Martes 25 de Julio de 2017 - 21:43hs. - República Argentina Edición # 1748

Revista #51 Mayo 2012 > MUSICA

ENTREVISTA AL CHANGO SPASIUK: SÓLO ME INTERESA DESPERTAR UNA EMOCIÓN INTERIOR

A fines de los ’90 no tenía lugares para tocar en el país. Los festivales sólo lo reconocían como músico del chamamé. Nunca dejó de buscar un lenguaje propio, con el paisaje del litoral en las entrañas. Hoy es reconocido en el mundo y dice que la vida sin música no vale la pena.


Por Juan Mannarino

 

Cerrar los ojos y quedarse inmóvil. Dejar que entre la melodía. Que los sonidos vengan desde un río desconocido. Que el ritmo sea revelador. Que la armonía se perciba única. Navegar es preciso. No hay vida sin música. O algo más radical: la música es la vida y la vida es la música.

Podrían ser las palabras de Caetano Veloso. O el fragmento de un manifiesto vanguardista. Son las de un hombre que las dice sin prisa, calmo, como si no tuvieran urgencia en ser escuchadas.  Un músico que no corre a la velocidad de la industria cultural: su último disco llamado “Pynandí”, que en guaraní quiere decir “pie desnudo”, y nombra a Los descalzos, le llevó cinco años de trabajo. Sin embargo, el Chango Spasiuk no es ningún desconocido. Su música, reconocida tardíamente en nuestro país, es premiada en todas partes del mundo. Mucho antes de que el Chango se rebelara ante la figura del rubio de pelo largo que construyó el mercado discográfico, su marca estilística se expandió por Europa y Estados Unidos. Esa que sorprende por cómo relaciona lo sinfónico con lo popular, lo camarístico con lo ritual. Que suena triste y alegre, con la fuerza de una elegía rural que es capaz de transformarse en un grito visceral. Un “Sapucay” en la siesta de la tierra colorada.

Hacedor de una trayectoria que une discos más tradicionales como “Contrastes” (1990) y “Polcas de mi tierra” (1999) con trabajos experimentales que suenan a verdaderas orquestas acústicas, como “Chamamé crudo” (2001) y “Tarefero de mis pagos” (2004), Spasiuk pertenece a ese árbol antiguo y prolífico del acordeón del Litoral, con nombres tan singulares como Ernesto Montiel, Raúl Barboza, Gilberto Monteiro, Luiz Carlos Borges y Nini Flores. De allí brotan las polcas, los valses, los chotis, los chamamés y los sonidos ucranianos de las fiestas misioneras, con saltos a lo contemporáneo, allí donde habitan los Astor Piazzolla, los Miles Davis y los Dino Saluzzi.

Para el Chango, de 43 años, la música no tiene fronteras. Así lo expresó como periodista musical en “Pequeños universos”, la serie de documentales que hizo durante dos años para el Canal Encuentro, cuando encontró a niños parecidos a aquel que él fue, tocando en lugares alejados de la ciudad, con la radio como guía de la escucha musical. Porque, como lo afirma cada vez que habla, parece más un hombre de pueblo que de ciudad. El tono pausado de las palabras, la manera suave con que ejecuta los movimientos y el respeto por los secretos de la naturaleza son parte de una personalidad que prefiere decir, como el filósofo Wittgenstein,  que  “de lo que no se puede hablar, mejor guardar silencio”. Pero el silencio no es sagrado. Aquí conversa sobre la figura del músico, los vaivenes de la creación artística, y defiende la búsqueda de lo esencial desde lo que hace en el presente.

-Hace veinte años que vivís en Buenos Aires, pero siempre decís que el paisaje de tu infancia nunca desapareció. ¿Cómo es eso?

