Miércoles 29 de Marzo de 2017 - 00:23hs. - República Argentina Edición # 1629

Revista #18 Mayo 2008 > Politica Nacional

Del fraude patriótico a la democracia condicionada

DEMOCRACIA O DICTADURA


Por Juan Manuel Fonrouge

OLIGARQUÍA. (Del gr. oligarkhía.) f. Gobierno de pocos;
el que constituyen algunos poderosos que se unen
para que todos los negocios dependan de su arbitrio.

El Congreso de la Nación Argentina sancionó el 10 de febrero de 1912 la Ley Sáenz Peña, que estableció el sufragio universal, secreto y obligatorio a través de la confección de un padrón electoral. Roque Sáenz Peña, del ala “modernista” del Partido Autonomista Nacional, vio en esta ley la posibilidad de frenar el avance de los anarquistas organizados en la FORA -Federación Obrera Regional Argentina- y a la UCR -Unión Cívica Radical- que desde la Revolución del Parque en 1890 había irrumpido en la política argentina y pregonaba el abstencionismo.

Agotado el “fraude patriótico” que posibilitó 35 años de gobiernos del Partido Autonomista Nacional, promotores de la Argentina agro exportadora y representantes de la euro centrista clase alta porteña, el partido de Julio Argentino Roca cavó su propia fosa con la Ley Sáenz Peña.

En 1916 ganaría la primera elección libre Hipólito Yrigoyen. Desde ese momento, nunca la oligarquía argentina supo consolidar una opción electoral para retomar el poder que le daba el fraude y el voto calificado. No tardaría mucho en llegar la primera intervención militar a pedido de los sectores oligárquicos y tendría, centralmente, un fin económico.

El primer septiembre negro de nuestra historia

La gran crisis de EE.UU. en 1929 se había trasladado a la Argentina, bajando la exportación y la producción de alimentos. La oligarquía ganadera no estaba dispuesta a tolerar un nuevo reparto de la renta agraria diferencial y desde el diario La Nación se descalificaba permanentemente al presidente.

Hacia el final del gobierno de Hipólito Yrigoyen fue creada la empresa petrolera estatal YPF, que fue dirigida en sus primeros años por el general Enrique Mosconi, llamado “el San Martín del siglo XX”.

De acuerdo con la doctrina del General Mosconi, la empresa tuvo el monopolio legal del petróleo durante toda su existencia como Sociedad del Estado, con participación en la industria de las multinacionales Shell y Esso, aunque su producción siempre superó con creces la del sector privado.

Pero la decisión tomada por YPF de intervenir en el mercado petrolero para fijar el precio y romper los trusts de las empresas privadas trasnacionales determinó la caída de Yrigoyen 37 días después de esta decisión.

En este primer golpe de estado que da inicio a la década infame, queda sellada la alianza entre el capital trasnacional, la oligarquía agro-exportadora porteña y el ejército central continuador de la línea pro imperialista de Julio Argentino Roca.

Del Ejército Libertador al brazo armado de la oligarquía

El nacimiento del Ejército Nacional es previo a la independencia y es de matriz claramente democrática. Con las invasiones inglesas de 1806 se conformaron milicias populares, donde los soldados elegían a sus oficiales y éstos a sus jefes superiores.

Luego de la Revolución de Mayo, San Martín creó un Estado Mayor político de carácter secreto en las propias filas del Ejército. “Debió valerse para ello de los recursos que estaban a su alcance y sobre todo combatir denodadamente con la mezquindad de la oligarquía porteña que sólo deseaba la independencia para ejercer el comercio libre y subordinarse al Imperio británico”, según Jorge Abelardo Ramos en “Historia política del ejército argentino”.

San Martín se consagró entonces a formar el primer Regimiento de Granaderos a Caballo y con los jóvenes oficiales la Logia Lautaro, tomando el nombre de un caudillo indígena de la tierra chilena.

Lejos de tener una visión imperialista y oligárquica, San Martín fue el puntal de la lucha por la liberación de América del Sur y lejos de basar sus estrategias en la conquista de territorios y en ganar nuevos mercados por un “destino manifiesto” de potencia imperial, opta en cambio por la liberación de esos pueblos y no por su sometimiento.  

La siguiente frase de San Martín ilustra claramente su visión democrática y popular: "Nunca reconocerás por gobierno legítimo de la Patria sino aquel que sea elegido por libre y espontánea voluntad de los pueblos, y siendo el sistema republicano el más adaptable al gobierno de las Américas, propenderás por cuantos medios estén a tu alcance a que los pueblos se decidan por él".

