Jueves 27 de Abril de 2017 - 09:59hs. - República Argentina Edición # 1658

Revista #41 Agosto 2010 > Medio Ambiente

DESERTIFICACIÓN EN BUENOS AIRES Parte I

En el sur de la provincia ya no hay tierra, mucho menos fértil. Los campos históricamente dedicados a la producción agrícola-ganadera están cubiertos de arena. Por la sequía y las malas prácticas se perdieron cosechas, animales y –sobre todo- lo más importante: el suelo. Una mirada a la región que hace un año conquistó el desierto.


Por Manuel López Melograno y Luciana Lanzi

 

Horacio Schmithd se desvela cada madrugada y se lamenta porque hace más de tres años que no trabaja su campo de Stroeder; porque no le queda nada de su última cosecha de avena y nunca antes tuvo tan pocas vacas. Mientras pasa el invierno con su mujer en los únicos dos ambientes de su casa que puede calefaccionar, sus ojos brillan y delatan esa mezcla de nostalgia de los buenos tiempos con el orgullo de un productor agropecuario que resiste a la desertificación. El mismo hombre que vio decenas de campos vecinos mutar de trigales a tierras inútiles espera, reflexiona y no se rinde. Le queda al menos el  consuelo de saber que, a él, no se le ha volado ni una sola hectárea de las 460 que tiene.

A otros sí. Los vientos cada vez más intensos y la tierra sedienta y esquilmada del extremo sur bonaerense desnudaron un fenómeno que hasta la NASA registró atentamente desde sus satélites: las “voladuras” de campos, nubes de arena empujadas hacia el océano; plumas de suelo fértil devenido en polvo que se interna en la inmensidad del Atlántico. Se hunde. No vuelve.

Fronteras adentro queda la desolación de los molinos parados, las tranqueras hundidas, los árboles solitarios cuasi sumergidos en un infinito marrón. La arena lo cubre todo. El desierto avanza en las puertas de la Patagonia, a escasos 900 km del obelisco.

El partido de Carmen de Patagones es testigo y emblema de este fenómeno que se replica en buena parte del país: la desertificación, un proceso que se da en forma natural pero que está acelerado y acentuado por la imprudencia del hombre. El desmonte, las malas prácticas y la sobreexplotación de los suelos han hecho estragos sobre un territorio de por sí vulnerable. La sequía extrema sólo catapultó esa degradación.

La llamada zona de secano de los partidos de Villarino y Carmen de Patagones sacó a la luz un cóctel nefasto: suelos naturalmente empobrecidos fueron sobrecargados con ganadería y agricultura intensivas. El empeño por aumentar los rindes por hectárea sepultó la sustentabilidad del ambiente. 

El ingeniero agrónomo del INTA Hilario Ascasubi Daniel Iurman recuerda que la zona venía sufriendo desertificación paulatina por esas malas prácticas. Cinco años de sequía continuados transformaron un pronóstico en una dura realidad. “Esto es como una agonía que sufre la zona, que venía sufriendo desde antes pero que esta sequía de cinco años modificó terriblemente. En un contexto en el cual el productor estaba saliendo de un endeudamiento, de problemas financieros, de bajos precios de sus productos; todo eso contribuyó a que las prácticas utilizadas fueran conducentes hacia esa degradación”.

Silenciosa, la erosión  avanzó durante décadas, se acrecentó con cada arada, con cada siembra; generó lo que el ingeniero Alberto Perlo, director de esa misma Estación Agroexperimental, explica como una reacción en cadena: “Un campo se vuela, se vuela el de al lado y después se empieza a crear un ambiente de degradación muy grande, de desertificación que hace que se provoquen voladuras que -según las fotos satelitales que hemos observado- entran hasta 400 km en el mar”.

Perjuicios de larga data

Es difícil establecer el punto en el cual la aridez tomó el camino del desierto. Sin embargo, los especialistas coinciden en que fue hace mucho tiempo, de la mano del manejo negligente de un ecosistema frágil.

El desmonte fue un factor clave en ese deterioro, aunque no único. A pico y hacha primero, con cuadrillas de leñateros que tardaban varias semanas en desmantelar una hectárea, el ritmo se aceleró cuando se modernizó la maquinaria. La aparición de tractores más potentes significó la multiplicación del despojo.

