Martes 27 de Junio de 2017 - 14:28hs. - República Argentina Edición # 1719

Revista #57 Septiembre 2013 > Internacional

EN EL CORAZÓN DEL MUNDO

Hablar de Siria, Irán, Palestina o Israel es referirse a un todo en el que los ojos de la humanidad se han posado para entender y dilucidar el futuro inmediato. Un ambiente enrarecido por guerras internas, acuerdos de paz que no acaban de cuajar y la sempiterna amenaza -más fantasiosa que real- de nuevos actores nucleares marcan el clima de la región.


Por Rafael Araya Masry

El propósito esgrimido casi como una promesa estadounidense de crear un “nuevo Oriente Medio” más afín a su proyecto geoestratégico, llevó al país del norte y sus aliados a desatar y promover toda una ola de movimientos en teoría “libertarios”, contenidos en lo que eufemísticamente se ha dado en llamar la “Primavera Árabe”. Este movimiento consistió básicamente en derrocar regímenes autoritarios para reemplazarlos por otros en teoría democráticos, cuyas raíces y sustento ideológico se hunden en las corrientes islámicas más radicales dentro del propio mundo árabe. Esto ha conllevado un inenarrable sufrimiento producto de la represión a cientos de miles de ciudadanos, y se ha traducido en la pérdida de libertades, agudización extrema de las diferencias de género y un retroceso ostensible en materia de respeto a los Derechos Humanos.

Tal vez el caso más paradigmático de esta política sea el de Libia. El Coronel Muammar Ghadafi, pasó de ser un carismático y extravagante referente antiimperialista a convertirse en un aliado incondicional de la Europa de la OTAN, para ello renunció a sus programas de desarrollo militar y abrió su país desde inspecciones extranjeras a la instalación de cárceles clandestinas puestas al servicio de la CIA.

Más de 70 mil muertos como resultado de la “Liberación de Libia”, han llevado a ese país a una división sectaria y tribal que lo tiene al borde de la división territorial. Dos de las tres macro regiones que lo integran, Cirenaica primero y ahora Fezán, han proclamado su autonomía de un gobierno central casi inexistente con la clara intención de transformarla en soberanía a mediano plazo.

Casi a continuación del desangramiento libio, la provincia siria de Deraa fue testigo de los alzamientos iniciales en contra del gobierno de Bashar Al Asad. Es decir, casi como otro eslabón más de una misma cadena libia, egipcia y tunecina, se precipitaba una nueva crisis en Oriente Medio, esta vez en la República Árabe Siria, bajo el justificativo de la lucha por más libertad y más democracia y cuyas banderas fueron de inmediato enarboladas y apoyadas por Estados Unidos, la OTAN y el Estado de Israel.

Se cumplía de esta forma, otra de las advertencias que hiciera el general de 4 estrellas, Wesley Clark, ex comandante de la OTAN y responsable de los bombardeos a la ex Yugoeslavia. Clark había advertido en marzo de 2007, que EE.UU. invadiría 7 países árabes en cinco años, entre los cuales estaban precisamente Irak, Libia y Siria, este último considerado parte del camino a recorrer hacia el destino final, Teherán (Irán). Es decir, nada de manifestaciones espontáneas ni voluntarismo en Oriente Medio, sino, la concreción de un plan prolijamente elaborado para ejercer el dominio político y militar en una región productora por excelencia de hidrocarburos, tan necesarios como el agua para EE.UU. que, tiene el 2% de la población del planeta, y consume el 25% de la producción mundial de petróleo.

Pero los hechos en Siria constituirían un escenario diametralmente opuesto al conformado en Libia y serían otros actores los que entrarían en escena para poner coto a un dominó regional que, de manera inexorable, cumplía con los proyectos imperiales de controlar y someter al Oriente Medio a los designios de las grandes potencias occidentales.

Rusia irrumpe en la escena

La extrema pasividad de Rusia y China ante lo acontecido en Libia, hacían prever un desenlace similar en el caso sirio. Nada presagiaba un cambio de actitud de estos dos países. Con una oposición radicada en Europa que dirigía las acciones militares opositoras al régimen en el terreno y golpeaba a las puertas de las potencias occidentales en busca de una siempre generosa ayuda, la derrota del presidente Al Asad parecía sólo cuestión de tiempo.

Pero había algunos elementos que hicieron cometer gruesos errores tanto a la oposición, como a sus padrinos norteamericanos y europeos.

