldos de los funcionarios y la anulación de los subsidios por desempleo. El Producto Bruto Interno del 2000 cae un 5 por ciento. Cavallo reestructura la deuda a un plazo más largo pero con intereses muy elevados y no duda en saquear el fondo de pensiones públicas para pagar un vencimiento de 3.500 millones de deuda.

A fines de 2001, los inversores se niegan a refinanciar la deuda pública. El gobierno central y las provincias emitieron pseudo-monedas (Lecop, Patacón, Porteño, Quebracho). Una nueva reestructuración de la deuda implica en realidad una suspensión de pagos. Para evitar las retiradas masivas de depósitos de los bancos -que en un solo día redujeron las reservas del Banco Central en 2.000 millones- se impone el corralito.

El 7 de diciembre de 2001 Argentina, a través del Congreso, declaró el cese de pagos (el famoso default) de aproximadamente 80 mil millones de dólares. La desocupación llegaba al 18 por ciento, los sindicatos declaran huelga general para el día 13, empiezan los saqueos y las movilizaciones populares en muchas ciudades. De la Rúa declara el Estado de Sitio cuando ya sumaban 28 los muertos por la represión y abandona la Casa de Gobierno en helicóptero.

Una bomba deudónica

La actual crisis fiscal de Grecia, que tantas remembranzas tiene con la de Argentina, se muestra como un ejemplo de lo que puede suceder si se aumenta desmesuradamente el gasto público y además se “maquillan” las cuentas fiscales para disimularlo. Al parecer, durante años, los sucesivos gobiernos griegos -con la ayuda de Wall Street- recurrieron a prácticas fraudulentas falsificando datos para que no se descubriera su importante déficit presupuestario. Así Grecia pudo ingresar sin problemas a la Unión Europea en 2001. Por ello Eurostat, la Oficina Europea de Estadísticas, que desde 2004 vigilaba las cuentas griegas al detalle, se vio sorprendida cuando Grecia aumentó su previsión de déficit para 2009 del 3,7 por ciento al 12,5 por ciento tras la victoria electoral de los socialistas de Papandreu. Bruselas había dado por buenos los datos que en 2008 y 2009 aportó el gobierno de centro-derecha del premier Karamanlis.

Los datos de Grecia asombran: una deuda pública de más de 300.000 millones de euros y el más alto déficit presupuestario de la Unión Europea (el 13 por ciento de su PBI). El desequilibrio de las cuentas griegas consiste en una creciente acumulación de facturas impagas a proveedores y contratistas nacionales.

Los ministros de Finanzas de los países de la Eurozona solicitaron que Grecia reduzca ese rojo presupuestario al 3 por ciento, algo difícil de lograr sólo a partir de un severo ajuste fiscal. Sin embargo, más graves parecen ser las abultadas necesidades de financiamiento, las cuales ascienden al equivalente de unos 70 mil millones de dólares (un 20 por ciento del PBI) que corresponden a los vencimientos de capital de la deuda pública de este año. Antes de abril, el gobierno ateniense deberá cancelar 25 mil millones en amortizaciones. Este es el canal de transmisión que transformó una crisis fiscal en bancaria. La mayor parte de esta deuda se encuentra en poder de bancos franceses y alemanes, con fuerte participación en las principales entidades financieras griegas y que no reúnen las condiciones para reestructurar los plazos de la deuda y disipar la amenaza inmediata sobre el euro y la Unión Europea.

Al igual que Argentina en 2001, el gobierno griego presentó un plan económico para revertir la situación, que la Comisión Europea no aceptó. A su vez le pidieron a Atenas más esfuerzos para que las finanzas públicas vuelvan al equilibrio de manera que el costo de financiar la deuda no ponga en peligro la moneda comunitaria (que en los últimos meses perdió hasta un 10 por ciento de su valor respecto de la divisa estadounidense).

Los grandes ajustes que podrían contrarrestar la magnitud del déficit y el muy fuerte aumento de la deuda pública griega, plantean un escenario político de extrema complejidad: es como siempre el camino de la reducción del gasto público, incluido el de la seguridad social, que ha logrado durante décadas acotar el problema de la pobreza en los países desarrollados. La única forma de llevar adelante ese ajuste con gobiernos surgidos de elecciones es instalando en esas sociedades la aceptación de “los sacrificios” que originarán la reducción de sus niveles de gasto público con el consiguiente deterioro de los sistemas de educación, de salud, de sus modernas infraestructuras. Y también el crecimiento del número de pobres a niveles que se creían definitivamente superados, lo que debería suceder en medio de una severa crisis de desempleo.

Mientras que en los países ricos, los bancos y aseguradoras fueron salvados en forma masiva, no ocurre lo mismo en aquellos que no forman parte del centro económico y político del continente, el grupo denominado PIGS, que no es la palabra cerdos en inglés, sino que se debe a las iniciales de Portugal, Irlanda, Grecia y España. Aunque las cifras que muestran estos países en materia de contracción económica, desempleo, endeudamiento externo e interno, déficit público, o magnitud de la burbuja inmobiliaria, no sean muy diferentes de las de Gran Bretaña o Estados Unidos.

"La paradoja es que dimos a los bancos un cheque en blanco para salvarlos, y ahora la ayuda se pone a disposición de Grecia a unos costes excesivos”, afirma Joseph Stiglitz, economista implacable contra la desregulación financiera, y uno de los pocos que vieron venir la mayor recesión de las últimas décadas. Según el premio Nobel de economía, “Si no hubo dilemas morales para salvar a la banca, no veo por qué hay que condenar ahora a miles de personas por los excesos cometidos por el anterior gobierno”. Y se pregunta: “Si Grecia es Bear Stearns -el banco de inversión norteamericano que fue rescatado-, la duda es quién puede ser Lehman Brothers, que quebró meses más tarde. ¿Tal vez España? ¿O Portugal? Y quizá la pieza sea aún mayor, sobre todo si no aprendemos las lecciones de esta crisis y de las anteriores".

En 2001 Argentina devaluó el peso y lo dejó fluctuar libremente en el mercado, lo cual hizo que 2002 fuera un año de gran agitación social. El default fue uno de los ejes que permitió la recuperación económica que se vivió en Argentina a partir de 2003. Pero esta situación le impedía a nuestro país acceder al crédito y aumentó las presiones de los países centrales a través de FMI. En 2005 el entonces presidente Néstor Kirchner dejó de pagar la deuda con el organismo por un par de semanas logrando una importante quita de la carga de deuda: 3 de cada 4 acreedores aceptaron la propuesta. Ya con Cristina en la presidencia y pasado lo peor de la crisis internacional, la estrategia del poder ejecutivo fue -y sigue siendo- utilizar parte de las reservas para pagar deuda demostrando la voluntad de normalizar la situación del país pero no a cualquier costo y sin la necesidad de acudir a los mercados financieros.

Como decíamos al principio de la nota, la situación que hoy vive Grecia tiene innumerables puntos de contacto con la Argentina de 2001 La pregunta del millón es ¿Podrá el país helénico aprovechar nuestra experiencia para salir airosa de su crisis?

COMENTARIOS (6)

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