Miércoles 29 de Marzo de 2017 - 04:17hs. - República Argentina Edición # 1629

Revista #28 Junio 2009 > Medios de Comunicación

Cuando la TV mató a la política

Resulta que hay un país que simula tener canales de televisión con variada programación. Podemos ver patinadas, chimentos, fútbol, cortes de manzana, Fórmula Uno, almuerzos, grabaciones de Tu Sam, novelas brasileñas. Pero de política, ni hablar.


Por Pablo Llonto

Ejercicio: diga usted si en los últimos años ha sido seducido por algún nuevo programa político en las pantallas.

Si la respuesta es no, usted vive en la Argentina.

¿Programas políticos?, dirán los más jóvenes. ¿Qué es eso?

No está mal contarles a nuestros hijos que estas tierras, alguna vez, se caracterizaron por la enorme avidez política de sus ciudadanos, estimulada por canales de televisión capaces de producir dos o tres programas semanales donde se discutían planes de gobierno, episodios recientes de la historia, ideologías, diferencias entre los partidos.

Aún la barbarie de Neustadt y Grondona, servía para darnos cuentas de la ignorancia, la estupidez, la mala fe de muchos políticos. Y también para verles la cara, leerles los ojos, saber si eran pillos o simplemente simuladores.

Hoy, en cambio, el olímpico desprecio a la discusión política ha impuesto una prédica muy peligrosa en los medios de comunicación, pero en especial en la televisión: “a la gente no le interesa ver programas políticos”.

Uno de los mayores retrocesos en este camino al Bicentenario ha sido el despojo cometido por los dueños de los canales y los directores de programación: nos arrancaron la política de las pantallas.

Pretenden imponernos una historia al revés. O  confundir el efecto con la causa. “La política aburre y cansa a la gente, por eso no mira programas políticos”.

El desinterés por la vida política ha sido estimulado por los medios de comunicación por medio de un bochornoso sistema: dirigir el interés hacia las ideas idiotas, hacia el pensamiento apolillado, hacia el entretenimiento estúpido y consumista.  

El abismo entre dos épocas de televisión y política (la primera englobada en los años 72/73/74 y 83/84/85; la segunda en los años 76/82 y de 1990 en adelante), nos sirve para testimoniar el funcionamiento de una sociedad.

Cuando la TV abierta aportó lo suyo en programas centrales (programas especializados, presencia de dirigentes políticos en los medios, discusión de leyes y de formas de gobierno) los argentinos, y en especial los jóvenes, modelaron de otra manera su participación política, la lectura, las creencias y los sueños. Antes, mucho antes de la televisión, la humanidad contaba con los libros. Hoy cuenta con los libros y la televisión. ¿Por qué el segundo rubro ha decidido marginar a la sociedad de todo aquello que huela a política?

Abandonados y excluidos de la participación política por los medios de comunicación, y abandonados y excluidos por los propios políticos que ya no hablan de política, sino de elecciones y roscas, los argentinos se arrojaron a la tierra de nadie.

Ya no existen ni las propagandas electorales que colmaron las pantallas en los meses previos a las elecciones de 1983 y que provenían de un derecho  hoy arrasado: la publicidad gratuita a los partidos políticos para que dijesen lo que quisieran en los más variados horarios. No sólo aprendíamos jingles, también plataformas, y, aún más, los rostros… que hoy son de piedra y se esconden.

Aquellos avances (programas, minutos cedidos a los partidos políticos, alto porcentaje de información política en los noticieros) fueron sepultados no sólo por la privatización de los canales y la entrega de señales a editoriales cómplices de la dictadura, sino también por el periodismo, que claudicó ante los gerentes yuppies, los Tinelli, los Sofovich, los Villarruel.

Los pensadores del capitalismo que no titubean en propagandizar la explotación del hombre, machacan el asunto de la banalización de los medios, con un discurso de resignación. Dice Vargas Llosa: “La demanda por ese producto (chismografía y escándalos) es universal e irresistible. El órgano de información que se abstuviese de modo sistemático de suministrarlo a sus lectores se condenaría a la bancarrota”.

Para ellos, no hay forma de escapar. Ha triunfado el amarillismo. Y no hay espacio para otras formas de adquirir conocimientos y comprometerse con la sociedad.

Para la soberbia de estos señores, el debate sobre medios de comunicación en el marco del Bicentenario que se acerca, debería terminar con estos disparates y estupideces.

Así como la llegada del canal Encuentro resultó al menos inquietante para muchos pensadores del campo popular, existen algunas reservas talentosas entre nuestros comunicadores que pueden exigir, de una vez por todas, medios de comunicación al servicio de la formación de la sociedad.

Salir de la miseria, la ignorancia, la falta de democracia, el adormecimiento social es posible si nos ponemos tercos frente a los monopolios de prensa y los corruptibles periodistas y gerentes de programación, que dinamitaron el pluralismo de ideas y propuestas que muchos llaman, despectivamente, “la Política”.- Simplemente hay que decir “aquí estamos”.

 

COMENTARIOS (21)

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crorkz matz

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