- Mi música vive en las imágenes de mi infancia. Por más que me encuentre en medio de la ciudad o en un país lejano, sigo viéndome en Apóstoles, el pueblo de Misiones donde crecí, pisando la viruta de la carpintería de mi papa, trepando descalzo el árbol de mandarinas de la vecina, tocando por primera vez las teclas con el tío Marcos, con el que aprendí a usar el acordeón cuando tenía nueve años. Ese paisaje de infancia está dentro de mí, convive conmigo  todo el tiempo. Pero no hago un culto a la nostalgia y a la añoranza de eso. Me gusta sentir que cuando camino tengo esa identidad en el cuerpo, aunque un artista tiene que estar atento a los cambios y enfocado en el presente. Incorporar nuevos sonidos, ir hacia lenguajes que uno no conoce. Prefiero pensar que mi corazón está en la música que hago, y la música me lleva a un montón de lugares. Cuando toco siento un estado  de éxtasis.

-¿A qué te referís?

- El escenario es mi lugar en el mundo y con mi grupo no nos interesa transmitir otra cosa que no sea la síntesis de algo que conmueva. Todo lo que hago es llevar a cabo una conversación con el público desde cómo vibra el acordeón en mis manos y en mi pecho. Es raro, porque nuestra música puede tener un violín que remita al barroco o una guitarra que suene a música de cámara, pero nunca deja de pertenecer a una escena rural. Lo folklórico no es algo de museo, pero que no me identifique con la melancolía del recuerdo no quiere decir que no me reconozca como alguien que creció en la afueras de un pueblo. Lo que hago es  un intento de acercarme un poco a ese paisaje, que es litoraleño y se ubica entre los montes, las selvas, el calor, la tierra colorada y el exotismo de la frontera entre Argentina, Paraguay y Brasil. Despertar una emoción que venga de ese mundo pero que pueda ser universal. No me interesa el virtuosismo, no toco para entendidos,  ni para el mercado ni para intelectuales. Toco para el interior de las personas. La sensibilidad musical es la misma para todos.

-Para explicar tu mundo sonoro te gusta citar a Kandinsky. ¿Por qué?

- No se puede explicar todo sobre el proceso creativo, esa es una realidad. Hay que dejar hablar a la música y aprender de los procesos, pero siempre con una visión concreta de lo que uno está haciendo en el presente. Pero me identifico con Kandinsky cuando en el libro Sobre lo espiritual en el arte dice que el color tiene una vibración, y esa vibración puede dar una sensación auditiva. Del mismo modo, el sonido tiene un color, y puede dar una sensación visual. El mundo sonoro de un músico se puede ver. Todo lo que hoy es incomprensible, con el tiempo empieza a entenderse. El arte no es para entretener a las personas, sino para que las personas sean disparadas por una obra y vean que hay cosas especiales dentro de ellas. Mi energía está puesta en la pregunta sobre dónde estoy ahora, por qué y cuál es el significado de este momento. Tanto en la música como en la vida, porque yo no puedo separar la música de mi vida. La música es una forma del amor.

-¿Te cansa que para la industria musical sigas siendo simplemente un músico de chamamé?

- No reniego del chamamé, es una música que llevo en la piel, como la polca, el schotis o el vals. Lo que a veces no se comprende es que el chamamé es una música peligrosa. No es alegre ni festiva, está en la celebración pero se contrasta con la tristeza interna de las personas. En  la concepción del ultimo disco, que lo produjo el compositor norteamericano Bob Telson, él me dijo que no sabía nada de chamamé. Pero lo convencí de que no quería hacer un disco de chamamé, no sabía aclararle qué quería hacer, simplemente le dije que escuchara en los ensayos la manera de construir mi mundo sonoro. Eso fue muy importante, porque Bob me ayudó a llegar a lo más simple y despojado de la música. Hoy hay una tendencia a grabar discos con efectos de la música pop, están muy aparateados y me di cuenta de que quiero transmitir lo contrario, como la fuerza de una orquesta con base en lo acústico. Tenemos que encontrar un camino propio, y eso para mí es lograr la belleza de lo simple transitando lo complejo. Porque a mí me gusta decir que la diversidad no es un problema sino un tesoro, y esa búsqueda debe estar siempre abierta, porque cuando uno se cierra hace de la expresión musical algo estático e inerte. Pero es cierto que también hay que definirse, hacer de todos los sonidos una apuesta a lo esencial. Cambian las miradas y las herramientas, pero nunca la esencia. En ese camino estoy y me reconozco. 

COMENTARIOS (13)

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At last, sooenme who knows where to find the beef

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