Puede resultar un facilismo histórico contrastar la visión de San Martín con la del genocida Julio Argentino Roca, pero su visión oligárquica sería continuada por los golpistas del ’30, y la “Conquista del Desierto” sería el inicio de la concentración latifundista base de la argentina agro-exportadora. Entre 1876 y 1903, a 1.843 terratenientes con vínculos sanguíneos y/o económicos con los diferentes gobiernos que se sucedieron en aquel período, se le otorgaron 41.787.023 de hectáreas.

Según el historiador Felipe Pigna “entre ellos se destacaban 24 familias "patricias" que recibieron parcelas que oscilaban entre las 200.000 hectáreas de los Curo a las 2.500.000 obtenidas por los Martínez de Hoz”.

El salteño José Félix Uriburu, continuador de la línea histórica de Roca y abiertamente identificado con el fascismo, realizó el golpe a Yrigoyen para impedir el proceso de nacionalización de YPF. Dos días después del golpe Mosconi fue detenido, acusado de defraudación y de favorecer la infiltración comunista. Durante la gestión de Mosconi, YPF había multiplicado 400 veces su capital, pero a la oligarquía sólo le interesaba conformar la exigencia de los ingleses que querían que Argentina exportara petróleo libremente y a los norteamericanos que buscaban explotar los yacimientos argentinos para proveer al mercado interno (con su propia empresa) y exportar el excedente quedándose con todas las ganancias obtenidas en el negocio.

Previo al golpe, la presión se hizo sentir en el Senado sobre las distintas fracciones partidarias (centralmente conservadores, socialistas y radicales “antipersonalistas”) buscando impedir la sanción de leyes que promovieran el régimen fiscal del petróleo y los beneficios de la explotación nacional.

El segundo septiembre negro de nuestra historia

Sería imposible en estas páginas –y redundante- relatar todos los golpes de Estado del siglo XX, porque en todos ellos aparecen los mismos actores con los mismos objetivos. Ante la ausencia de un partido político, resulta evidente que la oligarquía siempre se valió del ejército para retomar el poder cuando sus intereses se ven en peligro producto de un gobierno que ejerce la democracia,  definida como gobierno de las mayorías.
Pero en etapas democráticas –o sea entre golpe y golpe-, la oligarquía se vale de actores propios y prestados, a veces por confusión o desviaciones ideológicas, otras en evidente complicidad.

Sectores del radicalismo, socialismo y comunismo han, por un motivo u otro, confluido en frentes electorales con sectores oligárquicos, procesos de desestabilización a gobiernos democráticos o complicidad absoluta con los regímenes dictatoriales.

Pero si hay algo para lo que han servido estos actores es para generar un clima psicológico previo que justifique la quiebra del orden constitucional.

El caso emblemático es sin dudas la Unión Democrática (UD), pero no es el único. Mientras en el Partido Laborista (peronismo) confluyeron sectores radicales y socialistas disidentes y conservadores, en la UD confluyó la estructura de la UCR, el Partido Socialista, el Partido Demócrata Progresista y el Partido Comunista, a lo que hay que sumarle la Sociedad Rural, la Unión Industrial, la Bolsa de Comercio y el embajador de los EEUU, Spruille Braden.

Finalmente, al no poder con Perón mediante las urnas, los militares setembristas, previo consenso en la clase media porteña a través de sus partidos e intelectuales, no tuvieron empacho en bombardear la Plaza de Mayo, hecho ocultado por la historia oficial.

La fábula de la tortuga y la tortura

En la edición de hace unas semanas del programa dominical “Clases” que conduce Mariano Grondona por C5N, un “abogado de la Capital” (esos que le obsequiaron paradójicamente una paloma blanca inflable a la carpa verde del campo) le preguntó al conductor, palabras más palabras menos, si es ético actuar contra un gobierno elegido democráticamente, pero que atenta contra el republicanismo y no hace cumplir la Constitución.
La respuesta de Grondona fue clara y concisa: “Habría que ver cuál es el peligro real de que ese gobierno sea un peligro para las instituciones y cuál es el consenso que existe en la sociedad para actuar en contra de él.”
En definitiva, de lo que estaban hablando es de cómo y cuándo hay que voltear un gobierno. Cuando pone en peligro los privilegios de las clases propietarias y siempre y cuando exista consenso, pero ese consenso, como hablábamos anteriormente, siempre fue motivado por los partidos tradicionales, pero sobre todo por la pluma, entre otros, del inefable Mariano Grondona.