La solidez institucional de las fuerzas armadas sirias y su lealtad al presidente Al Asad, conformaron la primera piedra con que se habrían de topar sus detractores, al constatar que la deserción en sus filas fue ínfima y absolutamente insignificante en términos de correlación de fuerzas. Y si bien las fuerzas opositoras se anotaron importantes logros iniciales en el terreno militar, esto se debió principalmente al confrontar a un ejército convencional con tácticas de fuerzas irregulares. Sumado a esto, la entrada en acción de miles de combatientes que militan en movimientos asociados a Al Qaeda, como el Frente Al Nusra o el Estado Islámico de Irak y Siria, que pasan libremente a través de la frontera de Turquía con la aprobación de su gobierno, ha significado también el nacimiento de una verdadera guerra intestina al interior de la oposición que ve desbordada su capacidad de acción, ante fuerzas que no desean la instauración de un régimen democrático, sino la imposición de la Sharía, la ley islámica, para todos sus habitantes. Y esto adquiere una dimensión mucho más grave, en un país en que la tolerancia y el respeto a la diversidad religiosa es absoluta y la libre profesión de fe está completamente garantizada desde el Estado, quien se ha encargado de sostener en el tiempo su carácter laico. Es decir, el pueblo sirio nunca se ha visto enfrentado a la disyuntiva de abjurar de sus personalísimas y variadas creencias religiosas, hasta este momento, en que verdaderas hordas de fanáticos religiosos imponen la ley islámica incluso a opositores del gobierno de Bashar Al Asad.

En todo este complejo contexto, el rol que Rusia decidió asumir constituye un verdadero punto de inflexión en la intentona por modificar el cuadro de situación en Oriente Medio, al asumir decididamente una actitud de defensa del gobierno sirio y oponerse a cualquier condena o resolución que en el Consejo de Seguridad signifique respaldo a una intervención militar extranjera, tan deseada y fogoneada desde Tel Aviv. Rusia posee su único puerto sobre el Mediterráneo en la ciudad de Tartús, lo que de por sí le implica defender su presencia en un área estratégica y claramente concerniente a los aspectos que hacen a su seguridad nacional. No sería bueno para Putin un excesivo acercamiento occidental a sus fronteras desde ese lado, considerando que un éxito de la intervención occidental en Siria, llevaría a una próxima aventura en Irán con el consiguiente riesgo de verse cercado y presionado militarmente y disminuida su influencia política en la región.

La estridente situación generada por el uso de armas químicas en Siria y cuyos responsables aún desconocemos, puso a Vladimir Putin en el centro de la escena política internacional. Con una habilidad que no le habíamos conocido, consiguió por la vía diplomática aquello que Estados Unidos y Barack Obama junto a Francia e Inglaterra querían resolver manu militari a través de bombardeos contra las fuerzas sirias. El parlamento inglés rechazó la propuesta del primer ministro Cameron y Obama se quedó sólo con el apoyo de François Hollande, presidente de Francia, quien vio en este ataque la posibilidad de distraer un poco más la atención de los atribulados franceses, inmersos en un proceso de profunda incertidumbre económica.

La firmeza de Putin para exigir respuestas y llegar a decir incluso que “Damasco en Moscú”, llevó a salvar incluso al propio Presidente Obama de una casi segura derrota en el Congreso estadounidense, en donde nada le garantizaba los votos para convalidar el ataque. Fue el desliz de John Kerry cuando dijo que “si Siria se deshace de sus armas químicas no la atacaremos” el que permitió que Putin le tomara la palabra y en urgentes tratativas, consiguió que el gobierno sirio se comprometiera a destruir su arsenal y comenzar a descomprimir el ambiente, alejando de ese modo la posibilidad de una nueva agresión militar de imprevisibles consecuencias, puesto que este ataque involucraba colateralmente a Líbano, Irán e Israel. Es decir, un desmadre del conflicto estaba a la vuelta de la esquina. Sin duda, la acción diplomática de Putin y Lavrov, el canciller ruso, sirvió no solamente para salvar a Siria de una agresión occidental, sino para re posicionar a Rusia como un interlocutor diplomático de alto vuelo y con capacidad de respuesta en todos los terrenos, ya que junto a su accionar diplomático, pobló el mediterráneo con buques de guerra, en una muestra de su músculo militar como elemento respaldatorio de su discurso. Rusia se subió a la cresta de la ola, ratificando la existencia de un mundo multipolar que se resiste a controles hegemónicos.

Como fuere, la historia se sigue escribiendo. Y como telón de fondo subyace el irresuelto drama del pueblo palestino sometido a cruel ocupación por parte del Estado de Israel. En Oriente Medio, todo tiene que ver con todo, y la prosecución de este drama inhibirá la posibilidad real de una tan ansiada y necesaria paz para toda la región. 

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