Miércoles 29 de Marzo de 2017 - 04:16hs. - República Argentina Edición # 1629

Revista #32 Octubre 2009 > Medios de Comunicación

Nuevos escenarios mediáticos

De acuerdo con los procesos políticos actuales, los grandes medios de comunicación están siendo cuestionados en varios países. El debate implica un nuevo discurso que posiciona a los oligopolios mediáticos como protagonistas, como actores de poder.


“(…) yo digo con preocupación que  Hugo va a terminar como Mussolini: colgado y con la cabeza pa' abajo (...) Yo lo digo de manera  precautelativa: cuídate, Hugo, porque a quien te pareces es a Mussolini". Rafael Poleo, editor del diario El Nuevo País, Venezuela.

Por Diego Otondo

El poder tiene sus estímulos en el disfraz, en el disimulo, en mostrarse de una manera benévola y pluralista. Pero las máscaras han saltado por los aires. En América Latina la discusión trasciende los disfraces y apunta directamente a los grupos de poder que tienen a sus voceros en los grandes medios de comunicación en una situación monopólica. La Ley de Comunicación en Ecuador, la regulación en Venezuela y el proyecto de Ley de Servicios Audiovisuales en nuestro país han transparentado, mediante el debate, el papel de los conglomerados mediáticos. El relato coyuntural y sin historia está cobrando un nuevo impulso. El poder en forma de pirámide, las crónicas basadas en el presente, ocultando las relaciones   que se tejen en el entramado social, están abriéndose al debate y a los cuestionamientos.

Juegos de poder

“Todo poder de violencia simbólica, o sea, todo poder que logra imponer significados e imponerlas como legítimas disimulando las relaciones de fuerza en que se funda su propia fuerza, añade su fuerza propia, es decir, propiamente simbólica, a esas relaciones de fuerza”, resume Pierre Bourdieu. El poder, al decir de Noam Chomsky, “se presenta siempre como altruista, desinteresado, generoso…”. La generosidad y las relaciones de fuerza son lo que los medios encubren mediante un relato apoyado en el ojo vigía del poder elegido por los votantes en un sistema democrático.

De esta manera, la llamada “libertad de expresión” está asociada a todo aquello que no incurra en detrimento del poder económico, ni siquiera en su regulación. En tal sentido, la prensa hegemónica desvía el eje intentando crear el consenso necesario para que la regulación recuerde los momentos dictatoriales y el fin de la libertad. El periodista Fabián Corral en “El Comercio” de Ecuador sostiene, en alusión a la actuación del gobierno argentino con respecto a Clarín, que “la prensa libre es la conciencia incómoda del poder”. Con la misma vara, el Centro de Divulgación del Conocimiento Económico para la Libertad (CEDICE) afirma que “el ejercicio de la crítica política es expresión esencial del derecho a la libertad de expresión”.

Es el poder político en cualquiera de sus variantes, las que el periodismo intenta vigilar y controlar a favor del ocultamiento del poder económico que actúa sin ninguna vidriera, el que no es posicionado como actor protagónico en la sociedad y que carece de cualquier interés político. Su actuación es como un simple oferente en un vasto mercado con posibilidades para todos. “¡Parecen no tener historia, estructuras de dominio, intereses económicos, economías reproductivas, líneas de comando, decisiones políticas, autoconciencia hegemónica y operatoria ideológica!” expresó Horacio González.

La tiranía estatal de otrora se convirtió, hoy, en un muro menos visible, más disperso, que funciona como un enorme tejido de poder, sin dueños con intereses concretos. El Grupo Prisa de España; el Grupo Clarín; El Universo, El Comercio y Teleamazonas en Ecuador; el Grupo Cisneros en Venezuela; la Honduras de facto mediante el diario La Prensa y El Heraldo (empresa de Roberto Micheletti); Bavaria y El Tiempo en Colombia; y O Globo y Folha de San Pablo en Brasil, todos con una meta: información con una línea editorial unificada a favor de una demarcación profunda de los límites políticos y estatales, el objetivo de ofrecer de manera constante un discurso único focalizado en un sólo protagonista.

El relato construido fija piramidalmente que el poder es el gobierno, que el poder está en un solo lugar sin relación con otros estamentos. Pero los conceptos surgieron por debajo de la alfombra y salieron a la luz: monopolios, concentración, intereses económicos y políticos, pensamiento único, presiones, agenda mediática. En Venezuela, Ecuador y Argentina se puso en cuestión el discurso que cotidianamente consumimos. Y si la democracia es un proceso comunicativo, la instalación de un pensamiento editorial unidireccional atenta directamente contra cualquier proceso político, social y económico, porque no existe ningún proceso deliberativo.