Las crónicas del derrocamiento de la “tortuga”, como llamaban a Arturo Illia, reflejan, por un lado, la gran dignidad del Presidente radical, pero también la soledad en la que se encontraba al momento de su destitución. La campaña mediática antidemocrática había dado sus frutos, y lejos de ver en la transición democrática la posibilidad de que se levantara la proscripción del peronismo, algunos sectores del movimiento, centralmente gremiales, no brindaron su apoyo y ayudaron a cimentar el golpe.

El diálogo previo entre el general Julio Alsogaray y Arturo Illia refleja claramente lo que ocurriría años después.

Alsogaray le propuso a Illia “con el fin de evitar la violencia” que abandonara la Casa Rosada, a lo que Illia le respondió, “¿De qué violencia me habla? la violencia la acaban de desatar ustedes en la República, yo he predicado en todo el país la paz entre los argentinos”.

Años después, los hijos del general Alsogaray estarían entre víctimas de la violencia de la que hablaría Illia, la cual se profundizaría en un contexto cada vez más represivo y alejado de la democracia. Carlos Alsogaray, sociólogo y miembro de Montoneros, cayó herido en Tucumán en febrero del '76 y el general Bussi se encargaría de hacerlo torturar y desaparecer. Su otro hijo,  Julio Alsogaray, también peronista, debió exiliarse tras el golpe del '76.

Previo al golpe, Mariano Grondona en su revista Primera Plana escribía que "El país espera un Moisés, porque vislumbró la tierra prometida" y le otorgaba a Juan Carlos Onganía la "última alternativa de orden y autoridad".

Otro Alsogaray, más conocido por la historia reciente de nuestro país, decía sin eufemismos que "el golpe del '66 se dio para evitar que el justicialismo ganara las elecciones parlamentarias del '67", ya que las convicciones democráticas de Illia habían evitado todo intento de proscribir al peronismo.
Otro elemento que aparece en el golpe a Illia fue el lobby petrolero, ya que su gobierno anuló los contratos sin perjuicio para la producción de petróleo.

Años después de su caída la crisis mundial de petróleo cuadruplicó los precios, lo que de estar vigentes los contratos hubiera aumentado los costos energéticos en detrimento de la industria nacional.

Previo al golpe, en Primera Plana, Grondona publicó una nota titulada “La señora presidente”, reflejando su visión machista de la política, que posiblemente persista en nuestros días, aunque ahora a la inversa, buscando desprestigiar la investidura presidencial hablando de “El señor presidente”.

Del genocidio al partido único neoliberal

El golpe del ’76 ya ha sido tratado varias veces en nuestra revista y lo seguiremos haciendo, pero el elemento que queremos remarcar en este análisis es que, posiblemente, la crueldad y la violencia ejercida por los militares, los 30 mil desaparecidos, la debacle económica y la guerra de Malvinas abriría una inevitable continuidad democrática, pero esto no implicaría que los sectores oligárquicos rehusaran a perder sus privilegios económicos.

Como factor internacional, a medida que la guerra fría se iba agotando, la excusa de la amenaza del “marxismo internacional” impulsada por EE.UU como herramienta político-militar para mantener a occidente cohesionado bajo su órbita, ya no tenía sustento.

El camino en materia de derechos humanos que significó el Juicio a las Juntas fue desandado por los grupos golpistas, y Alfonsín decidió “por más que no me guste dejar en libertad a gente que cometió graves delitos”, decretar las leyes de impunidad.

Tampoco Argentina podía mantenerse independiente al Fondo Monetario Internacional  como lo hizo Alfonsín, y debía avanzar en las privatizaciones de las empresas públicas. Por su parte, el movimiento obrero se enfrentó al gobierno, pero Alfonsín debió optar por apoyarse en él distribuyendo la renta o permanecer entre la pared que le ponía la CGT y la espada del mercado.
Finalmente, creyó que podía generar un equilibrio “de corazón”, y el mercado respondió “con la billetera, como dijera Pugliese, y el golpe vino de la mano del mercado con la hiperinflación y los saqueos que desencadenaron que Alfonsín dejara el gobierno antes de concluir su mandato”.  