Miguel Angel Silva es vicerrector del Centro Regional Zona Atlántica que la Universidad Nacional del Comahue tiene en Viedma (Rio Negro), una de las instituciones que más activamente ha seguido el fenómeno erosivo. Como ingeniero agrónomo y productor de la región conoce al dedillo la historia de esos suelos y cuenta que el desmonte se inició en la parte Este -la zona con mejores condiciones de humedad- con la colonización misma del partido. La Ruta Nacional 3 era la frontera agrícola por excelencia.

El entusiasmo por aumentar la productividad y varios años de bonanza de lluvias hicieron que ese límite se fuera corriendo, reemplazando el monte seco del oeste por el arado y la siembra intensiva.  “No se conocía el ambiente. En 100 años de historia toda la Patagonia fue deteriorada. Aquí se magnificó porque, además, se creyó que se podía hacer agricultura de la misma manera que en la Pampa Húmeda”, enfatiza.

El avance sobre esos arbustos estuvo en muchos casos fomentado desde el propio Estado, que brindó asistencia y maquinaria a cooperadoras de fomento agropecuario creadas en los años ´70. El Banco Provincia también desarrolló una línea de crédito para los productores que encaraban esta tarea. “Por supuesto que las recomendaciones eran de desmonte racional y en franja -aclara Silva-, pero falló el control”.

Otras políticas oficiales también contribuyeron a agravar el problema. El coordinador nacional del área de Control de Desertificación del INTA, José Luis Panigatti, menciona que muchas veces quienes recibían ayuda financiera no eran los productores que tenían una buena performance o el campo en buenas condiciones: “Se le daba el crédito al que tenía más animales, a quien sobrecargaba el campo. Y con el sobrepastoreo también producimos desertificación”.

Silva apunta igualmente al desconocimiento y la desaprensión. “Hay información -dice- de que estos ambientes no son aptos para la agricultura. Nosotros, los hombres, los hemos estado usando con fines inadecuados y con prácticas y herramientas inadecuadas”.

Efectos extremos

El promedio anual de 330 milímetros de lluvia fue, en el último tiempo, sólo un recuerdo histórico para Patagones. La región venía atravesando un período de precipitaciones poco frecuentes con -apenas- algún pico aislado de recuperación. A partir de 2007, las lluvias disminuyeron tan notablemente que en localidades como Stroeder -epicentro del desastre- llegaron a caer nada más que 49 milímetros en todo el año pasado.

El 70 por ciento de las vacas se perdieron y no se pudo cosechar trigo por tercer año consecutivo.

La sequía extrema y extendida agotó las reservas de humedad del suelo; desapareció el pastizal natural. Buena parte del ganado murió enflaquecido; la otra, se malvendió para poder subsistir. En la actualidad, queda aproximadamente el 30 por ciento de los animales que tenía el partido y están, en su mayoría, concentrados en la zona de producción bajo riego, próxima al Río Colorado.

Los suelos desmontados que supieron dar cobijo a las espigas y alimento a los animales son hoy -pese al aumento de las precipitaciones- un páramo profanado y a merced del viento. Tan grande es el perjuicio, que han perdido hasta su capacidad de absorber humedad. Llevará años, esfuerzo y planificación recuperarlos. Aunque la lluvia traiga alivio, no traerá fertilidad.

El ingeniero Perlo advierte que poder revertir la situación depende tanto del clima como de lo que se haga arriba del suelo. “La humedad es la que define la recuperación de los sistemas, pero si tenemos un ciclo húmedo y en vez de hacer un esquema de remediación seguimos haciendo agricultura, a ese suelo lo seguimos esquilmando”.

La explicación es oportuna en un año que arrancó con lluvias abundantes y torrenciales que pusieron punto final a la seca. No obstante, y a pesar de que muchos campos reverdecieron -y muchos productores se entusiasmaron-, esas violentas tormentas de verano no hicieron más que producir anegamientos y formar lagunas y cárcavas en los suelos impermeabilizados. Entre febrero y marzo cayeron más de 450 milímetros. En un sólo mes, más de lo que llueve en un año y medio promedio.

“El año pasado fue el máximo deterioro porque se sumó una sequía histórica que hacía casi 80 años que no había en Argentina. Ahora, hoy está inundado porque la capacidad de infiltración de ese suelo, de retener agua, también bajó. O sea, tampoco puede aprovechar eficientemente la lluvia”, explica Octavio Perez Pardo, director de Conservación de Suelos y Lucha contra la Desertificación de la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación.