“Sus propias reglas trascienden los sistemas legales nacionales y se anticipan al establecimiento de los internacionales”, sostuvo hace varios años la revista mexicana Razón y Palabra. Y esas reglas son las que no deben romperse. La discusión y la negativa, a tal punto de no esconder el deseo de un Congreso paralizado en nuestro país hasta el 10 de diciembre, se manifiesta en un proyecto que no pluralice la palabra. Ni siquiera una línea de pensamiento diferente que provenga de sociedades sin fines de lucro u organizaciones sociales. Esa es la libertad de expresión a la que aluden, esquivando y disimulando su poder conectado con los grupos económicos globales.

Melodrama    

En Ecuador, la prensa hegemónica tituló con la palabra “mordaza” lo que puede ser, según la nueva Constitución, una nueva Ley de Comunicaciones, conectando la situación de la “prensa independiente” con lo que está pasando en nuestro país. Aquí, Todo Noticias emitió, y lo sigue haciendo, una propaganda y advirtiendo a todos que va a desaparecer y que corre serio peligro la pluralidad de ideas. El Grupo Perfil y La Nación, al borde del paroxismo, se desesperan porque la Argentina está convirtiéndose en una dictadura chavista. El Heraldo de Honduras marcó las críticas de la Iglesia al proyecto de ley de servicios audiovisuales en nuestro país. El Universal de Venezuela apoyó el golpe de Estado contra Manuel Zelaya como un deseo de que se presente el mismo panorama en su país y, en lo posible, evitar repetir los errores del año 2002.

La conexión editorial entre el golpe de Estado en Honduras y la libertad de prensa o expresión -con Chávez como espejo de lo que no hay que hacer- es la lucha para implementar y hacer realidad “el fin de la historia”: una victoria final, sin oponentes políticos, sin discursos ideológicos enfrentados, sin cuestionamientos al status quo.  “El gobierno usurpador de Micheletti está ajustado a la Constitución, y nosotros quisiéramos, nos encantaría que aquí en Venezuela se respetara la Constitución como se está respetando en Honduras”, expresó con emoción el propietario de Globovisión Guillermo Zuloaga Núñez. En los dos casos existe una misma línea editorial que tiene por objetivo resaltar los beneficios de la democracia liberal, evitar nuevas reglas, evitar la responsabilidad social y todo intento por hacer valer los intereses nacionales.

El melodrama de la “libertad de expresión” es la libertad de los grandes medios para la representación de los sectores con vastos alcances económicos y políticos, en detrimento de la representación general de la sociedad. Es, por ejemplo, Mario Vargas Llosa hablando de la matanza de indígenas en Perú –aunque sin referirse con estos términos- y de la oportunidad que perdieron los nativos cuando rechazaron la inversión privada y extranjera. Los indígenas, que siguieron las “consignas retrógradas de Alberto Pizango” (líder indígena), han obtenido una victoria pírrica, es decir, ganaron una batalla pero saben que la guerra está perdida (Diario El País de España, 28 de junio de 2009). Siempre triunfa el mercado.

Por lo tanto, la ampliación de la vida democrática es el blanco predilecto de los que niegan el contexto como herramienta informativa. La negativa a votar leyes que regulen a las empresas periodísticas es la batalla por impedir la problematización social y los conflictos de intereses entre sectores sociales, vistos estos últimos como un pandemonium en sí mismo, es no querer que aparezcan actores aliados en la noticia. Porque el melodrama se expresa también en la despolitización de la política y la sociedad, en la ausencia de debate estructural y en hacer invisibles las matrices ideológicas en juego. La línea editorial dominante evita la discusión y tiene como último deseo que el ciudadano, el votante, sea un idiota político, un sujeto funcional de a un estamento de poder que no necesita de sus ideas, aunque sí de su capacidad de consumo.

Con los años, fue la expansión y el crecimiento de los medios masivos que  conectaron sus deseos con los del mercado. El investigador de la Universidad de Quilmes Martín Becerra explicó que “los grandes grupos de comunicación no se limitan a las actividades infocomunicacionales, sino que se ramifican al conjunto de la economía, que incluyen bancos, grandes almacenes, clubes de fútbol, inmobiliarias, empresas agrícolas, cerveceras o aseguradoras, produciéndose un cruce de intereses del que los medios de comunicación nunca hablan”.