En los 90 llegaría el “Consenso de Washington”, que incluyó una lista de diez políticas económicas pensadas para los países de América Latina, entre las que se encontraban: disciplina fiscal, reordenamiento de las prioridades del gasto público, liberalización del comercio internacional y de la entrada de inversiones extranjeras directas y privatizaciones. Finalmente, tanto el PJ como la UCR se convirtieron en el “partido único del neoliberalismo”, lo que duró poco más de una década y donde, por primera vez desde el “fraude patriótico”, permitieron a la oligarquía terrateniente y financiera consolidar una opción de poder electoral sin necesidad de “golpear las puertas de los cuarteles”.

Esto finalmente destruyó la matriz ideológica histórica de los dos partidos de masas de la Argentina y fueron reconvertidos en estructuras electorales funcionales al libre mercado, esta es la causa de la destrucción de estos dos partidos.

Por último, queda en el lector sacar sus propias conclusiones de los mecanismos que ha utilizado la oligarquía agro-exportadora, consolidada por la generación del ’80, y la oligarquía financiera, consolidada en la década del ’90, para impedir el desarrollo económico del país y la distribución de las riquezas, una democracia participativa, una clase trabajadora con movilidad social y plenitud de derechos, un Estado presente y una nación soberana que tome sus propias decisiones en materia económica.

Por nuestra parte, en lo que hace al reciente lock out rural, el rol de los medios y la oposición decidimos no hablar de intento de golpe, simplemente de Nunca Más.
       
Aunque no los veamos los yankis siempre están

Los golpes de Estado contaron sin excepción en Argentina y toda América Latina con el padrinazgo del imperialismo norteamericano, con diferentes excusas discursivas pero siempre con intereses económicos y financieros por detrás. Está claro que ninguna potencia mundial toma una decisión importante si no hay detrás un gran motivo.

El 1° de julio –paradójicamente aniversario de la muerte de Juan Domingo Perón- fue la fecha en la que la IV Flota del Comando Sur de EE.UU. comenzó a patrullar nuevamente aguas latinoamericanas, esta vez bajo el comando del contraalmirante Joseph Kernan.

Para los especialistas en materia internacional, los motivos son dos: los recursos naturales y el auge de gobiernos populistas en la región.
Por su parte, el Ejército Argentino tiene entre sus principales hipótesis de conflicto a futuro las reservas de agua dulce.

El diario de Lanata y la prensa golpista

El diario Crítica salió a la calle en 1913 de la mano de Natalio Botana, quien revolucionó la forma de hacer periodismo en la Argentina. Creó suplementos deportivos, para chicos y para la mujer, secciones fijas de teatro y de cine, lanzó colecciones de libros al alcance de la mayoría y se transformó en “la voz del pueblo”.

Pero esta visión progresista, que también caracteriza al actual diario Crítica que dirige Jorge Lanata, contrastó con visiones golpistas propias de la prensa oligárquica.

Botana no tuvo empacho en  titular notas como “técnica de un golpe de Estado”, y ya en esa época la Sociedad Rural parece que silbaba a los gobiernos democráticos:

“¿Se convenció señor Yrigoyen de que todo el pueblo lo repudia? La silbatina de la Sociedad Rural no tiene precedentes. Esto no puede durar más”, decía Botana.

Otras frases celebres previas al golpe de Yrigoyen fueron: “Una chispa y estallará el incendio”,

 “Esto se acabó. Invitamos a los comerciantes a cerrar sus puertas”, “Yrigoyen carece de autoridad moral: se ha ganado el odio colectivo”, “Por las calles de Buenos Aires, de todo el país, corre el tumulto arrollador de la protesta popular. Ahora mismo puede asomarse al balcón y presenciar el espectáculo imponente de la multitud indignada, execrando su nombre en todos los tonos y exigiéndole la renuncia. ¡Que renuncie, que renuncie!”. Si hubiese existido el Martín Fierro en la época del primer Crítica seguro que Botana lo habría ganado.

 

COMENTARIOS (1)

Leer todos los comentarios
OwQfyrHcjlo

I am toaltly wowed and prepared to take the next step now.

AGREGAR COMENTARIOS

La finalidad de este servicio es sumar valor a las notas y establecer un contacto más fluido con nuestros lectores. Los comentarios deben acotarse al tema de discusión. Se apreciará la brevedad y claridad de los textos, y el buen uso del lenguaje: las malas palabras y los insultos no serán publicados.