Paradojas de la naturaleza, en la tierra más árida de la provincia también conviven la arena con la inundación.

El paraje La Querencia -42 km al norte de Carmen de Patagones- es ejemplo de esto. Allí el agua llegó a cortar la ruta y, aún hoy, varias hectáreas siguen sumergidas por aquellas lluvias estivales. El porqué de esas tierras encharcadas en medio de la arena, donde nunca antes se había acumulado agua, lo expone Silva. Cuenta que ese campo pertenecía a un productor al que define como “tradicional y conservador” hasta que fue vendido y el nuevo propietario lo desmontó totalmente. “No dejó ni un solo reparo para la hacienda. En verano las vacas están a la sombra de los postes de las líneas de alta tensión”, dice.

La imprudencia de años estalla hoy en esos suelos convertidos en arenales sin horizonte. Los casos más graves de erosión -y perjuicio económico- están en aquellos que fueron sometidos a un fuerte uso agrícola, con herramientas más agresivas.

El futuro es posible, pero no alentador. Los alambrados que fueron tapados por la arena podrán volver a levantarse, pero hay algo de irreversible en ese paisaje. Panigatti lo sentencia: “El suelo no es más el mismo”.

Recuadro 1:

Un dilema global

La degradación de tierras productivas es una preocupación mundial. Un tercio del planeta está amenazado por la desertificación y, según datos de la UNESCO, cada año se pierden 24 mil millones de toneladas de tierra fértil.

Para la comunidad internacional es un fenómeno tan grave y trascendente como el calentamiento global, aunque quizás con menos prensa. Pero la inquietud por el cada vez mayor deterioro de los suelos existe desde hace más de 30 años. Y crece desde entonces, a medida que las tierras fértiles desaparecen.

Para la Argentina no es un problema ajeno; no podría serlo en un país que tiene una de las superficies áridas más grandes del mundo. El 75 por ciento del territorio nacional sufre, en algún nivel, la falta de humedad. No obstante, se explota más del 80 por ciento de su extensión mediante la agricultura, la ganadería y la actividad forestal. El impacto que esto genera sobre los recursos naturales se evidencia en las 60 millones de hectáreas -de un total de 280 millones- expuestas a procesos erosivos de moderados a graves.

Según datos de la Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable de la Nación, la desertificación avanza unas 650 mil hectáreas por año. En abstracto, no es más que un dato para describir un problema ambiental, pero en un país productor de materias primas, hablar de este tipo de degradación de la tierra equivale a haber esquilmado un bien estratégico. Pérez Pardo apunta a la estrecha vinculación que existen entre la sequía y desertificación y problemáticas sociales como la pobreza, la inseguridad alimentaria y la migración. “No estamos hablando de desiertos; estamos hablando de tierras productivas que -por un inadecuado manejo- pierden la potencialidad de producir”.  

Con distinto grado de intensidad, 18 de las 24 provincias argentinas sufren la desertificación. En ellas, el porcentaje de hogares con necesidades básicas insatisfechas trepa prácticamente al 70 por ciento, duplicando la media del país.

Tormentas negras

Quienes son habitués de la Ruta Nacional 3 -esa columna vertebral asfaltada que une La Matanza con Ushuaia- saben que algo ha cambiado. Lo ven en el paisaje en el que ahora se levantan médanos; también en los carteles sobre el cemento. “Precaución. Arena sobre la calzada” reza una y otra vez la advertencia aggiornada para los automovilistas.

Viajar desde Bahía Blanca hacia el sur es internarse en el corazón del desierto bonaerense. No es ni será el Sahara, pero hasta las tormentas de arena y viento se han convertido en cliché.

Las nubes negras oscurecen el cielo de la tarde más diáfana en forma repentina. No dejan ver nada, no dejan avanzar. La visibilidad interrumpida se ha hecho costumbre, la suciedad del polvo en los hogares, también.

Pero la desertificación no sólo entorpece a los viajeros, es además una tormenta negra de improductividad que ha deteriorado las condiciones de vida y expulsado a la población. Ese paisaje inhóspito y desolado tiene su capital suelo flotando en el aire; perdiéndose, para siempre, con cada ráfaga de viento.

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