Lunes 24 de Julio de 2017 - 23:38hs. - República Argentina Edición # 1747

Revista #32 Octubre 2009 > Medios de Comunicación

Los que siguieron dando testimonio

Hubo un tiempo, no hace mucho, por más que la desmemoria que lo arrastra todo quisiera enterrarlo en el olvido, en que la palabra fue acorralada, la lectura ardía clandestina en los patios traseros de las viviendas; en las calles, brazos jóvenes se debatían contra la muerte y, muchas veces, más de las que nos imaginamos ahora, eran cercenados por esta.


  Aturdía el repicar de los tambores y ese particular sonido de las botas golpeando contra el piso en aquellos años. Sin embargo, de todo ello había que seguir hablando, contarle al mundo y también a los que en los infinitos rincones de la Patria seguían resistiendo. Por eso nació la Agencia de Noticias Clandestina (ANCLA), pero por ello también un puñado de periodistas liderados por Rodolfo Walsh se decidieron a desafiar al monstruo en su propia madriguera y dar testimonio de la otra historia: la de los campos de exterminio utilizados para imponer una economía  despiadada, la de los sacerdotes que bendecían la masacre y los hombres de prensa que escribían lo que les dictaban, la de los empresarios que señalaban a quienes se rebelaban.

  ANCLA era la noticia sin maquillajes. La que surgía del boca a boca generoso o de las fisuras del propio verdugo, y que en muchas ocasiones logró paralizar alguna estrategia de aniquilamiento, o por lo menos ponerla al descubierto fronteras afuera, fortaleciendo la denuncia contra el agresor.

  La Agencia fue ideada por Walsh desde su militancia montonera, precisamente para horadar los espacios que la férrea censura había impuesto, pero la habilidad e inteligencia de este generoso militante revolucionario buscaron construir una herramienta que disimulara su organicidad, precisamente para hacer más creíble su mensaje. Y sin dudas, lo logró.

  Quienes formamos parte de esa experiencia sabemos que no era la única, ya que en barrios y lugares de trabajo, a pesar de la represión, circulaban hojas clandestinas, se producían pintadas en los muros (“en épocas de resistencia, las paredes blancas delatan represión pero también sumisión”, diría el militante congolés asesinado Patrice Lumumba), rescatando esa fórmula de contar en las paredes lo que está sucediendo en una sociedad, y de denunciarlo con la contundencia de un par de frases ocurrentes.

Walsh valoraba mucho estas variantes de “periodismo de denuncia” y reivindicaba la necesidad de extender esas prácticas subterráneas, precisamente para mostrar que el enemigo podía encarcelar, torturar o asesinar nuestros cuerpos, pero que no obstante siempre quedaba la palabra o el pensamiento crítico para garabatear inocultables mensajes de esperanza.

  Por eso, frente al terror que parecía imponerse en la sociedad, y la abierta complicidad de muchos empresarios periodísticos como también la de una buena parte de plumíferos extremadamente obedientes, hubo, y es importante no olvidarlo, otros hombres y mujeres que no se doblegaron y se dedicaron a contar y escribir sobre lo que estaban viendo.

  ANCLA era entonces el espíritu indoblegable de una profesión que supo enfrentar las mentiras y dobleces que –como ahora- lanzaban los grandes medios para edulcorar las tareas aberrantes de los militares.

  La confección de despachos informativos donde se hablaba pormenorizadamente de lo que ocurría en el mismo corazón del enemigo fue generando un espacio de libertad a partir del cual el que los recibía, podía, según las circunstancias, cortar –cobardemente-  la cadena, o apelar al coraje que da la dignidad de rebelarse contra la esclavitud, y extender el mensaje a otros interlocutores.

  ANCLA “operaba” con su información sobre muy diversas áreas: desde las fuerzas militares que practicaban el genocidio,  la Iglesia, que bendecía el horror, o las instituciones empresariales que arropaban con dólares lo que los uniformados ejecutaban con sus armas. Pero también, desde la Agencia, se dieron a conocer las primeras informaciones sobre lo que ocurría en los campos de exterminio, se contaba al mundo (donde sí circulaba el mensaje sin tantas mordazas) y se ayudaba, de esta manera, a conocer la dimensión y los alcances de una dictadura que todos previmos pero de la que no llegamos a imaginar su poder de devastación.

   Sin embargo, como toda tarea que se ejecuta en un contexto revolucionario (ANCLA era parte de ello) tiene sus riesgos y genera huellas de victoria o de repliegue, la Agencia sufrió los embates bestiales de la dictadura, al igual que el resto de las organizaciones populares. Primero, secuestraron e hicieron desaparecer al compañero y colega Eduardo Suarez, excelente periodista de El Cronista y de otras tantas redacciones, casi al mismo tiempo se llevaron a Luisito Guagnini y luego, en un operativo conjunto de exterminio llevado a cabo por los marinos de la ESMA, golpearon la conducción central de ANCLA, intentando secuestrar a Walsh, quien cayó combatiendo contra sus verdugos. De todos modos, el “Capitán” o “Neurus”, o cualquiera de los tantos nombres de guerra que solía usar quien pergeñara con amor y rabia  ese texto fundamental que es “Operación Masacre”, logró una contundente victoria frente a quienes creían derrotarlo arrancándole la vida: la Carta a la Junta Militar pasó a ser una de las crónicas periodístico-literarias más demoledoras contra la Dictadura.

  Esos años siniestros que fueron del 76 al 83, y que por obra y gracia de las democracias rigurosamente vigiladas lograron prolongarse en cuanto a impunidad muchos años más, dieron paso  al escenario sobre el que moldearon su verdadera identidad dos tipos de periodistas. Por un lado, quienes sirvieron de correveidile a los asesinos de nuestro pueblo, los que miraron para arriba cuando a los otros periodistas los estaqueaban en los cepos de la muerte o los obligaban a ser desterrados internos o externos. A los primeros, el juicio de la historia los condenará  –como a los milicos- de por vida. Para los otros y otras, que decidieron ser leales a un mandato tan vital como servir a su pueblo desde su profesión y dieron testimonio de militancia en plena dictadura, como es el caso de Walsh, del Negro De Marchi, de Enrique Raab, de “Jarito” Walker, de Cristina y Leonardo Bettanin, o de Eduardo y Cristina Marín, entre otros, siempre va a brillar el sol de la victoria.

 

COMENTARIOS (8)

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sSSSS15y

hola,ya se como hacer un link para otra pagina por ejmlpeo google pero nose hacer un link para mi propia pagina por ejmlpeo uno que diga imagenes o videos y me lleve a mi propia pagina pero en una seccion que contenga imagenes o videos.

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