En el mismo sentido, Enrique Sánchez Ruiz, de la Universidad de Guadalajara, México, hizo hincapié en los aspectos democráticos de una sociedad altamente mediatizada, en la cual los oligopolios mediáticos legitiman “intereses y acciones de élites muy particulares, imponiendo decisiones de manera no participativa, aunque con la apariencia de consensuales y legitimadas. Por consiguiente, los medios participan como obstáculos para una gobernabilidad ampliamente participativa, o democrática”. Así, las disputas políticas, económicas y sociales sólo tienen un sentido, una sola interpretación y una gama de valores con estructura en el sentido común neoliberal, que circulan sin contrapeso.

Fricciones

El proyecto de Ley de Comunicación en Ecuador, la visión de la Comisión de Telecomunicaciones (CONATEL) en Venezuela o el proyecto de ley en nuestro país se enfrentan a los escenarios que son contrarios a los proyectos políticos de la región. Se genera una fricción inevitable de un desarrollo endógeno como proyecto que va a contramano con las estipulaciones concentradas en una línea editorial internacional. Por ello CONATEL señala que su misión es socializar el uso de las telecomunicaciones para democratizar el acceso “hasta convertirlas en plataforma habilitadora de desarrollo para consolidar la República”.

La nueva Constitución en Ecuador contempla la responsabilidad en la forma de ejercer el periodismo y el acceso universal a la información “intercultural, diversa y participativa” (Art. 16). También fomenta la imposibilidad de que los medios de comunicación estén en manos de grupos financieros (Art. 312) y pone límites a situaciones monopólicas y oligopólicas de manera directa o indirecta (Art. 17 inciso 3). Es en este contexto “natural” una rivalidad entre dos visiones dicotómicas como son la pública y la privada.

Tanto lo planteado por la Constitución ecuatoriana, como el espíritu de CONATEL o la visión del proyecto de ley en Argentina, tienen como móvil la búsqueda de un sistema democrático más participativo. Por el contrario, los medios concentrados asumen como un peligro la participación democrática a través del Estado, incluso desde una apertura editorial con diferentes concepciones políticas, sociales y económicas. Esta es una de las razones por las cuales en nuestro país los foros de discusión o los 21 puntos de la Coalición por una Radiodifusión Democrática fueron ignorados. Para evitar un debate que, inexorablemente, tuvo un camino paralelo al de la concentración y que cuestionaba de raíz el orden mediático.

Muy pocos

Existen muchos problemas en América Latina y muchas voces. Pero quienes tienen en sus manos la valoración de dichos problemas son muy pocos. Un ejemplo: en Venezuela RCTV y Venevisión concentran el 85% de la inversión publicitaria en los medios de comunicación y un 66% de poder de transmisión. Como si fuera poco, detentan el 80% de los mensajes transmitidos en el país, según el periodista e investigador César Zubelet.

"La industria de la comunicación está dominada por un número relativamente pequeño de empresas que engloba todos los aspectos de la producción y de la distribución, están situadas en los principales países desarrollados y sus actividades son trasnacionales", concluyó el informe McBride de la Unesco en 1980, instando hacia un camino que pudiera crear un Nuevo Orden de la Información y la Comunicación en el mundo. El fracaso de un mundo equitativo que contemplara las diversas voces para los diversos problemas tuvo su correlato en el éxito de los conglomerados económicos, gracias a políticas de Estado, y en la férrea alianza tejida con los medios sin bifurcaciones en lo ideológico.

En Ecuador, son 19 las familias que concentran 287 concesiones de las 348 que existen en el país. O Globo en Brasil, según el periodista mexicano Jenaro Villamil, posee una cobertura del 90% del territorio.  Javier Corral Jurado, presidente de la Asociación Mexicana de Derecho a la Información, sostuvo en el año 2007 que la “concentración ha llegado a tal grado que en América Latina la televisión está en manos de 19 personas, y en México las telecomunicaciones están en manos de un solo individuo, mientras que dos familias poseen la televisión. Ese es el problema”.

El mismo sentido y la misma valoración para los problemas sociales con intereses ajenos a la problemática latinoamericana. El mismo modelo económico en cada una de sus frases editoriales. Los mismos enemigos. Noticias que entretienen y que ocupan sus espacios en detrimento del debate. Periodistas que trabajan para diferentes grupos, pero piensan igual en cada uno de ellos. "Los que son críticos pasan a ser acorralados", afirmó la periodista Milagros Pérez Oliva del diario El País de España, en el programa “Hora 25 global” del Grupo Prisa, que se emite por radio Continental. Un razonamiento que no es español sino mundial, para entender los problemas de la prensa en América Latina y el mundo de un grupo económico que opera en 22 países. La aldea global, un sentido único en cadena que ha sido, hoy, puesto en tela de juicio. Sin embargo, el tema no se agota en la desarticulación de los monopolios u oligopolios, el tema se agotará cuando la diversidad de contenidos sea una saludable costumbre.
 

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